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Full text of "Mi expulsión: Liquidación de Cuentas Morales..."

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Jjarbarti College li&raru 



FROM THE FUND 



PROFESSORSHIP OF 

LATIN-AMERICAN HISTORY AND 

ECONOMICS 



Established 1913 




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ALBERTO PALOMEQUE 



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MI EXPULSION 



LIQUIDAClbN DE CUENTAS MORALES 



Dejad que una Nacirin olvide sistematica- 
mentea sus hombres rle cariicter mas elevado > 
dejad que olviile a aquellos de quienes debiera 
estar orgulloso por ser los representantes de 
su espirilu y de sus tendencias civilizadoras; 
dojad que la comunidad recompense a los 
ciiidadanos mas incorruptibles con la ingra- 
titud y el ilespreoio, demostrando al mismo 
tiempo una prei'erencia indigna por los adu- 
lndores serviles ; dejad que && adopte la poli- 
tica de desdenar a los hombres a quienes la 
opinion se m an i fiesta agradecida ; dejad que 
una repiiblica recompense el patriotismo y la 
lealtari, la virtud civica, la justicia recta y 
severa, con la desconfianza y la indiferencia 
glacial; y pronto dcsapareeera la dignidad, la 
moralidad y la honradez de espiritu, sujmer- 
giendose la soeiedad en el mas sordido y 
eorruptor egoismo, vicio que conduce iniali- 
blemente a la disolucirin de las sociodades. 

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IMPRENTA DE OBRAS y FABRICA DE ALMANAQUES CAMARAS 147 

1902 



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ALBERTO PALOMEQUE 



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MI EXPULSION 



LIQUIDACI6N DE CUENTAS MORALES 



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Dejad que una Nacion olvide sistemalica- 
rnentea sus hombres de caracter mas elevado* 
dejad que olvide a aquellos de quienes debiera 
«»star orgulloso por ser los representantes de 
sii espiritu y de sus tendencias civilizadoras; 
dejad que la comunidad recompense a los 
ciudadanos mas incorruptibles con la ingra- 
titud y el desprecio, demostrando al mismo 
tiempo una preferencia indigna por los adu- 
ladores serviles ; dejad que se adopte lapoli- 
tica de desdenar a los hombres & quienes la 
opinibn se manifiesta agradecida ; dejad que 
una repiiblica recompense el patriotic mo y la 
lealtad, la virtud civica, la justicia recta y 
severa, con la desconfianza y la indiferencia 
glacial; y pronto desaparecera la dignidad, la 
moralidad y la honradez de espiritu, sumer- 
giendose la sociedad en el mas sordido y 
corrupter egoismo, vicio que conduce intali— 
blemente a la disolucion de las sociedades. 

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MONTEVIDEO 
MPRENTA DE OBRAS y FABRICA DE ALMANAQUES. CAMARAS 147 

1902 



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HARVARD COLLEGE LIBRARY 






DEC 24 1915 

latin-american 
Professorship fund. 



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A LA MUY DIGNA Y CULTA COMISlON DIRECTIVA 

DEL 

«CLUB UNION » DE MELO W 



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(I) La raz6n de esta clcdicatoria se explica facilmente.. Cuando en septiembre 
■de 1901 anuncie mi viaje a Melo, los elemenlos radicales que alii dominaban, con 
el caudillo a la cabeza, segiin ellos !o afirmaban, resolvieron impedir la Confe- 
rencia que ofreci, no cediendome local para ello. ; Tan influyentes se considera— 
ban! Ni en el Club Union ni en la Plaza lo permitiremos, decian. Yo fui a Melo, 
y el Club Uni6n me cedio sua salones, espontanea y generosamente ; y la niuy 
•digna Comisi6n presidio el acto, obsequiandome con toda abertura de alma. Asi 
■queda explicado mi reconocimiento ante un liecho de tanto valor moral. 



MIS DERROTAS 



El doctor Palomeque no desmaya, 
«s un hombre de temple extraordinario, 
■que si naufrago llega a cualquier playa 
toma su cruz y sigue su calvario. 
Si en vez de ser soldado de la idea 

de palabra inspirada, 
•entrase, en su corcel t a la pelea, 
firme en la diestra la temible espada, 
f u era moderna encarnacion brill ante 
■de un cruzado y altivo caballero, 
•de aquellos que desnudan el acero 
ipor una religion siempre gigante. 

Por esa que no muere, porque es unica 
a unque fatten creyentes: la abnegada 
•qu e es honor y deber, y cuya tunica 
de arniino, veran rota y no manchada. 

La de adeptos escasos 
•en estas maquiavelicas edades, 
la que es nitido espejo de verdades, 
fulgor azul de soles sin ocasos : 
i Que im porta si a la ciega muchedumbre 
de la noche moral, su luz no alcanza?... 
No sube mas, el que lijero avanza, 
«1 que pisa mejor, llega a la cumbre. 

Apenas limpio el polvo de sua botas 
despues de combatir en el estadio, 
*e ajusta la armadura, vuelve a . radio, 
y tira» en vez del guante: «M d derrotas ». 
vMis derrotas? £ Porque ?— Verdosa pal ma 
puede ser ese li bro agradecido, 
donde existe una pagina del alma 



para el amigo fiel, nunca vencido 
en la lucha feroz de las pasiones 
que todo lo encanalla 6 lo profana, 
y donde las supremas ambiciones 
que imperan hoy, sucumbiran manana. 

En la rueda del carro de la vida 
que arrastra al ser huniano con trabajo , 
como la nuez del eter suspendida, 

No hay arriba ni abajo. 
El orgullo encumbrado no es la gloria, 
es apenas el triunfo del momento, 
luego ceniza que amontona el viento 
en el rinc6n mas pobre de la historia. 
Y no hay derrota en la terrestre esfera 
si alienta la virtud, que va despacio, 
pero al fin llega al in mortal palacio 
que es de los buenos la mansion postrera. 

]Luchador, adelantei... Ya que sobni 
granito y marmol para ver alzadas 
en futuro cercano, las arcadas 
del templo intelectual,— siga la obra. 
Nunca debe pensar el que construye, 
por amor a la patria, su edificio, 
ni en el rayo del cielo que destruye, 
ni en la fuerza moral del sacrificio. 

El fracaso de ahora 
es anuncio del exito futuro, 
como la noche de heroismo oscura 

es prologo de aurora. 

RlCARDO SaNCHSZ. 



Noviembre IB de 1899. 



E XPLICACION 



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ALBERTO PALOMEQUE 



MI EXPULSION 



LIQUIDACI6N DE CUENTAS MORALES 



Dejnd que una Naeion olvide siatematica- 
mentea sus hombres de caraeter mas elevado > 
dejad que olvide & aquellos de quienes debiera 
estar orgulloso por ser los representantes, dc 
su espirilu y de sus tendencias civil izadorns; 
dcjad (jue la comunidad recompense a los 
ciudadanos mas incorruptibles con la ingra- 
titud y el desprecio, demostrando al mismo 
tiempo una prei'erencia indigna por los adu- 
ladores serviles ; dejad que se adopte la poli- 
tica de desdenar a los hombres a quienes la 
opinion se manifiesta agradecida ; dejad que 
una repiiblica recompense el patriotismo y la 
lealtad, la virtud civica, la justicia recta y 
severa, con la desconfianza y la indiferencia 
glacial ; y pronto desaparecera la dignidad, la 
moralidad y la honradez de espiritu, sujuer- 
giendose la sociedad en el mas srirdido y 
corruptor egoismo, vicio qihe conduce infali- 
blemente a la disolucirin de las sociodades. 

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iMPRENTA DE OBRAS y FABRICA DE ALMANAQUES CAMARAS 147 

1902 



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ALBERTO PALOMEOUE 






MI EXPULSION 



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LIQUIDACI6N DE CUENTAS MORALES 



Dejad que una Nacion olviile sistemalica- 
memea sus horn b res de caracter mas elevado* 
dejad que olvide a aquellos de quienes debiera 
estar orgulloso por ser los representantes de 
su espiritu y de sus tendencias civilizadoras; 
dejad que la comunidad recompense a los 
ciudadanos mas incorruptibles con la ingra- 
titud y el desprecio, demostrando al mismo 
tiempo una preferencia indigna por los adu- 
ladores serviles ; dejad que se adopte la poli- 
tica de desdenar a los hombres a quienes la 
opinion se manifiesta agradecida ; dejad que 
una repiiblica recompense el patriotismo y la 
loaltad, la virtud civica, la justicia recta y 
severa, con la desconfianza y la indiferencia 
glacial; y pronto desaparecera la dignida^la 
inoralidad y la honradez de espiritu, sumer- 
giendose la sociedad en el mas sordido y 
corrupter egoismo, vicio que conduce iniali- 
blemente a la disolucion de las sociedades. 

Lierrr. 



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MPRENTA DE OBRAS y FABRICA DE ALMANAQUES. CAMARAS 147 

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— 12 — 

obligado & defender la sana doctrina, en un discurso que, & raiz 
de estos sucesos, pronunciara en el Parque Central. 

Desde la tribuna del pueblo me hice oir j en el diario El Dia, 
a quien quedo profundamente reconocido, publiqu£ dos de las 
eonferencias que inserto en este opuaculo, taquigraficamente toma- 
das, destinadas a* conservar la defensa que entonces hice del de- 
recho, de la justicia y de la verdad. 

conocido, y del cual puede decirse, con justicia, que en bus labios la 
palabra amis tad, no es un vocablo vano y sin expresi6n. 

Al considerar !os sucesos que se desarrollan en nuestro escenario po- 
litico, observo que las pasiones militantes hacen incurrir en exageraciones 
lamentables, & ciudadanos Men intencionados, que reflexionando serena- 
mente otra seria su conducta para edifioaci6n de los principios democra- 
ticos y honra de la moral publica. 

Yo no se, mi querido amigo, que raz6n iuspira el inovimiento iniciado 
contra Yd ; porque no concibo que un ciudadano patriota, sincero, noble 
y generoso pueda despertar otro sentimiento que el del carino. 

No olvidare nunca, porque hay deudas que jamas se extinguen, que 
Vd. fue ei unico que confort6 mi espiritu en mbmentos de tribulaci6n, 
cuando fui ; enviado a esa a arreglar las bases de paz con el gobierno 
de Idiarte Borda. 

Aquella epoca pas6, felizmerite, pero aun viven y medran a la sombra 
de nuestro partido los hombres que obstaculizaron mis gestiones, estimu- 
lando la sanas del gobernante que combatimos, guiados por menguados 
prop6sitos ^ersonales que muy luego se traslucieron. 

Y sin embargo, mi nombre fu6 entregado al blvido, sin considerar 
los sanos prdpftsitos que inspiraban mis actos y los sacrificios persesales 
que he realizado desdeel anode 1870, en pr6 de nuestro partido y las 
eausas populares ; y los que eran nuestros enemigos infidentemente em- 
bocados, tan pronto comd fulguraron los primeros rayon del sol naciente, 
se irguieron para dietar la ley en nombre de supremas necesidades publi- 
cas y oeupar las posiciones conquistadas por el esfuerzo de otros. 
* Si nuestros correligionarios conocieran intimamente ciertos detalles y 
no ignoraran su actuaci6n prominente, yo estoy seguro que no seria 
la expulsi6n de Yd. del partido la que pidieran, sind la de aquellos & 
que antes m* he referido. 

Pero, esta es ana ley que fatalmente se cumpie como consecuencia 
de las conrulsiones politioas. 

SI Tulgo que se halla siempre dispnesto 4 personiflcarlo todo, segfin 
la expresl6n de Lord Macaulay, designs un indi* iduo, las mas de las to* 
ees sin criterio, por representante de las grandes erolucioaes del humano 



— 13 — 

La campafia emprendida no tenia otro fundamento que la 
actitud asumida por mi al discutirse el proyecto de ley que de- 
claraba, en nombre del acuerdo, que las juntas electorates se 
constituyeran respetando el espir'tu de coparticipacion de los 
partidos pollticos ; proyecto que hao posible el acuerdo electoral. 
Se habia hecho el argumento, que se consideraba formidable, de 
que eso era dar efecto retroactivo a la ley. Lo rebati concluyen- 
temente. Era un error, por lo que poco trabajo me costo ponerlo 
de relieve. Esta actitud fue" la que desencaden6 la tormenta. 

Los sucesos posteriores han demostrado que el Acuerdo era 
la unica politica nacional. Los mismos que lo combatieron han 
recurrido a 61 para salvarse. 

Y se han salvado ! Esto no importa un reproche. Por lo con- 
trario, eso los enaltece, porque s61o de espfritus estrechos es el 
de persist ir en el camino del mal. 



Ill 



Los sucesos me condujeron al terreno de presentar mi candi- 
datura para diputado por el departamento de CeiTo Largo. Para 

espiritu y de las grandes catastrofes y concentran en 61 6dio, amor, ad- 
mira recio, caando debian, equitativamente, repartir sa mala 

Toluntad o axcCto entre los qae faeran dignos de uno u otro sentimiento. 

Por esto yo he desoido las instanoias de mis amlgos benevolos que 
me invitaban a participar de la lucha politica, y atin mas, no he dado 
mi consentimiento para que se designara an Club con mi modesto nom- 
bre, para sabstraerme de rozamientos apasionadoa, evitando la discusi6n 
alrededor de mi persona. 

He agradecido el honor, y en el olvido, sin mas ambicidn. que la fe- 
licidad de mi patria y el triunfo leal del partido politico de mis afeccionea, 
contemplo los sucesos, apenandome a veces los extravios qoe llevan a. 
la picota a ciadadanos como Vd. dignos de admiraci6n y de respeto. 

Lo abraza efusivamente, sa afmo. amigo y S. S. 

Juan Angel Golfartnu 
S/c. Defensa 06#. « V ' ' 



— 14 — 

los que me conocen es in u til que me explaye al respecto. Y para 
los que no me conocen, que seran los menos, leyendo este folleto* 
aprenderan & conocer al ciudadano. Yo iba, como en los paises 
democraticos, a buscar en la fuente de la soberania nacional la 
sancion a los actos por mi realizados. Queria saber si los aproba. 
ba 6 reprobaba. De ahi que deseara conversar con los electores 
para darles cuenta de mis actos. Esto era lo practico y lo her- 
moso. 

Yo no buscaba la candid atura en si misma. Esto se com- 
prende facilmente. El caudillo Saravia, personalidad prepo- 
tente, creada, en parte, por los sucesos, y en parte, por los hom- 
bres, creyo conveniente combatirla. Se presentaba una hermosa 
ocasion para demostrar que el partido nacional no amaba al cau- 
dillaje. Yo no tenia inconveniente en prestarme para esa lucha, 
consecuente asi con los principios de la colectividad nacionalista* 
El silencio y el vacio fueron la respuesta. En la intimidad mu- 
chos eran los que aplaudian ; pero nadie se atrevio a alentar la 
actitud democratica, en publico, ni a ofrecer su concurso. Hubo 
cobardia ! Querian que yo solo me sacrificara. 

Por mi parte, acate* la voluntad de ciertas personalidades y no 
crei del caso estrellarme contra los sucesos, que, al parecer, podian 
mas que mi voluntad. ( 4 ) No tenia interns, tampoco, en producir 
un conflicto. La prudencia asi lo aeon sej aba, en esos momentos 
dificiles. El caudillo, se decia, es necesario para Hevar adelante la 
causa del acuerdo. Habia que conservarle la sangh * "'" cr **> de- 

(*) Semt doctor don Alberto Palomeqne. 

Querido amigo : 

Me tiene preocupado su viaje a Melo. 

Temo que pueda ser de mal resultado, principalmente para la idea 
a que Yd. ha dedicado tantos y tan patri6ticos esfuerzos en los nltimos 
meses. 

,;IS T o seria mas pradente esperar la carta annnciada, para saber a que 
atenernos? 

Sq visita a Cerro' Largo preparada con tino, sera segnramente un 
exito para todos, como Vd. me lo decia el otro dia, y en este momento 
en la impresi6a en que Vd. se halla, puede ser todo lo contrario. 



— 15 — 

claraba un hombre de experiencia. Lo fundamental para el pais era 
el acuerdo. La candidatura de Cerro Largo era acce^oria. No habia 
para que enceguecerse. Conseguido lo grande, poco importaba lo 
pequefio. Esto vendrla envuelto en aquello, bajo cualquiera otm 
forma, moral 6 material. Y asi ha sucedido. El alma renace. hoy 
a la esperanza. Ahi estd la Paz ofreciendonos d todos sus opi- 
mos frutos en el gran laboratorio del trabajo. 



IV 



Con ese motivo, me vi en el caso de escribir una carta al 
caudillo, d quien tan culto presentan los que le conocen. ( 5 > Por 
otra parte, esa carta se imponia, visto lo que mas adelante expon- 

Yale la pena, pues, esperar unos cuantos dias. La cosa no tiene tanto 
aj)uro para lanzarse asi a cuerpo perdido y con espiritu de lucba, cuando 
€[SO no conviene ni a Yd. ni al parti do, ni al pais. 

Me tomo la libertad de hacerle estas indicaciones, de las que parti - 
cipa don Enrique y me autoriza para decirlo y agregar su pedido al mio. 

Le ruego, querido amigo, que medite nn instant e sobre este atrevi- 
miento de mi parte y creo que est* inspirado en la buena amistad que le 
profeso y de el inj$r6s de la causa a que Yd. y yo deseamos servir. 

Suyo affmo. 

A. Rodriguez Larreta. 
S/c. Septiembre 19 de 1901. 

(5) Senor General Don Aparicio Saravia. 

Melo. 

May senor mio : Para escribirle a Yd. estas lineas ne- 
cesito comenzar por manifestarle que no aspiro a ningnna candida- 
tura de diputado por ese departamento. S6lo asi podria creerse en la no- 
bleza de mis sentimientos al leerse lo que paso & escribir. Si yo persis- 
tiera en ser candidato se veria un interns mezquino en lo que aqui 
expondrg. 

He leido la tarjeta que Yd. ha enviado a! senor don Enrique Anaya. 
No puedo ni debo guardar silencio, porque cuando uno no ha ofendido 
no hay para qua cargar con responsabilidades. Y si no guardo silencio 



— 16 — 

go, y las lfneas que una tercera persona me habia trasmitido, como 
viniendo del eaudillo, en las que hablaba de mi. Yo no podia 
guardar silencio ante lo que el afirmaba. Tenia que levantar un 
cargo, viniera de quien viniera, de un personaje como de un du- 



es porque, al fin y al cabo, alg&n respeto me merece Vd. Si no faera 
asi, no me preocuparia de ello. Y mucho menos me preocnparia si 
fuera a dar pabulo a cuanto se me ha dicho que Yd. ha manifestado 
respecto de mi. Otro tanto parece le hubieran relatado a mi respecto, Es 
de lamentar que tanta imriga hay a encontrado acogida en el espi- 
ritu da nn hombre tan altamente colocado. Dicho esto, desearia que Vd. 
me indicara el concepto que yo haya vertido, desde 1897, que menosca- 
bara su dignidad. En cambio, yo podria recordarle a Vd. mas de ana 
frase alentadora desde que su personalidad se disen6. 

Como no deseo, pues, que Vd. de asidero a ninguna intriga, ruegole 
reciba estas lineas como una contestaci6n a las dirigidas por Vd. al serior 
Anaya. Lo hago en cumplimiento de un deber, porque es Vd. un ciuda- 
dano a quien se le debe consideraciones, sin que esto importe servilismo. 
Por lo demas, lo que Vd. haya dicho de mi, no me preocupo de ello. 
aunque lo lamente, porque siempre es bueno ser Men conceptuado pji 
hombres que han llegado a adquirir prestigios populares, como su, •• 
de con Vd. Yo bien s6 lo que yo he dicho de Vd., nada ofensivo naturv.1- 
mente, pero si muy encaminado ai bien de la Patria. Todo lo que he di 
cho esta escrito. Alguien, que muy de cerca le toca a Vd., lo criticO, * n 
comprenderlo, 6 sin quererlo comprender, en un diario de esta cin.'ad. 
En seguida mand6 una rectificaci6n dictendole : Vd. no ha entendido lo 
que ha leido ; lea todo y Vd. vera entonces cuan cierto es aquello de oue 
con dospalabras escritas por el enemigo se le puede hacer decir lo <|ue 
se quiera. Y esta rectificaci6n, de ahora un ano. que no quiso pul'icarse 
en u El Pais" fue lo que me hizo decir en uno de mis ultimos articulos 
aquello de que se tenia por siatema inventar hechos y no publicar las rec- 
tificaciones, para que asi pasara en autoridad de cosa juzgada la inexac- 
titud. Y fu6 en un folletin de aquel diario, donde, un joven Muii6z Mi- 
randa, bajo un pseud6nimo, me atribuy6 cosas que yo no habia dicho en 
mi libro El ano fee undo. Puede Vd. interrogate al respecto, lo mismo 
que ai doctor don Mario L. Gil, director entonces de ese diario, cuya 
malevolencia hacia mi es publica y notoria. Este hecho me hace recordar 
el incidente entre Chateaubriand y la duquesa de Angouleme. Esta se 
hallaba ofendida por una frase escrita por Chateaubriand en su libro 
Congreso de Verona. Una persona amiga de ambas, como sucede aqui 
con don Enrique Anaya, se interpuso un dia, y aquella frase, un coup 
de boulet fu6 explicada por Chateaubriand, quien, en carta hermosa que 



— 17 — 

dadano humilde. Alia fiie* mi carta, honrada por el senor don En- 
rique Anaya, que la entrego al caudillo. < 6 ) Era noble, pero sin 
soberbia. No f u6 contestada, y ya se verd la influencia que esto tuvo 
durante mi estadia en Melo! Y asi suelen ser los politicos de 
mi pais, 6 los que aspiran 6 pretenden serlo, para captarse sim- 
patias. Creen que despreciando a los que dan ejemplos de levan- 
tada urbanidad es como se recomiendan ante el coneepto publico* 
Es triste decirlo, pero el suceso obliga; tratandose de un caudillo 
recie*n surgido a la vida y que no ha hecho sino gozar de los es- 
fuerzos acumulados por generaciones batalladoras, nobles y des- 
interesadas, como lo ha sido aquella a que he pertenecido. 

Alguien habia explotado ciertas frases vibrantes que pronuncie' 
cuando se inauguro el Congreso Acuerdista, en Montevideo, el 25 
de agosto de 1901, que aparecieron textual men te en El Siglo. 
Eran como mias, y como yo las pronuncio. No era la frase, en si 

la historia conserva, le decia a la duquesa de Angouleme : « en las pr6xi- 
mas ediciunes yo no borrare expresiones que perraanecieran contra mi 
voluntad en la primera, pero yo las explicarS, y esas explicaciones no 
dejaran duda alguna sobre el fondo de mi fidelidad*. La desgraciada 
duquesa perdon6, dice an escritor, sin duda; pero, a an hombre como 
Chateaubriand, se le debia quiza otra cosa y algo mejor que an simple 
perddn. Y en efecto, anos mas tarde se le desagravi6, llamandosele 
para tenderle una mano que 61 honraba. 

Yo no puedo ofrecerle nuevas ediciones de mis libros, como Chateau- 
briand, pero puedo si decirle que yo no ofendo gratuitamente. Mas : que 
nunca adule a persona alguna dentro de mi relativa humildad. He 
creido convenient dar a Vd. estas explicaciones por lo que a mi mismo 
me interesa, que explanare durante mi prflxima estadia en esa, si fuere 
necesario, las que creo que Vd., en su recto criterio, sabra apreciar, como 
que ni nacen del cortesano ni del ciudadano que nada pide al caudillo 
omnipotente del Partido National, del cual es auu un miembro activo y 
viejo soldado quien se suscribe de Yd att. y afmo. S. S. 

Alberto Pctiomeque. 
S/c Octubre 2 de 1901. 

(6) En mi reciente viaje. a Melo tuvs la oportunidad de hablar 
con el caudillo, quien me dijo que no era verdad que el senor Anaya le 
hubiera Ilevado y entregado la carta, pero que se la habia enviado por 
tercera persona. 

2 



— 18 — 

misma, la que traducia mi pensamiento. Era mi actitud, mi ade- 
man, mi fisonomia, el retintin usado, lo que revelaba mi proposi- 
to. Las palabras nada decian de por si. Habia que traducirlas, 
despuSs de haber visto al orador, levantando el brazo y seiialan- 
do hacia el espacio, hacia una parte del mapa, donde se hallaba 
el mas prepotente de los caudillos! Las palabras, tomadas en si 
mismas, eran cultas, y no herian, por mas que en el fondo impor- 
taran recoger el guante arrojado por el caudillo al combatir la3 
ideas acuerdistas que sosteniamos los politicos de toda la Republica* 
Esto nadie lo ignoraba entonces. Si 61, piiblicamente, no se decia 
enemigo de las ideas acuerdistas que se sustentaban en beneficio 
del Partido National, en cambio se decia adversario de ellas, en 
privado, buscando todos los medios para imposibilitar su desarrollo. 
Acababa de herir al Directorio de su partido arroj&ndole la renun- 
cia de Presidente honorario ! Era un medio, como cualquiera otro, 
de demos trar lo que pensaba. Y era asi, en esas condiciones, que 
yo iba a trasladarme k Cefro Largo, sin otro capital que mi cien- 
cia y mi experiencia. Me halagaba la campaila. (') Tenia la segu- 
ridad de triunfar, a existir verdadera lucha democr&tica, & encon- 
trar ciudadanos en aquella zona de la Republica que quisieran 
sustentar sus opiniones ya manifestadas. No me asustaba el cau- 
dillo, de quien, por otra parte, tenia una idea favorable, por lo 
mucho que de el me han hablado jovenes amigos, porque mi vida 
ha sido un continuo batallar contra hombres de esa indole. Me 



(?) Ayer, a ultima hora, recibimos del distingaido doctor don Alberto 
Palomeque, el telegrama que publicamos en seguida : 

Montevideo, 30 de Septiembre de 1901. 

A El Beber Civico. — Melo. 

Quiera Yd. anunciar mi viaje a esa que se celebrara indefectible- 
mente despaes del seis de octubre, de acuerdo con la conferencia que 
acabo de tener con el senor don Enrique Anaya. Saludole rogandole 
trasmita 6s te a los demas colegas a quienes agiadecere la publicaci6n. 

Alberto Palomeque* 



— 19 — 

tenia fe. Pero, los sucesos pudieron mas que mi voluntad. Tuve que 
dominarme y veneer mis propias pasiones. $) 

Y de esto estoy satisfecho. 

;Cuan grande se muestra el hombre que se vence a si mism 
y no se deja guiar por la preocupacion mundana \ 



Los sucesos se desarrollaron. La calma renacio. Y el caudillo, 
que era un guerrero, que obedecia a su natural tendencia, empezo 
& ver, con sangre dulce, que la opinion ptiblica era un factor in- 
dispensable en la contienda. Llego a* convencerse de que su po- 
pularidad, surgida de los sucesos de 1897, tenia un fundamento : 
la ansiedad de los habitantes del pais, por aquel entonces, de tener 
un gobierno honesto. Entonces era todo el pais el que protestaba. 
Si ; todo el pais, sin distincion de opiniones partidarias. La revo- 
lucion no fue" la obra de un hombre ni de un caudillo. Era la 
obra de todos los que bregaban por la moral politica desde los 

(8) Sigae preocupando la atenci6n nacionaiista, el discurso del dec- 
tor don Alberto Paiomeque en favor del proyecto de reformas a la ley 
electoral,— que integramente publicamos en este numero. 

La noticia circulada sobre el pedido de descalificaci6n partidaria de 
ese ciudadano se coniirma. 

El Gongreso de Clubs Nacionalistas celebr6 anoche una sesi6n en el 
club « 2 de Enero », para ocaparse de este asunto, sancionando— a pesar 
de la opinion may generalizada de que es intempestiva su intervencidn 
— la mocion que en seguida publicamos : 

« El Congreso de Clnbs Nacionalistas, ha visto con profundo des- 
agrado la actitud politica que en estos ultimas tiempos ha observado el 
doctor Alberto Palomeqne y principalmente en el debate parlamentario 
que tuvo lugar resieatenienta eon mofcivo de la reforma de la ley electo- 
ral — demostrando nn empeno ineoncebible ea favorecer al adversario 
aun a costa de sacriiicar los mas radlmentarios fundamatrtos de derecho.* 

En consecuencia, este congreso califioa la actitud del doctor Palo- 
meqne de altamente perjudicial para el partido en cnyas filas dice que 
milita, — (El Dia), 



— 20 — 

puestos que desempeiiaban 6 desde las filas del pueblo en la 
prensa diaria. Lamas y Saravia, Saravia y Lamas, sin desmere- 
cer en su obra de guerreros, no fueron sino los sustentadores de las 
hermosas ideas proclamadas por eminentes ciudadanos desde la tri- 
buna parlamentaria 6 desde la tribuna periodistica. El mundo po- 
litico no habia nacido con ellos, como tampoco morira con ellos. 
Ha sido y serd. Y digo esto, porque al ver lo que sucede, y al 
leer lo que se escribe, cualquiera creeria que estdbamos en el 
caso de exclamar : / El dia que lie naciste, nacieron reeien las vir- 
tudes polUicas ! Y antes que ambos nacieran \ cuantas virtudes 
se habian sembrado por hombres eminentes, por nuestros padres, 
en el terreno de la politica, al lado, es cierto, desgraeiadamente, 
de charcos de sangre derramada intitilmente ! Mds fecundo para 
el bien sera" este afio de lucha, de pensamiento, de propaganda 
oral y escrita, en la que los hombres se ban tirado con libros e 
ideas, que los innumeros de luchas civiles, este'riles y sangrientas t 
El Acuerdo, bien conducido, levantaria & los hombres civiles, de 
pensamiento, a* los verdaderos polfticos, f or j ados en la paz y en el 
juego de las instituciones. Por el otro camino, solo surgiran los 
caudillos, en una palabra, los dictadores. 



VI 



El caudillo al fin evoluciono, Los hombres del Directorio Na- 
cionalista, con una prudencia que les honra, con una paciencia a 
toda prueba, han soportado lo que los sucesos han creado. 

Cuestas ensoberbecio al caudillo, hacie*ndolo person aje politico 
de consul ta, para dominar al Directorio de entonces ; y el Direc - 
torio actual luego lo soporto, por conveniencia, por necesidad y 
por patriotismo. Este iiltimo se ha sometido a las circunstancias. 
Habia que transigir con el hombre que dentro del Parlido Nacio- 
nal representa al elemento militar. Y este, al fin, despu^s de un 
sinnumero de evoluciones, al entrar al terreno de la politica, en 
la que quiere actuar, sin darse cuenta del mal que asi se hard, 



— 21 — 

ha tenido que coinprender que sobre su voluntad habia una fuerza 
superior, misteriosa, que nos arrastra: que el Acuerdo era la 
soluckm salvadora para el pais, y la convenient© para el Partido 
National. Ha comprendido que la politiea no se mueve conio 
un campamento revolucionario. Aquello era lo que reclamaba la 
situation y lo que aconsejaba la habilidad polilica. En eete 
.sentido, el caudillo ha visto claro y comprendido que los problemas 
no solo se resuelven por medio de las annas. Armw co&dent togw! 
No ha podido contra los hechos! Y ha procedido bien, para su pro- 
pio prestigio de caudillo. Si no cede, la opinion le hubiera anate- 
matizado : su influencia ya habia empezado £ resentirse ante sus 
vacilaciones. La prensa habia comenzado £ discutirlo y a compa- 
rarlo. Fu6 habil. Reconocio que debia respetar el anhelo popular 
y dejar a los adversarios la mision de dividirse y anarquizarse, si 
lo querian. Si la guerra venia, que viniera de este lado. En- 
tonces ella encontraria al Partido Nacional defendiendo la Paz 
y el principio de autoridad; sirviendo £ la clase conservadora. 
Es seguro que si el caudillo hubiera rechazado el acuerdo, el Di- 
rectorio habria sacudido su tutela, una vez por todas. Entre la 
opinion publica y el caudillo no habia para que dudar. Es de 
alabarse, pues, el espiritu despierto del hombre de la campaiia, 
que ha sabido ser fiel £ la virginidad del sentimiento patriotico 
y a aquel su apotegma politico, que antes de ahora he recordado : 
en todas miestras act i furies traten de que el pueblo este eon nos- 
otros. ( 9 ) 



VII 



Mi actitud de aquellos momentos, dadas aquellas expresiones, 
fue explotada. La prensa de uno y otro color politico desvirtuo la 
frase, pronunciada en el Congreso Acuerdista, que decia asi: « Y 
« como una prueba de que el sentimiento acuerdista no esta" reiiido 

( 9 ) Y^ase mas adelante el capitulo titulado : La frase del cau* 
dillo. 



99 

« con la verdadera lucha democr&tica, del seno de este Comite" Eje- 
« cutivo del Acuerdo surgird un ciudadado que ir£ al Departamen- 
« to de Cerro Largo a" solicitar los sufragios para diputado, alii 
« donde domina el mds prepotente caudillo del Partido Nacional. 
«Y es de esperarse que las chuzas y los trabucos esgrimidos en 
« las cuchillas, en defensa de las libertades ptiblicas, no se esgri- 
« miran para atacar a los ciudadanos en el ejercicio de sus debe- 
« res civicos. » Estas fueron las palabras que tanto se explotaron. 
Mi dignidad no me permitfa descender, en aquel inomento, k reco- 
jer las versiones. Si yo rectificaba, alguien podria suponer que bus- 
caba 6 mendigaba el apoyo del caudillo. Y si bien mi conciencia 
estaba tranquila, bueno es, en politica, y en ciertos casos, no apa- 
recer como limosneros, por m&s que el politico desempefie, casi 
siempre, el papel de mendigo, aunque salvando las formas. Los 
hay que piden sin pedir y que se atufan cuando no se les da, y^n- 
dose al extranjero. Y los hay que piden, pero pregonando, ilustran- 
do & las masas, dando conferencias, sacrificando sus intereses y su 
salud, y que, con bastante experiencia del mundo, soportan las de- 
rrotas con alegria de espiritu, sin atufamientos y sin moverse de 
su hogar. Otras causas pueden obligarlos a alejarse, pero no una 
tan comun como la derrota en la vida de un hombre publico. Este 
no cae por tales actos. Por el contrario, su conducta ecuanime, en 
esos instantes supremos, es lo que lo enaltece, prej)arando asi la 
victoria del futuro. 

Me preparaba, en cambio, para alld en Cerro Largo, eso $i, ante 
mis electores, dilucidar ese punto ; porque si bien podia no estar de 
acuerdo con la actitud, a mi juicio, mtransigente 6 impolitica del 
caudillo, 0°) esto no quiere decir que no fuera prudente, llegado el 
caso, de convencerlo del error en que se hallaba. No era ni seria 

(10) Montevideo, Julio 30 de 1901. 

Di8tinguido compatriota : 

; C6mo suenan bien sus frases ! no por lo que halaguen, sin6 por lo 
que al bien del pais se refieren. Mi actitud es la misma de Yds. incan- 
sables obreros de una causa imperecedera. Son Yds., los que dan vida a 
este movimiento de opini6n. Sin la acci6n de ustedes representando 



— 23 — 

el primer hombre que se convenciera, ante los argumentos, del ca- 
mino tortuoso que seguia ; como yo en mi vida, mas de una vez, he 
acatado la voz del raciocinio y admitido soluciones que en un prin- 
cipio habia rechazado. Pero, hubo un momento en que la rectifica- 
ci6n se impuso dignamente. Y ese momento era aquel en que las 
cosas empezaban & evolucionar conduciendo al caudillo al terreno 

ahi la aspiration de todo el pueblo uruguayo, nada se haria. La Patria 
lo reconocera algun dia. Yds. son la idea nacional haciendola vivida y 
real en el eoncierto de las voluntades partidarias. Ahi, eu esa colmena> 
se maeven y agitan representantes de todas las colectividades politicas 
y de todas las manifestaciones del trabajo nacional y extranjero. Son las 
fuerzas yerdaderas del pais, clamando por el acuerdo y la paz. Nadie 
podra vencerlas. No habra cindadano tan insensato que se atreva a pro- 
clam ar la revolucifm en an momento solemne como 6ste. Qaien lo hi- 
ciera, se agitaria en el vacio y desapareceria envuelto en el ridiculo. 
Un gobierno como el actual, atin con todos los defectos que surgen de 
su origen, es un ideal relativo para los or fen tales, Habra atentados, 
pero los ladrones huyen 6 van a la carcel. Ya no se improvisan fortunas 
desde los puestos publicos. Y el senor Cuestas no debe tener otra aspi- 
raci6n que la de retirarse pobre y humilde del gobierno, para que al 
tin pueda decirse : no es tan mala la casta de los uruguayos. 

La politica del acuerdo exige muchos sacrificios y mucha paciencia. 
Tenemos que apresurarnos a intervenir, aunque seamos crucificados, alii 
donde pueda haber un germen de discordia que obstaculice el prop6sito 
noble que perseguimos de la uni6n de la familia oriental. 

En este sentido llamo la atenci6n de ustedes sobre un punto in- 
teresante que promueve la circular ultima del Directorio del Partido 
Nacional. Esta velado. Es quiz a una cosa pequena. Por lo mismo hay 
que atenderla, por aquello que decia Oonfucio : « prestad una grande 
atenci6n a las cosas pequenas; nada tiene mas importancia que aque- 
llo que parece mas insignificante ». 

Su lectura da a entender que la paz 6 la guerra depende de la 
senaturia de Bio Negro. Pues entonees debemos concurrir, con nues- 
tro esfaerzo, a despejar el camino por ese lado. Bien vale Paris una 
misa. Bien vale la paz de la Republica una senaturia de Bio Negro, 
Eliminar este obstaculo os obra buena y seria. Yo no concibo la politica 
como los equilibrios japoneses. Ese eterno toma y daca no funda nada 
estable. cDeme usted esa senaturia y yo convocart la Gonvenci6n 6 
yo decretare el Acuerdo », no es serio. No debe hacerse depender de 
cosa tan pequena y baladi una cuesti6n fundamental ; ni menos de la 
actitud indebida del adversario la que nosotros debemos asumir, por- 



— 24 — 

del acuerdo. Las personalidades politieas del Partido lo habian 
eonvertido. Y para atraerlo, yo tambi&i hice uso de mis elemen- 
tos. De ahi mi carta, i Era un sacrificio personal el escribirle? ^Era 
■un deber responder asi a lo que £1 habia escrito a una tercera 
persona, amiga comtin de ambas? Sea como sea el pais lo recla- 
maba. Se respeto su feudo, que ya no tenia importancia, desde 



que asi el pais nos lo exije. Obreraos de acuerdo con nuestra concien- 
cia y dejemos que el malo acumule, mientras tanto, los elemeutos que a 
61, y s6lo a 61, han de perder a la larga. El pueblo juzgara y dara 
el premio a quien lo merezca. 

Si es verdad que el Acuerdo no esta aceptado por el Directorio 6 
Convencion del Partido Nacional sino en principio, ni designado al efecto 
sus delegados para discutir las bases entre los elemento* politicos de 
significaci6m, debido a que el caudillo revolucionario no lo ha querido. y 
que todo esta supeditado a su omnimoda voluntad, resultarian inutiles el 
Directorio, el Congreso Elector y los Conventionale*. Nombremos c6nsul 
al caballo del Cesar, cuanto antes ! 

Si aquello es verdad, ique error el del caudillo! que error el de 
sus consejeros! Si el, cuando el Directorio resolvid consultarlo por in- 
termedio de los senores Larreta y Lamas, se hubiera anticipado a de- 
cir, telegraficamente : «No necesito emisario ni ser consultado: soy un 
simple ciudadano activo del partido, que respeto lo que el Directorio 
de mi colectividad resuelva: estoy a su disposici6n como soldado para 
dar mi vida y mi sangre, si fuera necesario, de acuerdo con su resolu- 
tion: pero si se desea conocer mi opinion, cual la de otro cualquier 
miembro del partido, dire: ; Adelante con el acuerdo que el pais lo 
quiere y lo pide, y asi lo aconsejaba Diego Lamas !» de todas partes 
habria salido una voz unisona que diria : «; Bravo ! caudillo nacionalista, 
; sigue adelante ! asi, si en la guerra fuiste noble y valiente, en la paz, 
te acrecientas como grande y en ti reconcentras todas las aspiraciones 
de un pueblo, el unico a quien debes escuchar en las grandes y solemnes 
ocasiones : el acuerdo es tu corona de siemprevivas. El pueblo te dio la 
ocasi6n para coronarte guerrero magnanimo y este la ha proporcionado 
ahora para presentarte como mensajero de la paz, desputs de haber sacado 
chispas al granito de nuestras sierras con el choque de los cascos de 
tus potros. » 

£ Nada de esto parece que se desea ? i Sera verdad que el caudillo 
se impone y que exije la senaturia de Bio Negro, lo accesorio, en cam- 
bio del acuerdo, que es lo principal ? Mucho que lo dudo. Puede que 
sin pensarlo bien, lo hay a ideado; pero no creo que per sis ta en 



25 



que lo que se perseguia era lo fundamental, lo grande : el Acuerdo. 

Desde ese instante ya podia hacer rectificaciones. Ya a nada 
se aspiraba en Cerro-Largo. Y la prensa de la Capital rehuyo 
«sas rectificaciones. Lo que el lector leera, lo desmostrar& elo- 
<mentemente. 0*) 

Al terminarse la Jornada, la moral de mis actitudes se reco- 
noce. Los qu6 ayer querian expulsarme, me agasajan ; y los que 
sostenian que yo, vencido, tomarfa el camino del extranjero, son 
los que, con odios y maldiciones, toman la maleta, sacuden el 
polvo de 8us botines, y exclaman : /Pdtriu iugrata no poscerds 
mis pivd?4ecioneJt. f 

Es que al luchador de raza solo se le vence con la pahna 
de la victoria 6 del martirio, pero con la sonrisa siempre dibujada 
en los labios, como una prueba de su verdadera alegrla de espi- 
ritu ; esa que nace de la bondad y del amor en que se ha inspi- 
rado la batalla librada a favor de la concordia civica. Y es esta 
la tinica que ha podido sostenerme en tan hermosa Jornada. < 12 > 

ello, si lo estadia a fondo y prevee sus consecuencias. Alguien ha de 
ser pradente. 

La misi6n se impone. Hay que pensar con altruismo, pero sobre 
todo politica y practicauiente. La senaturia de Rio Negro no debe ser 
un pretexto para aingan conflicto. El patriotismo impone una actitud 
elevadisima. Y los que son acuerdistas, como los doctores Rodriguez 
Larreta y Espalter, le deben a aquella sociedad de Rio Negro un servicio 
eminente: el de restablecer su- armonia, su conciliaci6n, 

I C6mo ? 

No hay para que decirlo. Eilos lo saben : a ellos toca hablar. 

He creido de mi deber exponer a Vds. estas ideas. No se si seran 
oportunas y buenas. Al hacerlo, demuestro sencillamente que siempre 
«igo ocupaudome del magno problema de donde depende la paz 6 la 
gaerra. 

Grato a Vds., saludo con toda consideraci6n y respeto. 

Alberto Palomeque, 

(H) Vease el Capitulo siguiente, titulado: Del doctor Palomeque. /JS*- 
to si que es mio! 

(J 2 ) Los ataques a mi persona tendian a un solo prop6sito : a desau- 
torizarme dentro de mi coleotividad, porque yo no aceptaba el desacuerdo 



— 26 — 

electoral sosteuido por un pequeno grupo radical. Esa propaganda era 
)a obra de un espiritu reflexivo como el del doctor don Carlos A. Berro. 
Este se ocultaba tras de telones, porque al hacerla se mostraba incoir 
secnente con lo que en toda su vida ha sido y ha hecho, desde el gobierno 
de Latorre a la fecha, con Tajes, Herrera y Obes, Idiarte Borda y Cues- 
tas. No se lo critico, sin embargo, porque cumplio con su deber con 
honestidad. Hacia un ario que yo habia sostenido polemica con el joven 
poeta don Carlos Boxlo y Dr. Vicente Ponce de Le6n, redactores de El 
Pais, la que por ahi anda, en folleto titulado: El desacnerdo electoral. 
Y ahora, al iniciarse la segunda Jornada, volvian los mismos elementos, 
aunque por vias separadas, a atacar, no mis ideas, sino mi individualidad, 
desde El Deber y El Pais. Como siempre, tuve que levantar la dis- 
cusi6n, dando lecciones de cultnra periodistica a quienes parecian ignorar 
la mision del hombre publico. En este folleto he reunido esas elucubra- 
ciones, que pueden ser utiles algun dia. Se trata de polemicas con los 
senores redactores de los diarios El Pais y El Deber, dirigidos respec- 
tivamente por los senores don Guillermo Melian Lafinur, Carlos Roxlo y 
Vicente Ponce de Le6n. Y para completar el pensamiento que informa 
este libro, incluyo, al final, las Confer enci as que di en los Departamen- 
tos de Montevideo, Salto, Soriano y San Jose, propagando la idea de la 
concordia civica en nombre del Comite Acuerdista, que asi me honraba, 
compuesto de los distinguidos ciudadanos don Domingo Aramburu, Martin 
Berinduague, Nicomedes Castro, Eduardo Acevedo, Justino Ximenez de 
Areehaga, Pedro Carve, Gonzalo Ramirez y Rufino T. Dominguez. 

Y la corono con la exposici6n de lo sucedido en la Convenci6n Na- 
cionalista de Paysandu, que sell6 para siempre la idea del Acuerdo, 
obra a que eontribuy6 eficazmente el estadista don Agustin de Vedia, 
y aun el caudillo militar don Aparicio Saravia. En este incidente se 
revelo el tacto con que procedieron los miembros del Directorio Nacio- 
nalista, senores don Enrique Anaya, Aureliano Rodriguez Larreta, Al- 
fredo Vidal y Fuentes, Juan A. Smith, Eseolastico Imaz, Eduardo Lamas, 
Francisco Haedo Suarez y Jose Romeu, aun en medio a sus acciones y 
reacciones, explicates por la especialidad de las circunstancias. 

No poco honor corresponde en esa tarea, al doctor don Manuel 
Herrero y Espinosa, que asi realizaba, al fin, el pensamiento que habia 
expuesto, con toda clarovidencia, en el brindis aquel pronunciado cuando 
el banquete de despedida al senor don Pedro Echegaray, propagandista 
de la concordia civica. Otro tanto ha de decirse de los ciudadanos don 
Jose Pedro y don Gonzalo Ramirez, factores, estos tiitimos, indispensa- 
bles en la noble Jornada emprendida, y en la que tan decisivamente in- 
fluyeron ; brillando, aunque a su modo, la personalidad del primer magis- 
trado de la Republica, deeidido partidario de la politica del acuerdo> 
que ha visto realizadas sus profeticas palabras, cuando, en mementos 



— 27 — 

allictivos, me decia: El acuerdo se hara, y con ese imsmo Direct orio 
^acionalista ahl existente! 

i Gloria a ellos ! \ Honor al pais que al fin ha hecho trixmfar la 
politica del bueu aentido comtin! 



CON DON EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



ESTO Si QUE ES Mfo ! W 



Mi actitud democra'tica ha dado motivo a diversos comenta- 
rios. No siempre es posible venir A la prensa & desvirtuarlos, 
pero hay casos en que ello se impone. El presente es uno de 
esos. Como prueba de que en su oportunidad, cuando mi digni- 
dad me lo permitia, me preocup6 de la cosa, he aqui la carta, y 
su respuesta, que dirigi al senor don Eduardo Acevedo Diaz, 
director de El National. La conferencia & que esa carta se re- 
fiere empezarS & publicarla manana, ( 14 ) en estas columnas, que 
he solicitado, para asi desvirtuar afirmaciones erroneas que en 
este diario El Dm han aparecido y que no me conviene dejar 
subsistentes por lo que k la verdad y a" mis ideas interesa. Di- 
cen asi esas cartas: 

Confidencial, dejando en libertad al senior di- 
rector para que la publique 6 no segiin su 
alegria de espiritu. 

Senor director de El National. 

Presente. 

Distinguido seiior: Ya us ted ve como satisfago su deseo viejo: 
ni el titulo de amigo ni el de correligionario me atrevo a darle. En 

( 13 ) Estas lineas debieron publicarse en El Dia. Como no creia que 
se me negara hospitalidad, tanto mas cnanto que se trataba de rectificar 
una version inexacta, me apresure a escribirlas. En su oportunidad fue- 
ron conocidas por el doctor don Anreliano Rodriguez L arret a y ei senor 
don Jnan F. Delgado. 

(1 4 ) Esta Conferencia va mas adelante. Sigue a este capitnlo. Se pu- 
blico en El Sigh. 



Q9 

cambio, me cuesta decirle: distingaulo /tenor/ Me cuesta, si, ^y, por 
que* no decirlo? ^acaso no se ennoblece el alma cuando dice la 
verdad? ^es un crimen caliiicar uno mismo como sarcasmo aquello 
que se ve obligado a* hacer? ^no es un sarcasmo que yo tenga 
que decirle a* tinted: dUtinguido senor, cuando toda la vida le he 
dicho: Cfie, dejdte de jorobar l/i pacientia y tamos a disfraxarnos 
de vascos para presenlarnos en el baile de 'mascaras, donde tan 
bien haciamos nuestro papel que, de entrada, no mas, todos nos 
conocian? ^no es ridiculo que yo me ponga serio y cereinonioso- 
para saludar al santo de quien digo alia para mis adentros: pero 
si yo te ronoci narattjo, como el Cristo del paisano viejo? 

Pues bien, ni amigo, ni correligionario ; y conocido y gracias, 
como dieen nuestros compadritos, con quienes tanto hemos inti- 
mado en nuestras mocedades y de quienes algo, al parecer, se 
nos ha pegado, muy en especial aquello de romper y fabricar 
amistades. Sea! 

Se me ha asegurado que en el articulo de ayer el director de 
El National hace alusion a mi con motivo de algo que dije en 
mi ultima Conferencia. Yo lo he leido, y en verdad alguien 
puede creer que el simbolo se descubre en medio & la bruma que 
rodea al articulo y a sus ideas. Es sabido que para el director 
de El National hay dias en que imita a Cristo, pues habla con 
parabolas, como queriendo, con ellas, parar la bola, que rueda sin 
que nadie pueda detenerla. Asi sucede que no muchos lo entien- 
den. En cambio, ; como lo comprenden, cuando abandonando el 
terreno de parar la bola, grita en^rgicamente, como el jugador : 
tengo bola bastante para mantener el juego ! Y entonces \ qu6 her- 
moso se destaca el hombre, ante las multitudes que creen que solo 
el valor indomable gobierna el mundo ! pero tambien ; cuan contra- 
riamente lo juzga aquella parte del pais que estudia y medita ! 
Entre el hombre de las parabolas y el de tengo bola, no me que- 
do con ninguno en este instante de su vida. Con el primero, 
porque no lo entiendo y desdice de sus antecedentes ; con el 
segundo, porque todo lo destmye y nada edifica, Es el caso 
de decir : « ni contigo ni sin ti mis penas .tienen remedio ; con- 
tigo, porque me matas, y sin ti, porque me muero. » 



— 33 — 

AJiora bien, yo no se ahora & cual de los dos hoinbres diri- 
girnie. Puede que el uno me entorne las puertas con parabolas 
que no entienda, y puede que el otro me d6 con las mismas en las 
nances, Y esto si que lo entenderia! De todos modos, alld voy, 
suceda lo que suceda. 

Pongo a disposici6n de esa distinguida e ilustrada direccion de 
El National mi pobre conferencia. Si quiere honrarme, publicandola 
en sus columnas, se convencerd del error en que han incurrido 
muchos al atribuirme cosas que yo no he dicho ni pensado decir. 
Solo una cosa pido: que la hospitalidad sea amplia, que se espere 
a la publicacion Integra de toda la Conferencia para entonces dis- 
cutir las ideas emitidas: que no se le pongan acapites ni notas ni 
observaciones ni articulos en contra hasta que la pobre saiga ilesa. 

En este sentido, me dirijo al senor director a quien por sarcas- 
mo saludo con toda consideracion y respeto, porque a la punta de 
la lengua viene aquello de otros buenos tiempos : andate a la 

Suyo atto. y S. S. S. 

Alberto Palomeque. O 5 ) 

( 15 ) Direcci6n de ffl Rational. 

EDUABDO ACEVEDO DIAZ saluda may atentamente al distin- 
guido abogado y compatriota doctor don Alberto Palomeque ; e impuesto 
de la oarta que se dign6 dirigirle anoche, solicitando columnas en 
« El Nacional • para la insercion de su tiltima conferencia sobre 
acuerdo de partidos, cumple decirle a titulo de leal tad que no ha alu- 
dido a su persona y a sus opiniones en articnlo editorial alguno del dia- 
rio que dirije; y que deplora no poder dar acojida a la publicaci6n 
solicitada por razones mny atendibles de politica partidaria. 

Imp. Sep. 12 de 1901. 



EL DISCURSO SENSAOIONAL 



CAUSA DEL ESCANDALO DE LOS JACOBINOS 



EL EFECTO RETROACTIVO EN POLITICA 0*) 



Senor Palomrque — El criterio impuesto por las conveniencias 
generates es el de la concordia. La lucha a muerte entre dos frac- 
<*iones personales ya no tiene razon de ser. La politica no es 
una ciencia del pasado sino del porvenir: no eonsiste en mirar 
hacia atras, sino en marchar adelante: es una verdadera confeccion 
de progreso : es la ciencia del bienestar social : y la misi6n del hom- 
bre de Estado eonsiste en mejorar las condiciones del pueblo. En 

(16> Mi pobre discurso, rampl6n y ex6tico como todo lo mio, ha dado 
motivo a diversas interpretaciones. Lo han hecho celebre. Yo no aspiraba 
* tanto. En prneba de ello habia resuelto no publicarlo en la prensa 
diaria. Lo reservaba para la Bevista " Vida Moderna ", porque asi me 
lo habian solicitado los j6venes directores de esta interesante publication 
nacional. Me parecia que ese estndio juridico cuadraba mas en esa pu- 
blicaci6n cientifica. Los sneesos han podido mas que yo, y ahi va mi 
pobre discurso. Anda tu, pobre frnto intelectual, a la Corte de las 
ideas, le dire como Virgiiio a sus hermosos versos. Parece que una 
mano providencial interviniera en los destinos pnblicos para bien del 
pais. Y es esa misma la que aqui impone la publicidad de un estu- 
dio serio, razouado, tranquilo, politico y altruista, destinado a sem- 
brar concordia y paz. En el se vera la templanza del escritor y 
la suma de verdad cientifica y politica a favor de la t^sis sustentada- 
Esta escrito sin otra pretensi6n que la de defender la verdad, el 
derecho y la justicia, sea el que sea a quien aproveche. 

Dicho esto, ahi va mi discurso destinado a la celebridad, debiendo 
dejar constancia de que las opiniones en 61 desarrolladas faeron aco- 
gidas con aprobaci6n por la inmensa mayoria de amigos y adversaries, 
en la Camara y en la barra, porque son y eran incontestables. (El 
J)ia) f 



:59 — 



i~ 1=1 "" — 



id 



t-xplotar sus preocupaciones. Deber 

:ii» hay en el fonclo de esas almas in- 

n prexlica y ejemplo,las preocupaciones 

■ndenables. En este sentido es grande y 

ctorios de los partidos politicos, que tie- 

utoridad propia y moral. A ellos, mds 

■ ndada la tarea de ilustrar esa masa, con- 

Icro, no llenarla de prejuicios y no iniciarla 

-eo de las personalidades que, en medio a 

, aim conferva esta Patria,por mas que ellas 

•hitamente impecables, por lo mismo que han 

lis. Si los hombres de cierta altura moral .se 

tienen ideales que realizar y medios que utilizar. 

•omo el primero, el respeto de si mismos y entre 

.nente cuando se neeesitan, y luego herirse, no es 

1 social ni politico. Puede hacerse una vez, pero 

ladanos han de estimarse y darse entre si el lugar 

:o le corresponda por sus sacrificios, honor e* ilustra- 

jis puertas de la cordialidad, aspirar a vivir alejados, 

<er el vacio alrededor de hombres eminentes 6 buenos 

rojas de servicio bien ganadas, es constituir a un par- 

o en uncirculo estrecho de hombres que solo opinan en 

y en la oscuridad. Es algo m&s; provocar el excepticismo 

cuyos fatales resultados luego experimenta la sociedad. 

os tener 6 las personalidades dentro de la direccion, que 

A ser como el aro de la ley de que habla Story. 

.t ilustraci6n del punto en debate se hace necesaria. Conviene 

se sepa, como decia Avellaneda, y lo dice el criterio de todo 

abre que conoce la Constituci6n, que los pueblos no deliberan 

las calles publicas sino por intermedio de sus 6rganos compe- 

Mites; y que d ningtin hombre de Estado lo conduce la demago- 

gia & donde ella quiere, sino que va d donde debe ir el buen sen- 

tido y el buen derecho. 

Yo necesito, pues, por mi situaci6n excepcional en el debate, 
en que me encuentro en desacuerdo con muy distinguidos y ardoro- 
sos hombres de talento, estudiar la cuesti6n, y demos trar el 






— 40 — 

en que se incurre, & estar a mi criterio, y a la opinion que, de 
tiempo atr&s, tengo fonnada al respecto. Quiero recordar que mi 
opinion es de data anterior, para evitar malas interpretaciones ; 
quiero demostrar mas: que de este debate ha salido fortalecida la 
sana doetrina sustentada por el ilustrado miembro informante de 
la Comision de Legislacion, el doctor don Serapio del Castillo, que 
ayer se nos revelo orador elocuente, preeiso y oportuno, para ho- 
nor del pais, del parlamento y de si propia 

Varios seriorcs Representantes — Muy bien! 

Setior Palomeque — La masa de los partidos politicos va a" sa- 
ber ahora, tranquila y razonadamente, lo que es la retroactividad 
de una ley en materia politica. 

La Constitucion de la Republica no contiene una disposicion 
que se asemeje k la clausula de la Constitucion de Norte America. 
Esta previo el caso y dijo al Congreso, terminantemente: « ningun 
« proyecto de ley para condenar sin forma de juicio (bill of atlen- 
« der), sera aprobado, ni aceptada ninguna ley reiroaciiva » (ex post 
facto). Previsto el caso en la carta americana, los tribunales tienen 
alii el deber de conocer sobre la constitucionalidad de una ley. 
Pueden revisar el acto legislativo. Tiene la Corte esa facultad, 
emanada de la Constitucion. Pero, en el caso especial de que me 
ocupo, esas leyes ex post facto se refieren 6 comprenden, dice Sto- 
ry, en la acepcion mas amplia, hasta cierto punto, a todas las leyes 
retrospectivas, las leyes arreglando 6 revisando asuntos pasados en 
materia civil y criminal. Algunos jurisconsultos han sostenido por 
argumentos dignos de atencion, que los te*rminos de la Constitucion 
admitian una interpretacion semejante. Sin embargo, la opinion ge- 
neral se ha pronunciado por una interpretacion mas restringida* 
Hoy dia se piensa que la prohibicion de hacer leyes ex post facto 
no se extiende sino al de las leyes penales y que alcanza &> toda ley 
por la cual un hecho es declarado crimen, y castigado como tal, 
cuando este acto no estaba calificado de crimen en el momento de 
consumarlo: 6 toda ley que agravase la pena 6 exigiese pruebas de 
conviccion menos f uerte que en la epoca de la perpetracion del cri- 
jnen.» Y & este comentario de Story se agrega la opinion del celebre 
comentador francos don Paul Odent, que dice asi: «Se debe concluir 



— 41 — 

de esta interpretation (de Story), que el Congreso puede saneionar 
leyes retroactivas en toda otra materia*. (Story — pag. 251 y nota 
respeetiva ). En Chile mismo, no obstante lo que la Constitution 
prescribe expresamente, el seilor Chacon admite la retroactividad, 
aim en el orden civil, con ciertas restricciones, y ampliamente, en el 
orden politico. 

Como se ve, aun en aquellos paises que tienen un precepto cons- 
titutional expreso, s61o admiten el principio de la no retroactividad 
para el caso de las leyes penales que empeoren la situation del in- 
culpado. Fuera de ahi puede el Congreso saneionar leyes retroacti- 
v&*. Y debe tenerse muy en cuenta que ese precepto constitutional 
solo se extiende, & lo ma's, & las cuestiones civiles y penales, pero 
nunca & las politicas ! Por eso son muy acertadas las observaciones 
de Laurent, que ayer nos leyo el doctor Castillo. Concuerdan, en un 
todo, con los, comentaristas de Derecho Constitutional que he citado. 
En las relaciones de derecho civil: derecho de las personas, derecho 
de la familia, derecho de las cosas, derecho de las obligaciones, de- 
recho de sucesion, etc., etc., las leyes no pueden tener efecto retro- 
activo iii alterar los derechos adquiridos. Esto es indiseutible. Y 
aun a*imismo sabios como Merlin, Chavot, Mayer y varios juris- 
consultos alemanes, dice el doctor Velez Sarsfield, han combatido 
el principio de la retroactividad de las leyes como incompatible con 
muchas de las relaciones de derecho. Y la* consideraciones legales 
de estos jurisconsultos fue lo que hizo decir al gran Freitas, al 
Savigny sudamericano, & ese cuyo retrato acaba de recibirse por 
nuestras primeras autoridades cientificas : que el estado de la. rieneia 

aobre ede aswdo era bien poco sat is fad or io, Y, en cambio, hay pe- 

« 

riodistas que resuelven la cuestion de una plumada ! 

Ahora bien, ni aun aplicando la Constitucion Americana es po- 
table sostener que en materia politica rija el principio de la no re- 
troactividad. Entre nosotros, ni siquiera es posible admitirlo en ma- 
teria civil. Nuestra Constitucion no nos lo prohibe. Podemos hacer- 
lo, si lo creemos del caso, como el mismo doctor Larreta lo reco- 
nocia ayer cuando hablaba de violar la Constitucion ante un interns 
supremo. (Apoyados). Entre nosotros se puede hacer, porque no 
hay violaci6n constitutional. Como legisladores no hay precepto que 



— 42 — 

no* lo impida. Ahora si, para hacerlo, debemos tener muy en cuenta 
las circunstancias, las razones y los justificativos. Y esa es la mi- 
sion de prudencia y de sabiduria del autor de la ley. No asi no 
mds ha de derogar una ley 6 darle efecto retroactivo, porque el 
caso es muy grave, en este ultimo especialmente. 

Tampoco se dird qiffe esta opinion no es compartida por escrito- 
res sudamericanos vfranceses. 

El articulo 2 del Codigo Frances ha dado motivo para que 
Chantagrel sostenga igual opinion, visto que en la Constitucion de 
aquel pais se observaba el mismo vacio que en la nuestra. Por 
esa razon dice que el articulo 2 del Codigo Civil France's «no 
puede limitar los derechos del legislador, que queda libre de atri- 
buir d la ley que dicte un efecto retroactivo. El ejercicio de este 
derecho puede, segtin las circunstancias, ser digno de censura 6 de 
alabanza ». 

Y el senor Freitas, ya citado, ha sostenido, no obstante lo que, 
la Constituci6n de su pais disponia, « que aunque este principio se 
encuentre consignado en el articulo 172 de la Constitucion del 
Imperio como un principio absoluto, tiene sus restricciones naturales, 
inevitables, como lo confirma la experiencia de todos los dias en 
las cuestiones que siempre pululan con ocasi6n de las leyes nuevas 
que alteran un estado anterior de relaciones. » 

Por esa raz6n es que dicho jurisconsulto, fundado en el mismo 
escritor francos Chantagrel, dice: « que el articulo 172 del C. Civil, 
cuya disposieion no se encuentra consignada en la Constitucion del 
Estado, importa pura y simplemente una regla de interpretaci6n para 
el juez, que, d pesar de las leyes nuevas, aisladas 6 especiales que 
se dictaren, deberd respetar los efectos que ya tuvieron el estado 
de derechos adquiridos, toda vez que el legislador no Jiaya dicho 
formalmenie lo contrario. » 

El doctor don Carlos Tejedor sostiene igualmente que en los 
paises como la Francia es admitida la doctrina de la retroactividad, 
porque la Constituci6n no lo ha impedido. 

Ahora que el principio estd reconocido, es del momento estu- 
diar el argumento de los derechos adquiridos, aplicable al caso 
en cuesti6n. 



— 43 — 

Es indiscutible que nadie puede tener derechos irrevocablemente 
adquiridos contra una ley de orden ptiblico. Ningim ciudadano 
puede deeir que 61 irrevocablemente ha adquirido el derecho de 
desempeiiar determinada funci6n ptiblica. Ningiln derecho ha adqui- 
rido. En nada se le perjudica cuando viene el legislador y dice, con 
ese criterio ecuanime que debe caracterizarle, y que ha de poner es- 
pecialmente en estos asuntos politicos, en que debe proceder a rer- 
dad sabida y bnena fe guardada, y no arbitrariamente : he resuelto 
derogar la ley electoral. El ciudadano no ha adquirido un derecho 
irrevocable contra el orden publico. No puede decirse que por e.sta 
razon no ha de suspenderse el efecto de la ley anterior. Podrdn 
invocarse otras, para que la ley no se derogue y no se anulen pus 
efectos. Pero, la del derecho adquirido, no resiste a* la justa critica. 

Se habla de derechos adquiridos ! Y afin en materia civil, decia 
el afamado jurisconsulto Rousset, despue's de sesenta aiios de pro- 
mulgado el Codigo Napoleon y deque's de tantas obras especiales 
publicadas, tod a via no se sabe verdaderamente lo que es derecho 
adquirido. E^to dice un sabio jurisconsulto. Hay quienes, sin ser 
sabios, resuelven con mas facilidad. 

Se esta" argumentando, senor Presidente, en esta cuestion poli- 
tica, con un articulo del Codigo Civil. 

Ese articulo fu6 hecho por nosotros, como legisladores. No 
tiene mas fuerza que la que le hemos dado, mientras no se la 
quitemos, fundados, naturalmente, en razones de gravedad. Con el 
mismo derecho con que lo sancionamos, podemos derogarlo. 

Ese articulo esta" bueno citarlo ante los tribunales, porque son 
los jueces quienes han de aplicar el articulo 7.° del C6digo Civil, 
que dice que las leyes no tienen efecto retroactivo; pero no pue- 
de invocarse por nosotros, que vamos a* hacer las leyes: con el 
mismo derecho con que las sancionamos, podemos derogarlas 6 
desvirtuarlas. 

Ese es nuestro poder constitucional, que no debemos renunciar, 
so pena de inhabilitarnos para hacer leyes. 

Como se ve, queda demostrado el punto fundamental de que 
nuestro Parlamento puede dictar leyes con efecto retroactivo. 

El libro que tengo en la mano, seiior presidente, que es un 



— 44 — 

diccionario muy conoeido, el de Escriche, abundando tambiSn en 
estas consideraciones, sostiene que, por exception, todas las leyes 
tienen efecto retroactivo, y en el caso especial, dice : 

« Consideraciones de politico, pueden igualmente mover alguna 
vez el animo del legislador k tender la vista itacia atrds en mate- 
rias de derecho positive Asi es que la ley del 27 de septiembre 
de 1820, no contenta con prohibir para lo sucesivo la creation 
de nuevas vinculaciones, suprimio absolutamente todas las que se 
hallaban fundadas, restituyendo k la clase de libres los bienes de 
que se componian .» 

Y estudiando el caso en que es posible dar efecto retroactivo 
a las leyes, cuando se han cometido errores por el propio legislador 
6 porque las leyes son impolUicas, dice tambie'n este escritor, lo si- 
guiente, muy pertinente al caso : 

« En el segundo caso, por erronea, injusta, inmoral 6 impolitica 
que sea en el fondo la ley, no por eso deja de tener fuerza obli- 
gatoria mientras no sea reformada; y de consiguiente los derechos 
que haya podido conferir k ciertas personas, son ya derechos ad- 
quiridos de que no se las puede despojar. La ley pues, que la 
reforme no tiene por si misma efecto retroactivo : lo tendrd sin duda 
si dctlara la ley precedente como no dada ; pero si se contenta con 
abrogarla, deja evidentemente las cosas en el estado en que las 
habia puesto». 

Queda ahora por resolver el otro no menos fundamental, que 
es el siguiente : 

I Conviene hacer, en el orden politico, lo que se propone el 
Proyecto en su articulo 3.° ? ; si conviniera al pais, i habria con- 
veniencia en restringir el alcance de ese articulado ? 

Este es un punto grave que conviene meditarlo. Una vez re- 
suelto, pero con meditacion s^ria y de buena fe, deber serd de 
los Directorios de los partidos politicos contribuir con todos sus 
esfuerzos a prestigiar la obra del parlamento, moderando pasio- 
nes y demostrando como el criterio imparcial ha llegado k en- 
con trar el justo medio de la medida k adoptarse. 

Es no solo equitativo sino justo devolver aquello que hemos 
adquirido por casualidad. Yo no se si esto serd politico, pero yo 



— 45 — 

s6 que esto es lo honrado, y que asf se acreditan los hombres, 
los partidos y los pueblos. La primera condici6n que debe tener 
todo hombre, en cualqu'era de las manifestaciones de su vida, 
es, la honradez. Y esta es la que debe primar aqui. Y ella, 
honrard & quienes lo resuelvan. 

La ley electoral ha establecido un principio, por el que se 
ha venido pugnando ha" tiempo en la humanidad : el de la re- 
presentation proporcional de los partidos en las funciones elec- 
torales. Ese principio es la base sine qud non del Pacto de Paz 
de septiembre. Alii se declara terminantemente. Con arreglo & 
ese Pacto se dicto una ley dando la representaci6n proporcional 
& las colectividades polfticas. Del acuerdo, base de la elecci6n, re- 
sult6 que la mayoria correspondi6 a" una determinada fraccion y la 
minoria a" otra. No se supuso que llegaria un caso fortuito en que 
solo uno de los partidos se quedara con toda la representacion. Y 
esto ha sucedido por un defecto de la ley, no previsto, 6 que pre- 
visto no se supo evitar. — (Aplausos.) 

Como se ve, el pensamiento fundamental de la ley ha que- 
dado viciado. Ahi esta" el hecho experimental que lo revela. 

Ahi estd el documento hurnuno, como dicen los novelistas. Y 
es precisamente este defecto de la ley, notado en la prdctica, lo 
que ha llamado la atenci6n del legislador. 

Es asi como se corrigen las leyes. Por consiguiente, es ne- 
cesario restablecer las cosas, respetando ese Pacto tan invocado 
y esa gran idea de la representaci6n proporcional. — ( Aplausos 
en la barra. ) 

Yo pediria a los amigos de la barra que no hicieran mani- 
festaciones, para evitar las que despue"s puedan hacerme en con- 
tra. — ( Hilaridad. ) 

Es que los ciudadanos que ya han sido nombrados, se dice, 
se consideran ofendidos, porque eso es echarlos, considerarlos unos 
bellacos, etc. 

Esta bien; pero ^que" dicen los otros? Ellos dicen: de esa 
manera la igualdad 6 la proporcionalidad desaparece: se echa por 
tierra el espiritu de la ley, el pacto: s61o un partido se impone. 

I Quien tiene razon ? i que* es lo que el buen sentido aconseja ? 



— 46 — 

I que es lo que hnpone la politica del acuerdo & aquellos que sin- 
ceramente la querenios para el pais, sin preocuparnos de si 
esa politica nos dara 1 puestos 6 dar£ sinsabores ? i que" es lo mas 
noble, lo mas leal, que levantaria al partido que asi ha sido bene- 
ficiado casualmente, ( aunque dentro de la ley — debe poner este 
parentesis ), pero , coiitrariandose el prop6sito fundamental que 61 
misino ha perseguido en su gran Pacto de Familia? 

La respuesta cae de su propio peso. Ese partido debe em- 
pezar por decir, con toda nobleza y altivez : « si, es verdad, la 
suerte, el abandono 6 la negligencia de los adversarios, me ha fa- 
vorecido, aunque por precepto legal : nada he usurpado : pero re- 
conozco que esta posicion moralmente debe tenerla el adversario : es 
mia hasta que dicteis una ley, por medio de la cual solamente 
debo devolver esta posici6n : hacedlo, y asi se cumplira' : mas 
tened presente que este acto os obliga para el futuro, ya en el 
terreno del acuerdo, de la concordia, 6 en el de la entrega so- 
lemne de las posiciones que gubernativamente se adquieran en 
los comicios de noviembre.» 

Un partido politico no necesita de tales posiciones para triun- 
far, si tiene elementos populares para ello. Eenunciar & un de- 
recho es, con frecuencia, abrir las puertas de la victoria del 
mailana. 

Y esto que digo a una fraccion, digo a la otra ; porque 
yo no s6 por qu6 circunstancias de mi caracter 6 de mis ante- 
cedentes, voy quedando solo en la vida ptiblica, como uno de esos 
hombres que ya no pertenecen a ninguno de los n dos partidos que 
actuan en la Reptiblica, sea por aquello, 6 porque me re- 
pugnan determinados procedimientos, 6 porque mi independencia 
es tal, que necesito decir la verdad y hablar en defensa del dere- 
cho y de la justicia, favorezca 6 no a cualquiera de las colec- 
tividades militantes. (Muy bien. ) (Aplausos. ) 

Mendoxa (B.) — Asi procede todo oriental. 

Senor Palomeqtie — ... Si, a la otra digo : no extremeis el ar- 
ticulo, limitadlo & las Juntas Electorates, que asi tendreis la 
influencia politica que debeis tener : abandonad ese derecho que 
moralmente podeis invocar en lo que se refiere k las deimts Co- 



— 47 — 

misiones ya instituidas en la Capital : buscad ese te*rmino medio: as* 
os engrandecereis : asi respondereis al espiritu de justicia y de con- 
cordia que a todos debe animarnos en este momento politico. — 
( Apoyados. ) 

Voy & terminar, seiior Presidente. 

Un gran orador frances se encontraba en uno de sus her- 
mosos dias parlanientarios en una gran polemica sobre cuestiones 
electorates. Acababan de celebrarse unas elecciones en la Francia 
y, con arreglo a la ley electoral, habian triunfado los que se con- 
sideraban los malos elementos en aquella Reptiblica. 

Un hombre, que acaba de salir de presidio, habia sido votado 
como diputado por una inmensa mayoria. Thiers, Berryer, Bro- 
glie, Montalembert, Changarnier, Saint Priest, se sintieron indig- 
nados ante semejante resultado de la eleccion del pueblo y cele- 
braron una reuni6n & fin de buscar remedio & aquella situacion 
dificil. Gobernaba entonces Luis Bonaparte. 

Bien. Thiers, pequeilo de fisico, pero grande de intelecto y 
audaz, no obstante los grandes defectos que se le han atribuido, 
pero que forman el caracter de los hombres ptiblicos en aquellos 
paises, como en 6ste tambi^n, crey6 que era del caso extremar 
las medidas v buscar en ellas el remedio conveniente & la solucion 
del problema. Un gran hombre, una gran cabeza de aquella Na- 
ci6n, Montalembert, concibio otro proyecto, y dijo : « No, no es esa 
la salida para los hombres de Estado ; debeis sacriiicaros ; conser- 
vad, si quereis, vuestras opiniones monarquicas , aun cuando el que 
gobierna sea un republicano ; abrid la brecha, sin embargo, id alii 
donde esta el Presidente de la Republica y prestadle todo el con- 
curso, todo el esfuerzo de vuestra influencia en holocausto a la 

nacion francesa. » 

Thiers acepto, Changarnier y los demas rechazaron. Monta- 
lembert vio a Luis Bonaparte, Bonaparte accedi6 en el acto y 
Thiers, igualmente ; los otros se mantuvieron & la repulsa ; y mien- 
tras estos hechos se producian, tenia lugar una otra elecci6n y los 
elementos contrarios vencian extraordinariamente, no s61o en Paris 
sino en las demas secciones circunvecinas. 

Hubo un movimiento de indignacion: se agita Thiers y dice: 



— 48 — 

es necesario concluir con esta Constitucion, que es de las mfe 
tontas y estupidas que ha tenido la Francia. 

Montalembert se levanta, y colocandose & la altura de aquella 
situation, dice: no; lo que es necesario es inmediatamente refor- 
mar la ley electoral que ha dado el triunfo al nial proceder y 
la derrota a" los buenos principios. 

. Y efectivamente : Luis Napoleon Bonaparte acoje, el pensa- 
miento. Entonces se propone la reform a de la ley electoral, la 
que en aquellos instantes, fu6 decretada y resuelta. Y a* los dos 
meses, Montalembert, despues de haber sostenido una lucha tita- 
nica para hacer triunfar aquella reforma de la ley electoral, 
veia completamente satisfechas todas sus esperanzas. La Francia 
tuvo asi una de sus grandes Asambleas, en la que se sancionaron 
muchas de las leyes importantes que hoy rigen aquel pais. 

Y cuando Montalembert sostenia aquellas doctrinas, en contra 
de la mayor parte de sus amigos, como lo habia hecho en 1849, 
terminaba su discurso con esta frase, que es con la que yo ter- 
mino el mio : 

Yo no s6, senor Presidente, les decia, 6 ma's bien dicho — 
estoy seguro que con este discurso pierdo mi reelecci6n : la perder6 
y declaro que ser& el mas honrado de los discursos que he pro- 
nunciado en la Asamblea de mi patria. — ( Apoyados ) . 0~) 

Varios Rcpresentantes — Muy bien. — ( Bravos y aplausos en 
la barra ). 

(i~) Y en efecto. Al proclamarse las candidatures nacionalistas, en 
parte alguna ha surgido espomanea la mia. Yo no dire como e^ 
poeta : que mi. ser contra ella rebelarse siento, porque se trata de 
algo que me afecta personalmente y no debo ser juez de mis propias 
aeciones; pero creo que es un problema curioso el que se viene operan- 
do en el seno de una asociaci6n, doude se ven a sus iluetraciones rele- 
gadas al olvido, s6lo porque no comulgan con las exageraciones 6 in- 
transigencias. Los hombres populares, que tienen influencia en el seno 
de las masas, estan en el caso de ilustr arias y encaminarlas. Este es 
precisamente uno de los casos en que estan llamados a llenar esa misi6n. 
Un partido en tales condiciones no tiene derecho a vivir en la acci6n 
gubernativa. No es la masa ignorante la que debe asumir la direcci6n 
politica. Esa masa, mal encaminada, sugestionada, no sabe lo que 
conviene al pais. Y, sin embargo, ella aparece hactendo diputados- 



- 49 - 

Y es esa inconciencia la que hace que hoy voten por quien ayer no mas 
habrian crucificado. Ejemplo de ello, el doctor don Martin Aguirre! 
En el caso concrete mio, esto parece realmente una expulsion para quien 
no estudia. No es asi, como lo prueba mi reciente viaje a Melo, del 
que mas adelante me ocupo. Es que el Parti do Nacional parece que 
quisiera defraudar sus tendencias altruistas, unicas que lo han manteni- 
do en la superncie. Si el Partido Nacional exiate, es porque ha tenido 
individuaiidades como Vedia, Herrera, Lavandeira, Lapido y otras que 
lo dignificaron en la lucha diaria. Siguiendo la tradicidn nobilisima 
de hombres como Berro, Acevedo, Palomeque y otros, repudiaron el pa- 
sado luctuoso 6 iban tras el porvenir. No levantaban las losas de las 
tumbas para pretender la resurreccidn de cadaveres, por aquello de que 
no se enarbolan banderas a los pueblos arrancando girones a un suda* 
rio. En esta descomposiciOn a que venimos asistiendo, se ha hecho del 
Partido Nacional una especie de partido oribista. Se buscan restaura- 
ciones atavicas. Se hacen apote6sis de Oribe. Se exhiben todos los actos 
de este como grandiosos y dignos de imitarse. Se presenta en segunda ca- 
tegoria al guerrero de la Independencia, levantando, en contrario, a aquel 
que derram6 la sangre fratricida, dentro y fuera del pais, sirviendo al 
tirano sangriento que afrentd el Bio de la Plata : ; Eosas ! Y porque 
protestamos contra todo eso. Y porque decimos que eso no es el Par- 
tido Nacional, que nunca lo ha sido. Y porque damos el grito de aler- 
ta a la juventud verdaderamente nacionalista, diciendole : eso es una su- 
percheria, eso no lo quisierou ni Juan Jos6 de Herrera, ni Lapido, ni 
Berro, ni Vedia, ni Lavandeira. ni Roman Garcia, ni Juan Maria Perez, 
ni Belaustegui, ni Palomeque, ni muchos otros, ni ninguno de los que 
cayeron valientemente en todas las protestas armadas y civil es desde 
1861 a la fecha, en las que hemos sostenido con convicci6n y amor el 
Programa que nuestros padres nos legaron, se nos dice : j no sereis 
diputados! Esta bien ; pero entonces no os cubrais con nuestras glo. 
rias. Ese no es el Partido Nacional. Sera otro cualquiera, pero no 
el que hemos conocido luchando con el extranjero, en 1865, y con 
todas las situaciones ominosas, desde aquella epoca, con ligeros in* 
tervalos de reconciliaci6n y respeto al honor politico. 

Y fu& con motivo de esta no reelecci6n que el senor don Agustiu 
de Vedia, impuesto de lo que sucedia, crey6 del caso tomar interven- 
ci6n publica en el asunto. De ello dan cuenta los documentos siguien- 
tes, aparecidos en el diario La Eazon: 

« El Dia consign6 ayer, como rumor, la noticia de la separaci6n del 
Jefe Politico de Cerro Largo, coronel Yarza, agregando que sonaba 
como candidato para reemplazarlo el doctor Alberto Palomeque. 

« Este distinguido ciudadano desmiente esa versi6n en la siguiente 
carta que nos dirige para su publication: 



— 50 — 

• 

Senor director de La Razon. — Estimado senor : Ruego a Vd. qniera 
desautorizar la noticia referente a que yo ser6 nombrado jefe politico 
de Cerro Largo. Muchas razones inilitarian para que yo no aceptara 
tan honroso cargo. Mi.dignidad personal, en primer lugar, me impon- 
dria no aparecer desempenando un papel que no quiero calificar. Puede 
mi partido ser ingrato, si se quiere, conmigo, pero nunca el despecho 
me llevaria a desempenar funciones en que yo apareciera sirviendo pa. 
siones extranas. En los grandes conflictos es cuando mas se necesita la 
calm a. En esto se revela el hombre publico. Y est a es la que deseo 
conservar para mi buen nombre y elde mi partido. Ya vendra el reposo 
del espiritu y entonces se reconocera el error de quienes no han sabido 
proceder con buen criterio y habilidad politica. Mientras tanto, tengo 
el derecho a exigir que se me respete. En otro mom en to, la jefatura 
de Cerro Largo seria un honor. Hoy seria 

Alberto Palomeque, 

Buenos Aires, Noviembre 6 de 1901. 

Senor doctor Alberto Palomeque. — Montevideo. — Tribuna reproduce 
su carta a La Razon, cuya lectura me ha dolido. — Recien se que no 
es usted candidate Lo deploro : pocos lo merecerian tanto. — En con- 
diciones de completa libertad electoral, su nombre debia ser uno de los 
primeros que saliese de las urnas, pues raros seran los que como Vd 
hayan dado pruebas de labor, de patriotico celo, de generosa actividad 
y de ejemplar abnegaci6n. 

Confie en la reparaci6n. — Su amigo. 

Agustin de Vedia* 

Alberto Palomeque a Agustin de Vedia. — Arenales 1059. —No se* 
como agradecer sus buenas palabras. La herida ha sido profunda. 
Cuando veo por todas partes triunfantes las ideas predicadas, sin que 
el portaestandarte se mire rodeado de los soldados, recuerdo aquello 
de que la revolucitin se traga a sus propios hijos. Y, no obstante, es 
necesario decir, con un escritor, que hay que amar sinceramente el me- 
dio en que se vive: hay que penetrarse del espiritu de nuestra edad 
y de nuestro pais para hacernos conocer y amar de nuestros contem- 
poraneos : si no nos sentimos como en nosotros mismos al actuar en 
nuestro tiempo y en nuestra patria, alii donde Dios nos ha colocado 
para vivir, para ver y para accionar, i d6nde y cuando encontrare- 
mos un hogar que nos sea agradable? Es necesario criticarse a si 
misino, que una sociedad se sienta con valor para criticarse ella 
misma, a fin de demostrar asi que la decadencia no se ha producido, dice 



— 51 — 

«se mismo gran escritor moderno. Y es la verdad. To no me siento 
•decadente, porque me atrevo a criticarme. S6 que el que osa, se 
^xpone, por mis que sepa que para veneer es necesario marchar de- 
lante del peligro. Es lo que me ha sucedido. Me lie expnesto ai 
peligro. He sido herido. Y el invalido soporta resignado, con la ale- 
gria de espirita que le proporciona el recuerdo del buen tiempo 
yiejo, diciendose: si hubiera vencido personalmente ; cuanto honor! 

Gracias y crea en la amistad inalterable de qoien queda exclaman* 
do : no hay mas camino que el acuerdo para salvar a este pais ! 

Alberto Palomeque. 
Noviembre 9 de 1901. 



CONFERENCIAS 
OEFENDIENDOME DE LOS ATAQUES 

DE LOS JACOBINOS . 



LA PAZ DEL 6 DE ABRIL DE 1872 



Seiiores : 

Lo veis: s61o, sin Directorio y sin amigos: dos taquigrafos ; 
y una juventud ansiosa de escuchar la verdad y oir brotar el 
derecho y la justicia de las santas fuentes de la inspiration pa- 
tri6tica. — ( Prolongados aplausos. ) 

Alguien, en medio k un gran sentimiento de dolor, creyo que 
yo estaba muerto, y que a mi podria asustarme la lucha titd- 
nica de la democracia, cuando he nacido en medio a* las olas 
bravias de las jornadas formidables ! Alii me he criado y alii morire' 
con la bandera del derecho en la mano y con el corazon sediento 
de — (Prolongados aplausos. ) 

A mi, seiiores, no me asustan leones y mucho menos ratones: 
k mi no me asustan los bohemios, que han vivido siempre a* costa 
del tesoro del partido; que estdn escribiendo, porque se les paga; 
que solicitan limosna k los desgraciados correligionarios, que asi 
entregan el sudor de su frente, sus cincuenta cent^simos y su 
peso mensualmente, para con ella, en el diario insultar al corre- 
ligionario que da pruebas de sania de criterio en las luchas de la 
democracia. 

(;Muy bien! Prolongados aplausos.) 

Nada de eso me asusta; pero, aun cuando no me asusta, me 
entristece ; y no me entristece por mi sino por la Patria. Porque 
^qu6 se dird en el extranjero cuando se vea que a un recien ve- 
nido, k un joven que recien pisa los umbrales de la politica, no 



— 56 — 

se le cae de los labios la palabra loco para con ella tildar ai 
doctor don Alberto Palomeque, que ha sabido salvar, mas de una 
vez, las instituciones y el honor del partido en los jurados y en 
los tribunales de la Republica ? 

Eso es lo que me entristece, sen ores. 

4 Que* se dird? Que somos una sociedad de descreidos, de in- 
gratos, de individuos que no pensamos mas que en criticarnos 
los unos a los otros para subir bien alto ; pero, eso si, para 
derrumbarnos en seguida; porque en las alturas solo saben soste- 
nerse los que tienen el equilibrio de las facultades y esta*n acos- 
tumbrados a batallar eternamente por los principios del honor, de 
la verdad y de la justicia. — (; Bravo! ; Muy bien! — Aplausos.) 

Senores: se ha dicho en un diario que cuando en la Camara 
crei de mi deber pronunciar mi discurso, solicits permiso del Par- 
lamento para comenzar su lectura y que esto importaba una falta 
del Parlamento. 

Pues bien, senores: cuando un periodista ha estudiado real- 
mente su profesion y las leyes de su patria, debiera saber que 
hay un articulo en el Reglamento de la Camara de Representan- 
tes que autoriza expresamente a los diputados para escribir sus 
discursos y para leerlos, previa venia de la propia Camara a* que 
pertenece. 

El periodista ignora eso. Manana, cuando estas palabras, que 
se estan taquigrafiando, se publiquen, y el las lea, habr& aprendido 
lo que ignoraba. Y esto es natural pues tendra mucho qucapren- 
der de los que le hemos precedido en la vida y tenemos mas 
anos de experiencia por delante. ( 18 ) 

Sabra que se pueden leer los discursos, y sabra mucho mds 
todavia: que uno de los consejos dados por los hombres poli- 
ticos, a las personas que tienen una nerviosidad exquisita, es el 
de no improvisar nunca, por mas que tengan condiciones para 
ello ; porque el politico, llevado entonces de su nerviosidad, puede 
decir aquello a que se refiere un escritor frances : Jvahlar jwnsando, 

(18) Me referia al poeta don Carlos Roxlo, redactor de El Debcr t 
que murio non nato, puede decirse. 



— 57 — 

es decir, decir lo que no desearia decir y que no debiera decir 
en publico, aunque pudiera deeirlo en los petits comites, en un 
gabinete 6 en una conversaci6n privada. 

Pues bien, aqui no hay Presidente de la Camara ; aqui no 
hay m£s que una sociedad de hombres buenos, de todos los co- 
lores politicos, que desean escuchar la defensa que deinocratica- 
mente debe y estd obligado & hacer un ciudadano. No necesito, 
pues, pedir v6nia k esta Asamblea; me la pido yo k mi mismo* 
y me la otorgo, conio tirano y de"spota en este caso, puesto que 
soy el unico que dirijo el acto. 

Voy, pues, con toda tranquilidad, it leeros, en parte, el trabajo 
que he escrito a proposito de la fecha historiea que hoy se 
festeja. Ello me dard materia para hablar de la politica perso- 
nal a que se entregan los que quieren arrojarme de la Casa 
en que he nacido honestamente, y donde, desde el ultimo portero 
hasta el mds grande, estan acostumbrados a darme el primer 
asiento, como digno caballero de la alta sociedad. — (Muy bien— *• 
-Aplausos. ) 

Tengo aqui una carta que acabo de recibir. Es notable por 
los conceptos vertidosy por la persona que los expresa. 

Various voces — Que la lea! 

Senor doctor Palomeque — Ahora no puedo leerla. Vere" si me 
es posible intercalar algunos de los parrafos, porque prefiero que 
se publique y que se conozca. 

Yo no podria leer parte de lo que en esta carta se dice res- 
pecto de mi, porque me obligaria a hacer una confidencia, que he 
resuelto, hasta ahora, guardar en lo profundo de mi alma. Es de 
esperarse que alguien, quiza presente, y a" quien le corresponde, hard 
conocer lo que pueda tener relation con lo que en ella se insinua. 

Una voz. — Que la lea 61 mismo ! 

Senor doctor Palomeque. — Se leerd en su oportunidad. ( l9 ) 

( Comienza k leer la conf erencia. ) 

La humanidad marcha. No tiene por mision la de la inula 
tahonera, es decir, girar siempre alrededor de un mismo punto* 

(19) Esta carta esta publicada en la nota de la pagina 12. 



— 58 — 

Pero, para que la humanidad marche, es necesario que haya 
obreros y m&rtires que por ella trabajen. De otra manera no se- 
ria milicia ni tendria realmente un objetivo halagiieno. El por- 
venir es de los hombres que saben perseverar en la lucha, con- 
servando la templanza de ideas, la cultura de estilo, el amor 
de la verdad, el sentimiento de la justicia y la aspiraci6n del 
derecho para juzgar las diversas actitudes que debe asumir en 
cada momento dificil del pais. Y esas cualidades son las que 
deben poseer los hombres ptiblicos para hallarse en situaci6n de 
influir en los destinos sociales. 

De otra manera conducirian la soeiedad k la anarquia y al 
caos. 

El estudio de la historia es absolutamente indispensable para 
el hombre publico. Debe, en primer termino, conocer la soeiedad 
en que acttia, en sus origenes y en su presente, y muy especial- 
mente el genesis de las instituciones nacionales. Sin este capi- 
tal, que sirve para despertar el espiritu de observaci6n y de 
atenciop, absolutamente necesarios en el politico, para poder fundar 
sus actos en la experiencia noble y en la verdad aleccionadora, 
nada hard el que quiera aspirar & la dificil tarea de conducir 
la sana opinion publica de una Naci6n, en un momento determi- 
nado. El estudio de la historia despierta en el hombre el amor 
a la verdad, unica fuente de sabiduria. Aprende asi, a conocer 
las altas personalidades, para imitarlas en los momentos solemnes ; 
asi desentrana los vicios, para condenarlos, y las virtudes, para 
enaltecerlas; desentierra asi, del pante6n del olvido, las individuali- 
dades que la injusticia contempordnea pretendi6 oscurecer con 
mengua de la justicia hist6rica, que tarde 6 temprano se impone. 
y asi demuestra, elocuentemente, como, poco & poco, el cerebro 
consagrado al descubrimiento de las causas y de los efectos de los 
fenomenos sociales, se encuentra circundado por una atmosfera 
serena, en la que solo vive para la verdad y el derecho. El 
espiritu acostumbrado & buscar la verdad de las cosas pone luego 
este sello de su amor en todos los frutos del esfuerzo creador. 
Le repugnan la mentira, la c&bala y la intriga. Huye de todo 
aquello que empana el sentimiento y se encierra en los dictados 



— 59 — 

inmutables de su conciencia, yendo siempre por la via recta en 
busca de luz que ilumine los senderos para escalar la mon tafia. 
El pueblo que ignora su historia 6 la sabe con prejuicios, sera* 
una nacion desgraciada, que nunca encontrara", en sua grandes 
conflictos, la solucion que aconseja la experiencia acumulada. Por 
eso, inhabil politico, pe\simo • director de la conciencia ptiblica, sera* 
aquel que s61o enseile al pue bio el camino del sectario, del fa- 
ndtico, del que poseido de una idea extrema cree que alii, y solo 
alii, radica la historia noble y altruista de una Republica. No es 
asi como prestigiaremos los progresos de la raz6n ptiblica. 

No es levantando trapos ensangrentados, en tiempos de paz, 
y fundando escuelas para enseilar la perpetuaci6n del odio entre 
la familia nacional, k fin de tener dos historias contrarias, que se 
formara*n ciudadanos que solo se inspiren en los dictados de una 
conciencia amante de la verdad, de lo bueno y de lo bello 
Cuando desde la banca de la escuela, la maestra olvida su mision, 
su hermosa tarea, y contribuye k despertar en el 6nimo de los 
ninos el culto del trapo ensangrentado, levantandolo sobre la 
bella bandera de la Patria ; cuando en el interior del hogar los 
jefes de *familia, horabres sencillos y buenos, influenciados por la 
preclica de la demagogia, santifican ese mismo culto del trapo y 
repiten la historia falsificada por la pasi6n extrema, contra la que 
no se atreven k levantarse los ciudadanos que tienen en sus ma- 
nos el dep6sito de la autoridad, alegando que son simples cama- 
lotes que se dejan arrastrar por la correntada; hay indudablemente 
algo de podrido en el reino de Dinamarca. Por ello conviene 
despertar del letargo a* esas conciencias y ensefiarles, con el libro 
en la mano, que la sangre solo sangre trae y que nunca se hara 
la felicidad de la Patria por el torturoso camino de las revolu- 
ciones y de las guerras civiles, causantes, k la larga, del atrofia- 
miento del espiritu de nacionalidad y de las intervenciones del 
extranjero en las soluciones de nuestras contiendas, para asi arran- 
carnos pedazos del territorio patrio. Ahi estardn eternamente esos 
marcos, en las fronteras, diciendo: la anarquia, la desuni6n, la 
^uerra civil, son su obra: ello es el fruto de maldici6n de los 
hijos desunidos, en cuya marcha atentatoria no respetaron el m6- 



— 60 — 

rito, la honradez y el talento de los que aconsejaron que la peor 
de las elecciones es preferible k la mejor de las revoluciones. Si . 
ahi estaran eternamente, diciendonos : ese es el precio de vuestra 
discordia. Ahi est& esa navegacion de la Laguna Merim, todavia, 
invitandonos k la concordia y k la paz, para, con el tiempo, iin- 
poner el respeto del derecho, nacido de nuestra conducta correcta 
y pacifica. 

En esta situacion excepcional por que atraviesa el pais, nada 
mejor que rememorar los grandes dias de la confraternidad na- 
tional, para que la leccion se utiliee y aproveche a quienes debe 
aprovechar. 

La inhabilidad politica, es decir, el espiritu extremo de partido, 
habia exacerbado las pasiones en la epoca k que voy a refe- 
rirme. Los [ciudadanos, sin otra guia que la de la recuperacion 
de posiciones perdidas, y sin otro medio que el de la violencia, 
se lanzaron k la guerra civil. Esta trajo la intervention extran- 
jera, y nuestros pueblos fueron arrasados. 

La emigration se produjo, y el espiritu de guerra volvio a 
trabajar a los vencederos de ayer, vencidos de hoy. Unos y 
otros habian derramado inutilmente la sangre de sus hermanos, 
como si la mision de la familia uruguaya no tuviera otro fin que 
matarse k si misma. No citemos fechas historicas. Los atavicos nos 
las estan recordando a cada rato, con el proposito impolitico de 
.remover la herida e" impedir que se cierre. Quieren que desangre 
eternamente. No aprenden con la experiencia. De esa manera nunca 
constituiremos la administration publica. Ahi estd la cola del mi- 
llon del Empr^stito Unificado, que en estos dias se emitira, para 
pagar los gastos de nuestro tiltimo movimiento revolucionario. El 
monstruo de las guerras civiles no solo nos ha comido territorio 
*ino formado nuestra enorme deuda publica, que alcanza a 120 mi- 
llones ! 

Esto ha hecho necesario encarecer la vida de las familias, 
porque para pagar todas nuestras calaveradas politicas se han 
aumentado los impuestos, a fin de tener con que abonar los inte- 
reses de esa masa que nos agobia y nos obtaculiza la marcha. 
Asombr^monos : un pais, de 800.000 habitantes, con una deuda de 



— 61 — 

120.000,000 de pesos ! Su servicio anual solamente nos reclama 
7:145.820/50 centesimos. Ya puede calcularse si conviene desper- 
tar en el espiritu de los hombres del pueblo la idea de la Concor- 
dia y de la paz. Y por eso nada mejor, conio he dicho, que pedir 
a* la historia las lecciones elocuentes. Y una de estas es la que se 
desprende del aniversario de la Paz del 6 de abril de 1872. 

Aquella emigracion de 1865, £ que me he referido, tenia que 
purgar sus errores, como los han purgado, y los seguira'n purgando* 
las generaciones del presente, si no se convencen que el remedio 
no debe buscarse en las cuchillas sino en los gabinetes de los 
hombres de Estado. 

Esa emigracion vivi6 en el ostracismo,' pensando eternamente 
en la guerra. Los tiempos eran duros. El Rio de la Plata era un 
campamento de batalla hasta llegar a* los esteros del Paraguay. Solo 
los fogonazos de los fusiles de chispa iluminaban los horizontes. 
Los hombres publicos, que vivian dentro de esa atmosfera candente, 
no podian sustraerse a* ella. No tenian otra idea iija que la de la 
guerra. Buenos Aires, Entre Rios y Paraguay recibian & nuestros 
emigrados, quienes por todas partes levantaban la voz para que sus 
ideales fueran escuchados. Habian sufrido en el pais, y continua- 
ban sufriendo en tierra extraiia, pero amiga. Concluida esa guerra 
colosal, a cuyo final el tirano ceb6 sus iras en sangre uruguaya, 
haciendo morir en la cruz A don Antonio de las Carreras, la vista 
se volvio al seno de la patria, donde la sangre tampoco habia ce- 
sado de derramarse, aqui, en la misma capital, como obedeciendo 
& nuestro calvario politico; y se pens6, como siempre, en la 
violencia, en la revuelta, coino medio unico para salvar las 
instituciones. Nuestros partidos no han tenido otra escuela que 
la de la revancha, las de la reivindicaciones, la de las restau- 
raciones. Todos se han considerado con derccho & sostener la 
doctrina de que en politica no hay hechos consumados, no hay 
prescription, por lo que, eterna y constantemente, se ha de vivir 
con el fusil al hombro, para ir 6 las cuchillas & buscar lo que se 
perdio en la Casa de Gobierno, 6 en el Poder Legislativo, 6 en 
el Poder Judicial, situados en la capital, que es de donde debe 
irradiar la civilization, el orden y la madurez de ideas. A las 



— 62 — 

cuchillas conviene ir para que los hombres publicos recuperet 
con el oxigeno, las fuerzas perdidas en beneficio de la Patria, en 
las alturas del Gobierno; k las cuchillas conviene ir para colocar 
los postes que sostendran los alambres de los telegrafos y de los 
tel£fonos, que serviran para garantir la vida y la propiedad; dlas 
cuchillas conviene ir para arrancar k la tierra el secreto de las 
riquezas metalurgicas que encierra y trasmitirlas k Europa para 
que el capital se entusiasme y nos traiga su desarrollo prospero; 
a las cuchillas conviene ir para roturar la tierra y abrirla, k fin 
de que las atraviese el ferrocarril, niensagero de paz y progreso; 
k las cuchillas conviene ir para predicarles a los hombres que el 
bienestar nunca lo enContraran en la matanza y en la guerra sino 
en la escuela, en el respeto de los hombres entre si y en la 
cultura del espiritu; a las cuchillas debe irse para levantar bien 
en alto la bandera de la Patria y no la de los trapos ensangren- 
tados, iluminados por los fogonazos de la$ annas esgrimidas por 
hermanos para arrancarle k la Patria la parte mas bella de su 
juventud inteligente; a las cuchillas debe irse, si, cuando el ex- 
tranjero pise nuestra tierra en son de conquista, para que vea alii, 
confundidos, a todos los ciudadanos, sin distincion, resueltos k es- 
trechar sus filas en defensa de la independencia National; a las 
cuchillas debe irse, si, para predicar la confraternidad y las mas 
iidelantadas ideas de progreso moderno, entre las cuales se destaca 
la del acercamiento del elemento extranjero, que riega la tierra con 
el sudor de su frente, para confundirlo en la obra comun que 
persigue el elemento nativo. ( Aplausos ). 

A las cuchillas no conviene ir para hacer una revolution 
cuyo primer acto legislativo sea la presentation de un proyecto 
♦sobre la restauracion de la brutal corrida de toros 6 cuyo acto 
final pudiera ser echar por tierra lo unico fundamental que el 
pais ha conquistado en el pacfco de septiembre sobre la represen- 
tation porporcional de los partidos ! — ( Aplausos ). 

A esas cuchillas fueron nuestros padres en 1870. La sangre 
de Berro y de Flores habia regado las calles de Montevideo. 
Justicia expeditiva habia hecho el tirano paraguayo en las Ca- 
rreras y de igual indole la hacian los partidos en Montevideo. 



— 63 — 

La escuela sangrienta y terrorifica creia matar ideas cegando exis- 
tencias. Ni m&s ni menos que lo que en nuestros dias, en 
tiempos de paz, se quiere hacer con los h ombres que piensan* 
Entonces se les mataba : ahora se lea quiere expulsar 6 excol* 
mulgar. Siempre la violencia! Al drbol se le conoce por su 
fruto. Y si 6ste es malo, es que el tronco esta* carcomido. 

En aquel terreno de las cuchillas, del derramamiento de la 
sangre, se luch6 durante dos aftos. Al principio se crey6 que no 
habia mas que un hombre capaz de iniciar ese movimiento ar- 
mado : el viejo veterano de nuestra Independencia Nacional, el 
general don Anacleto Medina. Y esta figuracion era la que corres- 
pondia, por muchas razones. 

Las cosas se torcieron y el caudillaje se impuso. El entu- 
siasmo no decay6, sin embargo. Nunca la Republica presenciara 
una revolution como aquella. Tambie*n ; como se talaron los 
campos ! \ cuanta existencia cegada ! \ que* miseria ! ; cuanto brazo 
arrebatado & la industrial 

El caudillo revolucionario era valiente, pero no tenia la cien- 
cia de la guerra. 

Entraba d la action como un soldado y volvia a" su tienda con 
la lanza chorreando sangre por su regaton. Asi creia levantar 
las instituciones. A una victoria sucedia luego un contraste. 

Montevideo lo vio con sus huestes sitiando & la capital. 

Pero, todo era inutil. Frente & e*l se levantaba otro cau- 
dillo, de tanta nombradia como la suya. Mientras se entregaba 
a las delic ! .as de Capua, sitiando k Montevideo, el otro hacia 
soldados a su espalda y vol via para matar hermanos en el Sauce. 
I Dia horrible ! Los orientales empeiiados, y aun lo estdn, en 
demostrar que ?on guapos, cuando nadie lo duda. De lo que 
se duda es que sean capaces de gobernarse en paz, respetando 
instituciones ! ( Aplausos ). 

Nada habia quedado en pie. Existencias preciosas se habian 
cegado, entre la juventud, y entre los ancianos estaba la 
del viejo veterano Medina. No huia el general Medina. Asi lo 
dijo, y asi fue* destrozado. j Cuanto crimen! \ cuanta escena es" 
pantosa ! 



— 64 — 

Los cainpos talados ; las poblaciones abandonadas ; los ho- 
gares prostituidos ; no habia ganados ni caballos ; la ruina en 
perspectiva ; los dnimos decaidos ante la prolongacion indefinida 
-de la guerra ; y, lo que era m&s significativo : la politica perso- 
nal, de circulo, anarquizandolo todo. Ya habia surgido la candi- 
datura presidencial, f rente & Montevideo! 

La Revolution no podia continuar. El gobierno no podia ven- 
cerla. Aquello era interminable, s61o quejidos y miseria se veian y 
oian doquiera. Un grito de confraternidad se oyo. Y de Janeiro- 
el doctor Palomeque levanta su voz. ( 2 °) Escribe en ese sentido al 
coronel Magariiios y al doctor Herrera y Obes. A su voz se unen 
otras. Todos se mueven, se agitan. Una sola aspiraci6n se tiene. Y 
esta la condensa Carlos Maria Ramirez en paginas inmortales en su 
Re vista La Bandera Badical. 6l dice: la guerra civil por la guar a 
civil no tiene termino. A su vez, Jose Pedro Varela se coloca a 
la altura de la situacion y desde las columnas de su valiente La 
Paz se hace un apostol decidido de la transaccion de la familia.. 
Ramirez enardecia los amnios, y, con esa energia que le distinguia, 
decia a los que creian que aun era el momento de discutir facckr 
nes: haced vosotros la biografia sangrienta de Timoteo Aparicia 
y yo hare la no menos sangrienta de Goyo Suarez, para demos- 
traros que ambos no son mejores. Y asi, en el Ejercito, & su 
vez, los hombres se sentian conmovidos ante tanta desgracia, siendo 
de los primeros los propios caudillos que encabezaban el movi- 
miento. Sin embargo, en ambos bandos habia, como siempre, sus 
Jacobinos. Aqui, en la Capital, los organos de publicidad denun- 
ciaban la gran traicion del conde de Mirabeau, y alia, en campaiia,. 
se susurraba sobre la venta de los principios inmortales de la re" 
volucion. Biempre ha demandado mucho estuerzo hacer triunfar las 
ideas de paz y de concordia, por aquello de que vinieron los Sa- 
rracenos y nos molieron a palos. Los nombres de Andre's Lamas, 
Manuel Herrera y Obes, Tom&s Gomensoro, y otros, vienen a la 
memoria en este momento. Ellos prestaron toda su cooperation a 
la obra. Otro tanto hizo el Gobierno Argentino destacandose el 
doctor don Carlos Tejedor. 

( 20 ) Vease La Bevista Uruguaya, de 1875, numero 7, 



i 

i 



— 65 — 

El poder de la opinion sensata, del buen sentido, del buen 
derecho, pudo m&s; y la Paz de Abril fu6 hecha, aun & costa de 
la vida del doctor coronel don Jose" G. Palomeque. Este ciuda- 
dano vivia en Buenos Aires, dedicado al trabajo que ennoblece y 
dignifica. Los preliminares de la pacificacion, como siempre su- 
cede, fueron dificultosos. El Gobierno argentino habia designado & 
su representante para que se constituyera al Eje'rcito de la Re- 
voluci6n y obtuviera la eonformidad de los caudillos militares. 
Habia que designar la persona que deberia ir en representacion 
de los orien tales revolucionarios. Alguien, que pudo serlo, en un 
principio, manifesto" que el no era gamko para ir d desewpePiar 
ial ccmision. Esta viveza le cost6 cara. Cuando quiso serlo, era 
tarde. 

En ese estado, el doctor don Andres Lamas se acordo de su 
viejo amigo de la Defensa de Montevideo, el coronel Palomeque 
£ste, en el acto, acept6 el honor conferido ; y a los pocos dias 
llegaba & Montevideo, desde donde se trasladaba al Ejercito de 
la Revolucion. Era un convencido ap6stol de la Paz. Tenia fe en 
bus energias para luchar contra los Jacobinos, que le amargaban 
la vida con el titulo de sahoje unitario. A su muerte aun los 
malos rede aria n su feretro, la bandera nacional se en hit aria, los 
hombres del pueblo le llorarian, los pilluelos le vivarian y los 
que le tildaban de loco y salvaje unitario se llenarian la boca di- 
ciendo que era una gloria del noble Partido Nacional. Y du- 
rante su vida, un dia, una hora, no cesaron de atacarle, difa- 
marle y humillarle! Y si lo recuerdo es porque el hi jo ha here- 
dado la misma lucha. Y, asi como aquel revel6 sus energias 
contra los Jacobinos, para abatir la influencia, en Cerro Lai'go, 
del mas prepotente de los caudillos que entonces tenia la Re- 
publica, como una prueha de que nunca fu6 amigo del caudi- 
llaje, no obstante lo que apasionada y erroneamente ha dicho> 
con toda ligereza, en nuestros dias, el joven Onetto y Viana, 
probando asi que no conoce la historia de esa personalidad, el 
hijo la tiene para la Jornada actual. 

Es la lucha de uno, aparentemente, contra muchos; del que 
tiene la fe del ap6stol contra quien no la pos^e; pero es la lucha 

5 



— 66 — 

de la idea contra quienes; no la tienen; del abnegado contra el po- 
bre de espiritu ; del que tiene foja de servicios saneada y pro bada' 
que no ha muerto a nadie, porque no ha ido a" las cuchillas, contra 
los que a nadie han muerto, aunque hayan ido a las cuchillas. 
(Grandes aplausos). 

El coronel Palomeque llego al Eje*rcito. \ Que" horas angustio- 
sas! jque luchar! jque" tarea para destruir la atmosfera malsana 
alii formada contra los hombres que habian actuado en los pre- 
liminares de la Paz, en Buenos Aires ! Alii estaba yo, joven, & la 
entrada de la carpa, a la espera de lo que mi padre me ordenara- 
Se oian las voces apagadas de aquellos ciudadanos-soldados. Nadie 
insulto, nadie agredio ; y cuando la sesi6n termino, y los jefes 
hubieron resuelto, con el corazon en la mano y los ojos fijos en la 
Patria, que la Paz se hiciera, aquella modesta persona de mi padre, 
aquel loco, aquel salvaje wiilar'io, aquel traidor, aparecio ante mi, 
me tomo en sus brazos, me bes6, y me dijo Uorando: « Tene- 
« mos patria, hijo, somos felices. Ahora k festejarla; luego & des- 
« cansar y de madrugada en marcha en busca del general Muniz, 
« para cortar del todo la cabeza a la hidra de la anarquia antes 
« que la intriga se formalice. » Y asi fue. Vinieron los festejos, 
pobres naturalmente, como era posible en aquellos momentos. Los 
ricos brindaron con cerveza, los pobres con cana 6 agua. Y k mi 
me toco, por primera vez, pronunciar un discurso politico. Se 
recordaban los muertos, y a su memoria se derramaba, en aquella 
tierra, fecunda en valientes, regada por tanta sangre generosa, 
quemada entonces, en ese momento solemne, por un sol canicular, 
el liquido que contenian las copas en que se libaba. La emocion 
de la Paz era contagiosa. Al fin volverian los ciudadanos a sus 
lares tras tanto batallar. 

La misma escena se produjo con la vanguardia de Muniz. 
Todo fue* grato al espiritu. Solo yo sufria. No acostumbrado 4 
estas penurias, ignorante de lo que era un campamento, de lo que 
era el trote constante del caballo, para seguir a mi infatigable 
padre, me arroje" al suelo, y a las repetidas ordenes de 61, volvi 
a montar, jurando que nunca iria k una revolucion en campaiia. 
El espectaculo de lo que veia k mi alrededor, aquellos campos 



— 67 — 

yertos y mis dolores fisicos asi me lo dictaron. Y he mantenido 
mi juramento. No he muerto a* ningtin hermano. Pero, en cam- 
t)io, j qu6 batallas mis formidables que esas he librado ! i No es 
grande la que ahora mismo estoy sosteniendo contra los instru- 
mentos del espiritu del mal? — ( Grand es aplausos.) 

Con las actas respectivas, aprobatorias del convenio, se re- 
greso k Montevideo. Aqui nos esperaba la in&s triste de las 
decepciones. Mi padre habia colocado una bandera blanea, signo 
de paz, en lo alto de la Diligencia. Asi ibamos trasmitiendo la 
buena nueva a" las gentes sencillas de la campana. La acogian con 
el mayor entusiasmo. Era de ver la corriente de amistad que 
•desde luego se establecia doquiera llegdbamos. Pero, en Monte- 
video, el elemento Jacobino habia triunfado. El Tratado estaba 
-desaprobado y sus autores Lamas y Herrera y Obes considerados 
unos traidores. 

Ya todo estaba perdido! No quedaba esperanza alguna. El co- 
ronel Palomeque se dirigia triste, con el alma traspasada, hacia el 
muelle. Habia llegado k la esquina de Sarandi y Zabala. Alii, 
tuvo una inspiracion : « Marcha, tu, hijo mio, k Buenos Aires ; abr£- 
« zame y trasmite este abrazo k tu madre y hermanos. Me quedo: 
« voy k tentar el ultimo esfuerzo; escribir6 & Gomensoro, qile 
-« acaba de hacerse cargo del Gobierno, y la Paz se hard aun a* 
« costa de mi vida. Ad J 6s. » 

Nunca ma's lo vi sino en sueftos. — Anoche mismo lo he vis to 
como inspir&ndome para que persevere en la tarea de la concordia 
y del amor. Es como si el alma de la Patria de todos los ciuda- 
danos buenos, que all£ moran, nos dijeran: « ; adelante ! aunque 
mueran en la tarea ; valor para sobreponerse k todas las asechan- 
zas que les tiendan en el camino y tempi anza y perseverancia 
« para persistir en la obra. » — Y esa voz es la que k todos 
alienta en este momento historico para la Republica. 

Y el venerable anciano don Tomds Gomensoro tuvo la intuicion 
profStica del porvenir. A esa obra concurri6 el seftor don Juan 
Aoitonio Magarifios, que, k la saz6n, conservaba una influencia 
decisiva entre el elemento militar de la Plaza, que acababa de 
•contribuir al rechazo del Convenio ; como tambien, ma's tarde, contri- 



« 
« 



— 68 — 

buiria a ella el seiior don BernabS Rivera en el momento angus- 
tioso porque paso aquel ciudadano de quien vengo ocupandome* 
Los trabajos se reanudaron. El coronel Palomeque volvio al ejer- 
cito, solo, sin caracter oficial, expuesto k ser victima de algun 
atentado, como hubo de serlo, y regres6 con los poderes que la Re- 
voltteidn le confiaba para hacer la Pax. Los diarios de la epoca 
reflejan la enorme agitation de esta sociedad. El regreso del coro- 
nel Palomeque era esperado con ansiedad. « Ha llegado. — Estd 
por llegar. — Mafiana llega. — Trae los poderes. — No trae los 
poderes. » Esto era lo que se leia y lo que se decia contradicto- 
riamente en esta capital. El pais no queria mas guerra. El grito 
de Paz, de Acuerdo, de Concordia, nacia del fondo de todas las 
almas bien inspiradas. 

I Que* sarcasmo de la suerte ! j que triste decepci6n ! j qu6 
amargura del destino ! 

Las grandes obras necesitan la fe del ap6stol. Es necesario- 
que sus autores sientan dentro de si una fuerza superior que les 
diga: «no se vive en el presenter en vida todo es lucha y 
« desencanto: solo despu^s de la muerte se abren las puertas 
« de la inmortalidad para los hombres que han dado pruebas de 
« valor y de esfuerzo gigantescos. » Salom6n lo ha dicho : solo- 
despues de la muerte se puede saber si un hombre ha sido feliz 
6 desgraciado. 

La fe del apostol fu6 la que salv6 al coronel Palomeque. A 
su regreso todos le rodeaban. Los amigos y los enemigos veian 
en 61 al hombre abnegado y desinteresado. Jose Pedro Ramirez, 
que, como tantos otros, le habian atacado nerviosamente, atrave- 
saba una calle: lo ve, le grita y le da un abrazo, saludando al 
verdadero autor de la Paz. Asi se reconcilian ! Los pilluelos v 
al verle en la calle 18 de Julio, lo reconocen, lo gritan, y la 
vaclaman General de la Bepublica ! Su alma se conmovia, su 
espiritu se sentia fuerte y grande, pero su fisico iba a sentir 
la punzada que le arrastraria & la muerte, para vivir en las pa- 
ginas de la historia, rescatando asi, con su sacrificio, en aras del 
bien general, los errores y las faltas que hubiera podido cometer 
en su activa, agitada y fecunda vida publica. — (Grandes 
aplausos. ) 



— 69 - 

Comienza el rumor publico d acentuarse de que el doctor Pa- 
lomeque no tenia facultades para firmar el Tratado de Paz. El 
rumor toma creces. Los ciudadanos se agitan. Y en la duda, se 
resuelven a interrogate. La escena fu6 sencilla, pero noble. Pa- 
lomeque ya estaba enfermo. Los dos viajes le habfan atacado 
fuertemente. Arrojaba sangre por la boca, pero lo ocultaba. Que- 
ria hacer la paz, aunque le costara la vida. Al oir aquella duda, 
•contesto : « ahi estd el documento cerrado y lacrado, como se me 
« entrego : su redactor es el unico que puede haber propalado la 
« voz, el rumor : yo no lo conozco. » Y el doctor Requena y 
Oarcia, que tenia intima amistad con aquel ciudadano y pro- 
f undo respeto por 61, dijo, despu6s de alguna vacilacion : 

« Padrino: esto se hace asi: y perdone. » Y rompio el sobre! 

La sorpresa fue* seria. Era verdad : no habia facultades. La 
burla no podia ser mds grosera ni el ridiculo mds espantoso. 
Habian jugado con 61, abusando de su bondad, como ahora 
quieren hacerlo con el hijo. Este, felizmente, ya conoce d los 
hombres y puede batirlos con mas facilidad. Por eso despliega 
otra tdctica mds energica, ptiblicamente, que la del padre. La 
indignation que tal revelation caus6 no es para describirla. Aquel 
hombre desinteresado, puro afecto para su patria, que nada queria 
para si, que ponia al servicio de la ma's grande de las causas 
humanas la influencia que habia adquirido por su amor d la 
verdad y d la lealtad jurada, por las que tanto habia sufrido, 
y ^ufriria hasta morir, demostrando lo que para 61 valia esa pa- 
labra de lealtad polilica jurada d su programa de ideas y ?io de 
irapos, no dijo, en el estado enfermizo en que se hallaba, mas 
que esto: « esta noche misma partire al Ejercito y volvere con los 
« j)oderes, aunque me cueste la vida. » Los amigos pretendieron 
disuadirlo. No hubo reflexi6n que valiera. Marcho, obtuvo los 
poderes, lleg6 con ellos, y se discuti6 lo que atin restaba por dis- 
<?utir ; asistia d las sesiones arrojando sangre, que ocultaba en los 
pailuelos; y, cuando todo eso hubo realizado, caia desmayado en 
brazos de sus amigos, firmaba la Paz, en la cama, moribundo, so- 
liando con Cerro Largo, pidiendo un caballo, en su delirio, para 
constituirse alii d desempeiiar las modestas funciones de Jefe Po- 



— 70 — 

litico que Gomensoro le habia designado, y moria diciendo : La Pax 
es obra mia : el timbre de honor y de gloria que le dejo d mis 
Mjos : sin un Palomeque no habria Pax. (Grandes aplausos. ) 

Esta, senores, es la gran obra del pais, en 1872. Mi padre no 
hizo m&s que sintetizar en su persona la aspiracion nacional y la 
de todos aquellos ciudadanos, que, como Vazquez Sagastume, Jua_ 
nic6 y Caraino contribuyeron k la obra de la eoncordia. Ese esfuerzo- 
anonimo tambiSn lo reflejo en su persona. Yo, por mi parte, que 
creo que no hay otro recurso que luchar por el Acuerdo, en este 
gran dia llamo a mi esos esfuerzos nobilisimos. Hay que hon- 
rarlos. El autor de la Paz de Abril no fue Colorado ni bianco 
Fu£ un ciudadano modesto, pero enSrgico y bien inspirado. Fu6 
fundador del Partido Nacional. Yo he heredado esa tradicion na- 
cionalista. Tampoco soy bianco ni Colorado. Y, porque no lo 
soy, es que tengo ese criterio que no comulga con las intransi- 
gencias de los atavicos, que pretenden convertir ai Partido Nacional 
en Partido Blanco. Por lo mismo es que en ningun club Ja- 
cobino se ha colocado el retrato de mi padre, cuando se endiosa 
al ultimo de los desgraciados caudillos que han muerto k sus her_ 
manos en las cuchillas. Otro tanto ha sucedido con don Agustin 
de Vedia. Lo calumnian, lo atacan en los clubs, su retrato no 
aparece alii. Yo he tenido que defenderlo de las injurias que le 
han dirigido en acto presidido por el doctor Carlos A. Berro. 
JReci6n ahora, debido k mi, se le ve recordado, para darle su nom- 
bre k un club, presidido por quien autorizo se le insultara en su 
mismo diario. El senor Vedia, no es bianco: es nacionalista. Acaba 
de decirlo. 

Entonces, cuando se le insultaba al senor Vedia, con aplauso* 
general, y aun del doctor Carlos A. Berro, — no crei de mi deber, 
ya que habia sido invitado a esa reunion por el mismo doctor 
Berro, — cuando el, como Presidente toco la campanula k fin de- 
levantar la sesion — retirarme silencioso, sin protestar contra se- 
mejantes asertos infamatorios. Pedi la palabra y ocup6 la tribuna; 
y, con mds 6 menos facilidad de expresion, con mis 6 menos entu- 
siasmo, con m£s 6 menos tranquilidad de espiritu, con el reposo 
natural que puede tener un hombre en lo ma's noble y buenc* 



■ — 71 — 

de su sensorio, cuando se ha ataeado io que debe respetarse siem- 
pre, descarne' entonces la personalidad de don Agustin de Vedia, 
la hice conocer, expuse lo que ellos ignoraban, cuando, puede de- 
cirse, estaban mamando la primera leche en politica. 

Y entonces los aplausos se sucedieron frene"ticamente ; solo se 
oiaii aclamaciones en honor a esa distinguida personalidad, que 
mas tarde habia de ser traida, por mi, a" Montevideo, para hacerla 
conocer de las generaciones del porvenir. — ( Aplausos prolongados. ) 

Recien ahora que el ha venido se han acordado para darle su 
nombre & un Club presidido i por quien ? ; Sarcasmo de la suerte I 
4 por quien? 

El presidente del « Club Agustin de Vedia ->, ha publicado 
trabajos y discursos, en su diario, donde se calumnia, y mucho, la 
reputacion del sen or don Agustin de Vedia ; y no solamente 
.los ha publicado, sino que los ha prohijado en editoriales como 
dignos de servir de ejemplo a" las generaciones y a* las huestes 
nacionalistas. Ese es el presidente del Club denominado « Agustin , 
de Vedia. » — • 

• • •• 

En Agosto 28 de 1865 decia el coronel Palomeque : 
« El testaiio mentis — in quebran table, lo va Vd. A encontrar 
en esta carta, que escribo sin el cardcter de reservada, y facul- 
tandolo para que de ell a haga el uso que quiera. 

« No me remontarS & hacer d Vd. una fiel historia de todos mis 
servicios d la Patria, pues mis actos y mis principios son notorios, 
j una profesi6n de fe seria inutil para con Vd. No obstante todo 
eso, no puedo prescindir de consignar aqui, y en muy pocas pa- 
labras, lo que yo siempre he llamado mi programa y el que sin 
duda fu6 el regulador y m6vil de todas mis acciones. — En tal 
concepto debo declarar & Vd. que tuve parte en la politica del 
pais, que sucumbi6 en la horrible traici6n del 20 de febrero del 
aiio corriente; todas mis ambiciones estaban reducidas a" ver feliz 
j prospera & mi Patria, por la verdad de sus instituciones ; queria 
que por ellas se asegurasen d todos sus habitantes las hermosas 
garantias de la Ley, de la justicia y de la moral, que hacen fe- 
cundisimo el trabajo y dan dignidad d la existencia de las na- 
ciones, & la de los partidos y a la de los hombres. 



— 72 — 

« He ahi, amigo mio, mi desideratum, sin dar par esa a mis 
sacrifices otro merito ni otra importancia que los que en si tienen, 
el del patriotismo, con completa prescindencia de las divisas rojas 
y blancas. ; Malditas ! No he sido, pues, mas que un hombre y un 
subalterno ; pero el hombre y el subalterno contribuyen tambien 
a los resultados, trabajando y luchando, con conciencia, desde su 
humilde puesto. 

« A ese respecto han sido tan evidente mis propositos, que ellos 
me acarrearon la maldieion y el aborrecimiento de aquellos & quie- 
nes servia y de aquellos contra quienes servia. i Por qu6 ? Porque 
jamas quise mostrarme partidario fan&tico; porque combati las ideas 
del partido, las ideas extremas ; porque trabajaba contra el caudillaje, 
contra el gaucho y los gobiernos personales, obrando bien; pero, 
si obrando mal, hubiese asumido el rol del partidario bianco 6 
Colorado fanatico 6 moderado, i no cree usted, amigo, que el partido 
bianco me habria mimado y el Colorado acariciado? Seguro estoy 
de eso, pero no pudiendo servir & las exageradas miras de los 
unos y de los otros, me he encontrado en el sacrificio, para ser 
abofeteado, lanceado y escupido por todos, como lo fue\el redentor 
del uni verso por los judios. 

« Ya Yd. sabe que el partido Colorado, desde muy atrds, me ha 
llamado traidor, infame, vendido, escriturado a Rosas; y los 
blancos no han cesado, hasta los tiltimos momentos, de conde- 
narme con el nombre de salvaje imiiario : no se* lo que importan 
esas clasificaciones, pero ellas existen, no para atormentarme, 
pero si para deplorar el tamano de ese extravio premeditado. 

« Yo he tenido la desgracia de no ser creido, y de esa in- 
credulidad irritante, el origen de muchos males. 

<i 8i mi programa hubiese sido bien comprendido, si todos los 
politicos y antipoliticos que han hecho parte de los gobiernos a 
quienes he servido con lealtad, buena fe y generoso desprendi- 
miento, lo hubieran prohijado, estoy seguro que la Republica, 
mi patria, no habria sido convulsionada — su progreso no se ha- 
bria detenido — su creclito no habria expirado — la nacidn argen- 
tina no habria azuzado el desastre de sus hijos — el Imperio no 
habria intervenido — sus pueblos no habrian sido bar bar amen te 



— 73 — 

arrasados — sus glorias no habrian sido humilladas, ni tendriamos, 
los que contemplamos su destino, que estar con la inquietud de 
lo que le espera, vencida 6 triunfante, en la gigante guerra en que, 
indiscretamente, se ve comprometida con el Paraguay... » ( 2l > 

Y, porque yo, con mis ideas heredadas y estudiadas, rechazo 
esos atavismos, es que los Jacobinos se sublevan. Es necesario 
€ombatirlos a todo trance. Ellos quieren la guerra : nosotros que- 
remos la paz. Ellos quieren restauraciones atavicas : nosotros 
-queremos progreso y porvenir. Ellos quieren instruments y es- 
clavos : nosotros queremos ciudadanos libres, pensantes, que sepan 
conciliar el orden con la libertad. 

Y porque todo eso queremos, es que no podemos saludar 
esta fecha hist6rica en ninguno de esos clubs Jacobinos. Si 
quieren honrarse con la memoria del coronel don Jos6 G. Pa- 
lomeque, en esta noche, como piensan hacerlo, para explotar su 
memoria, sepan que el nunca fue bianco ni Colorado. Fu6, como 
Vedia, y otros, un nacionalista convencido de que es necesario 
extirpar el caudillaje y sobre.sus ruinas edificar las instituciones 
patrias. — (Grandes y estrepitosos aplausos.) 

Podemos descansar un momento para entrar en la segunda parte 
de la conferencia. — (Asi se hizo.) 

Senor doctor Palomeque. — Seiiores: hare" una ligera exposition 
de hechos antes de entrar a la segunda parte de mi trabajo, porque 
de otra manera no se comprenderia. 

Un grupo de buenos ciudadanos, jovenes, inteligentes, que na- 
cen, puede decirse, a la vida ptibliea, aunque adversarios pollticos 
mios, creyeron de su deber presentar un proyecto a la Camara de 
Representantes. 

La vispera ( porque esta expresion es necesaria para que se 
sepa como es que algunos periodistas falsean la verdad de los 
hechos, a cada rato, para hacer su propaganda ad itsum dtlphini) 
de discutirse ese proyecto en la Camara de Representantes, a 
las cinco menos cinco de la tarde, en momentos en que iba & 
tomar mi carruaje, (entre parentesis : no el carruaje mio, que es 

(21) Carta del eoronel Palomeque al doctor don Gil Alfaro, de marzo 
de 1865. 



] 



— 74 — 

« 

alquilado ... ( risas ) . . . apenas puedo pagarlo ... ( risas ) . . .) se- 
presento el seiior Perez Gorgoroso, & nombre del seiior doctor 
don Diego Martinez y otros, para invitarme & una conferencia en 
el Club Nacional. 

Se habia invitado a todos los diputados nacionalistas, para esa 
reuni6n. Local : el ya designado ; hora : las cuatro de la tarde. 
A mi se me invitaba & las cinco menos cinco niinutos de la 
tarde ... ( Risas. ) 

Abandone" mi paseo, dej^ & mi familia y con sumo placer 
concurri al « Club Nacional. » 

No hay que olvidar que el politico 6 el hombre publico es 
c6mico, y que, por consiguiente, representa tambien los papeles 
& lo vivo. 

Era una mesa mas larga que 6s ta ( indicando la que el orador 
tiene delante ) y se encontraba el doctor Aureliano Rodriguez 
Larreta, aqui ( senalando una silla ) ; el doctor Diego Martinez 
aqui (seiialando otra) . .. Esto me hace recordar a Gemma Cuni- 
berti cuando daba sus monologos ... (Risas) . — El seiior Haedo 
Su&rez, aqui (indicando otra silla), don Pedro Echeverria bri- 
llaba por su ausencia, porque se encontraba en la Union. — En 
este paraje (senalando uno de los lados de la mesa) algun otro 
cuyo nombre no recuerdo. Y este lugar (hacia la parte trasera 
de la mesa) estaba vacio. 

Pero, para que se comprenda bien la posicion mia, cambio este 
lugar, porque es muy fdcil cambiar de lugar tratandose del doctor 
Rodriguez Larreta ... ( grandes risas y aplausos ) : lo cambio de lu- 
gar, lo coloco ahi y yo me coloco aqui. 

Abro la puerta del «Club Nacional », hago mi saludo (incli- 
ndndome) : «para servir & usted:» me siento en esta silla ( la 
indicada antes ), me cruzo de brazos, asi, ( se cruza de brazos ) y 
fijo la vista en el suelo. 

Todos hablaban : ninguno dirigia la discusion en la fonna 
correcta que corresponde entre hombres politicos ; nadie dijo : 
« Se le ha llamado a usted para exponerle esta. situation po- 
litica porque atraviesa el pais y pedirle su opinion ». Todos a 
la vez hablaban ; partian ya de una base, como de una cosa 



— 75 — 

resuelta, ccnio disponiendo del certbro, de las facultades de un 
honibre que sabe ser pensante y que sabe obrar en politica ! — 
( Prolongados aplausos. ) 

Peimaneci, seiiores, en esa posicitn, sin hablar. 

Y es una gran mentira ( dispensandoseme la palabra ) que 
se ha empleado en la prensa llamada tiacwtialista cuando se ha 
dicho que all! se habia resuelto algo. jFalso! nada se resolvi6. 

Felizmcnte, dos diarios nacionalistas, en los ciiales hay amigos* 
tuvieron el buen eriterio de decir la verdad de las cosas : que 
alii no se habia resuelto nada absolutamente. 

Pues bien, peimaneci una hora, ma's 6 menos, en esa posicion, 
sin decir nada, en cuyo in st ante todos hablaban, todos charlaban, 
hasta que por ultimo el doctor Rodriguez Larreta ( ahora pasa 
el doctor Rodriguez Larreta & su lugar, quedando yo aqui), dijo : 
« jPero, doctor Palomeque ! Y ustcd £qu£ dice? Hace una hora 
que est& usted sentado, y conociendo lo charlatan que es, debe 
estar usted reventando por dentro por hablar ! » — ( Grandes vivas 
y prolongados aplausos. ) 

Textuales palabras, textuales ! Apelo al testimonio del doctor 
Larreta. No voy & inventar semejantes expresiones. 

Pues bien ; yo permanecia, como he dicho ... ( y vuelve el 

doctor Larreta d ocupar su lugar) hice esto simplemente : levante 

la vista, lo mire*, me sonrei. Lo unico que dije en esa reunion, 

echando una mirada de derecha a izquierda : « No veo al doctor 

Carlos A. Berro en esta reuni6n. » 

Los senores saben que el doctor Carlos A. Berro es un dis- 
tinguido ciudadano; pero cuando hay que tomar una resolucion 
grave, siempre tiene algun viaje al Rio Negro 6 al Uruguay . . . 
( grandes risas. ) 

Pues bien, se me dice entonces : « Aqui hay una tarjeta del 

doctor Berro. » 

Efectivamente, adheria & lo que se resolviera. 

Bajamos la escalera ; y ahora van & saber ustedes lo unico que 

yo dije. 

En la puerta del « Club Nacional » estaban los amigos, y 
seguian conversando con esa alegria de espiritu natural en los 
hombres que tratan cosas graves ... ( risa. ) 



— 76 — 

No s6 que broma se me dirigi6. Les dije : Seiiores, les voy 
k hacer un cuento, pero cuento hist6rico. 

Esto era en la puerta del Club Nacional. 

Admirense ( aunque ustedes no se van k admirar, les dije, 
porque ustedes ya me tienen en cuenta) : he estado en el Mani- 
coinio hace tres dias . . . ( risas ) . . . como curador de una joven, 
por tener que ir k ver el estado en que se encuentra, y al jefe 
de la administraci6n del establecimiento, el sen or Freire, le pare- 
cio muy conveniente ensenarme el Establecimiento, por si algun 
dia iba k parar a 61, tener ya eso adelantado . . . (Grandes ri- 
sas. ) Llego a un patio donde me encuentro con cuatrocientos 
dementes. Andando yo con el seilor Freire, se aproxima un loco, 
un mozo joven, robusto, y dice : « Sin duda estoy hablando con 
« el vice presidente de la Reptiblica, con el Presidente del Sena- 
« do, el senor Jose" Batlle y Ordonez. Soy Colorado, pertenezco al 
« Partido Colorado. » Y yo, dando vuelta la espalda, le dije 
k mi acompanante : « Amigo, vamonos . . . Vea usted en que viene 
« a parar el Partido Colorado !» (Grandes risas.) No concluye ; 
viene la ley del contraste. Se me Ueva entonces k un patio 
donde estan encerrados los locos malos, los locos furiosos. Nos 
aproximamos k la reja. Alii habia un hombre tirado en el suelo, 
y me dice el senor Freire : « Mire i k que aquel hombre, conforme 
nos vea, se viene ? Y, efectivamente : el hombre se levant6 y 
vino hacia nosotros. Mientras el hombre marchaba, el senor Freire 
me dijo : « Ha de saber usted que este hombre f ue* el primer 
soldado que tuvo Timoteo Aparicio, el aiio 70. » Le contests en- 
tonces : « Amigo, vamonos. A11& estaba el Partido Colorado y 
aqui el Partido Blanco ! » — ( Estruendosos aplausos y grandes 
vivas. ) 

Esto fu6, seiiores, lo tinico que yo liable" respecto del proyecto 
que se habia presentado k la Camara, y por el que se ha armado 
todo ese tole-tole, todo este conflicto, todo este escandalo, que, al 
fin, como escandalo, quedard, resuelto cual tormenta de verano. 

Quizds ni esta conferencia hubiera sido necesaria visto ya que 
las velas se han amainado, segun la resolucion que se ha adop- 
tado en sesion de los seiiores que se dicen Presidentes de clubs I 



— 77 — 

Ahora bien : yo no me habia comprometido 4 nada, ni nadie 
se habia comprometido conmigo tampoco. Todos tan libres como 
el primer dia. 

Llegamos k la Cdmara, sefiores, y siguen los discursos amar- 
tillados, partidarios, exagerados. Yo oia, escuchaba, seguia la 
tactica que me habia impuesto en la celebre reunion, que no me 
habia causado otro mal que privarme, durante dos horas, de tomar 
oxigeno por las cuchillas de Montevideo, en aquel mi ya citado 
carruaje. Muy bien : escuchaba, atendia. Los discursos me pare- 
cieron muy buenos para clubs partidarios, donde ya se habia & 
gente convencida, donde se levanta bien el tono del sentimiento 
partidario, donde, por consiguiente, hablando d personas conven- 
cidas e" hiriendo bien el corazon, el que mas fuerte hable, en esos 
casos, mas grande y noble se presenta ante las multitudes. Esos dis- 
cursos eran buenos para clubs ; pero est&bamos en un Parlamento, 
donde los hombres piensan, raciocinan, estudian, meditan y hasta 
leen entre lineas los parrafos de los discursos que pronuncian 
los oradores, atin los oradores que son sus propios amigos. Como 
era natural, alii no produjeron el efecto que hubieran producido 
en un club donde se hubiera dicho : el traidor, salvaje unitario 
Alberto Palomeque ! Mientras tanto, en el Parlamento, — todos 
tranquilos, como hombres acostumbrados k la vida publica, aunque 
tengamos indignaciones y nerviosidades que no estan refiidas con 
la templanza de las ideas y la cultura del espiritu, — no pro- 
dujeron efectos esos discursos. Y un intimo amigo, correligionario, 
creyendo, sin duda, que yo era uno de esos boqui-abiertas que 
me pago de las palabras altisonantes para entusiasmar a los hom- 
bres y Uevarlos, como carne de caiion, a las cuchillas, para que 
alii mueran, y sino mueren vuelvan heridos y se olviden de ellos 
y de sus familias, que quedan abandonadas, creye*ndome uno de 
esos boqui-abiertas, se me aproxima y me dice : 

<' Seria bueno, doctor Palomeque, que con la facilidad de 

« palabra que lo caracteriza y el dominio que tiene Vd. en las 

« cuestiones juridicas, el conocimiento de anecdotas, de cuentos y 

« reminiscencias, etc., hiciese uso de la palabra sobre este asunto, 

« sosteniendo . . . ( 22 > 

( 22 ) JFJl doctor don Carlos A. Berro. 



— 78 — 

Y se quedo en los puntos suspensivos del sostenido ! ... — (Gran- 
des aplausos — risas. ) 

No me supo decir que* era lo que yo iba a sostener. 

Me diseulpardn si estoy hablando medio provincialmente, en 
argentino, porque hay ciertas cosas que conviene sacarlas de la 
atm6sfera de nuestro pais, para que no produzcan efecto, para que 
no hieran sentimientos nacionales. 

Yo dije: « Senor, no hablo ( ahora voy k hablar en mi tono 
natural, ) en esta sesi6n ; ya hablare" en la otra. » 

Nadie sabia como iba k hablar yo. Yo mismo no dudaba en 
presencia de la actitud asumida por amigos que tenian m£s talento 
politico que yo. Porque yo hago una gran diferencia entre el 
hombre publico y el hombre politico. 

El hombre publico debe ser como la mujer publica... (risas)..., 
que debe ser usada y abusada hasta el extremo, para ver lo que 
pueden dar sus fuerzas morales y fisicas. (Muy bien). 

Y esta creo que es una frase de Chamberlain. Este dice que 
el hombre publico debe ser como la mujer publica, k fin de que 
sea usado y abusado. 

En estas palabras hay un gran significado moral. De ellas 
se deduce la conveniencia de que k ese hombre publico se le 
ataque, se le injurie, para que entonces se levante erguido y pre- 
sente k las multitudes todo el capital moral que e3 capaz de 
atesorar su corazon. — ( Muy bien ! Aplausos ). 

Pues bien: concurrimos k la sesion. No habia comprom r so 
ninguno. Y apelo al testimonio de todos los amigos y especial - 
mente al del doctor Larreta. Si alguno de elios estk presente . . • 
(aunque creo que con estas cuestione3 de Pilatos y Semana 
Santa se han ido a pasear) si alguno, digo, est& presente, puede 
rectificar. 

Entro al debate. 

No en balde la naturaleza ha dado al hombre la palabra, 
y no en balde tambiSn la naturaleza ha dado la energia moral 
necesaria para saber poner los puntos sobre las ies y colocar las 
cosas en su lugar. 

Estudie" la cuesti6n y me encontre" con que esos jovenes inte- 



— 79 — 

ligentes y hone3tos, esos adversarios . politicos que habian presen- 
tado el proyecto, estaban en el terreno de la verdad, del derecho y 
de la justicia. Y me fui a la Camara, no con un discurso oral, 
porque temo a* mis nerviosidades y a mi improvisation, sino con 
un discurso escrito, lleno de citas de autores, que no dejaban 
lugar & dudas de que aquellos adversarios politicos tenian raz6n* 
Y entonces, 4 cual fue mi actitud ? 

Mi actitud, senores, fu6 la de salvar, a* la vez, la verdad, el 
<lerecho y la justicia, que es la bandera de todos los partidos 
honestos en cualquier parte del mundo ; porque son los principios 
fundamentals de toda asotiacion, de toda colectividad que aspira 
A los honores de colectividad national. 

ComD vi qii3 ese proyesto estaba en buenas condiciones, 
trate" de conciliar los principios k que me refiero con los intereses 
del propio partido en que milito. 

Y yo que ya se*, por los anos que calzo, "por las canas que 
peino, por los dolores que he sufrido, que en este mundo no se 
puede llevar todo a sangre y fuego, que las ideas extremas & la 
larga siempre han de ser vencidas, que los partidos radicales en 
los pueblos bien gobernados, solo llegan al Poder, por accidente, 
para despuSs caer, y que solamente los partidos conservadores j 
liberates, que sostienen las ideas del justo medio, son los tinicos 
que tienen derecho a gobernar . . . Yo, que comprendo todo eso, 
practicamente, trat6 de conciliar la verdad y la justicia con los 
intereses de la colectividad a* que pertenezco. Y £que paso? 

Van a verlo ustedes: 

Propongo entonces lo que hubo de triunfar forzosamente, lo 
que, mas bien dicho, triunfo en el corazon de todos los iniembros 
de la Camara, y lo que, desgraciadamente, no triunfo, material- 
mente, por la impolitica de mis amigos politicos. 

Pues bien, el articulo 3.° del Proyecto establece que se vuelva a* 
nombrar Juntas Electorales a fin de dar al adversario la repre- 
sentation proporcional que le corresponde ; y el ' articulo 4.° que 
se vuelvan k nombrar Comisiones Inscriptoras & fin de darle esa 
misina representation proporcional. Y yo entonces tome" un termino 
medio. Pronunci6 mi discurso, el mas honesto que darse pueda, 



— 80 — 

y el discurso, sen ores, han de saberlo ustedes, que mas efecto ha 
producido (de los mios naturalmente ; no hablo del discurso del 
doctor Sierra Carranza, que est& aqui presente; hablo de los mios } 
en el Parlamento. Por eso me decia uno de los sefiores taquigrafos : 
« Hace diez y ocho anos que estoy en esta Camara y nunca he visto- 
que un orador haya conseguido con su discurso no hacer pronunciar 
siete disc ursos que tenian prontos los adversarios de rompe y rasga 
y cuatro que tenian preparados sus amigos, de rompe y rasga 
tambi6n ». Todos f ueron al carnero : los mate" ! — ( Grandes risas 
y aplausos. ) 

Quizes ahi este* el despecho de algunos de esos sefiores Pre- 
sidentes de clubs. Alguno de ellos se ha quedado con el discurso 
atravesado ... ( risas ) . . . y lo estd soltando. 

Pues bien : entonces les dije k unos y k otros : « Al fin y 

al cabo i de que* se trata ? Nosotros tenemos 14 Comisiones 

Inscriptoras, que son nuestras, exclusivamente nuestras. Los 

adversarios quieren que e*stas lo mismo Juntas Electorates se arre- 

glen proporcionalmente. 

Pues vamos k hacer una cosa ; no sean extremos ni unos 
ni otros. 

La Junta Electoral vamos a" establecerla proporcionalmente, 

y las 14 Comisiones Inscriptoras — que son nuestras — ( sefiores 

adversarios : sean nobles ccmo somos nobles tambien nosotros, 

pues les vamos k dar a ustedes la representaci6n que en esas 

Juntas les falta) ustedes nos las dejan, y no hagamos mas cues- 

tion. » 

Pues fiie* tal la corriente de simpatia, la corriente electrica que 
se produjo en la Camara, que las ideas emitidas en mi dis- 
curso fueron aceptadas por mis amigos. Y entonces, viendo los 
enemigos, atin aquellos m&s recalcitrantes, que podian perder la 
contienda, porque se habia herido el sentimiento noble que esta 
en el fondo del coraz6n de todo hombre bien nacido cuando actua 
en politica, comprendiendolo, pidieron un cuarto intermedio. 

Y i por qu6 se perdio la contienda ? i La perdi yo ? Yo la 
iba k ganar, porque iba k conseguir que mi partido quedara con 
esas 14 Comisiones Inscriptoras. 



— 81 — 

Era lo que pedia para 61, y lo iba & conseguir. Me habia 
introducido en el corazon de mis adversarios con mi discurso le- 
vantado, altruista y nada personal ; y cuando lo iba 6 conseguir, 
sale un companero, pronuncia un discurso altisonante, hiriendo el 
sentimiento partidario de aquellos hombres, amenazando con la 
guerra civil. — (Aplausos). 

Pues bien, seiiores, se perdio la Jornada ; pero £ es exacto, como 
se ha dichc, que yo no votara con mis amigos ? Otra falsedad ! 

Puesto a votacion el articulo 3.°, que era el que se referia al 
efecto retroactivo (no se" si me entender&n bien los seiiores presen- 
tes). El efecto retroactivo, en el juego de billar, es 6ste : por ejem- 
plo, el carambolista, estando la bola con que juega colocada en 
medio de las dos contrarias, como quien dice entre San Juan y 
Mendoza. . . (risas)... tiene que tirar sobre una de ellas y hacer 
que su bola retroceda para pegarle & la otra. Ese es el efecto 
retroactivo en el billar. En politica, es la ley la que vuelve para 
atr&s. — ( Risas ). 

Pues bien, ese articulo 3.°, que habia del efecto retroactivo en 
materia de constituir la Junta Electoral, fu6 votado por mis ad- 
versaries y por los Cons tit ucionalistas, unicamente, con exception 
del doctor Sienra y Carranza, que estd aqui presente, y que estaba 
entonces en el Congreso Cientifico Latino Sud Americano, y por 
mi, como nacionalista ; todos los demas nacionalistas votaron en 
contra, en cuanto al efecto retroactivo. 

Pero, viene el articulo 4.°, en el que se decia que quedaria 
tambien sin efecto el nombramiento de esas 14 Comisiones Ins- 
pectoras que pertenecian a mi Partido, y entonces, sefiores, todos 
los constitucionalistas y todos los nacionalistas — y quizes algun 
Colorado — votaron en contra del articulo. Yo, junto con mis 
compaiieros, los nacionalistas y constitucionalistas, y tal vez algun 
Colorado, fuimos vencidos. Y entonces yo, asi vencido, tom6 mis 
papeles, porque soy hombre de papeles viejos y empolvados, con 
los que siempre voy d la Cdmara, cuando puedo estudiar un 
asunto, me allegue d los compaiieros que estaban a mi lado 
y les dije : « Hemos sido derrotados. No tenemos otra cosa que 
hacer que retirarnos. » 

6 



— 82 — 

Yo di la palabra de orden, y todos los nacionalistas, al rato, 
se levantaron y salieron detrds de mi. 

Quiere decir que seguian al traidor, es decir, que el traidar 
los llevaba por las narices, d indoles la consigna de retirarse des- 
pues de la derrota. 

Ahora, que ustedes saben todo esto, van k explicarse una faz 
juridica parlamentaria respecto de esta cuestion. 

Voy ahora k entrar a una interesante cuestion parlamentaria 
que yo no he provocado. Si ; que yo no he provocado. Conviene 
muy mucho dejar constancia de que yo k nadie he atacado sino 
que me defiendo, muy especialmente por la forma agresiva, in- 
correcta y de sorpresa que se ha empleado. Asi se ha respondido 
a la guerra secreta que viene haciendose de tiempo atras. Lo 
que Yds. ven publicamente no es sino el estallido de un hombre 
que solo aspira k la popularidad entre los buenos, si es que ella 
viene ; sin ir tampoco a busearla. 

Un escritor espaiiol publico un articulo critico contra Campoa- 
mor diciendo que este no hacia m&s que copiar k los demas poe- 
tas y muy especialmente k los franceses. 

Como Valera, critico espaiiol, era el que siempre se ocupaba 
de atacar al pobre Campoamor cuando publicaba algtin libro 
de rimas, los diarios de Madrid empezaron k decir que aquella 
critica hiriente y tremenda contra Campoamor le pertenecia. Va- 
lera, que es un critico capaz de afrontar todas las responsabilida- 
des, salio a la prensa, y dijo : « No seiior, yo no soy el autor de 
eso: es inexacto: jamds he criticado en esa forma al seiior Cam- 
poamor: nunca he dicho que Campoamor sea mal poeta, porque 
copie 6 porque traiga reminiscencias de otros escritores y de otros 
poetas: no seiior: si el plagio no lo puede hacer sino el sabio: 
el que plagia es el que mucho ha leido, mucho ha estudiado y 
mucho ha atesorado en su memoria, y, por consiguiente, es el 
unico que puede repetir lo que los demas han dicho. ^Donde sc 
ha visto que un ignorante pueda plagiar k un sabio ? Yo no 
he hecho semejante critica. Lo critico por sus versos mismos ». 

Y entonces el sefior Valera, en el estudio interesantisimo que 
hace, demuestra c6mo el plagio es una cosa que existe en la natu- 



— 83 — 

raleza. Y cita, entre otros, k Shakespeare de quien dice : « el Ham- 
let, seiiores, tiene tantos miles de versos y de esos versos puede 
asegurarse que no hay trescientos que pertenezcan & Shakespeare. 
Todos los demas pertenecen a infinidad de autores de aquella 
^poca de Inglaterra. Pero, yo le doy a un hombre sin talento, esos 
mismos versos — dice Valera — y que haga una obra como el 
Hamlet, como la hizo Shakespeare. » 

Pues bien : debo hacer presente una cos a. . . . Naturalmente* 
yo no soy Shakespeare, no soy poeta, porque no vivo en la Luna, 
sino en la Tierra recibiendo palos dia k dia ... ( risas ) . . . ; pero 
suelo leer algo — y de esas lecturas que he hecho he entresacado 
todo lo que ustedes van a oir. 

Nada me pertenece, pero todo es atingente a la cuestion. De 
manera que todo lo que aqul se va & decir de los partidos, de la 
misi6n de los hombres publicos, de los representantes del pueblo, 
no lo digo yo; lo dicen los escritores cuyas citas se encuentran en 
la obra de Lieber sobre La moral politica. 

De manera que hago esta advertencia para que se sepa que 
cualquiera expresi6n fuerte que pueda oirse, la han dicho esos au- 
tores, no contra determinadas personas, sino en te"sis general. 

Dicen esos autores, refirie'ndose A la popularidad de los buenos, 
si viene, sin ir a buscarla: 

Basta con practicar la virtud. No debemos obtemos sacrificando 
el derecho 6 el deber. No debemos buscarla como una pauta & 
<leterminar nuestras acciones, porque estableceriamos una regla de 
conducta arbitraria, y en abierta oposici6n con la moral. 

No hay medio mas seguro para obtener una popularidad du- 
radera, que conquistar la estimaci6n de nuestros actos. Esa clase 
de popularidad no se pierde nunca: podrd sufrir eclipses parciales 
y aun totales, pero reaparece brillante como el astro envuelto por 
algtin tiempo en la proyecci6n de una sombra fngitiva. La esti- 
macion ptiblica no constituye necesariamente la popularidad, que 
descansa sobre la simpatia, explicandose de esta manera que se 
aleje de un hombre honorable en determidados momentos. Puede 
ese hombre no participar, honrando sus convicciones, de los sen- 
timientos del pueblo : sus trabajos pueden tener por objetivo un 



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punto que no despierte el interns de la multitud. La populari- 
dad no es tampoco la recompensa infalible de los buenos ciuda- 
danos. Los mejores pueden no llegar & ser comprendidos, con 
tanto mas motivo cuanto imis se adelanten a su epoca, mientras 
que las mediocridades por la misma razon de su inferioridad pue- 
den con mas facilidad insinuarse en la mayoria. Cuantos ejem- 
plos nos ofrece la historia de inmensas popularidades desvane- 
cidas como el humo ante la mirada investigadora de la posteridad ! 
Cuantos nombres colocados por la justicia de los siglos entre 
los benefactores de la Humanidapl, que habian sido menospre- 
ciados por la ingratitud contemporanea ! La popularidad esta 
tan lejos de ser un medio definitivo como un fin moral determi- 
nants Lo indiscutible en su caso es que la estimacion de los de- 
mas es parte esencial de la popularidad politica entre los dig- 
nos. Esta popularidad es la unica que debemos apreciar moral- 
mente. (Esa fu6 la fuerza moral de Jos6 Pedro Varela cuando 
tuvo lo que se llam6 el valor de la impqpidaridad.) La popu- 
laridad es agradable. Complace al corazon en politica lo mismo 
que en todas las demas esferas de la actividad humana. No podia 
.ser de otro modo, tratandose del hombre, ser creado para vivir 
en sociedad. Esta es una raz6n mis para que no la considere- 
mos como la base fundamental de nuestras acciones. Si el hombre 
contrariase ese principio, se someteria & la peor especie de escla- 
vitud ; la del espiritu. Si se despoja de la regla de conducta 
marcada por su conciencia j busca otra fuera de ella, pierde la 
propia estimaci6n j la rectitud de sus juicios j se convierte en 
breve tiempo a la servidumbre de si mismo. 

El poder de la opini6n publica, a la que debemos someternos 
en la generalidad de los casos, pero no absolutamente en todos, 
ofrece tanto aliciente que induce facilmente £ los pusilanimes a 
someterse & su servidumbre. El temor de perder la popularidad 
ha desprestigiado a muchos hombres de Estado ; ha sido la causa 
de que muchos publicistas hayan adjurado la verdad y encami- 
nado k muchos ciudadanos por la mala senda, haciendose asi- 
mismo visibles sus efectos desastrosos en la juventud de los pai- 
ses libres. Creemos que no habr& ningtin profesor que no haya 



— 85 — 

observado la influencia malSfica que ejerce el deseo de la popula- 
ridad en los institutes de educacion. Esta influencia ha llevado 
al vicio y a" la ruina final. Es, pues, uno de los deberes primor. 
diales de la juventud acostumbrarse & proceder bien por el bien 
mismo y en sus maestros el inculcar temprano y profundamente 
en su alma este principio Salvador. Sera" una de las mejores 
preparaciones para la vida publica, para la consolidaci6n de la 
nacionalidad, para la conservation del patriotismo sin ambiciones. 
Lo decimos una vez por todas : el peligro de las instituciones libres 
e^ta* en la corruption de las aspiraciones a* la popularidad. 

Es sabido que los componentes de la popularidad son en pri- 
mer termino la dignidad del hogar y las simpatias de las masas. 
En los pafses verdaderamente libres la popularidad empieza en el 
hogar, circunstancia muy importante en las naciones de considera- 
ble extension territorial, en las cuales el pueblo no puede juzgar 
con imparcialidad a* la distancia el car deter de un ciudadano sino 
por la reputation de que viene precedido como hijo, como padre, 
como esposo. La popularidad comienza en la familia; invade la 
aldea; penetra en las ciudades; se apodera de la multitud. 
Mantened, pues, vuestra casa con la honra que debeis : dispensad 
a vuestra esposa las atenciones que inerece; educad a" vuestros 
hijos ; sed benevolo • con vuestros conciudadanos : atended con 
solicitud los intereses de la comunidad y de esta manera levanta- 
reis los cimientos de una estable popularidad. No obstante nadie 
debe favorecer directa ni indirectamente en ningun caso lo que 
considere un error indiscutible ; ni fomentar las flaquezas nacio- 
nales; ni dejar de ser tolerante con las preocupaciones, sin aban- 
donar el todo para obtener una parte ; ni obtener por la violencia 
lo que individualmente considera perfecto ; ni coadyuvar al desen_ 
freno de las pasiones, & la maldad, al crimen, ora guardando si- 
lencio cuando e"ste pueda interpretarse como un signo de aproba- 
cion, ora prestando una adquiescencia cobarde en vez de una 
reprobaci6n energica. 

Asi entendida la verdadera popularidad, no hay temor de que 
un pais libre se imponga el despotismo que surge de la dema- 
gogia. La popularidad no rechaza la discusion de los actos de 



— 86 — 

los h ombres publicos. Por el contrario, el hombre politico 
provoca, en muchos casos, por medios indirectos, la discusion 
de actos que se le atribuyen soto voce, para hacer la luz a su 
respecto. Recue'rdese el caso de aquel Ministro ingles que publi- 
caba en un diario todas las acusaciones que sus enemigos le hacian 
por medio del rumor publico para luego 61 mismo contestarlas 
en el Times. Un leader tiene deberes. Debe ser un hombre de in- 
tegridad £ toda prueba y de reputation intachable ; debe tener 
la suficiente ambition para marchar siempre adelante y mantener 
viva la fe en los que siguen sus derroteros. Debe ser un hombre 
de energia y de pureza de alma; tenaz en sus prop6sitos. Debe 
saber que sus actos mejor intencionados ser&n juzgados malamente 
y que se pondr&n en actitud mil medios para atacarlo. No debe 
preocuparse demasiado de las acusaciones que se dirijan & sus 
pensamientos y k su car deter ; sus amigos se har&n cargo de ellas. 
Un hombre publico no debe alterarse por ver escudrinar y hasta 
d?snaturalizar sus asuntos intimos. En cuanto a su capacidad debe 
demostrarla con obras, no con palabras: es la tinica respuesta 
eficaz, la sola replica convincente para destruir una imputation. 
Un hijo ingrato asegur6 que Sofocles estaba estolido y que era 
incapaz de manejar sus negocios. S6focles respondi6 leyendo su 
3<]dipo en Colona y fue llevado en triunfo. Arist6fanes ridiculizo 
a Socrates en el teatro ; el sabio, una vez terminada la comedia, 
se paro sobre su asiento para que los que no lo conocieran pu- 
dieran enterarse de su persona. Un jefe de partido debe poseer 
esa viveza de espiritu y esa grandeza de alma que unidas cons- 
tit uyen aquella fecundidad de que habla Ciceron cuando dice : 
Socrates opina que Pericles es un hombre fecundo. Debe tener la 
noble cualidad de iluminar & los demds con los resplandores mo- 
rales de su actividad, y cuanto mas alto se eleva mds confianza 
debe tener en sus principios dejando en libertad & los demds para 
que los practiquen cada cual en su respectiva esfera de action. 
La derrota no debe amedrentarlo ; debe estimar k sus amigos y no 
descchar obstinadamente sus consejos, sin dejar por eso de ser 
consecuente con sus opiniones. Debe ser prudente y no carecer 
del valor necesario para tomar una resoluci6n procediendo con 



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energia en el momenta oportuno. Debe ser tolerante con sus ideas; 
no debe dar el ejemplo inmoral de la dilapidation y del derroclie ; 
hombre de action y pensador ; amante de la humanidad y absolu- 
tamente libre de las miserias del egoismo. De caracter franco y no 
demasiado suspicaz ; la confianza no se obtiene sino por medio de 
la confianza. Podrd ser enganado, pero si desconfia de todo per- 
derk mds de lo que podrd ganar. Debe el hombre publico no ser 
inconsecuente en la amistad y llevar un caracter capaz de levan- 
tarse por encima de las cuestiones temporales que dividen k los 
partidos. La acci6n es la que domina e" infunde respeto. La exac- 
titud y actividad han dado k muchos ciudadanos una influencia 
muy superior k la adquirida por hombres de mayor talento, pero 
apaticos e* indolentes. Un hombre publico debe ser veraz; no hay 
argumento suficientemente poderoso para convencer & un auditorio 
que empieza por estar persuadido de que quien los emplea no cree 
en su irrefutabilidad ; en el mane jo de los dineros debe ser honrado 
hasta la exageracion; siempre debe estar dispuesto & retirarse sin 
murmurar, satisfecho de un propio merito; debe estar preparado k 
sufrir con resignation los dardos de la ingratitud, como deben es- 
tarlo tambten todos los que le sigan. 

Y ese « leader », una vez sentado en el recinto legislativo, res- 
tringe el impulso inherente k la masa, que debe ser moderado 
porque todo poder necesita un freno. Desde ese momenta se nos 
carga con una responsabilidad legal, en cuyo 'caso sentimos inme- 
diatamente la necesidad de ser circunspectos. Las masas son siem- 
pre impetuosas: mientras formamos parte de ellas cada uno no 
tiene en vista mds que el deseo 6 interns comun. Es distinto 
cuando somos los « leaders » de la multitud desenfrenada. Desde 
entonces se estd obligado k respetar en sus actos k la Constitucion 
y responder de ellos ante el pueblo que pronuncia su fallo en la 
eleccion siguiente — y no en cada uno de los casos en que aquel 
vota, porque esto ultimo estableceria inmediatamente la dictadura 
del soberano y desvirtuaria uno de los propositos principales del 
gobiemo representativo. Los compromisos son legitimos mientras 
se mantengan en la esfera equitativa: pero el sagrado deber del 
representante, y ninguno tan digno como 61 de hacer todo cuanto 



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pueda en favor del bienestar de sus conciudadanos, segtin se lo 
aconseje su recto criterio, modelado en el de sus electores, pero ilu- 
minado y modificado por el de sus colegas, debe impedirle con- 
traer compromisos relativos d deterininadas leyes 6 manifestaciones 
de conducta, porque despojarlan & otros del indiscutible derecho 
de dar d conocer sus ideas por medio de [sus representantes y 
ejercer la parte de influencia que les corresponda sobre las del 
cuerpo legislativo, antes de la sancion final de una ley. Los 
compromisos netos que no se refieran d medidas de gran alcance 
6 d cuestiones discutidas largo tiempo por el pueblo, desvirtuarian 
los fines del gobierno representative y no pueden ser acatados por 
ningun ciudadano honrado. Solo se someten d ellos los demago- 
gos y aduladores serviles de la multitud. Los compromisos son 
desfavorables d la causa de la Libertad, perjudiciales altamente 
al pueblo y al cardcter que inviste un miembro de la Cdmara 
como representante de la nacion. Los compromisos de partido 
no pueden ir mds alld de los principios politicos que forman la 
doctrina de la agrupacion y no obligan al candidato d votar cie- 
gamente con el partido en todas las cuestiones de importancia. 

Por el contrario, es justamente en los momentos solemnes, que 
el ciudadano, siguiendo los dictados de su conciencia, puede verse 
en la situacion de no seguir d su partido. 

Seria una vanidad condenable la de negar la influencia legitima 
que debe siempre ejercer sobre los hombres sensatos la opini6n de 
los correligionarios y la opinion colectiva de la agrupaci6n en quien 
tenemos -razones para confiar. El desarrollo de las instituciones, 
de las leyes y de los sucesos se refleja en los partidos y no de- 
bemos sobreponer nuestro amor propio d este hecho comprobado. 
No quiere esto decir que ningun hombre que se estime pueda 
considerarse jam&s tan obligado para su partido, hasta el pun to 
de hacer abstracci6n de su criterio personal y no creerse autori- 
zado para proceder. Ni debe tampoco considerarse con el deber 
de salir en defensa de todos sus actos de los jefes de un partido 
6 de los de cada uno de sus miembros, ya sean privados 6 pu- 
blico*. 

Los partidarios de cardcter violento hacen con frecuencia esta 



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exigencia, que no es ma's que fanatismo de secta, tan perjudicial 
para el pais como para el partido. Actos semejantes debilitan 
necesariamente & 6ste, mientras que los que se le van tan por arriba 
de los intereses de la colectividad en dlas de la justicia, de la ge- 
nerosidad 6 de la verdad, no dejan nunca de proporcionar gran 
fuerza al partido, porque le gran jean la confianza publica, que es 
el poder. 

Los miembros de un partido politico no deben olvidar que 
ante todo son ciudadanos de una patria, y que esta condicion no 
puede desaparecer por el hecho de su afiliaci6n a* un partido; no 
deben considerar ese partido como si fuese el pais 6 una especie 
de aristocracia privilegiada a* la que deban someterse los demaV; 
finalmente no debe el partido demostrar un espiritu de persecusion 
intransigente en el caso de que algunos de sus miembros se 
consideren en conciencia obligados d disentir de la opinion predo- 
minante respecto de alguna medida, porque sino se convierten en 
sostenedores 6 favorecedores de las mediocridades, de la intriga 6 
de la cdbula. 

Nada hay tan peligroso ni tan temible como esos partidos re- 
gularmente organizados con listas de admisi6n y raspaduras de 
nombres de adeptos expulsados; con cuotas establecidas para su 
soste*n y obligaciones de sus miembros determinadas de antemano; 
con una prensa absolutamente dependiente que obedece la consigna 
de un periodico oiicial y no es otra cosa que un eco servil de 
£ste. Los partidos asi constituidos son facciones 6 estdn continua- 
mente expuestos d convertirse en tales. 

Esos partidos pueden llegar d ser lo que los Clubs franceses 
durante la primera revolucion, y aunque no puede negarse que 
muchas de las crueldades perpetradas por los Jacobinos fueron 
debidas a* un concurso extraordinario de circunstancias especiales, 
nadie que estudie con atenci6n la historia de esos Clubs, especial- 
mente del Jacobino, dejard de ver clara y evidentemente demos- 
trados los peligros de los partidos regimentados, y que ningtin 
cambio de circunstancias serd suficiente para impedir que institu- 
ciones semejantes produzcan males terribles. 

La dedicaci6n exclusiva & un objeto nos hace parcial y apa- 



— 90 - 

sionado. Asi la dedicacion exclusiva k los intereses del partido 
puede traer el peligro de la perdida de la independencia moral; 
puede f omental* el espiritu de discusion, en momentos en que el 
deber lo llame a apaciguar la discordia y a suavizar la lucha en 
cuanto fuera posible; que se equivoque el partido tomando sus 
opiniones por las de la nacion 6 la de uno de sus circulos por 
las del partido entero; que nuestro propio juicio y atin nuestro 
sentimiento moral se desvie y se tuerza juzgando de esas cosas con 
un criterio que no sea el de la justicia; que osmrezca la verdad 
en sus relaciones con el derecho, que es el primer x principio sobre 
que debe girar toda politica, convirtiendo asi lo que deberia ser- 
virnos de medida en la cosa que hemos de medir y no Ssta en 
aquella, del mismo que las sectas fanatizadas miden k veces la 
verdad por sus dogmas y no sus dogmas por la verdad. 

El peligro se manifiesta cuando consideramos al partido como 
objeto de todo esforzandonos por colocar la colectividad k su ser- 
vicio, sin pensar que lo tinico que puede dar significaei6n y razon 
de ser k un partido es la nacionalidad, la sociedad, la patria. En 
definitiva, el peligro consiste en que olvidemos la causa que de- 
tiende el partido y equiparemos sus luchas con una guerra cuyo 
objetivo es la victoria k cualquier precio. 

El espiritu puede llegar hasta el punto de hacer perder su 
verdadera naturaleza al lazo mas f uerte de la humanidad : al len- 
guaje. Los hombres dejan de entenderse entre si, cuando las pa- 
labras mejor intencionadas son involuntarias, pero apasionada y 
obstinadamente mal interpretadas. Entonces la audacia ciega, como 
sucedia en Grecia, era llamada valor real ; la prudencia, miedo ; 
la modestia, manto de cobardia ; la cautela, pereza. Un arrebato 
furioso era reputado como un acto de valor. Todo lo que era vio- 
lento era tenido por leal ; el hombre tranquilo era siempre sos- 
pechoso. El que era bastante hidalgo era mirado como contrario 
al compaiierismo de sus amigos 6 temeroso de sus adversarios. 

Aplicando ahora todas estas consideraciones de los escritores 
ya mencionados k la cuestion caliente, saquen los seiiores la con- 
secuencia. 

Si me fuera posible relatar un cuento, sin herir el timpano, 



— 91 — 

yo les haria uno a los senores de algo que paso & cierto joven 
con motivo del baile en que se habia introducido indebidamento, 
para que el que lo echaba de el saeara la consecuencia, para 
aplicarla. — ( Risas ). 

Voy & terminar. 

Hace tiempo que vengo librando esta batalla. La verdad, el 
derecho y la justicia son mi bandera. Esto es lo que aprendf 
desde niiio en el destierro. Es lo mismo que he practicado en mi 
edad madura en las reuniones populares y en los puestos publi- 
eos. Xunca he servido sino a la justicia. El departamento de la 
Colonia lo dice elocuentemente cuando fui juez. El Cuerpo Le- 
gislativo lo proclama dia & dia. Tengo conmigo el respeto y la 
consideraci6n de los dignos. La carne de canon de que se han 
servido los politicastros ha sido defendida por mi. Nunca he reci- 
bido un centSsimo de mi partido. Los caudillos han buscado en mi 
al ciudadano ardiente capaz de defender su honor. He cumplido 
estoicamente, renunciando, sin estrepito, los cargos publicos, cuando 
ha sido necesario, para siempre caer en brazos del pueblo. 

Mi Partido, conociendo como soy y como opino, me ha lle- 
vado a la Catnara, con esas ideas altruistas, k las que no puedo 
ni debo traicionar, porque son las unicas que salvan & los 
hombres, & los partidos y a las Xaciones. 

Alii, en las Camaras, puedo decirlo, sin que esto me enva- 
nezca, porque he cumplido con un deber, nadie me ha superado 
en labor, en honradez, ni en actividad, aunque si en inteligencia* 
Cuando un derecho ha sido hollado, alii ha estado mi voz para 
pedir la reparacion. 

Y aun asi se ofende, se hiere y se insulta, diciendose por 
personas que ignoran lo que es la vida ptiblica : « el partido en 
que dice que milita ! » Esto lo dicen personas que no saben de 
la misa la media en materia politica. Algunos entenderan de 
hacer escrituras publicas y testamentos ; otros de montar a caba- 
llo ; otros de enlazar un potro ; otros de medir malamente los 
terrenos, pero de vida publica . . . 

\ Dios mio ! pero si para ser comico es necesario pasar mu- 
chos anos por el escenario ( risas ) . . . haberse pintado mucho la 



— 92 — 

cara ; y ellos no se la han pintado mas que una vez, y eso de 
bianco ! . . . ( Grandes risas — Aplausos. ) 

Pero, es un sarcasmo decir eso a* un hombre que viene li- 
brando la batalla desde treinta ailos atrds y durante ella defen- 
dido d todos los que eran la carne de su came, sangre de su 
sangre y hueso de su hueso ! 

j Pero si esta es la mayor ingratitud que puede cometer un 
partido ! Y la ingratitud es el ma's infame de los vicios que se 
anidan en el fondo del coraz6n humano. 

I Y vosotros creeis que la ingratitud no tiene asidero en 
politica ? 

Recomiendo d la juventud que me escucha un capitulo que al 
respecto tiene Lieber en su obra « La moral y politica de las 
instituciones. » Y entonces verdn si los hombres se deben 6 no 
respeto d si mismos cuando actuan en politica. 

Yo bien s6 que todo esto que se ha hecho conmigo no es 
mas, como he dicho, que una tormenta de verano. 

Los que me conocen en Montevideo han acudido inmediata- 
mente d mi casa d reprobar el acto que se pretendia consumar, y 
uno de los actores principales de la Revolution del 97, el doctor 
Juan A. Golfarini, acaba de escribirme una carta en la que hace 
resaltar la incorrecci6n que se comete con un hombre que ha 
sabido en los jurados y en el Parlamento sujetarse al programa 
politico seguido desde su ninez hasta su edad madura. — 
( Grandes aplausos. ) 

Yosotros, senores, que habeis firmado semejante documento 
anodino, y atin anonimo, porque todavfa no se sabe quienes lo 
firman, i ignorais d que" partido pertenecia el doctor Palomeque ? 
Pues debeis saber que 61 no tiene mds que un partido : el partido 
de la verdad, el de la justicia y el del derecho, pues nunca ten- 
drd, ni lo ha tenido, el de los trapos ensangrentados, el del cau- 
dillaje ni el de las revoluciones que no tengan verdadera base 
popular. — ( Muy bien ! Aplausos ). 

Un consejo os da el ciudadano que quereis expulsar, si es que 
vosotros sois realmente la custodia del Partido National: no pro- 
voqueis conflictos y escdndalos de esta clase contra el hombre 



— 93 — 

que ha sostenido Ja verdad y el derecho, defendiendo asi realmente 
los principios inscriptos en el programa de 1872, porque en estos 
instantes lo que el partido necesita es la colaboracion de todas 
sus personalidades. No discutais personas, porque e3tas solo sirven 
para dictaduras; discutid ideas, principios, programas, constitution, 
derecho, justicia, moral, que esto es lo tinico que levantar& el espi- 
ritu nacional y consolidara las instituciones. 

Por eso no hay otra politica que la del acuerdo. Rodead al 
gobernante actual. Suprimid distancias. Haceos dignos de la 
suerte conquistada por el esfuerzo de todos los buenos : no os 
creais los unicos depositarios de la verdad y de la naci6n y ofre- 
ced la oliva de la paz antes que una sola gota de sangre salpique 
el rostro de uno solo de los orientales. No lo dudeis; esto es lo 
que los manes de todos los partidos exigen de vosotros en honor 
a la fecha hist6rica que conmemoramos. — ( Grandes aplausos ). 

Y ahora, si quereis expulsar al doctor Palomeque de vuestro 
partido, expulsadlo, pero tened entendido que su personalidad 
siempre sobrenadara. 

Grecia no es grande por ser Grecia misma. Grecia es grande 
por que vivieron Plat6n y Socrates. No es la tierra la que por si 
misma levanta. La reputaci6n de los pueblos la hacen las gran- 
des personalidades que saben luchar, que saben triunfar, que sa- 
ben ser derrotadas, aun por sus amigos, en defensa de la verdad, 
de la moralidad y del derecho. — ( Grandes y prolmigados 
aplausos. ) 

El doctor Palomeque tiene lastre de virtud y caracter, y al 
querer arrojarlo no caer& al suelo hecho pedazos como esos idolos 
de barro, sino en brazos del pueblo, de los hombres dignos, que 
le diran : si la patria muere, s6 tt el ideal de la nueva patria. 
Pero, antes de expulsarlo, oidlo : 61 nada os ruega : no lo conde- 
neis sin escucharlo : no seais despotas. Tened si cuidado en lo 
que os dice, para terminar: el que se suicida no tiene derecho a 
sepultura sagrada ! El no es un individuo : es una fuerza : es una 
personalidad incorporada & los anales nacionales : no lo podreis 
arrancar sin destruiros vosotros mismos las entraiias : detras de el 
podria irse una parte de esa fuerza que necesitais para la lucha ; 



— 94 — 

un hombre heclto no se repone con facilidad : aprended & con- 
servar el espiritu de libertad dentro del partido : no es expulsando 
ideas que os acrecentareis : as! os suicidariais moralmente. Nadie, 
al ver el triste espectaculo que estais dando, dir£ otra cosa que 
la siguiente : ^ que* partido es este donde la ingratitud y la inex- 
periencia y la antipatia y el odio son las productoras de tales 
resoluciones, que van A herir al hombre que defiende la verdad 
y la justicia ? 

Cuidado no venga la comunidad y os pregunte : Cain, i que" ha- 
beis hecho de tu hermano ? 

Inspiraos en la libertad, que es la tinica que salva & los hom- 
bres, a los partidos y k las Kaciones. Dejad al hombre con su 
libertad de pensamiento, que es en lo que se distingue del irracio- 
nal, y no lo convirtais en esclavo, en ilota. Dad el ejemplo, desde 
la llanura, de lo que hariais en el poder. No degradeis vuestra 
mision politica, convirtiendo d. un partido de ciudadanos en seres 
sin raciocinio. Respetad los progresos que en el pais y dentro de 
nuestra colectividad se han apoderado, acostumbrandoos k mirar 
en los representantes del Pueblo lo que ensena la ciencia de la 
Constitution de la Republica. 

I Quiere esto decir que no se tenga el derecho para criticar y 
estudiar los actos del diputado? 

Nadie puede negarlo. # Se tiene. 

Lo que no se tiene es el derecho de encaminar mal la con- 
ciencia popular, falseando la verdad y convirtiendose el periodista 
en un adulador servil de la multitud. Lo que no se tiene, es el 
derecho de insultar valiSndose de una sorpresa indigna. Lo que 
no se tiene, es el derecho de herir afecciones legitimas poniendo en 
duda la honradez politica del ciudadano, como cuando se emplean 
aquellas f rases irritantes del yartido en que dice que milita. 

Ah! cuan dura seria la frase con que yo responderia. No: la 
reservo. Mi mision es de paz y de concordia. Levantemos el es- 
piritu d Dios, y en este gran dia en que la cristiandad festeja 
el acontecimiento trascendental del perdon de las ofensas, conclu- 
yamos diciendo como Cristo: 

Perdonales, no saben lo que hacen ! — ( Prolongados aplausos. ) 



— 95 — 

Senores : Esta es hoy una tribuna libre. 

Varias voces. — Que hable el doctor Sienra y Carranza. 

Senw Palomeque. — Si alguien quiere rebatir lo que he dicho y 
discutirlo esta* & su disposici6n la tribuna que abandono. 

Una vox,. — Que lea la carta del doctor Golfarini. 

Sefior Palomeque. — La carta del doctor Golfarini es en extremo 
<!onfidencial, es confidencialisima. . Despue"s le pedire" autorizacion 
para publicarla. ( 23 ) 

(El orador baja de la tribuna siendo objeto de una estnumdosa 
manifestacion de simpatia. 

El ado termlno a las 5 y 10 p. m., habiendo empexado d 
las 2 y 20 p. m.) 



EL CORONEL DON JOSfi G. PALOMEQUE. 



Senores: ( 2 *) 

Antes de entrar al objeto principal de esta segunda confe- 
rencia, la que, como v&s, se principia a* las 8 y 1/2 en punto, 
tal como estaba anunciada, en prueba de mi amor a la disciplina 
y al orden, conciliados con la libertad, voy k ocuparme de algunos 
pequeiios detalles. Hecho eso, entraremos al debate historico 
que yo no he provocado, pero que he aceptado, porque me con- 
venia. No soy de los hombres que van a donde quiere el polemista 
adversario, sino de los que aceptan el combate alii donde conviene 
a las ideas que se defienden, sin dejarse llevar a* ninguna callejuela 
oscura para alii ser niuerto sin misericordia y con alevosia. 

Por el contrario, soy yo quien, en este caso, conduzco £ los 
dem£s, con el cebo de mi poca elocuencia, adonde me conviene 
llevarlos, para alii ultimarlos y remacharles el clavo. 

(23) Y como me autoriz6 ello, se inserta en la pagina 12 de este libro. 
(21) Confer encia dada el 15 de Abril de 1901. 



— 96 — 

Ustedes habran leido en la prensa unas cuatro lineas en las 
que decia al senor don Enrique Anaya, presidents del Directorio 
del Partido Nacional, que habia recibido una nota contestandome 
& una mid que no existia. 

En ella, a la vez que agradecia su atenci6n, haela presente 
que habia, recibido un pedaxo de papel, sin firma, enviado por 
el eulto y cducado sefior don Enrique Anaya, a quien saludaba con 
toda consideration. < 25 ) 

Entre caballeros, y entre personas que tienen respeto las 
unas por las otras, cuando se produce un equivoco, cuando se 
comete una falta sin intention de herir ni de ofender, lo que in- 

( 25 > Seiior Presidente del Directorio del Partido Nacional, don Enri- 
que Anaya. 

Distinguido senor: 

Los delegados de varios clubs de esta capital han resuelto lo que 
usted leera en el recorte adjunto. Ya que se rinde un culto celoso a 
la Carta Organica, planteo esta cuesti6n: 

^Pueden los delegados de clubs desautorizar la actitud de un repre- 
sentante, atacando su independencia de criterio? 

En n ombre de la disciplinada autoridad de ese Directorio, y por ra- 
zones que no creo del caso exponer, en obsequio de todos, en momentos 
en que la politica del acuerdo exige acercamiento de fuerzas, me dirijo 
al Directorio para que ejerciendo su alta misi6n desautorice un hecho 
que a nadie perjudica mas que al propio partido y al principio de au- 
toridad que ese Directorio representa. 

A la espera de la conciliadora y en6rgica actitud que corresponde, 

soy del senor Presidente del Directorio su muy amigo y seguro ser- 

Tidor ; 

Alberto Palomeque. 



Alb erto Palomeque, saluda atentamente al senor don Enrique Anaya 
y le comunica que si es verdad, como dice Jul Deber, que ese 
Directorio no se ocupara de su nota de 61 hasta despues de Semana 
Santa, entonces puede darla por no escrita, pues las cosas se hacen 
como se deben, en el acto requerido, 6 no se hacen, mucho mas tratan- 
dose de un ciudadano que tiene el derecho de exigir, con altivez y ener- 
gia, que se repare inmediatamente la ofensa que se le ha inferido por 
quienes sostienen a los Jacobinos, sin darse cuenta del mal que hacen. 



— 97 — 

mediatamente se hace es tratar de desvanecer hasta la duda, 
hasta la ligera duda de que haya habido la intenci6n de ofender 
al amigo a quien se estima y aprecia. Entonces , se toma el som- 
brero, se va a casa del hombre £ quien se quiere y se aprecia, 
y se le dice : « i Como es posible que haya podido producirse 
semejante hecho entre nosotros, que nos estimamos, queremos y 
amamos ? » 

Y si es una persona que ocupa una alta posicion politica, por 

Senor doctor don Alberto Palomeque. 

Presente, 
Mi distinguido amigo : 

Aunque Vd. haya suprimido este ultimo titulo en la tarjeta que 
acabo de recibir, a mi me es grato emplearlo y lo hago asi, sin la 
menor vacilacion; — y ahora paso a contestarle. 

En efecto, hasta despues de Semana Santa, no podra el Directorio 
tomar en consideration la nota que Vd. se ha servido pasarle, sin 
que en ese forzoso aulazamiento entre para nada la mas minima 
parte de mala voluntad de nadie, sino simplemente ana razon de impo- 
8 ibilidad material y absoluto. 

El Directorio en estos momentos, esta semi disperse Los Doctores 
Fonseca, Lamas, Rosalio Rodriguez y Rodriguez Larreta, andan de gira 
campestre ; los Doctores Berro y Baena se embarcan esta tarde para 
Buenos Aires. ^Como quiere Vd. que en estas circunstancias reuna yo 
la Corporation para gometerle la nota de la referenda ? Imposible; y 
Vd. mismo no podra menos de reconocerlo asi. 

Si apesar de esta franca y categorica explication insistiese Vd. en 
la devoluci6n de su nota, no tendria por mi parte inconveniente en ac- 
ceder a su pedido que, en este caso, no podria fundarse en las causas 
que Vd. invoca en su tarjeta. 

Se complace en saludarle afectuosamente su aff. amigo y S. S. 

s/c Abril 3 1J01. 



Montevideo, Abril 8 de 1901. 

Senor doctor don Alberto Palomeque. 

Presente. 
Distinguido senor; 

Tengo el agrado de acusar recibo de su nota fecha 2 del corriente, 
por la que solicita de este Directorio que desautorice la dec?araci6n 

7 



— 98 — 

el propio respeto del pue^to que desempeiia, y hasta por los pro- 
pios intereses personales que estan siempre vinculados al interns 
general que se representa en la funcion ptiblica, entonces con doble 
motivo se procede como dejo indicado. 

Con hacerlo en nada se denigra un ciudadano, ya particular 6 
jefe de una colectividad politica. De esa manera se explican los- 
hombres, se entienden y se desvanecen las faltas que se hubieran 
podido coineter. 

Pues bien ; yo no he f altado a la verdad : aqui esta el pedazo 
de papel (lo muestra al auditor io.) Es un pedazo de papel, sin 
firma. Aqui no esta la letra del seiior Anaya. Al ver que se tra- 
taba de un simple pedazo de papel, resolvi devolverlo, sin leerlo. 
En ese momento se hallaban dos amigos, y uno de ellos, con la 
prevision que le distingue, me dijo : 

« Companero Palomeque : es necesario ver lo que dice ese papel 

fornmlada por los senores delegados de varios Clubs Nacionalistas de 
esta Capital, con motivo de su actitud en la discusi6n del proyecto de 
reforma de la Ley Electoral, recieutemeute sancionada en la Camara de 
Diputados. 

En contestaci6n. cumpleme expresarle que se ha resuelto no deferir 
a su pedido, en virtud de las razones siguientes: 

Primera: Que no invistiendo los Clubs Nacionalistas caracter legal 
con arreglo a la Carta Organica, sus actos deben considerarse como lle- 
vados a cabo por nucleos de correligionarios sin otra dependencia de las 
autoridades del Partido, que la que fluye de su calidad de miembros de el. 

Segunda : Que los Nacionalistas, aisladamente 6 congregados en Clubs, 
pueden hacer manifestation de sus opiniones respecto de la conducta 
politica de los correligionarios, siempre que se acaten las resoluciones 
de las autoridades directivas y se cumplan los demas preceptos de la 
Ley Organica. 

Tercera : Que esas manifestaciones y los efectos que ellas puedan pro- 
ducir, en nada afectan las facultades disciplinarias de las autoridades 
del Partido, facultades que §stas deben ejercitar en los casos y en la 
formas deter midados por la citada Ley. 

Dejando asi contestada su nota, me es grato saiudarlo atentamente ; 

Zs. Anaya, 

Presidente. 

Diego M> Martinez, 

Secretario. 



— 99 — 

que usted no quiere leer. No lo devuelva usted de esa manera- 
Quien sabe si usted no da un paso precipitado. Permitame que 
me imponga de esa carta. » 

Aqui estan presentes don Francisco J. Ros y don Alberto 
Martinez, que se encontraban en mi Estudio cuando el hecho se 

■ 

produjo. 

La carta rue" leida, con asombro, por mis dos amigos. Era un 
simple papel, sin la firma del senor don Enrique Anaya. 

Hecha esta explication, paso a* otros detalles. 

Se ha asegurado por la prensa que ha existido una resoluci6n 
de los presidentes de los clubs, declarando tal 6 cual cosa. t La 
noticia ha sido Uevada, en alas del telegrafo, al extranjero y al 
interior de la Republica. Hasta se ha dicho que de Cerro Largo 
han venido desautorizaciones, lo que es falso. Lo que ha venido 
son laudatorias, como de otras muchas partes. 

Pues bien, senores, han de saber ustedes que esta es una 
mistificaci6n grosera y que se estd falseando la verdad. No hay tal 
declaration de clubs. Ninguno de los presidentes se ha atrevido a 
asumir las responsabilidades de semejante acto, ni se ha publicado 
ningtin documento, ni se publicara" ; porque si asi se hiciera, yo 
sabria que actitud asumir y demostrar entonces quienes son ellos 
y quien es el doctor Palomeque en este caso. No hay nada de eso. 
Lo unico que ha habido se una tentada resolucion & arrancarse 
6 los presidentes de clubs. En la reuni6n se propuso un acta 
que iba contra las tendencias del partido Nacional; se propuso 
que mis correligionarios y amigos no vinieran a* ninguna de estas 
conferencias. Y entonces los senores que alii se encontraban, 
como uno solo protestaron contra esa resoluci6n, y nada se hizo. 
La cosa pas6, como todas, cual una tormenta de verano. Esto 
es lo que hay de cierto respecto a la resolucion de los presiden- 
tes de clubs. 

( Un nino sube & la tribuna y entrega un ramo de flores al 
doctor Palomeque ). — ( Grandes aplausos ). 

Si hay aqui algun presidente de club puede exponer lo que 
.alii se dijo. 

Se ha hablado, seilores, de la indisciplina mia. 



-- 100 — 

Voy k recordar que no hay hombre mas disciplinado, dentro 
del Partido Nacional, que yo, y que, precisamente por respeto 
a esa disciplina, es que soy la victima, 6, mas bien dicho, he 
podido ser la victima expiatoria de los que, ad usum delphini* 
se han apoderado de la direccion del Partido Nacional. 

Yo nunca aprobe el golpe de Estado que dio por resultado 
la caida del Poder Legislativo. En principio no lo aprobS, por- 
que eso estaba en contra de las tendencias pacificas que siempre 
he defendido , y por que estd en pugna con las teorias evolucio- 
nistas y el sistema oportunista que vengo practicando en politica 
des^e hace muchos aiios atr&s. 

Sin embargo de no haber estado de acuerdo con semejante 
movimiento revolucionario, un buen dia, al finalizarse el procesc* 
electoral, en lo que se refiere k la proclamaci6n de las candidatu- 
ras para diputados, recibi un telegrama del departamento de Cerro 
Largo donde se me decia que se habia proclamado mi candida- 
ture para diputado la que, en un principio, rechace*. 

Yo no habia formado parte del Consejo de Estado. Mis amigos 
no me habian visto absolutamente para nada. Por el contrario,. 
expresamente me habian excluido de ese movimiento politico. Es- 
tando en mi estudio el senor don Agustin de Vedia, el 10 de 
febrero, en los momentos en que se producia ese hecho, se vino k 
buscar k aquel ciudadano por el doctor P6rez Gorgoroso. Se habl6 
conmigo k fin de que aquel fuera al seno del directorio para pro- 
ponerle su candidatura para formar parte del Consejo de Estado. 
A mi no se me vio absolutamente para nada ! El senor Vedia f u6 
y vol vio para decirme, honrandome con su confianza, que habia 
rechazado, per varias razones, el cargo que se le queria discernir. 

Pues bien; yo podia, 6 pude, en vista de que no tenia com- 
promiso politico de ninguna clase con los que habian sancionado 
semejante acto, decir: « mi candidatura se ha proclamado k ul- 
« tima hora en Cerro Largo. Es la obra de la voluntad de los 
« companeros que conocen mis ideas. Soy independiente k ese 
« respecto. Muy bien: ire" k la Camara y hare" lo que mi con- 
« ciencia me dicte, lo que mi criterio me aconseje. » 

Esto podia yo haberlo hecho perfectamente, sin faltar k com- 



— 101 — 

promiso de ninguna clase. Pero, yo sabia muy bien que aquel 
movimiento politico respondia 4 un propositi trascendental 6 £ algo 
m&s fundamental de lo que aparentemente se vefa, que tendla & 
afianzar, k radicar las instituciones patrias, para sobre ellas edi- 
iicar lo que dsbia edificarse : la conciliation de la gran familia 
uruguaya. 

Pues bien, cuando vi que el Partido & que pertenezco habia 
proclamado la candidatura del senor don Juan Lindolfo Cuestas 
para Presidente de la Republica, no obstante tener, intimamente, 
mi opini6n fonnulada respecto de esa candidatura, i cu&l fue* mi 
actitud el 1.° de marzo, en el acto en que habfa de elegirse Pre- 
sidente de la Naci6n ? 

Estudie" el punto, concilie" mi conciencia con los deberes de 
partidario, y, cuando Ueg6 el momento de votar para presidente 
de la Republica, no esquive" la responsabilidad de ese hecho ; 
acept£ el acto consumado, respetS lo que debia respetar como 
emanado de los sucesos, de la voluntad del Directorio y del Partido 
National, y fui & la Asamblea, y di mi voto de esta manera 
{el unico nacionalista que lo dio en esta forma): 

« Voto para Presidente de la Republica por don Juan Lin- 
« dolfo Cuestas, porque asi lo ha resuelto la Convenci6n del Partido 
« National, decretando el acuerdo, y porque asi lo ha proclamado el 
« Directorio del Partido National, al que me honro en pertenecer. » 

Ahi estd mi voto en las actas de la Asamblea General 
Xiegislativa. 

M6s tarde se produce otro movimiento de opini6n partidaria. 

Se discutia el Presupuesto General de Gastos. 

Habia una planilla, en cada uno de los rubros de los Departa- 
mentos, que decia asi : « Compaiiia Urbana. » 

Se produjo un movimiento de opinion partidaria en la Asam- 
blea. El elemento adversario creyo que debia eliminarse eeme- 
jante rubro del Presupuesto, que no debia mantenerse Compania 
Urbana en esos seis departamentos que el Pacto de septiembre 
habia entregado al Partido Nacional. Mis amigos politicos opina- 
ron lo contrario. Y el Directorio entonces, eso si, crey6 que 
debia intervenir en semejante cuesti6n ( lo que ahora no ha he- 



— 102 — 

cho) y nos llamo, £ diputados y senadores, para indicarnos la 
linea de conducta que, d su juicio, debiamos asumir en la discu- 
sion de las partidas referentes & las Companias Urbanas en el 
Presupuesto General de Gastos. 

Los amigos creyeron que en cumplimiento de esa llamada 
disciplina partidaria debian oir y callar, y yo entendia, y con- 
migo el doctor Arechaga, en nombre de esa misma disciplina 
partidaria y de los elevados propositus del Partido National, que 
itiene en sus filas hombres libres y pensantes, pero no esclavos ni 
lotas, que alii, en presencia de los hombres que dirigian la po- 
litica del Partido National, debiera emitir mi opinion franca y 
neta sob re el punto que habia motivado la convocatoria. 

I Que* fiie" lo que dije ? 

Dije: « Considero impolitico el mantenimiento de semejantes 
« compaiiias urbanas trat&ndose de una 6poca constitucional. Los 
« partidos politicos tienen su misi6n ; tienen un rol que jugar ; es 
« el muy democratico de obtener el poder por medio del comicio, 
« por medio del sufragio libre, pero no el de constituirse en un 
« Estado dentro de otro Estado, colocandose sobre la Constitution 
« y las leyes y sobre el propio poder del primer magistrado de 
« la Republica. Esa es mi opinion. ( Prolongados aplausos). Esta 
« es mi opinion, la que deseo conste en el acta que se ha de la- 
« brar; pero quiero tambi£n que, £ renglon seguido de esa opinion 
« de un ciudadano que sabe meditar y tiene contraidas resporisa- 
« bilidades para con su patria y para con su partido, conste, como 
« una prueba de disciplina y de respeto al Directorio del Partido 
« National, que guardare* silencio, si es necesario, en la Asamblea,. 
« 6 defender*?, porque eso no afectaria los principios fundamenta- 
« les, lo que se considere que debe defenderse en nombre de los 
« intereses del Partido National. » — ( Muy bien. Aplausos. ) 

Asi hablan y asi proceden los hombres, porque en politica 
no se puede ir k las cuchillas ni andar en las Sacristias . . . No- 
hay mas que un camino : el camino del gobierno libre . . . ( Grandes 
aplausos. — Muy bien. ) 

I Como probe* mi afecto a esa disciplina y a" ese partido ? 
^No sabe todo el mundo que cuando en el Cuerpo Legislativo 



— 103 — 

se trataron las cuestioncs relativas & las pensiones para las viudas 
de los militares nacionalistas muertos en la ultima revolucion y a 
los titulos que debieran llevar los batallones de linea que estan 
en la capital de la Republiea, alii, en ese acto, el que sostuvo 
el debate, muy especialmente en esta ultima cuestion, fui yo, y 
que fui derrotado, porque notoriamente la mayoria adversaria se 
habia propuesto hacer triunfar ese ultimo rubro del Presupuesto 
General de Gastos ? 

Y aqui es del caso preguntar, ahora : j habre tambien cometido 
una traicion, habre falseado algvin programa, algtin compromiso, 
porque sostuve en el Cuerpo Legislativo lo que el Partido National 
queria que se sostuviera, habiendo sido yo casi el tinico batallador, 
contra todos mis adversarios politicos en el caso ? 

Yo muy bien s6 lo que son esta** cuestiones. Yo se que mu- 
chas personas triunfan cuando tienen prensa y cuando el atacado 
no la tiene, y no se la ceden siquiera para el noble ejercicio de 
la defensa legitima ; pero yo bien se* tambien que hay una fuerza 
superior que une, vincula y atrae a los corazones humanos. Yo 
bien se que, como dice el paisano, no se puede tapar el cielo 
con un arnero. Yo bien s£ que en el fondo del corazon humano, 
de la masa del pueblo, de ese pueblo sano, trabajador, que no 
esta* corrompido por las ambiciones, los celos y las emulaciones 
politicas, hay algo qne se dilata, que se expande, que fructifica, 
que lleva a los espiritus de los batalladores por las ideas la 
fuerza absolutamente necesaria para lidiar y para veneer. Y eso, 
que se encuentra en el fondo del corazon del pueblo, es la 
.simpatia }}or el ideal, de que debe rodearse al hombre sincero, 
con corazon grande, que ahi esta luchando, 61 solo, aparente y 
materialmente, como lo he dicho en mi conferencia anterior, con- 
tra muchos de los que no poseen la fe del ap6stol. Entonces se 
levanta esa virtud humana, potente, grande y avasalladora y 
dice : « la indignidad y las miserias de los hombres no han de 
poder nada contra el poder del que lleva en su frente el destello 
divino de la idea ». — ( Estruendosos aplausos ). Y los que guar- 
den silencio en esta lucha titanica, los que no sepan ponerse del 
lado de los ciudadanos que defienden la verdad, el derecho y la 



— 104 - 

justicia, k esos al tiempo los emplazo, como Esquilo, para saber asi 
si han querido 6 no llevar k lo alto de la mon tafia el ideal poli- 
tico, 6 si habran querido que descienda al fondo del arroyo para 
encenagarse en el vicio y en el crimen! — (Aplausos.) 

No, senores. La lucha es hermosa, pero no por lo que per- 
sonalmente pueda afectarme. Los hombres pasan ; las ideas son 
las que quedan. 

La lucha no ha tornado solamente los caracteres de lo perso- 
nal, de lo que pudiera afectar a un ciudadano mds 6 menos herido 
y ofendido : ahora va contra el autor de sus dias. Y cuando esos 
actos se vienen produciendo aqui, en la capital de la Republica^ 
cuando se le supone k un ciudadano excluido de aquello que es 
suyo y que ha querido, le llegan voces de aliento, que son 
como columnas colocadas en el trayecto de su vida para que, por 
si acaso encontrara el cansancio y el desaliento, se abrace k ellas, 
obtenga un momento de reposo y recupere las fuerzas necesarias 
para la tarea civilizadora. 

Habla un peri6dico de campana dando cuenta, seiiores, de una 
fiesta que ha celebrado el Partido Nacional en el Departamento 
de Rio Negro. ^Y saben ustedes, senores, k quien se ha vivado 
en la reuni6n que acaba de tener el Partido Nacional en el Depar- 
tamento de Rio Negro ? . . . Lo presumiran ustedes ; no quiero de- 
cirselos . . . ( risas ). Se los dire* : al doctor Palomeque ! — (Aplausos 
— - risas. ) 

Lean ustedes I03 periodicos del Departamento de Rio Negro y 
veran alii la noticia de que la columna nacionalista atraveso el 
pueblo de Fray Bentos en direccion al saladero Liebig, y que 
aquellos j6venes, que me habian escuchado hace poco tiempo, me 
saludaban estruendosamente, como diciendome desde alia* : « siga 
usted adelante, doctor Palomeque, porque k usted lo conocemos 
y lo apreciamos, desde que los pequeilos detalles no influyen en 
las luchas de su existencia politica. » 

Eso es lo que se lee en los peri6dicos de la campana, y eso 
es lo que no se reproduce en los diarios nacionalistas ; pero es lo 
que dice la palabra honrada de un hombre, y lo que manana dira 
algiin diario por medio de la version taquigrdfica que se esta" to- 



— 105 — 

mando en estos momentos. Se dice, seilores, en un diario, que yo 
hice una conferencia politica al autor de mis dias... Fijense bien 
que esto no lo dice ningtin diario enemigo del coronel Palomeque, 
si no que esto lo dice un diario que se dice nacionalista. Dice ese 
diario, con toda ironia: 

« Habl6 de su seiior padre, el coronel Palomeque, coronel en- 
tre los doctores y doctor entre los coroneles. » 

Senores : que lo dijera, con toda ironia, con toda franqueza, el 
adversario del autor de mis dias, me lo explico. Pero, si eso 
es logico; es un derecho que tienen los partidos politicos, el de 
no permitir que se levanten las personalidades adversarias si ven 
que pueden encontrarse en peligro los principios que ellos han 
sustentado. Pero, que un partido que se honra con llevar en su 
seno al hombre que ha muerto por darle paz y libertad, que ha 
sido consagrado ya en las paginas de la historia hasta por sus 
propios adversarios politicos, que un diario nacionalista diga esto 
es, senores, una barbaridad unida £ otra barbaridad. ;No yerran 
disparate y me dan tema para conferencias ! 

Hay un adagio romano que dice con mucha propiedad : Ju- 
piter dementat quos vult perdere ( Dios 6 Jupiter enloquece d los 
que quiere perder. ) Este es el caso. Ha enloquecido & esos 
hombres y los estd perdiendo ! 

Ahora van ustedes, pues, k comprender, de donde surge la 
idea de esta conferencia relativa a la personalidad del coronel 
doctor don Jose* Gabriel Palomeque. 

Los vivos podemos hacer abstracci6n de algunas de las acusa- 
ciones que se nos dirijan. Ese es un consejo dado por los escri- 
tores politicos d los hombres que actuan en sociedad: que no 
siempre han de hacer caso de todas las cosas que de ellos se 
digan, pero que si han de hacer caso de algunas de las cosas que 
de ellos se digan. 

Pero de los muertos \ de los muertos ! no puede permitirse ni 
la m&s ligera sombra, cuando hay alguno que tiene secretos que 
revelar 6 documentos con que justificar la memoria del que fue\ 
A los muertos se les somete, como en Egipto, al juicio de Dios. 
Se coloca su ataud f rente al rio. Alii se delibera sobre si fue 



— 106 — 

justo 6 injusto, y una vez que la sentencia se ha pronunciado por 
los sabios de la patria, pasa el ataud por el arroyo para ir k 
descansar en suelo sagrado. Desde entonces ya nadie tiene dere- 
cho & levantar una duda sobre la memoria del muerto. Ya la pos- 
teridad ha dado su fallo y los contempor aneos lo aceptan y acatan 
desde ese momenta — ( Apia usos. ) ( 26 ) 

Ese es el caso. Yo no voy & defender ni & preocuparme de 
exaltar la memoria del autor de mis dias, como hijo. 

; Con que" tengo bastante valor civico y bastante independencia 

(26) Buenos Aires, 11 de Abril de 1901. 

Seiior doctor Alberto Palomeque. 

Montevideo. 

Qaerido amigo : 

Impulsado por el sincero afecto que Vd. me inspira, le dirigi la 
carta cuya publicidad cree necesaria, carta escrita cdlamo currente, cou 
la espontaneidad propia de los espiritus liberados de propositos mez- 
quinos y de calculos egoistas. 

El amigo quiso demostrar al amigo, que tanto en la buena como 
en la adversa fortuna lo era de verdad, y que, a pesar de ser los 
honibres en esta epoca menguada muy ocasionados al olvido y a la in- 
gratitud, ei no habia olvidado las acciones generosas del doctor Palome- 
que y la gratitud que ellas le comprometian. 

Escribi aquellas lineas sin meditation y esfuerzo alguno, porque, 
como decia el insigne Larra, las cuestiones de sentimiento ni se pien- 
s an ni se explican : s61o se sienten. ' 

Para apreciarlas es necesario saber sentir, cosa facil, si se quiere, 
pero no muy coinun, desgraciadamente, cuando la pasion politica entra 
de por medio. De ahi que diera a mi epistola, encaminada puramente 
a confortar su espiritu, el caracter de confidential, lo que no quiere 
. decir que coarte la libeitad del amigo para que haga de ella el dis- 
creto uso que mejor le convenga. 

La tempestad va pasando ; pronto brillara la luz de la verdad y 
de la justicia, y con ella desapareceran por completo los nubarrones pre- 
nadog de siniestras amenazas. 

Yo no temo a las pasiones airadas de las multitudes que, por su 
virtualidad misma, son exageradas y tornadizas; asi pues, no es extrano 
que se aclamara a Mirabeau cuando aun resonaba el eco de las voces 
que pregonaban su traicion. 

No soy acuerdista; se lo digo con la franqueza & que me da dere- 



— 107 — 

de criterio para atacarme a mi mismo, para declarar, cuaiido he 
cometido un error, que lo he cometido ! Cuando he faltado alguna 
vez a algo que no debiera herir, habria tenido como Mucio Scoevola 
el valor de meter la mano en el brasero ardiente para quemarla 
por haber errado el golpe, por haberlo dado en falso ! 

Cuando tengo ese valor para juzgarme k mi mismo i como 
no he de tener la independencia para juzgar a un hombre a quien, 
si le debo el respeto del apellido que llevo, le debo algo ma\s 
grande, que es el respeto de la verdad historica juzgada con toda 
independencia de criterio ? — ( Muy bien. — Grandes aplausos. ) 

Para juzgar a un hombre, como a una epoca, hay que to- 
marlo en su conjunto. En politica es muy fdcil practicar aquello 
de : dadme unas palabras escritas y con ellas hago condenar & mi 
enemigo. 

El doctor don Jose Gabriel Palomeque no siguio la corriente 

cho mi actuation politica y la amistad que nos vincula ; creo que, en 
principio, es uua iniquidad, uu crimen de lesa democracia, pero de esto 
no se deduce que yo condene como tfaidores 6 malos ciudadanos a los 
que crean lo contrario. 

Opino que es una necesidad suprema, de salvation comun, la paz 
cimentada sobre la verdad institutional ; que es preciso que nuestra 
sociedad se encamine por las vias del derecho, ejerciendolo sin mas 
control que el que fluye del respeto mutuo ; que es imprescindible el 
acuerdo tacito de todos los ciudadanos honrados para llegar a la verdad 
y la justicia, marchando cada cual por su lado pero con un fin con- 
currents. 

4 Significa esto que se hagan escrutinios antes de conocerse la 
voluntad Uberrima del pueblo ? 

No ; — el acuerdo que necesitamos es para realizar todos los orien- 
tates, en consorcio intimo, la felicidad de la patria, que marcha dere- 
cho a la indigencia econ6mica, por el estancamiento del comercio y las 
industrias, acechadas por el monstruo de la guerra civil. 

Es necesario predicar con la serenidad de criterio de que ha dado 
Yd. alto ejemplo en su reciente confer encia; yo tengo la seguridad de 
oir, dentro de poco, las aclamaciones que saludaran a Vd. cuando la 
agitaci6n haya pasado. No puedo concebir, como ya se lo he dicho, 
que hombres como Yd., generosos, nobles y patriotas, puedan inspirar 
otro sentimiento que el del carino. 

Yo he sentido las mordeduras de los hidrdfobos — cuya hidrofobia 



— 108 — 

de ideas de sus hermanos y de sus parientes cercanos los Villa- 
demoros, los Lamas, los Olivera, los Ibarra, todos estos llama- 
dos d influir en los destinos del pais por su capacidad, su cultu- 
tura, su fortuna, su actividad y su energfa; pero siguio la de su 
padre, el capit&n de Artigas y ayudante inseparable del general 
Rivera en la memorable campaiia contra los Portugueses, de 1816 
A 1821, don Jose" Palomeque. ( 27 > Sus padres le educaron en la 
ciudad de Montevideo, de cuyo Departamento era oriundo, como 
que habia nacido en la quinta de los Villademoros, situada en 
los alrededores de la capital, en el Arroyo Seco. Esta educaci6n 
no era como la de ahora. No se alimentaba tanto el cerebro. Era 
deficiente en cuanto & conocimientos profundos, si se quiere, 
pero muy poderosa en cuanto & oxigenar el cuerpo, adiestrandolo 
para las luchas, segun el medio ambiente en que se operarla 
m&s tarde. Fue" asi, que, despues de recibidos sus primeros rudi- 
mentos, no se en que" Escuela 6 casa de familia, pues esto no me 

no cura el virus de Pasteur — y los efectos de la infidencia de algunos 
que hoy son saludados como pr oh ombres del partido nacional; pero, a 
tiempo records el proverbio indostanico que dice: el desprecio traspasa 
hasta la cascara de la tortuga. 

£ Quien se atrevera a pretender mancillar la memoria de su ilustre 
padre ? 

Tamana temeridad se volveria contra quien olvidara los merit os del 
patriota ciudadano que sobre los odios de tres generaciones supo erigir 
un monumento indestructible para realizar la magestad de las ins- 
tituciones. 

Mieutras el Partido Nacional exista ; mientras haya orientales que 
busquen la verdad en el libro de la historia ; mientras el recuerdo con- 
serve las tradiciones de la patria; el nombre del coronel doctor Palo- 
meque sera repetido con gratitud y admiraci6n. 

Con el invariable carino de siempre, y con afectos a ics suyos lo 
saluda su amigo y S. S. 

Juan Angel Golfarinu 



C 27 ) Veanse Memorias del general Bivei*a, donde habia de mi abuelo 
don Jos6 Palomeque, su ayudante, en terminos elogiosos — ( Isidoro 
Die Maria, tomo IV de la Historia de la Bepublica 0. del Uruguay.) 



— 109 — 

lia sido posible averiguarlo, dio sus ex&menes de latinidad y mate- 
m&ticas en la ciudad de Buenos Aires, segun consta del certificado 
respective) agregado al expediente seguido ante el Consejo Uni- 
versitario para optar al grado de bachiller, aftos mds tarde, en la 
Universidad de Montevideo. Es de suponerse que tuvo un buen 
maestro de escritura, pues su letra era hermosa, de rasgos acen- 
tuados, como reveladores de un caracter firme, siempre igual, sin 
temblores en el pulso. 

Como se sabe, fuS fundador de la Universidad. No falto 
quien, en su £poca, conocedor de todo lo que el doctor Palomeque 
habia hecho por la educacion, le dijera: « yo puse mi firma al 
pie del Decreto creando la Universidad: soy su fundador a la 
par de usted; pero, si en este sentido soy fundador de ese esta- 
blecimiento, no lo soy en el de no haber desesperado de la obra, 
mantenie*ndola contra todas las- diiicultades opuestas : si la Uni- 
versidad esta ahi de pie, se debe & usted esclusivamente, que 
la ha mantenido con su energia y su fe: las generaciones del 
futuro se lo agradecerdn : en este sentido es mucho m&s meritoria 
la obra del que mantiene la instituci6n que el de quien la funda. » 
Esto, m&s 6 menos, decia, en 1856, el doctor don Manuel He- 
rrera y Obes, al doctor don Jose" G. Palomeque en carta que 
conservo en mi poder. El doctor Herrera y Obes, que no vivia 
de odios ni de envidias, no necesitaba obscurecer los hechos de 
los otros. Era demasiado grande su personalidad para procedei 
de otra manera. No se empequenecia su figura al hacer resaltar 
los m&ritos y las virtudes de los demas. Ya se ve, como contri- 
buyo el doctor Palomeque & la fundaci6n y sostenimiento de la 
Universidad. Por eso le decia aquello el doctor Herrera y Obes 
en 1856; y por eso la Universidad le discernia una medalla de 
oro y acompaiiada de nota elevada, de purio y letra del doctor don 
Luis Jose" de la Pefia, otro de los fundadores de ese estableci- 
miento. 

No era un genio, ni un filosofo, ni u n poeta ; pero f ue un 
politico, un cardcter y un patriota que dio su vida por evitar el 
derramamiento de la sangre entre los hermanos. Y fue* algo mas: 
un ciudadano modesto y humilde, como todos los de su estirpe, 



— 110 — 

acostumbrado al sacrificio, sin preocuparle la calidad elevada del 
puesto ; porque sabfa que si 6ste por si solo brilla, & veces, cuando 
es capaz de brillar, los otros los hacen brillar los propios m£- 
ritos del candidate. Por eso no rehusaba su contingente de acti- 
vidad y luces do quiera se le quisiera enviar. Y asi sucedia que 
de jefe pasaba & soldado, de soldado a ministro, de ministro £ 
secretario de la Universidad, de e\ste a diputado, de aqui a jefe 
politico, y de todo esto & peon de barraca en Buenos Aires, para 
lucir luego, como pacificador, en 6 de abril de 1872, enseiiando a 
la juventud como se d& la existencia por la paz, para que se le 
respete, & lo menos, despu6s de su sacrificio! Y aun despues de 
haber llegado & aquella gran altura, al hacer la paz de Abril, 
acepta el modes to puesto de jefe politico de Cerro Largo, que no 
llega a desempenar porque muere ! 

Tocole en late una epoca dificil, en la que los hombres no 
tenian tiempo ni ocasion para buscar inspiraciones en los libros. 
Entregados £ sus propias fuerzas, admira como se desenvolvian, 
arrojando la semilla para que nosotros recogieramos su fruto. 
De ellos puede decirse lo que el doctor Alberdi en su hermoso 
articulo : « De la generacion presente ante la faz de la generacion 
pasada. » Todo lo bueno que poseemos a ellos se lo debemos. 

En materia de educacion comun nos dieron ejemplo. El nom- 
bre de Jose* Pedro Varela es grande, indiscutiblemente, pero no 
fu£ 41 el unico que plante6 el problema y lo resolvi6. S61o los 
que ignoran la marcha de la idea, 6 los que pretenden ocultar los 
hechos en nombre de una vanidad condenable, como si el escenario 
no fuera bastante amplio para que todos desarrollaran sus aptitudes, 
son los que pueden desconocer que el doctor don Jos6 G. Pa- 
lomeque planteo esa obra educacional, en 1855, casi en los mis- 
mos terminos y propositos que Varela lo hiciera 22 anos despues. 
No importa esto desconocer la trascendencia de la empresa des- 
arrollada por Varela. Yo he sido el primero que me expuse a 
los tiros de la emulacion y de los celos, cuando, en una hora 
triste, se pretendio oscurecer la memoria de ese Gran Ciudadano. 
Si recuerdo la previsi6n del Dr. D. Jos 6 Gabriel Palomeque es 
para demostrar, con el trabajo interesante y lleno de erudicion 



— Ill — 

&- que me referirS, que en el terreno de la teoria y de la prac- 
tica poseia, en esa materia, los conocimientos de su epoca, y 
que lo que entonces propuso £ las autoridades escolares fiie", ni 
m&s ni menos, que lo aconsejado, y pucsto en prdctica, por Varela, 
en otra £poca propicia para la reforma escolar. Para honrar la 
memoria del uno no necesito ofender la del otro. Ambos tienen 
campo de accion distinta, aunque & veces se encuentren en el 
camino. El uno fu6 escolar en sus prinieros aiios, y el otro lo 
fue al pasar a" la inmortalidad. El uno fue* politico en su pri- 
mera edad, mientras el otro murio en ella y por ella al finalizar 
sus dias. El uno empezo por donde el otro concluyo. Varela no 
pudo, en 1877, hacer lo que Palomeque hizo en 1855. Este ha 
sido el unico, entre los hombres intelectuales dedicados a la poli- 
tica, que en su caracter de director de la educacion eomun haya 
recorrido ioda la Kepublica. En esa correria vio los males, los 
palpo y luch6 con los hombres y con las cosas hasta exponerse 
a los disgustos consiguientes de quien aspiraba & extirpar vicios. 
Fu6 asi que creo escuelas 6 hizo maestros en su rapida carrera, 
mientras levantaba la person alidad de la mujer por su influencia 
^n la educacion popular. De todo ello di6 cuenta d las autoridades 
superiores, en un erudito estudio, revelador de su3 afanes y com- 
petencias, lo que le valio una honrosisima resolucion del Consejo 
del Instituto de Instruccion Publica en el que expuso las necesi- 
dades sentidas y los remedios & tantos males. Y esa inspection 
de todas las escuelas de la Republica la hacia el doctor Jose* G. 
Palomeque en 1855! ( 28 ) 

Transportese la imagination k esa epoca, y se convencerd en- 

(28) Montevideo, 12 de Septiembre de 1901. 

Senor doctor don Alberto Palomeque. 

Distingaido Seiior y amigo : Cuando inicte y funde el Museo y 
Eiblioteca Pedag6gicos, una de mis primeras preocupaciones fue la de 
adquirir todo el material moderno de ensenanza que pudiera servir de 
modelo a nuestras escuelas, y de organizar una secci6n hist6rica de- 
mostrativa del desenvelvimiento evolutivo de nuestros progresos en ma- 
teria de educacidn, asi como exponer en ella las imagenes, manuscritos 



— 112 — 

tonces el lector de la energia que para ello se necesitaba, del 
amor que se sentia por la causa y de la competencia de que se 
hallaba imbuido el espiritu al emprender una tarea que exigia 
la fe del apostol. 

No debe sorprender ; pues ya lo veremos haciendo otro tanto, 

y obras de todos aquellos benemeritos y bien inspirados ciudadanos que 
hau prestado su concurso noble y patriotico en beneficio de la del pueblo. 
El coronel, doctor don Jos6 Gabriel Palomeque, vuestro iligno padre, 
fu6, puede claramente decirse, el primero que aconsej6 a los poderes 
publicos la difusidn de la ensenanza primaria y sobre todo su organi- 
zaci6n, pidiendo a todo trance el aumento de escuelas y el plantea- 
miento inmediato de una escuela normal, destinada a preparar cuanto 
antes un cuerpo docente id6neo y digno de comprender y desempenar 
su civilizadora mision. Tambiea fae el quien tuvo la clarovidencia de 
que el pais necesitaba un brazo robusto^ inteligente y energico, capaz 
de llevar a feliz termino la preciosa aunque pesada § ingrata carga 
de una reforma radical y duradera de nuestro regimen escolar en aquel 
entonces ; veinte y cinco anos mas tarde, para llenar ese vacio, surgid 
la luminosa personalidad de Jos6 Pedro Varela. Con raz6n se ha dicho 
que el que da una verdad al espiritu del pueblo hace una limosna 
eterna a las generaciones del porvenir. 

Tales ideas y tales conceptos bastan y sobran para que el Museo 
Pedag6gico destine a la memoria del coronel Pa'omeque un lugar de 
honor en su seccidn hist6rica, aunque no sea mas que para ensenara 
la juventud que nace algunas hojas desprendidas de las numerosas ci- 
vicas que con tanta abnegaci6n y lucha supo conquistar en su fecunda 
vida publica, sin tener mas aspiraci6n que orlar con ell as las aras del 
altar de la Patria, la honrada cuoa de sus hijos y el modesto lecho 
de piedra donde hoy duerme el apacible sueno de los buenos, mientras 
la evoluci6n de sus virtudes y obras va despertando paulatinamente 
la tardia gratitud de sus conciudadanos. 

Ese es el motivo del porquS hoy, ruego a usted, quiera donar para 
la expresada secci6n el inform e autografo en el cual el coronel Palome- 
que, aconsejaba al Gobierno la reforma de nuestras escuelas y la crea- 
cion de la escuela normal, y facilitarme, en igualdad de condiciones, un 
retrato cuyos rasgos fisonomicos juzgue usted, como distinguido y digno 
hijo de ese eminente ciudadano, todo lo mas parecido que posible fueren. 
En vista del m6vil justiciero que inspira esta mi petition, seguro 
estoy que usted se dignara complacerme, y aceptar mi consideration mas 

distinguida y especial estima. 

Alberto Gomez Buano. 



— 113 — 

al concluir sus dias, en holocausto & la fraternidad. Ahora lo 
hacia para redimir de la ignorancia & sus hermanos. Manana lo 
hard para salvarlos de la efusi6n de sangre. Se verla en 61, como 
decfa el doctor Manuel Herrera y Obes : « esa f uerza expansiva 6 
irresistible del amor al suelo natal, tan vigoroso en nuestros 

Mi distinguido senor y amigo: Del seno de la muerte surge la vida. 
Del iondo del maJ, el. bien. Y de la entrana de la calumnia, el apoteo- 
813. Ha sido necesario que se atacara ironicamente la memoria de an 
ciudadano para que de todas partes surgiera la revindication historica. 
Apenas maltratada, en un momento de vertigo, la personalidad de mi 
padre, yo la defend! con ahinco y valor. Nadie se creia con anteceden- 
tes suficientes para rehacer aquella iigura modesta. Yo los presented 
Y asi ha sucedido que en Salto, el ilustrado y constante luchador por su 
fe catolica, el senor cura don Crisanto L6pez, toma la pluma, y en pa- 
rrafos llenos de verdad hist6rica, honra la individaalidad del coronel Pa- 
lomeque al pasar por el dnro trance de la rendici6n de aquella plaza, 
que alguien, en su delirio patri6tico, 6 en su insania partidaria, habia 
calificado, en su tiempo, de traici6n realizada por ese borabre. 

En seguida, de la Gapitania del Puerto, se me piden los datos necesa- 
rios para jus tificar que mi padre habia desempenado las fanciones de ca- 
pitan del Puerto, alia por los anos 1864-65, en los momentos aciagos de 
la entrega de la plaza de Montevideo por esos misinos que tanto habian 
gritado contra el traidor del Salto. Y se me piden, porqae yo recordaba 
que alii estaba la galeria de retratos de capitanes del Puerto, desde don 
Manuel Oribe a la fecba, pero que faltaba el del coronel Palomeque. 
Se ignoraba este dato. Acabo de darlo al senor Reyes, y es muy probable 
que se salve la omisi6n. Y ahora usted, mi amigo querido, quiere com- 
pie tar la obra, recordando a la ninez, que todo lo iguora, y que todo lo 
mira de buena fe, con inocencia, quien fu6, como amante de la educa- 
ci6n, el coronel Palomeque. Asi quiere usted perpetuar la memoria de 
aquel modesto ciudadano al lado de hombres de gran pensamiento y 
vuelo de aguila como el nunca olvidado Jose Pedro Yarela, de quien 
acabo de decir, en mi ultima Conferencia sobre la necesidad del acuerdo : 
« Mirad sino ! Varela nunca Heg6 a tener el titulo ; y nadie mas grande 
que 61: es el prototipo del deber y del sacrificio: vive en el alma del 
nino y en el coraz6n de un pueblo adulto, consciente y reconocido. » 

Gracias mil, mi distinguido amigo, por el alto honor que usted 
discierne a aquella personalidad. Yo se lo agradezco, no por un es- 
pirtu filial, sino porque s6 que ese era el titulo que a el le agradaba. 
A 61 no le importaba el honor interesado ofrecido por un nucleo raquitico 
de politicastros, que nunca consiguieron arrastrarlo a radicalismos tra- 

8 



— 114 — 

hombres de campafta, cuya virginidad no ha corrompido atin ni el 
refinamiento de nuestras costumbres de ciudad, ni los intereses y 
pasiones que indudablemente despiertan y fortalecen la cultura y 
el progreso de las ideas. » ( 29 > 

El oxigeno que sus pulmones aspiraron durante sus primeros 

penses renidos con el progreso y la civilizaci6n. Esos atavismos no tu* 
vieron asidero en su espiritu. Siempre los rechaz6, en nombre del patrio- 
tismo, del buen sentido y de la tranquilidad publica. Por eso recuerdos 
como el suyo han de ser gratos a su memoria. 

El queria vivir en la escuela y no en la guerra : en el amor y no en 
el odio: en la levita y no en el chiripa: en la ciudad y no en la selva: 
en la Constitution y no en la arbitrated ad. Y desde su tumba, por 
mi intermedio, fiel interprete de su pensamiento elevado, que guardo 
y custodio como perro fiel al que dio la vida, el nombre y el honor, 
sin conseguir aun colocarme a su altura, por mas esfuerzos hechos, digo : 
« si, venga ese recuerdo de la escuela, como rechazaria todo aquel que 
pretendiera perpetuar el nombre de mi padre al frente de un club poli- 
tico, atavico y trapense. » La memoria del coronel Palomeque, como 
nacionalista, ha de perpetuarse en Cerro Largo. La historia asi lo 
proclamara. Alia, en la plaza de aquella comarca, se ha de levantar su 
estatua para honrar al ciudadano y al administrador. Solo eso falta 
despues de su noble actitud. Y asi 61 vivira en el seno de la Univer- 
sidad, al lado de Herrera y Obes y Pena; en la escuela, al Iado de 
Varela; en Salto, en el corazon de los hombres sanos, y en Cerro Largo, 
acariciado por las auras que refrescaron su frente en medio a su duro 
y cons ta ate batallar. 

En nombre de un sentimiento que no se extingue, que siempre se 
eleva mas y mas, purificandose en las alturas ideales, donde se aprende 
a mirar con serenidad y placidez las cosas humanas, quedo grato al 
honor dispensado. Buscare el documento pedido y enviare la imagen 
solicitada. Ei dia que usted la coloque en ese monumento, que usted, 
con su constancia, patriotismo y talento ha sabido levantar, para hacer 
imperecederos su apellido y su gloria, la memoria de aquel ciudadano 
le dira : < ; Cuau noble y grande te muestras al honrarmj de esa ma. 
nera ! Sigue esa tarea, que es la grata al pais, honrando a ciudadanos 
dignos y meritorios por sus esfuerzos en el campo de la educaci6n. » 
Gracias, amigo. 

Alberto Palomeque. 

< 29 ) El acuerdo de 10 de Febrero de 1872, por el doctor don Ma- 
nuel Herrera y Obes. 



— 115 — 

aiios en nuestra sana campaua, la alimentacion recibida, el cons- 
tante miraje de la naturaleza, hacie*ndole perder el miedo £ los 
hombres y & las cosas, y esa virginidad del amor natal, se desarro- 
llarian en el hombre ya maduro, no exento de faltas y errores, 
que no hay que exagerar apasionadamente, hijos de los sucesos y 
de los hombres mismos, que no quisieron evitarlos, no obstante sus 
advertencias oportunas. 

El doctor don Jose* G. Palomeque rue" uno de los ciudadanos 
que en 1830 jur6, junto con otros, en la Plaza Constitucion, la 
Carta Fundamental. Tenia entonces 19 alios. En tan temprana 
edad concibio una pasion verdadera y unica por la que debfa 
ser su companera de fatigas. Y esta vida de ciudad, como el 
centro social que frecuentara, dieron & su existencia un giro dis- 
tinto al de sus dem&s hermanos y parientes, que siempre lo res- 
petaron como una prueba de la estimacion que por el sentian. Es 
verdad que al fin se encontrarian sosteniendo unas mismas ideas, 
las que yo sirvo tambie*n. Fue* su esposa dona Petrona Magarinos, 
hija del rey chiquito, como entonces llamaban & don Mateo 
Magarinos Balinas, rico e" influyente personaje del tiempo colonial, 
fundador, 6, k lo menos, uno de los decididos colaboradores del 
Hospital de Caridad, en union de nuestro inolvidable Maciel, el padre 
de los pobres. La atm6sfera social que lo circund6, lo arrastro por 
otro sendero. Fue* asi, que, de todos sus hermanos, 61 fue el tinico 
que adopto la carrera de las letras, empezandt) su existencia por 
ser dependiente de una tienda, si mal no recuerdo de los Arboleya. 
Era e*sta, entonces, una profesi6n muy estimada en esta sociedad 
del Rio de la Plata. Kingtin joven de aquella epoca desdeiiaba el 
ser iendero. Era nobiliaria la profesion, a la vez que lucrativa. 
Mucho le serviria mds tarde, cuando su actividad y condiciones de 
labor le llevaran A buscar fortuna en las faenas de campo y en 
el comercio, ya en nuestro territorio, ya en tierra brasilera 6 air- 
gentina. Era tan apreciada esa clase de comercio, que, segun 
tradicion oral, recuerdo que cuando en Buenos Aires se fund6 el 
Club Progreso no falt6 quien pensara en exclusiones profesionales. 
Be creyo que era poco meritoria esa tarea de comercio, k la 
£poca en que se organizo aquel centro social, dadas las nuevas 



— 116 — 

expansiones creadas, pero se permitio, como excepci6n, sin embargo, 
el ingreso de los tenderos Iturriaga, elementos honestos y laborio- 
sos, que han conservado inc61umne la bandera que recibieron de 
sus predecesores. 

Fu6 tras del mostrador que conoci6 & su bella dama, que lo 
era indudablemente la joven Petrona Magariiios, no porque yo la 
conociera antes de nacer, sino porque la he conocido por el retrato. 
(Risas). Ella era de la ciudad. Conocia todos los goces de la 
vida social de entonces, es decir, de la epoca de las ca?idilejas r 
en el teatro San Felipe, cuando la Petronila y el Quijano encan- 
taban k nuestros abuelos y progenitores con la Marcda 6 ciml de 
los treSj La vida es sueno, etc., que en nuestros dias vemos repro- 
ducidas en la escena por la Maria Guerrero y otras compania^ 
dram&ticas espaiiolas. 

Se unirian dos elementos de valer: el hombre de* la campana 
con la mujer de la ciudad, completando sus cualidades y su ca- 
racter con el trato y los sinsabores. 6l habia atesorado un capital 
importante durante aquella epoca en que la joven de sus pensa- 
mientos iba a las tiendas k comprar zarazas para adornar sus 
encantos naturales en las veladas donde se lucian los peinetones 
que fabricaba Masculino y se recitaban las largas tiradas de las 
cartas de Abelardo y Eloisa, que, aun hoy, & los 90 anos de 
edad, aquella sombra de lo que rue", repite con asombrosa memo- 
ria y entusiasmo, saliendo, con este motivo, de su despertar, de 
su letargo, como si los sucesos de la juventud tuvieran el poderio 
de galvanizar su espiritu, ya muerto para todos los sucesos que 
actualmente se desenvuelven a su alrededor. La hermosa joven, 
vinculada por lazos de sangre y de parentezco a Dorrego, el des- 
graciado, y al inteligente don Jose" Luis de Chorroarin, fundador del 
Colegio de San Carlos, en Buenos Aires, habia partido para esta 
ciudad. Su seiiora madre, doiia Manuela Cerrato, argentina, prima 
hermana de Dorrego, la habia conducido consigo. Y alia fue* su 
ainante, aun no correspondido. 

Fue asi que se hallo en aquella capital cuando en 1828 se 
fusilo a Dorrego, en Navarro, lo que mucho afect6 &> hombres 
como Rivera y sus amigos, al punto de deck 6ste, en carta par- 



— 117 — 

ticular, cuando comunic6 el suceso : / cosas de llorar ! Y tanto 
m&s le afectaria al doctor Palomeque cuanto que el parentezco 
<le su amada con Dorrego, en cuya casa paraba doiia Manuela 
Cerrato, lo vinculaba mds al dolor causado. Durante esa epoca 
busco trabajo, y lo encontr6 en el almacen, creo, del seilor Arbo- 
leya, oriental, & quien los acontecimientos habian llevado & aque- 
lias playas, como & otros muchos meritorios ciudadanos. 

La tirania de Rosas alii lo hallo. No desaprovech6 su 
tiempo, sin embargo. Entre tanto, y mientras dedicaba sus horas 
& la joven de sus pensamientos, estudio y dio los ex&menes de 
latinidad y matem&ticas. Pero, un buen dia fu6 victima de la 
mazhorca. Habia plvidado colocarse los colgajos 6 adornos que 
el despota imponia, y se vio atacado por esa masa que creia im- 
poner la civilizaci6n & vergazos. ( Mny bun ! aplausos). Su es- 
piritu empez6 & ver claro, de cerca, lo que era el gobernador 
y su sistema. En su propia carne sinti6 los ardores de aquella 
tendencia moral que marcaria la trayectoria de su vida. Huyo 
de aquella tierra, y Montevideo volvi6 & verlo. 

Era mozo de acci6n: iba k campaiia: recorria los campos de 
sus antepasados, en Gutierrez : aprendia las proezas que necesa- 
riamente sabe hacer nuestro paisano : montaba admirablemente d, 
caballo, y en unas carreras era hombre que se arrojaba al suelo 
cuando el bruto corria con toda velocidad, volviendo & saltar sobre 
la grupa del noble animal. Asi vigorizaba su cuerpo para las 
luchas del futuro. Hacia su vida de tropero. Y en una de esas 
travesias fue tornado por los matreros, llevaron al monte, donde 
le ataron al tronco de un arbol. Cuando aquellos hombres 
deliberaban sobre su suerte, un joven indio se levant6, y desen- 
vainando su cuchillo, lanzo una interjeccion, diciendo: d, que 
tanto hablar i no le ven esas espuelas de plata ? Y, acompa- 
iiando el dicho i, la acci6n, iba a ultimarlo. Pero, uno de aque- 
llos desalmados se irguio rapidamente, y desnudando su filosa 
daga, rugio : no, a este Jwmbre nadie lo mata, y de una punalada 
dejo tendido A su companero de crimenes y de holgazaneria ! 

Era el destino, le decia el coronel Palomeque al general Moreno, 
en 1871, reunidos en mi pobre cuarto de estudiante, Buenos Aires, 
cuando comentaban los sucesos de Manantiales. 



— 118 — 

Gobernaba Oribe, y Rivera se alzo en armas. Eran los tiem- 
pos en que el Gobierno se le sublevaba al general Rivera. Alia" fue* 
el doctor Palomeque. File* revolucionario. Asisti6 k la batalla de 
Carpinteria, donde cay6 prisionero. Llega k Montevideo, y Oribe 
(por influencia de la novia, porque asi eran las buenas mozas 
de aquel tiempo patriarcal), que visitaba la casa de Magariiios, 
al retirarse del celebre Fuerte, le hace poner en libertad, con 
una condicion: que la novia garantiria que no volveria a irse 
con Rivera, Se produce el segundo movimiento armado, y vuelve 
a servir de revolucionario. Y nuevamente es hecho prisionero en 
la accion del Yi. Su primo hermano, don Diego Lamas, k quien 
le unia una amistad verdadera, se encarga de libeftarlo. La novia 
garante nunca ma's volvio k ver al general Oribe. Cuando £ste 
entraba k casa de los Magariiios, de regreso del Fuerte, ella esca- 
paba de la sala. Tenia la verguenza del que ha prestado una fianza, 
— y en este tiempo hay muchos que tienen cara, pero para darse 
vuelta. — ( j Muy bien ! Aplausos. ) 

Como era natural, tal novia tenia forzosamente que obtener 
una recompensa y la obtuvo. El doctor Palomeque se caso y a 
los 18 dias abandonaba los goces del hogar. Se traslado a cam- 
pafia. A11& trabaj6, en Arroyo Malo, donde empez6 k formar 
su hogar. No por eso descuidaba la politica del pais. Los sucesos^ 
de 1838 le habian contado entre las filas del Ejercito Const itu- 
cional, como asi se denomino el del general Rivera. Fu6 entonces 
que obtuvo su primer despacho militar, firmado por este gue- 
rrero, ilustre, no obstante los defectos de caracter y los defectos 
politicos que puedan encontrarse en su existencia. Triunfante 
la revoluci6n en 1838, se dedic6 & las tareas del campo. Alia 
vivia cuando la Guerra Grande se inicio. En su espiritu ya no 
hallaba acogida la guerra civil. Habia visto de cerca sus estragos. 
Ya empezaba k convencerse de que no era ese el medio para le- 
vantar la nacionalidad. Sin embargo, la ola lo arrastr6, no solo k el 
sino k su esposa. Y fu6 asi que peregrin 6, conociendo de cerca 
todos los inconvenientes del caudillaje. 

Y cuando India Muerta se produjo, en 1845, 61 escribi6 la pd- 
gina mas veridica y sentida de cuantas hasta ahora han producido- 



— 119 — 

los escritores nacionales. Em una carta fntima, destinada a* un 
amigo. La casualidad la ha salvado, ) r por ahi anda publicada, 
en algun diario de 1881, en La Tribuna Popular. (3 °) En esa carta, 
escrita en 1845, que es un estudio politico, nrilitar y financiero 
de la e*poca, ya plantea el problema de los partidos personales. 
Alii, al ver aquella sangre derramada, aquella peregrinaci6n de la 
familia uruguaya, que vivia en las costas de los montes, a" la 
intemperie, sufriendo hambre, y a* veces hasta sed, am^n de las 
humillaciones porque forzosamente les hacian pasar las fuerzas 
imperiales, se encuentra expuesta la idea de la necesidad de con- 
cluir con el caudillaje, representado por aquellos dos hombres que 
Uenaban el escenario de la Republica, y £ quienes culpaba de las 
desgracias de la patria. — ( \ Muy bien ! Aplausos ). 

Y estas ideas serian el culto de toda su vida. El reconocia 
los me*ritos de esos hombres como fundadores de nuestra naciona- 
lidad. No les escatimaba sus f rases de entusiasmo, pero recono- 
cia que eran los fundadores de una escuela que nos daria pe"si- 
mos resultados. Por eso maldecia, en ese e3tudio politico y militar, 
las divisas que llevaban esas dos grandes personalidades. El tiempo 
le daria la razon, y con el andar de los sucesos alia" se encontra- 
rian unidos todos, sirviendo una misma idea grande, en la dicha 
como en la desgracia. Sus hermanos, sus parientes, los Palomeque, 
los Lamas, los Olivera, los Ibarra, los Villademoros, alia" se 
verian al fin reunidos para servir ideas de unification, de acuerdo, 
de confratemidady desde las alturas del poder, en los diversos 
gobiernos que se sucederian en la Republica, sin darle importan- 
cia & un trapo, sino & la Constitution de la Republica. Como era 
natural, en la epoca A que me refiero, este ciudadano no tenia 
importancia, ni influencia ni figuration. La importancia de la carta 
citada recieri la tiene hoy para explicar las ideas de aquel ciuda- 
dano, y eso, porque 61 Ueg6, paso a paso, luchando con toda clase 
de dificultades, & ser algo en su Republica. 

Tuvo importancia la carta, como llega d tener importancia 
cualquier objeto de un individuo que ha sido un nada, y que des- 
pu§s, con el andar de los anos, llega £ ser gran personalidad. 

(30) Este documento va al final senalado con la letra A. 



— 120 — 

Recuerdo, & este respeeto, la dedicatoria puesta por el espiri- 
tual escritor argentine*, doctor Eduardo Wilde, al dorso de la fo- 
tografia que le regalaba al no menos espiritual escritor francos, 
Mr. Leon Walls, redactor del Cowrier dn Rio de la Plata. 

Lo estoy viendo en el retrato al doctor Eduardo Wilde, todo 
vestido de negro, con sombrero alto, escribir al dorso de la tarjeta : 

« A mi querido Le6n Walls, por si alguna vez este desgra- 
« ciado llega & ser algo en su patria, que lo ser£ de seguro ...» 
(Risas.) 

La carta escrita por el doctor Palomeque en el afio 1845, 
privadfsima, pero que fue" publicada en 1881, no habria tenido 
importancia sino hubiera sido que los sucesos posteriores, por las 
ideas que sostenia, le han dado realmente un prop6sito funda- 
mental en el desarrollo de su existencia polltica. 

De otra manera no habria para que mencionarla. Aquella 
carta le marc6 rumbos & sus ideales y a el los rindio culto. Pudo, 
como hombre, incurrir en errores para realizarlos. Esa es una 
ley natural. Pero, viene luego la crftica historica y lo explica, lo 
atentia, y hace el balance. Y si de 6ste resulta que los bienes 
superan, la vida de ese ciudadano no es indigna, sino que puede 
presentarse como modelo k imitarse por las generaciones del 
porvenir. 

Arrastrado por la ola revolucionaria, se encuentra en Urugu- 
ayan a. Y alii vuelve £ entregarse al trabajo, sirviendo su casa de 
comercio de ayuda y protection a los compatriotas. El resultado 
fue, como debia esperarse, la ruina y la miseria. Los emigrados no 
eran m&s que consumidores. En esta situation, dos f uerzas le bus- 
caban. Por un lado, sus hermanos, y por otro, sus propios sacrifi- 
cios ya hechos. Su primo, Diego Lamas, da" un galope s61o por verle: 
le busca : trata de atraerlo a su causa y queda convencido de ha- 
berlo conseguido. En ese sentido le escribe k su primo Eustaquio 
Palomeque, hermano del doctor Palomeque, y hasta le envia un 
salvoconducto para que 6ste pueda pasar & Tacuarembo. El 
coronel Palomeque guarda ambos documentos. No los utiliza, y, 
convencido de que sus ideas estaban mejor defendidaa dentro de la 
Plaza de Montevideo que en la cabeza del tirano Rosas, que le 



— 121 — 

habia corrido & vergazos, por intermedio de sus mazhorqueros, em- 
prende un penoso viaje a* Rio Janeiro, para encontrarse alii con 
su cuff ado, el seilor don Francisco Magarinos, que, & la saz6n, 
desempeiiaba las funciones de Ministro Diploma" tico de la Repti- 
blica. Y debido & este lazo de parentezco y de ideales, el doctor 
Palomeque vino a* encontrarse dentro de la Plaza de Montevideo. 
Entraba al teatro de sus acciones, donde aprenderia a vivir y k 
luchar al lado de hombres de energia y de car&cter. 

Era modesto, de estirpe humilde. Una mujer lo protegi6 y 
una f amilia lo acogio. La mujer : la seiiora de Pozzolo ; y la 
familia : la de Renteria. Busco un puesto, y lo encontr6 en la 
Jefatura Politica. Entro como meritorio. Un dia hubo una va- 
cante. Su conducta y sus cualidades le habian distinguido, por 
lo que se le propuso para su desempeno. El no acept6, alegando 
que no podia pasar por encima de sus companeros, & quienes 
ofenderia. El Ministro de Gobierno, que a* la saz6n lo era el doctor 
don Manuel Herrera y Obes, se sorprendio de este acto noble. Y 
asi lo conoci6 : y de ahi que tratara de Uevarlo a* su lado: Mien- 
tras tanto, el joven servidor era quien manejaba ciertos fondos se- 
cretos de la policia, que invertia segun 6rdenes escritas, todas en 
mi poder, emanadas del Ministerio de Gobierno. Naturalmente que 
esos fondos no eran muchos, pero eran lo bastante para una plaza 
sitiada. Mientras tanto, la familia vivia de la ration, la esposa 
cocinaba, planchaba, lavaba y cocia, y los hijos venian, como fruto 
valiente de aquella cruza de la mujer culta de la ciudad con el 
hombre fuerte de la eampiila. Ella habia seguido el convoy des- 
pu6s de India Muerta, y el exigeno aspirado le habia suministrado 
la fuerza necesaria para esas tareas dom£sticas. 

Al poco tiempo estaba al lado del Ministro de Gobierno. Y 
aqui comienza a* formarse su personalidad. La Plaza no tenia 
entretenimientos. Las distracciones consistian en jagar a* la come- 
ta. Los hombres serios trataban de rivalizar en ese juego, k ver 
quie"n presentaba una mejor pandorga, un lucero, una estrella, 
un papagallo, un leon; y todo ello en medio a" las balas que se 
arrojaban sitiados y sitiadores. 

Tal era la indiferencia que se tenia por la vida ! La guerra 



— 122 — 

seguia interminable y una generaci6n nacia a* la vida sin otra 
escuela en perspectiva que la de la matanza. Era necesario alejar 
ese espectaculo desgraciado de su vista. Bastante infelices eran 
nuestros padres al tener que comulgar con esas escenas! Ellos 
comprendian que era indispensable despertar otros ideales: que era 
necesario, en una palabra, salvar de la ignorancia a los hijos futu- 
res de la Patria. Y fue en medio & esa lucha titdnica de la 
Plaza de Montevideo, que a Lamas, Herrera y Obes, Ptjfia y 
Palomeque se les ocurrio la formaci6n del Instituto de Instruction 
Publica y de la Universidad de la Republica. En medio a" la re- 
vuelta, al torbellino de las pasiones, piensan en lo ma's grande del 
aliento humano : en enseiiar a" la niiiez y en abrir la ruta para 
las carreras profesionales. — ( Aplausos.) 

Y, desde dia fueron grandes, porque asi serian tan ilustrados 
como valientes los hijos de esta hermosa tierra. Esas instituciones 
son verdaderamente las hijas predilectas de la Defensa de Monte- 
video. Y la mds hermosa Jornada fu6 la que el Ministro de Go- 
bierno libro entonces para impedir que un solo estudiante fuera 
obligado a prestar servicio ordinario de sangre en la linea de 
fortification. Salvar un cerebro, era salvar una idea, que valia 
mas que un batallon de linea. Los cerebros y los cuerpos de los es- 
tudiantes son sagrados ; son como el alma de la Patria : hay que 
cuidarlos y salvarlos de las cat&strofes. A asi fu6 como se hizo. 
Habia que sembrar la idea para la lucha de la civilization. Eran 
las fuerzas del porvenir las que se salvarian. Los que tal obra 
realizaron eran jefes de una reaction intelectual. Y el secretario 
perpetuo de esa Universidad y de ese Instituto fiie* el coronel Pa- 
lomeque, desde su fundacion hasta que murio. Siempre se consi- 
dero el dueiio de ese puesto. Ya se ver£ por que\ — ( Aplausos ). 

Su intelecto se nutria. Tenia un predilection especial por las 
obras del doctor don Juan Bautista Alberdi y del doctor don Andres 
Bello. Era ya padre de familia, Oficial 1.° del Ministerio de Go- 
bierno y Secretario de la Universidad, k la vez que desempenaba 
las funciones de estudiante, A la sazon tendria 37 anos ! Y rea- 
nudaba sus estudios comenzados en Buenos Aires; y la Univer- 
sidad, en atencion a los servicios prestados, en Informe emanado 



— 123 — 

del doctor don Luis J. de la Pena, le excusaba de los dermis 
examenes de preparatorios, aunque obligandolo k rendir uno 
publico sobre una t&ris filos6fica. Asi lo hizo, y, de acuerdo 
con la tendencia de la e*poca y los estudios de entonces, pre- 
sento su te*sis : ha revdaci&n como base de la raxon humana. 

La personalidad habia empezado a destacarse. Era hombre 
de discreci6n, prudencia y energia, pero hombre muy humilde y 
respetuoso. Eso si, era hombre que no admitia ataques k 3u dig- 
nidad. Durante esa 6poca mantuvo una correspondencia secreta, 
por medio de clave, con su cufiado el doctor don Francisco Maga- 
riiios Cerrato, residente en Rio Janeiro, no obstante la amistad 
intima que tenia con el doctor don Manuel Herrera y Obes. Y 
digo esto, para que se conozca en que* escuela de libertad se 
educo, la que yo he heredado y practicado k mi alrededor. El 
doctor Herrera y Obes era enemigo del doctor Magarinos Cerrato 
pero nunca penso en coartar la action del pensamiento del doctor 
Palomeque, k quie"n tenia a* su lado ! 

Asi acentuada su personalidad, se le ve figurar como miem- 
bro de la H. Asamblea de Notables, al terminar el sitio, en 
1851. Es entonces un obrero incansable de las ideas de Paz. 
Festeja entusiasmado el acto declarando que no Jiabia vencidos ni 
vencedores, y guarda para si, reliquia inapreciable, el tintero de 
que se sirvieron los firmantes de ese gran acto que puso un sello 
a la pacificacion de la Republica. Yo lo regalaria m&s tarde al 
Ateneo del Uruguay 6 al Museo Pedag6gico. Otro tanto haria 
con la pluma con que firm6 la paz de Abril. Esta si la conservo 
en mi poder, como tambien los celebres poderes de que hable en 
mi conferencia anterior. 

Estos pequefios detalles muestran lo intrahistorico de un 
hombre. En todo revelaba su amor al orden y k la paz, sin que, 
llegado el caso, dejara de ocupar el lugar que la guerra, la mal- 
dita guerra, le impusiera, como un deber, a su honor politico y 
personal. 

Era hijo de sus obras. El medio ambiente le habia arrastrado. 
Su escuela habia sido la del 6rden y respeto k la autoridad. Te- 
nia sentimientos honrados 6 ideas altruistas. Su alma se habia for- 



— 124 - 

tificado en la tarea de la elevaci6n del espiritu, atesorando ideas. 
Y ahora que se hacia la paz, y que ella era un fruto de esa civi- 
lizacion y de esa cultura, iba & prestar sus servicios al pais y a sus 
conciudadanos. 

No queria saber nada de trapos ni de partidos personales. No 
concebia el desarrollo de la riqueza del pais siiio evolucionando ante 
los gobiernos constituidos. Habia que respetarlos para ser grandes. 
De otra manera volverian las misinas causas & producir iguales 
efectos. No tenia otro pensamiento que el de la extinci6n de los 
partidos personales. No pensaba sino en el abatimiento del cau- 
dillaje y del gobierno del gaucho. Sin embargo, aun no tenia ni 
influencia ni puesto publico desde donde poder hacer efectivo su 
criterio. Todavia tenia que merodear, que gambetear. No podia 
presentarse, tal cual era, ante las multitudes, porque heriria afeccio- 
nes legitimas 6 hechos que ahi estaban y que habia que respetar 
como politico. 

Aun habia que vestirse con el manto del cordero. Esa es la 
mision del politico, la del que aspira & hacer el bien de su pais. 
Tiene que hacerlo, mezclandose con las multitudes y tomando las 
cosas tal como ellas son. De otra manera es exponerse a una caida 
fatal para los mismos principios que se sostienen. Esto es lo que 
hace el politico, por lo cual se ha dicho que debe tener un esto- 
mago bien fuerte. El que no es politico, sino escritor, panfletista, 
filosofo, hace otra cosa. Y, como el doctor Palomeque no fue sino 
un politico, vamos a verle como se desenvuelve en la epoca mas 
dificil y azarosa de su existencia, aquella en que le valio el ana- 
tema y el estigma de que se ha hecho eco un ilustrado joven, en 
nuestros dias, el senor Onetto y Viana, por cuya razon lo ha 
calificado de Itombre funesto para la Republica del Uruguay. 

La sociedad vio un nuevo conflicto. En 1853 una nueva 
revolution se opero en el pais. Trastornado el 6rden, la per- 
sonalidad del doctor Palomeque principio a destacarse. Alii es- 
taba como Secretario de la Universidad y del Institute, y de alii 
surgio para desempeiiar las funciones de Jefe Politico de la Ca- 
pital y de representante del pueblo por el Departamento de Maldo- 
nado. — La Legislature de 1855 lo conto en su seno. La Asam- 



— 125 — 

blea tenia la misi6n de elegir Presidente de la Republica. Las pa- 
siones se agitaron. Unos siguieron al general don C6sar Diaz y 
otros d don Gabriel Antonio Pereira. Conio sucede siempre, se recogio 
el lodo y se arrojo d la cara. Y ese es el que salpica las paginas 
de algunos diarios de la 6poca. Por eso, para averiguar la verdad, 
si es que aun es tiempo de hablar con tranquilidad, no basta 
leer un solo diario. Hay que recurrir d los de la vereda de en 
frente, y luego buscar documentos, apelar d la tradicion oral y 
observar muy atentamente, para llegar d un resultado preciso, 
sin herir ni ofender reputaciones, que conviene salvarlas, para que 
siquiera nuestra patria no presente el espectdculo de un cementerio 
politico, destinado d enterrar personalidades. — ( Aplausos. ) 

En esa epoca, como sucede ahora, ningun politico verdadero 
podia prescindir de los dos grandes caudillos. El pais los habia 
hecho. Eran los hijos naturales de nuestro calvario politico. Ni 
ma's ni menos que lo que pasa en otros paises en formation. Al- 
rededor de estos dos hombres — Flores y Oribe — se movi6 la poli- 
tica. Y ellos tuvieron la voluntad de entenderse y de presentar 
al pais d un hombre que hasta entonces, sea dicho en honor d la 
verdad historica, era un ejemplar no escaso de honradez, de mora-: 
lidad y de cardcter. Es necesario conocer mi situaci6n excepcional 
para dar & esta frase todo el valor civico que tiene. Y ^saben 
ustedes porquS, sehores, sucede esto ? Porque yo voy en busca 
de la verdad historica, y porque cuando la encuentro no la falsifico 
ni ensucio mis labios con la mentira repugnante. Naturalmente 
que s6 respetarme d mi mismo, no ofendiendo la memoria de los 
mios. Quien me oiga hasta el final de esta Conferencia, compren- 
derd todo el alcance que tienen estas palabras. Y los que me 
oigan y los que me lean sabran entonces que 6sta es una cdtedra 
donde s61o resplandecen los dictados die una conciencia recta: que 
aqui s61o se aspira d ilustrar al pueblo, arrancdndole de los pre- 
juicios con que quiere falsificarse la historia nacional. — (Grandes 
aplausos. ) 

La caida del gobierno del general Flores en 1854, y el inte- 
rregno de don Manuel Basilio Bustamante, habian traido un de- 
bate parlamentario para los legisladores de 1855. Los seiiores 



— 126 — 

Muiioz, Torres y Beltr&n, representantes del pueblo, habian sido 
desterrados por el seiior Buatamante. Este seiior abandonaba su 
puesto, y ahi quedaba, en la Asamblea, la comunicaci6n del P. E. 
pidiendo no se les permitiera el ingreso k dichos ciudadanos. 
La sociedad estaba agitada. El presidente de la Camara de Re- 
presentantes era el doctor Palomeque, llevado all! por su influen- 
cia y el ascendiente que habia adquirido durante el desarrollo de 
los sucesos que llevaron al seiior Pereira a la presidencia de la 
Republica. Estaba preparado para el puesto. 

Los diputados nombrados pretendieron ingresar al Cuerpo Le- 
gislativo, y fu£ entonces que en la Casa de la Representaci6n 
Nacional se produjo un escdndalo y un atentado. Los diputados 
que defendian a" los seiiores Torres y Beltran fueron insultados 6 
injuriados, arrojdndoseles polvos k la cara, etc. El seiior don Fer- 
nando Torres fu6 maltratado. Aquello fu6 una escena digna de 
salvajes. Y no ha faltado quien, recogiendo lo que los diarios 
de la epoca dijeron al respecto, aqui y allende el Plata, lo lance 
nuevamente k la publicidad, atribuyendo al doctor Palomeque una 
participaci6n activa en semejante atentado. Y por eso se le califica 
de hombre funesto. 

Pues bien, el ciudadano aludido era un hombre que no le 
gustaba tener cuentas con la posteridad. Era hombre, como lo 
demostr£ en aquellos articulos que publiquS en 1895, en el diario 
La Itozon, que no dejaba cuentas sin saldar, aunque le costara 
anos rastrear el documento. Y rastreado y obtenido, ahi lo dejaba 
entre sus papeles, con muy bien carpeta, escrita de su puiio y 
letra, para que sus hijos lo utilizaran ante la posteridad. A los 
contemporaneos no podia tomarlos como jueces. Y esto es lo que 
aqui sucede, seiiores. Yo no se si aun somos posteridad. Puede 
que las pasiones heredadas, recien ayer, no est6n suavizadas del 
todo, pero, k lo menos, serd permitida la defensa que se hace de 
ultratumba. No voy A hablar yo. Va hablar el muerto. fil va 
d contestar y k dar k conocer lo que se ignora, lo que no ha apa- 
recido en los diarios de la epoca. Y asi podrdn entonces formarse 
idea completa del suceso en cuesti6n. 

El doctor Palomeque era un ciudadano previsor. Parece que 



— 127 — 

conocia mucho a" sus paisanos. Supuso que aun despues de muerto 
se le atacaria. Y asi ha sucedido. Por eso entre sus papeles en- 
<;ueiitro uno que dice asi: 

« Para mis hijos y para que ellos honren mi memoria despues 
■de mis dias, si hubiese quien me aiaeara sobre el amnio que con- 
tiene el manifiesto que no publique porque asi eonvenia d la politica 
de la epoca. » W 

Es un manifiesto que el Presidente de la Cdmara de Represen- 
tantes dirigia al jmeblo con motivo de los escandalos que se 
habian producido. 

Relata los hechos con toda sinceridad ; se defiende de los car- 
gos que entonces se le dirigian, y que hoy se han repetido ; y 
demuestra, de una manera concluyente, que en aquel acto salvaje 
el doctor Palomeque no tuvo participaci6n de ninguna clase. El 
hecho se produjo de este modo. 

Voy & hacer una ligera referenda oral para no andar leyendo 
todo lo que aqui se encuentra. Creo que oralmente hablare* mas 
ligero que leyendo y cansare" menos la atenci6n del publico. 

Don Fernando Torres era hombre de car&cter y habia sido, 
como digo, desterrado por el Poder Ejecutivo de la epoca, en 
union de don Jose" Maria Munoz y Beltran. 

Se abren las sesiones de la Legislatura de 1856, y los seiiores 
Eeltrdn y Torres pretenden ingresar al Cuerpo Legislatiyo, al cual 
pertenecian como representantes del pueblo. El doctor don Mateo 
Magariiios Cervantes, pariente 6 intimo amigo de mi padre, que 
habia entrado en la politica de aquella epoca y que estaba, por 
consiguiente, de mano dada con el poder oficial, era amigo tam- 
bi^n del senor Torres, como tambiSn lo era del autor de mis dias. 
Trata entonces, aunque de muy buena fe, de producir la discusion, 
en el Cuerpo Legislativo respecto al ingreso de estos ciudadanos, 
con motivo de una nota pasada por don Fernando Torres pidiendo 
que se les enjuiciara, si era del caso. Se le hacen presente las 
dificultades que se presentaban al promover esta cuestion ; pero 
el doctor Magariiios insiste y la mocion se hizo y se mand6 pasar 

(30) Este documento va en el apendice con la letra B. 



— 128 — 

el asunto a la orden del dia. Llega el 15 de marzo, y don Fer- 
nando Torres se presenta en la Secretaria de la Cdmara de Re. 
presentantes. En antesalas los amigos diputados resuelven que el 
Presidente de la C&mara, de una manera particular, oficiosamente, 
le dijera & su amigo don Fernando Torres que no cometiera la 
imprudencia de pretender ingresar & la Camera hasta que no se 
le citase. Cierta resistencia se hace por el presidente de la Cdmara 
de Representantes, porque creia que esa mision debiera Ilenarla 
m&s bien el senor doctor Magarinos Cervantes ; pero, al fin, 
asiente a* ello. Entra, habla con don Fernando Torres, y 6ste se 
retira. Pero, habia quedado pendiente la moci6n del doctor Maga- 
rinos, que iba a* poner a la orden del dia la discusion del asunto. 
El doctor Magarinos, mas tarde, reacciona, al reconocer los in- 
con venientes de la moci6n que habia presentado, y se con vino 
entonces que se presentaria otra mocion destruyendo los efectos 
de la primera. Y en esto llega el 18 de marzo. 

La sesi6n era & las 11 6 12 de la maiiana. Por razones de 
atenciones de familia no pudo el Presidente de la Cdmara encon- 
trarse a" la hora seilalada, y como £ la una 6 dos de la tarde se 
dirige al Cuerpo Legislativo, donde se encuentra con una asonada 
en la plaza publica, en la Plaza Constitution : con una multitud 
enorme que daba vivas y mueras. En su trayecto, el Presidente 
de la Camara de Representantes, al pasar por la calle Rincon, 
se encuentra, creo, que con el senor Aguiar, que lo acompana 
hasta el Cabildo. Al oir el Presidente los gritos de vivas y de 
mueras a los representantes del pueblo, se mezcla entre la mul- 
titud, y alzando la voz, dice : « yo tambien soy representante del 
pueblo ; soy el Presidente de la Ca*mara de diputados. <? Que 
quieren conmigo ? » 

Entonces aquella multitud lo viva, lo lleva en andas, subiendo 
las escaleras hasta los corredores del Cuerpo Legislativo. 

Lo que llega alii, aquella multitud, enardecida, que ya habia 
salido de quicio — porque asi son las pasiones de las muchedumbres 
— no se con ten ta con lo que habia hecho en la plaza publica, 
sino que, dirigiendose al presidente de la C&mara de Diputados, 
le exige que no permitiera el ingreso de los diputados Beltran y 
Torres al recinto. 



— 129 — 

Ustedes deben saber lo que es encontrarse inesperadamente 
ante la bestia humana, que es como decir enccntrarse inespera- 
damente ante un animal con instintos carnivoros. No es posible 
que un hombre, aun el que tiene el mayor dominio sobre sus fa- 
cultades, deje de sentir cierta presion energies sobre su sensorio y 
sobre todo su organismo, en presencia de las multitudes desenfre- 
nadas. La ola humana arrastra, y llega hasta haeer que Ios hom- 
bres que han salido de su gabinete con ideas hechas, propias, 
fruto de grandes convicciones, cuando se encuentran en las alboro- 
tadas asambleas populares, sean vencidos, y atin convencidos de que 
estaban en error, para luego recuperar la amplitud de su criterio 
y de su libertad cuando salen de esa atm6sfera candente que 
los tenia envueltos. Este es un fenomeno de la sugestion de las 
multitudes, perfectamente explicado por todos los escritores y por 
los que en la pr&ctica hemos sentido esa influencia del pueblo 
y de las masas. Pues bien: en esa situation, el doctor Palomeque 
contesta £ aquella multitud desenfrenada, & fin de contenerla e* 
impedirle la entrada al recinto legislativo — porque esa era la 
tendencia que llevaba, — coloc&ndose delante de la puerta de la 
Secretaria : « Esta bien ; los representantes no tomaran asiento en 
el recinto Legislativo. » 

Y esto, porque la mocion que se iba a resolver era la ' de 
postergar la discusi6n del asunto. 

Pero, la bestia humana, la multitud desenfrenada, al ver que 
habia conseguido aquello del Presidente de la Camara de Repre- 
sentantes, no se contento, no; era necesario algo m&s, era nece- 
sario que se le entregara la victima expiatoria, era necesario entrar 
al recinto legislativo y arrancar d, aquellos ciudadanos de sus 
asientos; en fin, querian consumar el acto salvaje de deprimir 
la Representation National. Y entonces, en presencia de aquel 
hecho, cuando aquella multitud desalmada queria entrar & la 
Camara, el doctor Palomeque se le presenta delante y le dice, 
textuales palabras, colocandose en la puerta de la Secretaria : 
« ; Deteneos ! Antes de entrar al recinto legislativo, pasartis por 
« sobre mi cadaver : no tocareis una sola de las personas de los 
« representantes de la Republica ! » — ( Grandes aplausos. ) 

9 



— 130 — 

Y asi f u6, seiiores ; no entraron. El Presidente de la C£- 
mara de Representantes pas6 k la Secretaria, y alii, como es 
natural, vio los semblantes de aquellos compaiieros, atribulados 
ante el suceso inesperado que se habia podido evitar. El Pre- 
sidente de la Camara, cumpliendo con su deber, dice : « A se- 
« sion, seiiores, k celebrar sesion, k cumplir con la orden del dia. » 
Algunos diputados tratan de disuadirlo ; y, cuando se iba a en- 
trar k la Camara, llega hasta 61 el rumor de que el senor don 
Fernando Torres habia sido indignamente maltratado en la puerta 

. de la policia. Entonces se resuelve k salir, como presidente de 
la Camara, para soportar tambien las consecuencias del acto que 
se queria realizar sobre uno solo de los diputados. Los compaiie- 
ros se oponen ( y el maldice la hora en que consintio semejante 
hecho), por lo que permanece en la Secretaria k fin de entrar k 
sesion. 

Y i que* habia pasado ? 

El senor Torres, de quien he dicho que era un caracter, se 
habia retirado, pero al llegar a" las calles Sarandi 6 Ituzaingo se 
produjo una reaction eu su espiritu de hombre acostumbrado k 
luchar, por lo que creyo de su deber atropellar por medio de toda 
aquella multitud y pasar por encima de ella, si era posible, hasta 
su|)ir al recinto del Cuerpo Legislativo, a ocupar su asiento. 

El doctor Palomeque, en la Memoria k que me refiero, no de- 
nigra para nada la personalidad de don Fernando Torres, y, por 
el contrario, la enaltece con estas textuales palabras: « Yo, en 
« su lugar, creo que hubiera hecho lo mismo. Comprendo que 
« fue una temeridad suya provocar el incidente; pero el senor 
« Torres, en nombre de su discutido derecho, y llevado de su 
« valor, ataco a aquella multitud salvaje, desenfrenada, y £sta le 
« maltrato y fu6 herido. » 

Este es el suceso del dia 18 de marzo del ano 1856. 

Yo suprimo todos los detalles k que se refiere el autor de mis 
dias. Los leer&n cuando se publiquen, que se publicaran. 

Este es, mks 6 menos, el extracto de los sucesos que pasaron 
el dia 18 de marzo de 1856, que han sido mal juzgados por las 
person as que no los conocen. 



— 131 — 

El autor de mis dias no pudo publicar este documento. 

La politica de la epoca asi se lo exigi6. Y en cumplimiento de 
un deber de disciplina, de esa gran disciplina que es hoy el teje 
y maneje de los grandes politicos de este pais. . . (Grandes aplau- 
sos)... no lo ;public6. Asi, seiiores, se inici6 la lucha politica 
«n 1856. 

Si estan cansados, podemos hacer un cuarto intermedio. 

Una voz. — Que continue. 

Asi se inici6 la lucha politica de 1856 en el Parlamento. Fu6 
un principio sangriento. Asi sucede siempre entre los que han 
estado vinculados estrechamente. Y no hay que olvidar que 
aquella lucha entre miembros de una misma familia los llevaria 
al arroyo de sangre, desvirtuando asi los nobles y elevados pro- 
positos del propio magistrado de la Republica. 

Los animos continuaron agitandose. Y el aiio 57 encontro al 
pais en plena agitaci6n electoral. El doctor don Juan Carlos 
Gomez, un romantico politico, funda El National y agita los es- 
piritus. Divide asi mucho m&s k su propia familia. No se da 
cuenta de que esa lucha serd fatal para su propia colectividad : 
<jue, aim triunfando, s61o rein aria un circulo y no un partido : que 
la guerra a outrance no traeria sino el predominio absoluto del 
partido ad verso, porque seria el tinico que se presentaria fuerte y 
unido en la ocasi6n solemne. Nada de esto comprendio el poeta 
Gomez. En su soberbia intelectual despreci6 k los pigmeos, a los 
que 61 calificaba, en la terminologia de la epoca, natural en 
momentos de agitacion popular, de pilhielos politicos de cafe. No 
creyo que debia descender k tratar con aquellos que, segtm 61, 
no alcanzaban k colocarse k su altura intelectual, y rechazo 
toda conferencia propuesta en ese sentido. Era demasiado hombre ! 
£l venia de tratar con Sarmiento y Mitre. No podia tratar con 
un doctor Palomeque, por mds que 6ste le rogara accediera k 
una conferencia. 

La rechaz6 enSrgicamente cuando el seiior don Gil Alfaro fu6 
A propon^rsela k solicitud del ciudadano citado. « Que sabe Pa- 
lomeque de politica: estd vencido, » es lo que decia arrojandose de 
la cama donde dormia, en ese momento, me decia el senor Alfaro, 



— 132 — 

andando los afios. No lo crea, mi amigo, el doctor Palomeque co- 
noce lo que Vds. traman : asi me lo ha dicho : y me agrega que 
dentro de 24 horas desharan su obra », le contestaba el seiior Al- 
faro. Y G6mez no lo creia, en su ensimismamiento literario. 

Todo fue* inutil. Y fue" entonces que espiritus clarovidente& 
dijeron, desde las alturas del poder, y en nombre, no de una filan- 
tropia, sino de una politica pr&ctica : nada de divisas, nada de 
trapos ensangrentados. Y en prosecution de esa idea generosa,. 
llegaron hasta prohibir, con olvido de lo que la libertad ensefia 
la resurreccifin de los viejos partidos del pasado. Creian matar- 
los con un Decreto, no mention andolos. Y era todo lo contrario: 
habia que dejarlos que se destrozaran para luego depurarse por 
medio de la experiencia, del ejemplo ahi presente, de la discusion 
razonada, de la patria anarquizada, deprimida, esquilmada y em- 
brutecida por la bota de potro de los caudillos ignorantes de la 
ciencia politica. Y en nombre de esa confraternidad, cuando el 
doctor Gomez creia haber hecho carne sus ideas en las cuchillas,. 
se iba a derranlar la sangre de los prientales. Se buscaba la uni6n 
de los orientates y para imponerla se iba k arrojar a* las p&ginas 
de la historia otro arroyo de sangre, el m&s grande de cuantos 
registran nuestros anales politicos y personales. 

Y serian nuestros padres, si, los que en nombre de la con- 
fraternidad matarian al enemigo vencido. Asi creian sembrar 
ideas, cegando existencias. Era la escuela de la epoca, que ahora 
quiere resucitarse, sin aprender en las paginas de la historia. Y 
ahi estaba. Se buscaba la revindicaci6n de los derechos en Iaa 
cuchillas y Quinteros la condenaba en un arroyo de sangre fra- 
tricida. Si ; que" me importa k mi saber si hubo 6 no capitu- 
lation ? No es asi como se encaran los problemas politicos que 
atanen a la organizacion de un pais, sobre todo de un pais 
como el nuestro, donde los hombres todos son valientes, no esca- / 
timan sus vidas y creen que la venganza es el manjar grato & 
la memoria de los Dioses. El partido que lo cometio, que es el 
mio, lo ha expiado y aun los expia. Es la mancha de Macbeth. 
Hace 36 afios que vive alejado del poder, sin que administraciones 
de escdndalo y de latrocinio, vergiienza de cualqu r .er partido, nos 



— 133 — 

hayan permitido Uegar 6 donde se habrfa llegado en otra ocasion 
y en otras condiciones. — ( Grandes aplausos. ) — Ya veremos el 
reverso de la medalla cuando en el curso de los sucesos sisramos 
estudiando la personalidad del doctor Palomeque. Ya veremos 
c6mo la sangre derramada en otra parte aun estd por expiarla el 
hermano fratricida, & su vez. Es una medalla que por ambas par- 
tes brota sangre : quien la toca se mancha : hay que huirla. Asom- 
bra ver la sanci6n que nuestros padres hicieron de tales hechos 
sangrientos; pero tambien, para su justificacion, aun se les ve, en 
medio al calor de la lucha, salvando a* sus desgraeiados herma- 
nos. — ( Aplausos. ) 

El doctor Palomeque asi lo hizo, y la carta del sen" or Ma- 
gariiios lo prueba. Dice asl : 

Querido Palomeque: 

Te mando la li3ta de los prisioneros por los que con espe- 
cialidad desearia que hicieses todo el empeiio posible & fin de que 
se les ponga en libertad tan pronto como se pueda conseguir. Nada 
mas quiero decirte, en recomendacion de esos inf dices, porqice se 
que tu has de hacer por ellos cuanto esie en tits facultades. 

Recuerdos de Concepci6n para tl y la comadre, y besos para 
los chicos; ordena k tu afmo. sobrino y amigo. 

Juan A. Magarifios. 

La lista era la siguiente: 

Pedro Burgos, Julio Burgos, Baldomero Sosa, capitan; Celes- 
tino Zamora, id ; Manuel Pagola, id ; Federico Rosendo, id ; Manuel 
Quijano, id; Batista, teniente; Florencio Villanueva, id; M. La- 
rrosa, id ; Le6n Ortiz, ciudadano ; Estevan Matos, id ; Hidalgo, 
id; Juan Arcos, id. 

La lista que he leido esta" escrita de puflo y letra del seflor 
Magariiios. 

Es sabido que en los primeros momentos de ese suceso revo- 
lucionario, todo fu6 estupor. El Gobierno no tenia elementos. No 
sucede como ahora. Pues bien, el doctor Palomeque, cuya persona- 
lidad acentuada y hecha, en el orden fisico 6 intelectual y mo- 
ral, habia crecido, demostro sus energfas en un momento supremo. 



— 134 — 

Se habia creado en medio k la lucha y no podia temerla m 
acobardarse. Fue asi que se impuso en el suceso que relata, 
como testigo ocular, el malogrado y distinguido ciudadano doctor 
don Joaquin Requena y Garcia. Habla este ciudadano, seiiores,. 
con voz de ultratumba: 

Senor doctor Alberto Palomeque. 

Buenos Aires, Junio 25 de 1892. 
Querido Alberto : 

Recibi tu apreciable, que con el mayor gusto contesto. 

En una de las primeras noches de la revolution del ano 1857, 
tuvo lugar el incidente a que te refieres y puedo relatartelo porque 
era soldado del Batallon 1.° de Guardias Nacionales, al que se 
habia presentado voluntariamente tu padre el doctor don Jose 
G. Palomeque, en aquellos solemnes momentos. 

El Batallon 1.° de Guardias Nacionales se componia entonces 
de ciento veinte a ciento cuarenta hombres, de una compaiiia de 
negros denominada de Cazadores y de la Banda de Musica* 
Eran sus jefes don Jaime Ilia y Viamonte y el distinguido e" ilus- 
trado Sargento Mayor don Pablo Bermudez. 

Tenia por cuartel la casa baja de don Domingo Piileyrua, al 
costado derecho del Teatro Solis, sobre la calle Buenos Aires y 
calle por medio con la Pasiva, propiedad del doctor Elias Gil. 
Esa casa ha desaparecido, reemplazandola el edificio de altos que 
creo pertenece hoy al sefior Pons. Frente al Cuartel existia el 
«Mercado Yiejo», entre las calles Juncal y Florida, y en el angulo 
Sudoeste se habia colocado un canton para proteger el Cuartel, 
como existia otro sobre la azotea de la casa de don Juan Maria 
Perez, hoy de Jackson, donde estd el Hotel Espanol. 

Los centinelas del Cuartel y de esos cantones repetian el 
alto ahi — quien vive — al menor bulto que divisaban. Nadie po- 
dia pasar por esos alrededores sin ser sujetado a, severa investi- 
gacion — bien pocos los hacian f uera de los militares que trasmitian 
las ordenes superiores. Tal era de grave la situacion. 

Llega una tarde la noticia & Montevideo de la aproximacion 
de las fuerzas revolucionarias y se pone en gran movimiento la 
ciudad con las medidas adoptadas por el Gobierno. 






— 135 — 

Sea, empero, porque no se le dio toda la importancia numerica 
que en realidad tenia la fuerza revolueionaria, sea por la fe que 
inspiraba el Cuerpo de Policia 6 por que quiso su jefe llevarse 
los honores del triunfo, el hecho fue que el sefior don Luis de 
Herrera, jefe politico, hizo salir solo fuerzas de policia mandadas 
por el teniente coronel don Zenon Freire k encontrarse y batir a 
los revolucionarios. 

En el Colorado, Departamento de Canelones, a diez leguas de 
Montevideo, tuvo lugar el hecho de armas, y despuSs de renido 
combate la derrota se pronunci6 en las fuerzas del gobierno, con 
perdidas sensibles, entre las que se contaba la del inovidable y 
querido Luis Pedro Herrera, que murio valientemente. 

Facil es comprender la alarma que este contraste ocasiono 
en Montevideo y las consecuencias gravisimas que habria tenido 
si una compaiiia de cazadores del Batallon Bas tardea, enviada 
ya tarde k reforzar las fuerzas de policia, y al mando del hoy 
coronel Carlos Lacalle, no hubiera maniobrado con la habilidad 
y valor que tanto honra k este distinguido jefe, oficial subalterno 
entonces. 

La compaiiia contuvo al enemigo ; porque la serenidad con 
que efectu6 su retirada le hizo sin duda creer que una fuerza su- 
perior tenia k su retaguardia, y mientras completo esa evolucion 
dio tiempo a que las fuerzas de la campaiia combinasen su 
action. 

Esas fuerzas de campana se componian de la division del 
Este, de Minas y Maldonado, principalmente, al mando del ge- 
neral don Anacleto Medina, y sus ordenes eran de aproximarse 
a la capital aun cuando no se conocia el punto fijo, 6 mejor di- 
cho, no se esperaba la aproximacion r&pida que efectuo la fuerza 
de la revolution. 

Por eso cuando tuvo lugar el hecho de armas, las fuerzas del 
general Medina no intervinieron, que a haberlo hecho en ese en- 
cuentro habria concluido la revoluci6n; y al aviso del Gobierno 
se precipito sobre Montevideo, llegando y entrando k la ciudad 
en las primeras horas de la noche del dia en que aquel suceso 
tuvo lugar. 



— 136 — 

Era grande la alarma; la ciudad tomaba las medidas de de- 
fensa contra el enemigo invasor y contra el que tenia en su pro- 
pio seno, proximo a estallar, segun las pruebas que poseia el 
Gobierno; y en esos inomentos se oyen gritos de vivas y mueras 
acompaiiados de gran tropel de caballos que venian por la calle 
18 de Julio. 

Las fuerzas de los cantones se pusieron en alarma y prontas ; 
no asi el Batallon de Guardias Nacionales, que, confiado en su 
Cuerpo de Guardia, dormia. De repente, el centinela da el alto ahi, 
quien vive; y como no se le contestara, grita: cabo de guardia, 
k las armas. 

Oirse este grito y ponerse en precipitado movimiento el Cuerpo 
de Guardia y una parte del Batallon que dormia, fue" obra de un 
momento; produjo una confusion y un desorden que debio resol- 
verse en un serio y lamentable conflicto. 

De los primeros que oyeron las voces del centinela, fu6 tu 
padre, el doctor Palomeque: se levanta, toma un fusil caido de 
los pabellones, y se precipita & la calle por la puerta principal 
de salida; da el mismo el alto ahi, quien vive, amenaza de hacer 
fuego, contestan, avanzan, y reconocen la fuerza, que era una avan- 
zada del general Medina. 

Se vuelve y con grandes voces previene a" los cantones que 
son compaiieros, que no hagan fuego, y se precipita dentro del 
Cuartel, previniendo lo mismo ; 6 imponiendose, domina el conflicto, 
restablece el orden entre los vivas de sus compaiieros, los Guardias 
Nacionales, que era la juventud distinguida de Montevideo. 

El valor sereno del doctor Palomeque, su actitud y firme re- 
solucion obr6 principalmente en ese suceso. 

Te doy al correr de una carta estos datos, y ya que escribes 
la vida de tu padre, no olvides, Alberto, otro hecho importantisimo 
que honrard, siempre su memoria, con orgullo para sus hijos. 

El rol que el Coronel doctor Palomeque jug6 en la paz de 
Abril y el esfuerzo heroico que hizo en los tiltimos dias y del 
que dio cuenta en una respetable reunion de ciudadanos, en la 
casa de don Estanislao Camino, sobreviniendole en seguida de ter- 
minal', el v6mito de sangre que lo Uevo en seguida al sepulcro. 



— 137 — 

No me importa morir ahora, decia el ilustre patriota al reti- 
rarse de lo de Camino, acompafiado de sus correligionarios : he 
rendido este servicio al pais y al partido y dejo con orgullo este 
titulo d mis hijos. Mds 6 menos fueron sus palabras. 

Muchos estdbamos en esa reuni6n y le acompaflamos. Recuerdo 
a Aurelio Berro, Juan J036 Herrera, Lerena, Alvarez y otros. 
Todos fueron testigos del proceder patri6tico de tu padre. — Tuyo 
afectisimo 

Joaquin Beqiioia y Garcia. 

De esta manera empezaba d disefiarse, y se iba d diseilar, no 
la competencia militar, sino la energia civica del coronel doctor 
don Jose" Gabriel Palomeque. 

Vaya esto d cuenta de mayor cantidad para los que no son ni 
coroneles entre doctores ni doctores entre coroneles. — (Aplausos # 
Risas. ) — Son simplemente de los que van d las cuchillas y no 
niatan absolutamente d nadie. — ( Risas. ) 

Aquella fue" la epoca dificil del doctor Palomeque. Ma's adelante 
libro batallas mds senas, pero de todas ellas siempre sali6 airosa 
su personalidad. Y es aqui ahora donde va d destacarse, donde 
brillard, porque tuvo campo de acci6n en que ejercitar sus facul- 
tades y poner en prdctica sus doctrinas. 

Vivia retirado en su secretaria de la Universidad, dedic&ndose 
d algunas operaciones comerciales, de corretaje, en sociedad con 
don Agustin de Castro; despu£s de haber contribuido, con su 
voto, como Representante del pueblo, para el nombramiento de 
don Bernardo P. Berro. Estaban en los ministerios los seiiores 
general don Diego Lamas y doctor don Eduardo Acevedo. Era el 
primero el militar mds influyente que habia quedado del antiguo 
partido bianco, cuando Oribe habia sido vencido en el Cerrito, 
en 1851. Vivia unido en ideas al doctor don Eduardo Acevedo. 
Desde 1851 ambos vivian convencidos de que no habia mds que 
un camino : la creaci6n de nuevas colectividades, desprovistas de 
sus viejas denominaciones. De ahi que el doctor don Eduardo Ace- 
vedo calificara de crimenes, en una de sus Memorias Ministeriales 
los sucesos del pasado, y que reprobara en&'gicamente toda idea 



— 138 — 

de revolucion, convencido de que los males a remediar.se son me- 
nores que los males a crearse. Y estas eran igualmente las ideas 
altruistas del sefior don Bernardo P. Berro. No queria nada de 
trapos ensangrentados. Bien de cerca conocian estos politicos los 
efectos desastrosos de semejante linea de conducta. 

Para realizar esa tarea habia que concluir con el caudillaje. 

Y Berro y sus ministros Lamas y Acevedo, se pusieron & la obra. 
Uno de los caudillos mas prepotentes, por su valor y su cultura, 
era don Dionisio Coronel. Yivia alia, en Cerro Largo, de cuyo 
Departamento decia el doctor Acevedo : es an Estado dentro de 
otro Estado. Existia entonces una dualidad imposible de mante- 
nerse en la practica, causante de un sinntimero de conflictos : 
las comandancias militares. Estas, como era natural, estaban a 
cargo de los caudillos locales, con quienes el Gobierno tenia que 
tranzar todavia. Un pais desorganizado es lo que produce. El 
imperio tiranico de los hombres se sobrepone al respeto razonado 
de las leyes. Para impedir el imperio absoluto del caudillo, que 
es el gobierno del vicio y del desorden, inconciliable con una 
constitucion y una autoridad legal, no se encontraba un hombre 
capaz de enviarse a Cerro Largo. Ya se habian usado varios y no 
habian dado juego. Al ultimo, un hombre bueno y modesto, le 
habian arrebatado, de la propia casa de Policia, al asesino Nico 
CDronel! Se necesitaba una mano fuerte, poderosa, pero culta; 
conocedora del derecho, de la leyes y de la constitucion; que hu- 
biera tenido escuela, donde la fibra legal se robusteciera ; amante 
del orden, conciliado con la libertad; que supiera dominar las 
cuestiones gubernativas y que & su energia personal uniera la ener- 
gia civica para no tranzar con el vicio ni con el crimen. Se ne- 
cesitaba mas : un ciudadano que hubiera conservado incolume 
el culto de la Patria, desprovisto de toda idea mezquina y personal. 

Y este hombre existia: alii estaba en la Secretaria de la Univer- 
sidad, de esa Universidad por el fundada, de donde debia surgir 
la idea, la ilustracion, el talento, la honradez y la energia que dan 
la ciencia para luchar contra el caudillaje ind6mito, contra el 
hombre ineducado que solo conoce el bote de la lanza 6 la fuerza 
de las boleadoras 6 el relinche del potro 6 el degiiello del hermano 



— 139 — 

6 el destrozo de la propiedad en campana como medio unico y 
exclusivo de imponer civilization y progreso. — ( Aplausos. ) 

I Manos de Bernardo P. Berro, de Eduardo Acevedo y de Diego 
Lamas! vosotros que iniciasteis, desde las alturas del poder, la 
obra mas hermosa y grande que la Patria puede apetecer — la de 
la abolition de los partidos personales con trapos ensangrentados 
— porque erais seres educados, de espiritu cultivado en las altas 
esferas de la razon publica — venid a mi en esta ocasion historica, 
inspirandome, para que recogiendo, como en un haz, las lecciones 
dolorosas de aquella lucha titanica, las exhiba ante las multi- 
tudes que nacen a la vida, las revele elocuentemente, sin arti- 
ficios ni artimanas, y purifiquen el alma de la juventud, ensefian- 
dole que no habra Patria sino imitando los elevados propositos que 
aquellos patricios iucrustaron en las paginas de la historia. — 
( Grandes aplausos. ) 

Enaltecer de palabra a un gobernante y no imharlo en las 
acciones, no es rendir culto k su memoria. Y esto es lo que pide 
la Patria en este instante: un momento de suspension en nuestra 
rapidn carrera: un instante de seria meditation para abrazarnos 
con el hermano con quien vamos k pel ear, sin niotivo ni razon, 
sin saber por que ni para que. Y por eso es que invoco los 
recuerdos de la historia. Ella enseiia, levanta e impone, porque 
es la verdad hablando ultratumba. Y k esos patricios, si quereis 
honrarlos, practicad sus doctrinas, por las que lucharon y mu- 
rieron. — ( Aplausos. ) 

Si, seiiores : de la Universidad salio el hombre-idea para ir a 
luchar con el hombre-fuerza. Eran las dos escuelas rivales que 
iban a encontrarse frente a frente en el terreno de la lidia legal. 
Admira, aunque se explica, como un ciudadano culto abandonaba 
su hogar, la ciudad, sus comodidades, para ir k desempefiar un 
puesto de jefe politico, alia, a 120 leguas de distancia, donde 
lo que le esperaba eran sinsabores, dolores, ingratitudes y labor 
inmensa ! Y entonces se pagaban con una miserable suma de 
dinero. 

Aquella si que fu6 fuente fecunda de inspracion patriotica. 
En todos los terrenos se libro la batalla. El caudillaje agoto 



— 140 — 

todos los recursos de la astucia, y el hombre de letras toda la 
dialectica de la ley. El uno, el empuje de la fuerza indiscipli- 
nada; y el otro, el espiritu de autoridad dentro de la libertad. 
Todo trabajo alii. Nadie descanso. La prensa de la capital su- 
daba. Los demagogos de entonces deprimian la personalidad del 
representante del Poder Ejecutivo. fiste, dentro del derecho y de 
la ley, acusaba, y bajaba k la Capital de la Republica, presentdn- 
dose ante el Jurado del Pueblo k discutir sus aetos. 

Llevaba cuatro cuarruajes llenos de documentos, para su 
prueba : no tenia necesidad de letrado, salvo la intervention del 
distinguido doctor Gallinal, que le represent^ en toda la actuaci6n 
El solo se defendia: ilustraba las cuestiones con pianos y memo- 
rias: hacia desfilar ante la vista de jueces y auditorio' el estado 
triste y de desmoralizacion en que habia recibido el departamento 
y los progresos que se habian operado. Ahora habfa casa de policia, 
en Melo y Treinta y Tres: la propiedad estaba garantida: todos 
respetaban la ley : desde el caudillo abajo todos pagaban las con- 
tribuciones e* impuestos, cosa que nunca se habia hecho: el ma- 
trero, el vago, habian desaparecido : los funcionarios que vivian 
en concubinato formaban hogar, y sus hijos eran enviados k la 
Capital de la Republica para que se educaran al lado de la fa- 
milia del Jefe Politico: los que no habian conocido mas medio 
que el crimen y el robo levantaban su alma k otras regiones, y 
una atmosfera de paz, de respeto a* las familias y k los bienes 
circundaba la atm6sfera de aquella zona de la Republica ! — 
( Aplausos. ) 

Todo esto lo demostr6 ante el jurado; y el doctor don An- 
tonio de las Carreras, un espiritu honesto, pero bravo, partidario 
de las medidas extremas, cuyas pasiones aun no habian suavizado 
la edad, las penas y los dolores, no soporto la defensa. Se retiro, 
convencido de que el caudillaje de Cerro Largo habia recibido la 
lanzada de muerte que le daban la civilizaci6n y el progreso que 
habian surgido de la Universidad de la Republica. La escuela de 
la cultura y de la ley triunfaba. Ya no era el musculo el que 
dominaba, era la ciencia ; ya no era la lanza la que imponia, era 
el deber y el reposo del espiritu : ya no era la fuerza bruta la 



— 141 — 

que sobresalia en las cuchillas, sino la idea que se difundia en 
las escuelas con el ejemplo moralizador que se daban desde las 
alturas del Gobierno. Y era ese caudillaje de Cerro Largo el que 
habia que abatir, y el que se abatio. Los pueblos no pueden go- 
bernarse sino por los cerebros politicos, ilustrados, que han ateso- 
rado ciencia y experiencia en el dificil arte de dirigir una sociedad, 
y no por los caudillos recien surgidos & la vida de la guerra y de 
la destruction, que ignoran lo que vale el saber atesorado. 

No es la bota de potro la que debe imperar. No son tampoco 
los que se constituyen ante los caudillos & consul tar opiniones los 
que revelan tener una nocion clara de lo que es la mision de un 
hoinbre publico. ( Estruendosos aplausos. ) Es verdad que para ha- 
cerlo el doctor Palomeque tenia condicio nes especialisimas : era 
ciudadano — militar y militar-ciudadano. Era un fruto de aquella 
epoca en que todos los hombres conoclan la ciencia del soldado. 
Y el saber de las leyes y el conocimiento de la guerra le sirvieron 
para abatir aquella influencia prepotente. 

Y la sociedad de Cerro Largo demostr6 su respeto por aquel 
ciudadano levantando arcos triunfales, cuyos dibujos poseo, al re- 
gresar el funcionario publico al desempeilo de sus tareas ejecu- 
tivas. « Loor al honrado Admihistrador », era el lema que se des- 
tacaba en ellos. Y 61, con m&s ahinco que nunca, se dedico a 
perseguir al cuatrero, al enemigo de nuestra canipaiia. Y la cua- 
drilla que mandaba el Nico Coronel era disuelta, debido & su 
persecuci6n, lo que le valia una ardiente felicitacion del gobernante 
don Bernardo P. Berro y su Ministro de Gobierno, don Eduardo 
Acevedo. 

Es verdad que para realizar esa canipaiia tenia comisarios 
como Olivera, Galeano, Doroteo L6pez, Isabelino G6mez, Lago, 
el manco Andino, hombres de valor, y alguno de ellos de garra> 
que el habia levantado & la catgoria de seres dignos de respeto 
y consideration, despu€s de haber sido elementos de su epoca y 
fruto del medio ambiente en que se habian creado. Algunos de 
ellos, al retirarse el doctor Palomeque de Cerro Largo, recibieron 
el merecido que correspondia por haberse hecho hombres de orden, 
de ley y de respeto : murieron apunaleados en las calles de Melo ! 



— 142 — 

Y este fue el hombre, seilores, que se ha pretendido presentar 
como amigo del caudillaje ! 

La guerra sorda continuaba, sin embargo. Del terreno en que 
acababa de veneer habia que trasplantarla, Ahora se le iba & 
herir en algo mas intimo. Se iba k dudar de su lealtad de hom- 
bre politico. Iba & ponerse en duda su honradez inquebrantable. 
Ya no estaban en los Ministerios el general Diego Lamas ni el 
doctor don Eduardo Acevedo. Be hablaba de un movimiento 
revolucionario encabezado por el general Flores. Y aqui trabajo 
la intriga y la cabula. Y para acallar tanta sin razon ^que 
hace el coronel Palomeque? 

El habia organizado una fuerte Compaiiia Urbana en Cerro 
Largo. Enseilaba k esos ciudadanos no solo k manejar el fusil 
sino k leer, escribir y contar. Habia formado una hermosa banda 
de miisica. Cuando vio que el Gobierno dudaba de su lealtad, 
que se le ordenaba bajara inmediatamente a la Capital de la Re- 
publica, se presento con toda esa fuerza de linea, organizada 
bajo sus auspicios y direcci6n, colocada bajo el mando del honesto 
ciudadano don Rafael Formoso, y la ciudad de Montevideo le vio 
entrar, al son de marcha triunfal, al frente de esa fuerza, ha- 
eerla evolucionar en presencia de 8. E. el Prcsidente de la 
Repiiblica, entregarsela y retirarse a su hogar con la satisfaccion 
del deber cumplido; pero no sin dejar constancia, en la nota- 
renuncia que en ese momento presento, de que habia comprendido 
el agravio y la ofensa inferidos. 

Y esa Compaftia Urbana, formada por 61, tendria la gloria 
de romper el cerco de Paysandu, y con su jefe al frente, el hoy 
coronel Formoso, entrar a aquella ciudad historica. Asi los sol- 
dados educados en la escuela del deber, del orden y del respeto 
A la autoridad, iban a llevar a aquella ciudad un capital formado 
por el coronel Palomeque, lo que haria un contraste con la acti- 
tud que mas tarde observaria el sefior general don Leandro Go- 
mez, como se vera leyendo estas paginas. El uno daba su espiritu 
en esa falange de soldados por 61 formada y organizada, y el otro 
le arrebataria lo unico que pudo servirle al coronel Palomeque 
para defender una ciudad que, a ultima hora, se le entregaria, 
sin elementos de combate. 



— 143 — 

El general Flores consum6 su revolucion, y el coronel Palo- 
meque fue, por diversas veces, y en circunstancias dificiles, de 
ultima hora, encargado de tareas administrativas y militares. Por 
dos veces se le envio, como jefe militar, a Canelones. Aqui fue* 
sometido a" la prueba mds ruda a" que puede verse reducido un 
2>adre : engrillo a* su propio hijo y lo envio & la capital de la Re- 
publica. Y, cuando alia, el territorio nacional se vi6 invadido por 
las fuerzas imperiales, dias de duelo nunca bastante llorados, el 
coronel Palomeque era enviado al Sal to para que lo defendiera. 
Acepto la mision de sacrificio, que se le imponia. Ya no habia 
nada que hacer. Toda esperanza estaba perdida. El pun to era 
una plaza imposible de defenderse. 

Para defender sus extensas trincheras se necesitaban tres 6 
cuatro veces nids que el numero reducido que tenia, en seguida 
mermado por el hecho que paso a narrar. El general don Leandro 
Gomez se llevo la tinica gente de pelea que alii habia. El coronel 
Piriz, jefe del regimiento de caballeria, compuesto de 500 plazas* 
era del Salto. 

Se exploto, como siempre, ese maldito espiritu de trapo. Piriz 
no podia estar a las 6rdenes del salvaje unitario coronel Palome- 
que ! Y alia fue", por medio de una estratagema, 6 morir en Pay- 
sandu, noble y valientemente. La guardia nacional del Salto era 
reducida, sin recursos, y en su mayor parte adversa al gobierno. 
Al dia siguiente de la partida de Gomez para Paysandu, llev&n- 
dose aquel regimiento, el general Flores se presento en el Salto. 
Hubo que capitularse, y se capitulo. La eseena que alii se des- 
arrollo hubo de costarle la vida al doctor Palomeque. Quede aqui 
un recuerdo perenne & la noble actitud del seiior don Andres Ri- 
vas en trance tan duro. La oficialidad y parte de la soldadesca se 
salvo, y en el Uruguay, en tierra argentina, hubo alguien que la 
acompano en sus fatigas y en sus dolores. Ese fu6 su jefe. Mien- 
tras tanto, por todas partes no se oia mds que la expresion de la 
traioion del salvaje unitario Palomeque. Y de Paysandti, su jefe, asi 
se lo escribia al seiior don Atanasio C. Aguirre, lo que este re- 
chazaba indignado. En la Orden del Dia, en Paysandu, se leia 
este santo y sella : El traidor Palomeque entrego el Salto, Y cuando 



— 144 — 

el coronel Palomeque llego d Montevideo, vuelve d recojerse en 
su conciencia, y pide que se le someta d un Consejo de Guerra. 
No admiti6 funcion alguna. Y, cuando su honor estuvo vindicado, 
se le ve hasta los ultimos instantes rindiendo culto, en la guerra, 
d lo que fue" culto de su vida en la paz : el principio de autori- 
dad y su lucha contra los revolucionarios y caudillos. Ahi estaba, 
como jefe del Estado Mayor, en el Ejercito de Vanguardia co- 
mandado por don Juan Sda. Ahi estaba haciendo el piano de 
defensa correspondiente d la ciudad, que pocos conocen. Y ahi es- 
taba.. en la Bahia de Montevideo, como capitdn del Puerto, cuando 
la hecatombe se produjo en la triste noche del 20 de febrero 
de 1865 ! Aprovecho esta ocasi6n para recordar que en la Capi- 
tania del Puerto falta su retrato. Todos estdn, menos el, y por 
eso brilla en su ausencia. En cambio estd en la Universidad, re- 
cordando lo que fue\ 

Asi, en nombre de la lealtad jurada habia servido al Gobierno 
constitucional y constituido. No miraba trapos. Nunca uso sino 
kepi y la escarapela nacional. Otro tanto hizo Diego Lamas en 
la revolution popular de 1897 ! 6ste, en su kepi, no llevaba di- 
visa, sino el simbolo del soldado : la escarapela de la patria. — 
( Estruendosos aplausos ). 

Los hombres tienen sus creptisculos y sus glorias; crecen, 
viven y se desarrollan. para luego entregar d la madre Naturaleza 
aquello que de ella recibieron. Lo unico que les pide la historia 
es que en medio & sus triunfos la soberbia no los envanezca, y 
que en medio d sus derrotas el cardcter no se doblegue. 

Entra la epoca del destierro, del ostracismo; y alii vive traba- 
jando, sin humillarse. Los que lo habian conocido en la grandeza, 
al verlo en mangas de camisa, en la ciudad de Buenos Aires, 
trabajando como peon de barraca, cargando leiia y carbon, cosiendo 
bolsas, llevdndolas el mismo al carro para trasportarlas hasta las 
estaciones de los Ferro Carriles ; los que asi le ven en esa situa- 
cion, las ldgrimas les vienen d los ojos; y ocurre, alguno de ellos, 
d los bancos, para dejarle, en secreto, giros en bianco, d fin de 
que haga uso de la fortuna ajena, generosa y noblemente ofrecida, 
que no acepta, natural mente. 



— 145 — 

Conste en este acto publico que hombres como el sefior Garcia, 
de esa familia de Rivera, de ese comerciante de la calle Rincon, 
llegaba k Buenos Aires, miraba k aquel viejo amigo, y, sin que 61 
lo supiera, le dejaba una orden escrita, para que se le entregara 
veinte mil pesos oro, en descubierto, cuando lo necesitara. 

Consten esas nobles acciones. 

Conste que, cuando llego k una estancia del departamento de 
Cerro Largo, en 1872, acompafiado de su hjio, al caer un durazno 
del arbol, e* ir k tomarlo, le decia un joven dependiente de la 
casa : « Usted no puede tocar esa fruta, porque es para el dueno 
« de la casa en Montevideo, y sol amen te para otra persona que 
« alguna vez llegara k estos parajes. » 

— Y i qui&i es esa persona? — pregunto el doctor Palomeque. 

— Esa persona — contesto — es el doctor don Jos6 Gabriel 
Palomeque. 

— Pues traiga usted el durazno. — Yo ten go el derecho de 
tomarlo. Soy el doctor Palomeque. — ( Aplausos. ) 

Yo no quiero relatar aqui las escenas electorales ni menos 
aquellas en que castigaba k un comisario y soldados por usar 
golillas y a hombres del pueblo porque tenian bota de potro. Ya 
llegara el momento de relatar esas escenas edificantes de la lucha 
de la civilizacion con la barbaric 

Asi rue* dejando los regueros de gratitud, los pedazos de su 
alma, los servicios numerosos prestados k su partido, k su causa 
y a su patria, para entregar despues lo que era de esta ultima: 
sus fuerzas, su sangre y su vida, en la paz de Abril del 72. 

Y bien, eso que 61 di6 es lo que la patria exige en estos 
momentos solemnes por que atravesamos. 

No escucheis, juventud presente, la voz de ningun caudillo, 
sino la de la razon, la de la idea, la del patriotismo, la del politico 
que atesora ciencia y experiencia, y dicen : « Venga el acuerdo, 
dejemos k los caudillos con sus lanzas y levantemos en 
alto .... » — ( Grandes y prolongados aplausos ). 

Y ahora, seilores, voy k terminar. No s& si/va a haber una 
tercera conferencia. La tercera puede ser que sea la vencida, pero 
ya veis vosotros que lo que es garganta no me falta. — (Risas). 
Eso dependera, pues, del gusto del consumidor. 

10 



— 146 — 

Varias voces, — Con tanto gusto. 

Senor doctor Palomeque. — Muchas gracias. 
Ahora, seilores, voy & terminar leyendo esta frase de un escri- 
tor ingles: 

« Dejad que una Nacion olvide sistem&ticamente a sus hombres 
« de caracter m&s elevado ; dejad que olvide & aquello3 de quienes 
« debiera estar orgullosa por ser los representantes de su espfritu 
« y de sus tendencias civilizadoras ; dejad que la comunidad recom- 
« pense £ los chidadanos m&s incorruptibles con la ingratitud y el 
« desprecio, demostrando al mismo tiempo una preferencia indigna 
« por los aduladores serviles ( aplausos ) ; dejad que se adopte la 
« politica de desdeiiar & los hombres a quienes la opinion se 
« muestra agradecida; dejad que una republica recompense el 
« patriotismo y la lealtad, la virtud civica, la justicia recta y se- 
« vera, con la desconfianza 6 la indiferencia glacial ; y pronto 
« desaparecera la dignidad, la moralidad y la honradez de espiritu, 
« sumergtendose la sociedad en el m&s sordido y corruptor egoismo, 
« vicio que conduce infaliblemente k la disolucion de las naciona- 
« lidades. » 

Esto dice un escritor; y ahora que me habeis oido, tened pre- 
sente la cuestion que voy a plantearos para que vosotros la 
resolvais. 

Y ^donde esta la figuracion militar del coronel Jose* Gabriel 
Palomeque ? 

Me parece que todos me lo preguntan. De todo habeis ha- 
blado, pero, i donde se destaca el militar ? 

Seilores ; un poeta espanol decia — el desgraciado Becquer — 
( lo dire" en prosa porque no lo recuerdo en verso : traducire el 
pensamiento ) : « Que cudntos hay que pasan ignorados, porque 
« la ocasion, el minuto, el segundo en que debieran desarrollar 
« sus fuerzas no se ha presentado. » 

Dadme un territorio inmenso ; dadme una guerra nacional ; 
dadme una nacionalidad fortificada y amasada en el trabajo y 
en el sudor constantes; dadme paises con industrias y con ma"- 
quinas ; dadme tel%rafos, tele*fonos, electricidad, lucha civica, 
pueblo grande, en una palabra ; colocad en 61 una personalidad 



— 147 — 

que pueda desarrollar las facultades con que la Naturaleza le 
ha dotado, — y entonces yo os trazare* la personalidad del coronel 
Palomeque, como capaz de haber sido un 8an Martin 6 haber 
sido un Napole6n, si la ocasi6n se hubiera presentado. — 
{Aplausos. Muy bien.) Los hombres son hijos del campo en 
que actuan. Si no actu6 cruzando los Andes 6 atravesando los 
Pirineos, actuo calmando pasiones, fortificando el caracter en 
luchas dignificadoras, dando pruebas intachables de honradez, de 
respeto a la autoridad y de austeridad civica, para que sepa la 
juventud por que* se nace, por que* se vive y por que* se muere 
por la Patria ! 
He dicho. 
( ; Muy bien ! ; Bravos ! — Prolongados ajilausos. Los cindadanos 
subcn al iablado a felicUar al orador. ) ( 38 ) 



(32) 



Empez6 a las 8 1/2 p. m. y termin6 a las 11 1/4 p. m. 



it 



OPINIONES DE "EL BIEN" 



It 



Y DE "LA TRIBUNA POPULAR" 



JANSENLSMOS POLfTICOS 



( EL BIEN ) ( 33 > 

» 

Muy interesante nos ha parecido la actitud del doctor Palo- 
meque con motivo de la severidad con que su partido politico 
ha estado a punto de tratarlo, separandolo de su seno por haber 
discrepado de opiniones con sus correligionarios en su caracter de 
representante del pueblo. 

No terciaremos en el debate entablado entre el partido na- 
cional, 6 gran parte de 61, y el diputado' doctor Palomeque ; pero 
hay en la actitud de 6ste, al defender en6rgicamente su criterio y 
procederes, algo que, siendo ajeno & la cuesti6n que ha dado mar- 
gen a la disidencia, interesa mucho a>la politica general del pals. 

Yo soy una libertad. decia el P. Lacordaire en la c&tedra de 
Notre Dame. En la vida publica, el hombre, el pensamiento in- 
dividual, no deben ser completamente absorbidos por el pensa- 
miento colectivo. Bien est& que exista la mayor disciplina en el 
seno de los partidos ; pero disciplina no quiere decir aniquila- 
miento absolute de los hombres. 

Es verdad que ese principio entraiia el peligro de las disper- 
siones de fuerzas que acarrean debilidad ; pero si examinamos 
con juicio y reposo los fen6menos politicos de nuestro pais, nos 
convenceremos de que, acaso mas que ese peligro de dispersion 
y de independencia individual, existe entre nosotros el peligro de 

(33) V£ase pftgina 11. 



— 152 — 

la rapida formacion de criterios colectivos demasiado radicales 6 
intransigentes que en un momenta dado se generalizan de tal 
modo, que se transforman en una fuerza de opini6n m&s tir&nica 
que la de un hombre prepotente, y aplastan y hacen imposible 
toda opinion independiente por mds honrada que sea. Llueven 
entonces, excomuniones, sin apelacion, caen por tierra las reputa- 
ciones, quedan hundidos durante algun tiempo los hombres con 
un estigma en la frente, mientras otros, que no son mejores ni 
acaso tan buenos, quedan en pie por haberse incorporado a" la 
avalancha que rueda impetuosa y ciega, se forman rencores impla- 
cables en el espiritu de los obligados a callar y sufrir mientras 
esperan su hora, y se aleja asi mds y mas, el advenimiento de 
la libertad basada en el respeto mutuo. 

I Necesitaremos citar casos practicos ? 

La serie de ellos casi no interrumpida constituye la historia 
politica de nuestro pais. 

Hemos visto oposiciones llenas de prestigio que conseguian 
uniformar la casi totalidad de la opinion publiea en un senti- 
miento de rechazo incondicional contra una situacion excomulgada 
y contra todos sus hombres sin excepcion; y de repente hemos 
presenciado el vuelco mas radical que hubiera podido imaginarse : 
la misma unanimidad que el dfa antes existia en contra, aparecia 
el dia despuSs & favor de la situacion excomulgada, considerada 
repentinamente como base segura de la felicidad. 

I No hubiera sido mejor, para llegar a* ese resultado, haber 
extremado menos las condenaciones, haber deprimido menos & 
muchos hombres, haber. sido menos severos y menos dogin&ticos 
en juzgar sus procederes, sus intenciones, sus propositus ? Nos 
parece que si : el vuelco hubiera sido menos disparatado ; la 
evolucion natural seria mas facfl, mas razonable y mds segura en 
sus resultados. 

En esos casos de avalancha de la opinion, nadie se atreve 
& ponerse frente k la corriente impetuosa, seguro de ser envuelto 
y arrastrado por ella. , 

Y sin embargo, mejores que esos vuelcos repentinos son las 
evoluciones lentas, la aceptacion hasta donde es moralmente po- 
sible de lo existente para proceder d su mejora paulatina. 



— 153 — 

Por eso no puede menos de ser digna de atencion y de simpa- 
tia la actitud de un hombre honrado que, en los casos 6 que 
nos referimos, se levanta, como Lacordaire en la c&tedra de Notre 
Dame, para detener el torrente diciendo : Yo tambien soy una 
libertad. 

Algo de eso vemos en el caso del doctor Palomeque, No sa- 
bemos si tiene 6 no raz6n ; no es nuestra intenci6n, cuando me- 
nos, el pronunciarnos al respecto; solo sabemos que tiene derecho 
a hacer oir sus razones, & hacer respetar sus intenciones, y que 
bien puede tener razon un hombre contra un mill6n de hombres. 

Sentimos tambten que es necesario reaccionar contra esos pen- 
samientos politicos que, de tiempo en tiempo, se constituyen na- 
turalmente entre nosotros en iglesias demasiado dogmdticas, ante 
las cuales los hombres pierden f&cilmente toda iniciativa propia, 
viendose obligados d retirarse, privando al pais de un concurs o pre- 
cioso, 6 d someterse & una excomuni6n dolorosa y muchas veces 
inmerecida. 

El diputado Palomeque no ha querido optar entre ninguno de 
esos dos extremos : ha encontrado un tercer tennino : resistirse, de- 
fenderse, alzar su voz sobre las voces de muchos, y hacerse oir, 
quieras que no, del tribunal supremo : la opini6n publica serena. 

Ha hecho bien, y el pais le debe un buen ejemplo. 

Su partido nada puede perder con ello; antes, por el contrario, 
probara" de esa manera que su organizaci6n y su influencia no son 
tan frdgiles que no puedan resistir a la discrepancia de opinion 
de uno de sus miembros caracterizados, y que todos los hombres 
que en su seno deliberan lo hacen con plena independencia y sin 
renunciar a su criterio propio para juzgar de los acontecimientos 
y de los hombres. 

Podrd discutirse sobre si la actitud del doctor Palomeque es 6 
no conveniente & su partido politico; pero no puede negarse que 
ese ciudadano ha probado su sinceridad, el temple de su caracter 
y la posibilidad de romper esa especie de encanto que suele for- 
marse de vez en cuando en nuestro pais, y que aniquila las ini- 
ciativas individuales, muchas veces bene'ficas y necesarias, para dar 
libre 6 irresistible influencia en la cosa publica a un criterio colec- 
tivo, algunas veces apasionado y no pocas tumultuario 6 irreflexivo. 



— 154 — 



EL CASO PALOMEQUE 



( LA TRIBUNA POPULAR ) 

< 34 ) Parece que est&n ya bastante precisados los caracteres y 
tendencias del movimiento que en las filas nacionalistas provoco la 
actitud del diputado doctor Palomeque en el debate sobre reforma 
de la ley electoral, para que sea dable emitir sobre ese movimiento 
una opinion que creemos necesaria ; porque aunque le hay an ser- 
vido y sirvan de guia en su desarrollo ideas particulares fundadas 
en criterio esencialmente partidista, e* invoque reglas de conducta 
establecidas como ley interna del partido a que pertenece aquel 
diputado, lo cierto es que por relacionarse directamente la accion 
de los partidos con el desenvolvimiento de la vida politica general 
del pais, y por haberse emitido para reprochar la actitud del doctor 
Palomeque teorias que afectan nuestro regimen constitucional, el 

(3-0 Sr. Director de La Tribuna Popular, 

Presente. 

Distinguido senor : 

He leido con verdadera emoci6n, el hermoso, mas que hermoso, hi- 
dalgo, noble y levantado articulo que Vd. ha creido de su deber dedicar 
al estudio de la cuestion parlamentaria en que me encuentro comprome- 
tido por una ligereza 6 apasionamiento de mis correligionarios intran- 
sigentes. 

La luz va haciendose. La raz6n va recuperando su imperio. Las pa- 
siones que se caiman y los hechos bieu estudiados, demuestran que yo no 
habia cometido ninguna falta. Su articulo lleva al seno del pueblo la 
sana doctrina. Llena usted una inision de paz y de periodista honesto, 
tanto mas digna de hacerse resaltar cuanto que emana de un diario 
que no puede decirse tuviera por mi ninguna afeccidn personal. 

Gracias mil, distinguido senor, y crea usted que agradezco profunda- 
mente la prueba de alto altruismo de que ha hecho gala, en este caso> 
para con este su humilde servidor y afmo. 

Alberto Palomeque. 
S/o. Misiones 202. — Abrii 9 de 1901. 



— 155 — 

caso en cuestion cae bajo la jurisdicei6n de la critica imparcial y 
autoriza y obliga el comentario de la prensa sin partido. 

En este orden de ideas, digamos ante todo que para los que 
anteponen el progreso de las ideas politicas en el pais 4 los inte- 
reses particulares de partido, considerando las agrupaciones civicas, 
solo como elementos concurrentes & aquel fin, la actitud del partido 
nacional tiene especiales caracteres de gravedad, pues que ello 
manifiesta claramente la tendencia & superponer aqueilos intereses 
de bando a los permanentes intereses de la colectividad social, 
representados hoy por el establecimiento de duradera paz. 

El proceder del doctor Palomeque, ante la critica imparcial, 
ha sido, en efecto, levantado y patriotico ; ha querido ser represen- 
tante de la nacion y responsable de lo que en su porvenir pueda 
influir en el desarrollo de los acontecimientos susceptibles de 
prevision, antes que representante de su partido y celoso factor 
de su triunfo & toda costa y en cualquier momento. 

Importa esto un acto de valor civico y una prueba de ele- 
vacion de criterio que el pais debe agradecerle, ya que no son 
muchos los ciudadanos que se deciden a arrostrar la impopula- 
ridad por tales causas, siendo tan necesario que los haya. 

El doctor Palomeque ha tenido el valor de decir una verdad 
que puede herir profundamente a sus correligionarios, opontendose 
con viril entereza & que esa verdad se traduzca en hechos que 
pueden causar indudables perjuicios al pais. 

Ha dicho que el espiritu jacobino prima en su partido y ha 
comprendido que el triunfo de las tendencias de ese espiritu qui- 
taria a la agrupaci6n que la abriga las condiciones que nuestro 
estado politico debe reclamar de un partido de gobierno. 

Esto es verdad; y el haberlo dicho y el haber procedido en 
consecuencia, importa, desde luego, un triunfo de la prudencia y 
del sentimiento de la realidad. 

Entre tanto, eso se ha ganado, porque no bastan para negar 
eficacia a la acci6n del diputado nacionalista los reproches de 
infidelidad al mandato que sus electores formulan, diciendo « que 
lo eligieron en la confianza de que no solamente defenderia los 
supremos intereses del pais, sino tambien aqueilos que se relacio- 



— 156 — 

nen con el Partido que representa, sin abusar de la libertad de 
action y de criterio, que indudablemente debe poseer, sino que 
necesariamente, ) r a que ha s:do honrado con la confianza de sus 
<;orreligionarios, debe escuchar el modo en que ellos piensan, ins- 
pir&ndose en sus aspiraciones, para ponerlas de manifiesto en la 
C&mara, como heraldo de sus representados. » 

Si; el diputado debe interpretar en la C&mara las aspiraciones 
£ intereses de su partido, pero en cuanto los crea legitimos y 
compatibles con los intereses nacionales, segun su libre criterio ; 
no & ciegas y por el solo hecho de proclamarlos el partido que 
lo eligio. 

Conviene establecer esta doctrina, porque el silencio ante la 
contraria autorizaria su action disolvente contra las que nuestra 
ley fundamental impuso para que rijan la marcha de nuestra so- 
ciedad politica. 



CONFERENCIAS 
SOBRE LA POLITICA DEL ACUERDO 

EN MERCEDES, SAN JOSE, SALTO Y MONTEVIDEO. 



Sefiores : ( 35 ) 

Ante todo un saludo a esta distinguida sociedad en nombre 
de la Coinisi6n National del Acuerdo Electoral, que me ha 
honrado para que le traiga su palabra inspirada, £ mi, d6bil y 
estemiado soldado de las lides de la democracia. 

Va & suceder & ustedes lo que acontece con la fama de las 
mujeres bellas. S6 ^que aqui, la ciudad de los verjeles, me su- 
ponen un hombre de palabra elocuente. No lo crean. Se los 
pido por favor. Yo no tengo, y & la prueba me voy k someter, 
condiciones de esa indole. Lo que hago es hablar, pero con sin- 
ceridad y abertura de alma. Y si esto es un orador, entonces 
lo soy. Hablemos, pues, con franqueza y verdad. 

La agitation producida en el pais es espont&nea. Los que hasta 
ayer eran adversarios del Acuerdo, hoy lo predican. Es que la 
fuerza de expansion es enorme. Es un polipo, cuyos tentaculos 
han estrechado contra su seno el porvenir de la patria sin que se 
lo deje arrebatar. Lo sol tar a cuando el pensamiento se haga carne 
y fecundice. Mientras tanto, hay que predicar con la fe del 
apostol. Las causas no estaii ganadas sino cuando el hecho elo- 
cuente se produce y rompe los ojos, como vulgarmente se dice. 
Un descuido puede ser fatal. Por eso no debe bastarnos la con- 
ciencia de nuestra fuerza. Es necesario mantenerla viva hasta el 
ultimo instante. No por ser honrado ha de cuidarse menos el ho- 
nor. Lo mismo, no por estar triunfantes ha de velarse menos 
aobre el campo de la victoria. Los centinelas deben estar ahi, 
siempre, dando la voz de alerta. No de otra manera se concibe 
la vida, que es pura milicia. 

(35) Conferencia dada en Soriano el 18 de julio de 1901. 



— 160 — 

Hay que predicar de todas maneras. El joven Churchil, que 
acaba de ingresar al parlamento ingles, nos da el alto ejemplo de 
como ha de bregar el ciudadano en prosecusi6n de sus ideales. 
El predico su opini6n sentado en un automovil, desde el lomo del 
caballo, asido a las rejas de una ventana, apoyado sobre su bici- 
cleta, de pie sobre una mesa ; 6 bien, echado sobre un saco de 
carbon, & mil metros bajo tierra, en las minas. Y asi debe hacer 
el hombre que tiene una mision que llenar en la tierra. Servir 
su doctrina desde el fondo de las minas para que junto con el 
brillo y la riqueza del diamante y el calor del carbon, brote 
limpido el pensamiento humano, fulgurante, rodeado por los des- 
tellos de la piedra preciosa y el fuego de la materia ignea. 

Mucho se ha escrito sobre el acuerdo. Pueden formarse libros. 
Pero, aun, como en el amor, no esta" dicha la ultima palabra, ni 
muerto quien la dird. Es un tenia fecundo que puede abordarse 
en cualquier momento. Siempre es nuevo. No hay temor de que 
en la lucha mueran 6 sean heridos muchos de sus batalladores. La 
experiencia ensena que aun con los perfeccionamientos modernos 
de la guerra es menor el numero de los soldados inutilizados en 
la brega militar. Es que hoy se pelea en guerrilla abierta. El pe- 
loton es pequeiio. No todos saben tirar, y mucha polvora y bala 
van al aire. Las gastan, como se diria vulgarmente, en chimango* 

Otro tanto sucede en estas batallas del pensamiento, que son 
las fecundas y las buenas para los pueblos, y muy especialmente 
para las madres de familia, que si bien crian hijos para la patria 
no los crian para las guerras fratricidas, aunque los amamanten 
para las contiendas civicas en que la inteligencia y la razon do- 
minan. En estas contiendas de la diabetica del pensamiento ya no- 
se ejereita solamente en el orden cerrado. La batalla se libra en 
abierto, a veces en forma de abanico, para plegarlo y cerrarla 
orden cuando el momento llegue, y asi concluir con el poder del 
adversario. La batalla que & estas horas estd librando la Republica 
es en orden abierto. Do quiera se extienda la vista, alia' se ven 
hermanos combatiendo, separados los unos de los otros, pero for- 
mando pequerios grupos, los que, unidos en un momento determi- 
nado, constituirian una columna inmensa, fuerte, entusiasta, que 
encarnaria en ella el alma gigante de la patria. 



— 161 — 

Si se plegaran, en este dia historico, sefialandose como punto 
de arribo, la animosa Playa de la Agraciada, al recorrerse el campo 
de la Reptiblica, todo se habrian llevado por delante, incorporan- 
dolos A su seno, si se quiere, hasta los prejuicios de algunos. No 
habrian dejado tras de si sino el perfume de nuestras margaritas 
silvestres, zahumando el ambiente, desde el Cuareim al Plata. 
Un Pueblo, postrado de rodillas, en aquella Agraciada home'rica, 
gritaria entusiasmado, al alma de los Treinta y Tres: aquf estamos 
unidos, en nombre del Acuerdo, de los altos intereses del pais, en 
la paz, como vosotros lo estuvisteis, en nombre de los mismos, 
para luchar por la Independencia nativa. 

Nada se opone 6 que dos litigantes trancen sus cuestiones, aim 
cuando exista el juez creado por la ley. A nadie agravia la tran- 
sacci6n, como tampoco el que se someta a* arbitros, no obstante 
estar ahi la autoridad llamada £ fallar las cuestiones. Y esto, 
porque nada hay superior & la libertad de enagenar cada uno sus 
derechos. fil es el mejor y supremo juez de sus necesidades, 
siempre que no hiera la moral ni el orden publico. Para este caso 
la ley le dice : no puede transigir. Pero, cuando el pueblo sobe- 
rano, de quien emanan todos los poderes publicos, que tiene en 
si la soberania en accion, respetando la ley que se ha dado por 
intermedio de sus representantes en el Parlamento, dice : unainonos 
para manifestar nuestra voluntad en el acto de elegir nuestras 
autoridades, i en que* se hiere la moral ni la Constituci6n ? <; donde 
estd el precepto constitucional diciendo al pueblo que no puede 
expresar su voluntad sino en fracciones por separado? ^ aca so 
deja de ser la voluntad del pueblo la que se manifiesta por una 
sola via? ^es acaso forzoso que haya vencidos y vencedores para 
que el sufragio no se desnaturalice ? Una manzana no deja de 
ser manzana porque se la parta en dos, ni mucho menos deja 
de ser tal conservandola entera. Por el contrario, en este ultimo 
caso conserva su perfume, desde que no ha venido un hecho extraiio 
& arrebatarle lo que la natura le ha dado. Y asi es el pueblp. 
Dividido en partidos politicos, en fracciones, llena su mision de 
control y de progreso. Nadie lo duda. Pero, si en un momento 
dado, puede conservar su fuerza de unidad y cohesi6n, para Uenar 

11 



— 162 — 

un gran prop6sito nacional, su perfume patri6tico se conserva mas 
en esencia, porque no lo ha desvirtuado, no lo ha desnaturalizado 
en la lucha siempre apasionada de los hombres. Esa ofrenda unida 
es mas grata al alma de la Patria. Puede oficiarse ante un sola 
altar. La plegaria es la misma, aunque los templos sean diversos. 
Pues hacerla en uno solo, sin perder por eso su poder y su cohe- 
si6n las fuerzas militantes, no importa herir sentimientos dignos 
de respeto, ni abdicar creencia, ni desnaturalizar la misi6n de los 
ciudadanos en los pueblos democr&ticos. 

Es la union de voluntades, de comtin acuerdo, en la que s61o 
ha influido la aspiration de los elementos dirigentes de las colec- 
tividades, sin permitir la intromision de la autoridad, que unicamente 
tiene una misi6n: la de garantir el ejercicio del derecho popular. 
Sorprende pues, que haya habido ciudadano que seriamente 
dijera que el Acuerdo era inconstitucional 6 inmoral. La Consti- 
tution no lo prohibe, ni se mete en esas cosas, reservadas k la 
accion de los partidos politicos. Estos son muy dueiios de hacer 
los arreglos que interesen k su causa. En esto no hay inmora- 
lidad, pues, como decia, sin que yo lo apruebe, el lord ingle's, ya 
moribundo, al despedirse de su hijo, que debia ocupar su asiento 
en el Parlamento : « ten presente que he votado muchas cosas 
« contra mi conciencia, pero ninguna contra mi partido ; » los par- 
tidos tienen el derecho de tranzar, de celebrar acuerdos, en prose- 
cusion de sus ideales y de sus prop6sitos finales. Y k nadie 
interesa m&s que k los orientales, en el instante porque atraviesa 
el pais, hacer acuerdos politicos. Asi obedecen k la ley de la 
naturaleza y de la armonia. Todo es acuerdo en la vida. Todoa 
buscan la lev de la armonia, dentro de la relatividad de las cosas. 
Y cuando esa variedad armoniza, es que la sociedad ha realizado 
un desideratum, aunque los hombres vivan separados y oficien 
ante otro altar. Es la armonia del pensamiento la que los une, 

sin que nada desvirtfie su accion. El mSrito es el mismo. El acto 

* 

no pierde su caracter moral, porque yo marche unido, cuando he 
podido marchar por separado. En ese caso se confunden las dos 
fuerzas y mayor entonces es la resultante que de ellas deriva para 
el bienestar social. 



— 163 — 

Aun cuando no sea exacta la doctrina de Rousseau sobre el 
eontrato social que celebro el hoinbre al fundar la primera socie- 
dad humana, mucho hay de verdad, como resultado posterior, en 
lo que prcconiz6 el atleta de los Enciclopedistas, precursores de 
la Revolucion Francesa. Si la sociedad no se ha fundado sobre 
un acuerdo expreso, se ha asentado sobre un contrato tacito, 
como resultado de los hechos producidos por si mismos, como 
obedeciendo £ esas leyes de la dinamica social, que las tiene, cual 
todo acto de la naturaleza humana. 

El acto in&s imponente, m£s trascendental en la vida, el que 
puede decirse sirve de base y fundamento & la sociedad moderna, 
«1 matrimonio, de donde deriva la familia y de ella el Estado, 
es el fruto del acuerdo de las voluntades. La organization de 
los partidos politicos no e& sino el acuerdo de los pensamientos 
<le muchos hombres. Todo es acuerdo. Y i por qu6 le estaria 
prohibido £ un partido politico acordar con el otro, es decir, 
hacer aquello mismo & que debe su existencia ? Si 61 ha acor- 
dado para formar su agrupaci6n, i por qu6 le estaria prohibido 
hacerlo, si cree conveniente, en un momento dado, aunar sus es- 
f uerzos para por ese medio salvar ilesos sus principios ? 

Y esta politica es mucho m&s pr&ctica en nuestra actuali- 
<lad. Los partidos se han dado cartas organicas. Por ellas se 
ha restringido, en parte, k nombre de a disciplina, la volun- 
tad de sus coasociados, a fin de tener cohesi6n en la masa y 
llegar cuanto antes al poder, tinico fin que aparentemente persi^ 
guen. Yo no s6 si estas organizaciones asi ferreas son buenas 
para la causa de la democracia. La experiencia de lo que he 
visto hasta hoy, en nuestro pais, no me parece muy saludable. 
Pero, en fin, sea como sea, una vez ..^jae los partidos tienen 
cabezas dirigentes, el acuerdo es mas facil y sencillo, porque las 
colectividades entonces no piensan sino por sus cabezas dirigentes: 
lo que estas hagan est£ bien hecho. No es el partido politico el 
que ejerce su acci6n inmediata; es el elemcnto dirigente, dueno 
absoluto de su independencia de criterio, sin otra cortapisa que la 
que mailana pueda hacerle sentir su partido no reeligiSndolo si no 
lleno las aspiraciones de la masa que por ahi culebrea, sin saber 



— 164 — 

muchas veces que no es el sentimiento radical el que debe primar 
en la solution de las cuestiones fundamentals de la sociedad. De 
manera que la cuestion es mucho mas facil y sencilla para los 
partidos asi organizados, porque esas cuestiones de intereses pue- 
den dilucidarse en petit comite de acuerdo con lo que la buena 
raz6n y el sentido comun aconsejan. 

En este asunto tienen derecho & intervenir todos los habitan- 
tes de la Republica. Interesa a la mujer como al joven, al natio- 
nal como al extranjero, al anciano como al adulto. £ interesa k 
todos, porque en el fondo se discuten I03 intereses permanentes de 
la Nation. Nadie puede negar su concurso. Es necesario que las 
cabezas dirigentes sepan lo que el pais quiere y siente. En este 
sentido, este movimiento de opinion no serd estenl. El sol del 
18 de Julio de 1830 calentara todos los espiritus. Y en esta 
gran fecha diraii a" la f az de la Republica : queremos acuerdo, por- 
que asi se acercaran los corazones orientales, mucho m£s que la 
que podian hacerlo por otro procedimiento. Lo que se busca es 
que la familia uruguaya cese, una vez por todas, en esos escdnda- 
los dados al pais durante los 71 aflos de existencia que sobrelle- 
vamos. A la mala, para que reactione y venga al camino del 
bien; y & la buena, para que demuestre en la lucha que s61o 
ansia la fraternidad, la union de los orientales. Y esta es la 
opini6n nacional. Nadie lo duda en la actualidad. 

El sufragio no es sino la emisi6n del voto en las urnas electo- 
rales. La forma de emitir ese voto no es nada que afecte el 
fondo de la cuestion. El hecho es que el ciudadano vota. Lo 
que no hace es someter & un escrutinio futuro lo que por su deli- 
berada voluntad estd ahi de manifiesto. No hace mas que asegu- 
rar, desde luego, su voto, en una palabra, su triunfo. Y esto no 
hiere ni afecta la libertad del sufragio. Lo que ensena es que 
los orientales han llegado £ un punto en que pueden entenderse 
alrededor de las urnas, sin exponerse a" las escenas sangrientas a 
fraudulentas de otra epoca. Ellos evitan pot si mismos esos dis- 
turbios. Son jueces de sus propios actos. Nadie viene a* im- 
ponerles su voluntad. Ellos mismos hacen su escrutinio, lo que 
no priva que cada uno marche al comicio, por su lado, con sus, 



— 165 — 

estandartes y simbolos, sus hombres y sus ideas, sus listas y sus 
candidates, ya combinados, para confundirse en las urnas, abra- 
zarse como hermanos, y decir: esta es la voluntad Uberrima del 
verdadero pueblo uruguayo. No enerva el sentimiento de nacio- 
nalidad. Por el contrario, lo fortifica, porque solo los pueblos 
desunidos son los que despiertan las ansias y los apetitos de los 
vecinos extranjeros. Las divisiones internas, cuando no tienen 
razon de ser, cuando solo sirven para satisfacer ambiciones perso- 
nales, cuando no tienen una base fundamental, son, si, las que 
enervan, el esplritu publico. 

Este se levanta, ennoblece y fortifica cuando el pueblo unido, 
sin coaccion de ninguna clase, estudia su problema, con toda- 
libertad, y dice : esto me conviene, esto es lo que resuelyo en 
uso de mi indiscutible derecho de opinar. Y esto hecho asi, de- 
mostrar£ & los pueblos que nos contemplan que aqui hay una na- 
cionalidad vivaz, fuerte, conocedora de sus derechos y de sus con- 
veniencias, que encontraria unida, en la guerra, para defender la 
integridad de su territorio; desde que en la paz ha dado el alto 
ejemplo de entenderse en sus asuntos domSsticos, ya que ningtin 
principio mon&rquico 6 de aristocracia la divide y la separa. Y en- 
tonces el pueblo asi unido no volverd k presentar el triste espec- 
t&culo de una naci6n anarquizada, que vendria k su propia tierra 
a hollar la semilla nativa, independiente, que nos legaron nuestros 
padres, & la sombra del estandarte que nos vio en Guayabos, 
en Ituzaing6, en India Muerta ( la doble), y en Sarandi, verter 
nuestra sangre generosa, para confundirla con el enemigo comun 
en dias y horas aciagos para la patria ! Y esa es la obra de la 
madre uruguaya. Toca d'ella la noble tarea de intervenir para 
fortificar el espiritu de amor y de concordia desde la pura cuna 
del nino hasta el momento en que el niiio hecho hombre entra 
al desarrollo y ejercicio de su deber de ciudadano. En lo intimo, 
en lo domestico, el acuerdo y la concordia para vencernos sobre 
nosotros mismos, sobre nuestras pasiones violentas y fuertes ; en 
lo externo, en lo internacional, el respeto y la consideracion & 
los» derechos extrafios y la fuerza para luchar cuando se ataquen 
los nuestros. Esto es lo que reclama el pais & las madres uru- 



— 166 — 

guayas. Sfjdecid & vuestros hijos: araaos entre vosotros, acor- 
dad eternamente, siempre que la autoridad no os lo imponga; pero 
luchad y morid si la hueste extranjera huella nuestro suelo con 
la planta impura. Y para poder realizar este ultimo necesitamos 
una patria unida; s61o asi serd fuerte y poderosa. 

Eduquemosnos en el amor de la verdad. Recordemos el noble 
ejemplo dado por los boers. Ellos han vivido unidos. Por 
eso han podido sobrellevar la heroica hazaiia que la humanidad 
contempla admirada. Fu6 el espfritu de uni6n el que los preparo 
para la gran Jornada. Unamosnos para ser grandes ; divididos 
seremos pequenos. Este es el movimiento ma's fecundo el que se 
est& operando en nuestra patria. ^El encarna el ansia de la mujer, 
que dice: basta de crear hijos para enviarlos al matadero; no es 
nuestra mision arrancarnos de las entrafias la m&s grande parte 
de nuestra vitalidad para convertirnos luego en la hermana de ca- 
ridad que cura heridas del cuerpo humano : no : es ma's grande y 
noble nuestra tarea : tenemos la primera y muy especial de curar 
las heridas del alma : la de cicatrizar el coraz6n de nuestros 
hijos : la de ensefiarles el camino de la verdad, de la prudencia, 
del amor, de la conciliacion, como base y fundamento del altisimo 
poder paterno llamado & ejercitarse en dia no lejano y del cual ha 
de dar prueba de poseerlo el nirio hecho hombre para llegar £ la 
cumbre del gobierno politico. No : basta de derramar sangre, de 
levantar la bandera radical del odio y de la intransigencia ; las 
madres uruguayas no son nidos de serpientes que muerden el pro- 
pio seno que les da vida: son como aquellas aves & quienes la 
leyenda las representa dando vida con su vida : son nidos de 
condores para ensenar & elevar bien alto el vuelo del pensamiento 
y del patriotismo k sus hijos bien amados. 

El Acuerdo es la union del pueblo entero con la imagen de 
la Patria. Es la celebraci6n de las primeras nupcias de la ju- 
ventud radiante, llena de fuerza y de vigor, que va d, darle lo 
m&s noble de su esplritu y lo mas hermoso de su organismo ; la 
virgin idad de su ser moral y fisico. Ahf quedara" sellado y mar- 
cado para siempre el indiscutible derecho del primer poseedor. El 
primer amor nunca se olvida. Deja sus senales permanentes en 



— 167 — 

el alma. Vendrd un nuevo connubio, nuevas aspiraciones a agitar 
el fecundo seno 6 el calenturiento cerebro, pero ahi flotara, como 
entre finisimos 6 invisibles tules, la primera vision que nos hizo 
saber que e'ramos mujer \i hombre; mirando, sonrientes, al porvenir, 
con la vista melancolica y el brazo extendido sefialando al Cielo, 
el centro comun de todos los corazones superiores, de todas las 
almas que buscan altas y sublimes concepciones que realizar en 
esta tierra en beneficio de sus semejantes. 

La juventud que entrard a la vida, en este momento psicologico, 
en nombre de la concordia y del acuerdo, celebrando asi sus pri- 
meras nupcias con la imagen querida de la Patria, no encontrara 
zahumado el camino de esta con los vapores de la sangre f ratricida : 
ni la hallara triste y dolorosa: ni la encontrard vestida de luto y 
doliente por la muerte de sus hijos : ni ante su altar depositary la 
ofnenda del dolor y del quebranto. No; al aproximarse al hermoso 
sitio que la gratitud nacional le ha seiialado para que alii le rinda- 
mos culto, se siente un perfume de myrrha y de azahares ; algo asi 
como pebeteros que el pueblo ha preparado, de donde se levanta 
una columna de incienso, densa, nutrida y espesa, que £ todos 
circunda y abraza ; en el altar s61o se ven flores del campo, las 
silvestres de nuestra campiiia, cultivadas por la mano de la natu- 
raleza y cuidadas por el brazo de la briosa criolla y de su infatiga- 
ble compaiiero de dichas y dolores: solo se ven los instrumentos 
de las artes, del comercio y de la industria, que han servido al 
extranjero para roturar la tierra, recorrer los mares y levantar el 
concepto de lo bello y de lo bueno en la pintura, escultura y 
arquitectura, fuerzas reveladoras de lo que puede el capital centu- 
plicado por el obrero, por action del musculo y del nervio, arran- 
cando sudores & su frente, cantando al aire libre, en la manana 
fria 6 caliente, 6 al caer de la tarde, bajo el cielo hospitalario de 
la tierra de America, de la segunda patria, que en nombre de Dios 
y del Pueblo y de la Libertad y de la Humanidad & todos convida 
a formar un hogar fuerte y honesto sin ma's distincion que la del 
talento y de las virtudes : ante ese altar solo se oyen los cantos de 
los ninos, de los que nacen a la vida, con voz fresca y argentina, 
las plegarias sentidas y meditadas de las madres y los coros de 



— 168 — 

los ancianos, levantando todos, unidos, un him no de Paz y de Ar- 
monia d la brillante juventud que va entre perfumes, flores, myr- 
rhas y simbolos del trabajo, de lo bello y de lo bueno, a esgriniir 
sus armas, por primera vez, en el torneo de la democracia, abra- 
zada al escudo sin mancha del pecho hermano, el unico de quien 
nunca deben separarnos los reveses ni los embates de la suerte. 
jCuan bella es la juventud que entra asi d la arena, sin odios 
en el pecho, sin mas armas que la raz6n, sin mds fin que con- 
vericer y sin otra ambicion que la de llegar d la meta con la oliva 
de la paz en la mano, sin una s61a mancha de sangre en su blanca 
vestidura; pero con cantos e" himnos de bendiciones en su carrera 
hacia la montaiia. 

Iniciarla asi es merecer bien de la Patria. Por eso, los que 
ya hemos recorrido un largo trayecto de la vida, fieles al pro- 
grama de la confraternidad, convencidos de que la sangre solo 
sangre trae, que no es esta espiral humeante la que la sociedad 
nos pide y nos reclama para vivir en paz y llenar los fines 
primordiales de toda buena asociacion politica, nos sentimos con- 
fortados, atin en medio d los naturales desfallecimientos de la 
lucha, cuando vemos d una columna entusiasta de la juventud, 
que briosamente rompe la marcha hacia la tierra prometida, con 
fe en su causa, con brios en el alma y sin mds cdlculos ni 
armas que los del amor y del afecto d sus hermanos. 

Iniciarse asi en las corrientes de la vida nacional es como 
desperfcar sonando con la madre amada, con la esposa querida, 
con el hijo idolatrado, con los seres que d nuestro alrededor se 
agitan y nos hacen hermosa la tierra, el hogar, la patria, la vida ; 
y en medio d ese sueno oir un canto como de rumor de aves 
6 de auroras que nos dicen : levdntate y anda, que el amor, 
ese fuego misterioso de la vida, rodea d todo un Pueblo y lo 
conduce d la realizaci6n de su mds elevada y fecunda doctrina ! 

; Hermosa juventud, a la vez que dichosa, la que encuentra 
preparado el camino de la reconciliaci6n de la familia uruguaya ! 
Feliz de ella, que siente despejado el horizonte de brumas ame- 
nazadoras. Solo vera la fecundante acci6n del obrero, del capi- 
tal extranjero, del brazo del hermano, en forma de azada, <ie 



— 169 — 

cal, de pala, de ladrillo, de argamasa, abrir el suelo de la pa- 
tria amada, no para dejar la huella del dolor ni regarlo con la 
sangre humana, sino para que el Rio de la Plata lo bane y 
lo fecundize con sus lagrima3 cristalinas, y se leVante el Puerto 
de una gran Naci6n, aVida de civilizaci6n y de progreso, que 
serd como el emblema del Puerto de arribada de los Partidos para 
calafatear en 61 la nave de la Patria, arrancarle todas sus averias 
y lanzarla luego a las corrientes de la mar, en las nuevas ondas 
saturadas de Paz y de Armonfa nacionales ! 

La fecunda idea es noble, nueva. Nace robusta. No menos- 
precia k la vieja. Lo que hay es que tiene savia m£s productora. 
Es la juventud, y como tal se impone. Se abre paso con solo 
iniciar las palabras del amor. Recuerda la escena admirablemente 
descripta por un escritor ingles, al presenciar los cadaveres de 
dos combatientes, el uno viejo soldado de la Grande Inglaterra y 
el otro niiio soldado de la joven Transvaal. Alii estan los dos: 
con su rostro severo y arrugado, el uno; con su sonrisa en los 
l&bios y hermoso, el otro. El escritor se dice: « entre el oficial 
valiente, el ilustre soldado de escuela, muerto noblemente por la 
mas Grande Inglaterra, y ese hijo de paisano, caido, sin miedo y 
sin gloria, por la libertad de su raza, por la independencia de su 
patria, i cu£l, querido lector, preferirias ? En cuanto a* mi, se con- 
testa el escritor ingl6s, no sin valor y grandeza de alma, no me 
atreveria & elegir! Sin embargo, il est beau V enfant: dice un es- 
critor francos, es decir, es sublime, hermoso el niiio ! Y asi es el 
centro del Acuerdo. Es joven. No exije d, nadie que renuncie 
4. sus convicciones viejas. Las respeta y la3 considera. Es un 
tabern&culo en que se ha oficiado y bueno es que no se abdique 
ni repudie lo que una vez se ha amado, que se guarde el per- 
fume del recuerdo de lo viejo, enaltecido por el tiempo y la ac- 
ci6n; pero entre lo que fue* y lo que ser&, entre las fuerzas ya 
esgrimidas y desarrolladas y las nuevas armas que se presentan 
A la lid, limpidas y brunidas, Uevadas por la niiiez animosa, que 
s61o se oiga un grito: j Plaza para los nuevos y ardorosos comba- 
tientes, bellos, hermosos y sublimes, que van con la sonrisa en los 
labios y el atina sedienta de amor y de justicia a buscar en la 



.,;?* 



— 170 — 

paz los ideales que nosotros solo acariciamos en la guerra cruenta 
de las pasiones ! 

Y, si nos tocara caer vencidos, como el niiio boer, junto al 
viejo soldado, «que al contemplarnos con la oliva en el pecho, 
ceftida fuertemente entre las manos, que se diga: jcuan hello era 
el joven partido de la Paz, que, con sus brazo3 abiertos, como 
los de Cristo en la Cruz, llama a todos a* su alrededor para con- 
fundirlos en una sola obra : en la de la ascenci6n a* la montana 
en nombre de la civilizacion y del progreso ! 



Seilores : ( 36 ) 

Una sefiora norte americana, audaz y valiente, pero a" la vez 
casera y dome'stica, la sefiora de Hibbs, acaba de prestar un 
senalado servicio a" la ganaderia de su patria y en especial k 
los intereses de su esposo, que son los suyos propios. Lanzada 
en rapida carrera, montada sobre su caballo, concibi6 la atre- 
vida Idea de cazar osos toma'ndolos por la cola. A si destrui- 
ria una causa perjudicial & la estancia. Y desde su caballo, 
tomaba a la fiera, le daba un latigazo en la cabeza, la azon- 
zaba y luego la remataba con un tiro de revolver. La cosa 
llam6 la atenci6n en Europa, y lo que la audaz norte-americana 
habia hecho por necesidad, alia" se quiso convertir en distracci6n, 
en sport En Europa, no habia bastantes fieras de aquella indole, 
y la idea muri6. Pues lo que la valiente amazona ha hecho 
con los osos-fieras, nosotros hemos realizado en el pais con los 
osos-politicos. Por ahi andaban merodeando, recorriendo nuestras 
estancias, asustando & la gente, ahuyentando el ganado en 
direcci6n a* la frontera, para de esta hacer un mercado de con- 
sumo pronto y f&cil, como que la res poco costaba adquirirla; 

(36) Conferencia dada en San Jose el 18 de agosto de 1901. 



— 171 — 

y ha bastado salirles por detras, tomarlos del rabo, sacudirlos 
un poco, darles un pequeflo golpe en la oreja, para traerlos 
al terreno del sentido comtin. 

No ha sido necesario reventarlos. Ha bastado tomarlos de la 
cola, arrancandoselas f uertemente ; y ahi los tenemos idSnticos & 
nosotros, tomando posiciones encumbradas y confundiendo sus anhe- 
los con los nuestros. Y las vacas, paci&idose tranquilas, al ba- 
lido de las ovejas que buscan la sombra, para que no se les 
calienten los sesos y se enflaquezcan, y el hermoso relinchar del 
noble caballo, y el fuerte bramido del toro, parece que formaran 
un concierto como para entonar un himno de gratitud y de amor 
4 las columnas de colas colocadas en medio del camino, cual 
dictendoles : « Gracias por la vida que nos habeis dado, senores 
osos-politicos : os la debemos y os la agradecemos : habeis hecho 
bien en dejaros cortar las colas, porque, al fin y al cabo, si 
vuestra fuerza estaba en el rabo todo se debia al ejercicio de 
vuestra mandibula sobre nuestra carne, huesos y sangre en forma 
de churrasco, butifarra 6 longaniza, cuando no de papel-moneda 
alld por la frontera brasilera. » 

Y, en efecto, la Jornada ha sido larga, pero, esta vez, fructi- 
fera. Lo atestiguan las colas que han quedado en el camino. 
Todas ellas son iguales y pertenecen & una misma indisciplinada 
cofradfa, sin capucha, pero, eso si, con manga muy ancha. Lo 
prueba su modo de proceder. No hay nadie que mejor desem- 
pene el papel de diablo predicador que los de esa cofradfa. 
Apenas cualquier hermano se siente con alas bastantes largas 
como para poder volar, en el acto, el cciiudo, cejijunto y bron- 
cador prior del convento, invoca la disciplina, e" impone el deber 
de no volar, que es como si dijeramos de no pensar. Y no vola! 
diria el niiio de la escuela. Y en pleno siglo XX, en el que 
la electricidad domina para acelerar el penaamiento y trasmitirlo 
de mundo & mundo & fin de precipitar el conocinriento de la ver- 
dad, se reproduce la Vida es sueno del siglo XVII y postrime- 
rias del siglo XVI ! Prometeo ha de vivir encadenado eterna- 
mente ! 

No, mil veces n6 : no es, ni puede ser esa, la tendencia del 



— 172 — 

espiritu humane fil ha de tener libertad, pero libertad absoluta 
para emitir lo que bulle en su caldeada frente. S61o asi se con- 
cibe la responsabilidad del ser llamado hombre. De otra manera 
no es tal, no es persona capaz de derechos y deberes : seria 
simplemente un esclavo, un paria, destinado k ser el instrument*) 
m&s importante de las tiranias. Alii donde se tiene un tutor 
que nos dirija, cuide nuestros intereses, piense por nosotros, en 
fin, que nos represente, sin dejarnos ninguna facultad, no hay 
responsabilidad que hacer efectiva. Y esto es lo que pretenden 
los priores de los conventos politicos de donde salieron los osos 
a quienes hemos domesticado, convirtiendolos en s6res pensantes, 
que hoy discuten sus derechos & la par nuestra, luchando por 
lo mas preciado que se nos ha donado : por la libertad de con- 
ciencia y de pensamiento. Y es asi, reivindicando esa noble fa- 
cultad de opinar, que hace del hombre el nuts hermoso ejemplar 
de la creaci6n, que llegaremos k realizar el gran desideratum de 
la humanidad : la de educarlo convenientemente para que el, y 
solo 61, sea el artifice de su felicidad. 

Es asi como se concibe la responsabilidad de nuestros actos. 
Solo asi podremos responder del uso que hemos hecho de las fa- 
cultades que hemos recibido al venir al mundo. De otra manera, 
seriamos aut6matas, llamados k vivir eternamente bajo el chas- 
quido del ldtigo 6 de la esclavitud moral e* intelectual de quie- 
nes pensaran por nosotros. Y en uso de esa libertad es que nos 
reunimos para manifestar nuestras ideas, nuestros grandes anhelos 
y patri6ticos propositos. Si, queremos que se conozcan : queremos 
que nos escuchen: que sepan que existe un pueblo sediento de 
paz, de armonia, de conciliaci6n y de fraternidad nacionales. 

Queremos que hasta los ultimos rincones de nuestra querida 
tierra lleguen estos conciertos de la sociedad uruguaya y que los 
que se consideran representantes de la opinion nacional los escu- 
chen y los respeten poniendo en acci6n la idea en las altas esferas 
del gobierno politico. Queremos, y asi lo pedimos, que los realicen 
sin derramar una sola gota de sangre, sin sacudir los cimientos de 
la sociedad politica, sin destruir las instituciones, y, sobre todo, 
sin asustar al capital, que ahi esta encerrado, temeroso de lo que 



— 173 - 

pueda resultar de esta lucha entre Cain y Abel. Queremos que 
oigan el grito fecundo de las madres uruguayas, de no haber 
criado hijos exclusivamente para Uevar, como Luzbel, encerrados en 
su espiritu y su coraz6n, el odio, la envidia, la duda, la emulaci6n 
ilegitima y la ambiei6n insana ; y en la diestra, el arma que hiere, 
destruye, ofende, inutiliza y mata los germenes de la hermosa 
obra humana ; sino, por el contrario, como la noble figura de Cristo, 
en su espiritu y en su corazon, el amor, el desinteres, la con- 
fianza, la abnegacion y la vida, y en la mano potente el laurel y 
la oliva que cicatrizan, edifican, consuelan, levantan y dan lozania 
y frescura d la planta llena de verdor y de rocio que se llama 
la inagotable e inconmensurable confraternidad mundana ! 

Si, eso queremos y pedimos. Y si los partidos politic os se 
dicen medios para realizar los fines que indica la opini6n publica, 
es su deber respetarla, sin ponerle trabas de ninguna clase. Cuando 
todos se equivocan, ellos son los que tienen razon. Hay que res- 
petarla. De otro modo ellos no serian representantes de la opini6n 
publica. Ellos han aceptado la mision de representarla y se 
deben a* ella. Son autoridades que no tienen, en este caso, la 
accion ilimitada de un miembro de un parlamento 6 de un funcio- 
nario publico. Estos adaptan su actitud & la ley y A su concien- 
cia, sometiendose & la responsabilidad anexa cuando delinquen 6 
cuando no interpretan como deben los anhelos de sus colectivi- 
dades. Para el funcionario, hay una sanci6n penal, legal ; y para 
el parlamentarista, solo la moral, la de la no reeleccion. Pero, 
cuando se trata de un acto propio, genuino, en el que debe 
actuar el pueblo, la opini6n, cuando es esta la que acciona, eli- 
giendo sus representantes, entonces resulta que aun no tiene per- 
sona en quien haya delegado su soberania, como para que esta 
pueda decir: s61o tengo un juez que es mi conciencia 6 la ley, 
segun sea el caso. 

No : es el pueblo el que va a" decidir por si mismo de su 
suerte: tiene el derecho de defenderse y exponer sus ideas. En- 
tonces no hay nadie que pueda sobreponerse & su conveniencia 
y voluntad. Cuando el resuelve y opina ejercita una acci6n pro- 
pia, que debe tener eficacia gubernamental. Y, por eso, k dife- 



— 174 — 

rencia de cuando ya ha elegido sus representantes, e*l, como juez 
unico de sus intereses, formula sus anhelos, sus propositos, y dice : 
he ahi mi voluntad, este es mi criterio actual y con arreglo k el 
desempeiiare mis funciones electorates, designando k los que crea 
dignos de realizarlo. 

En este caso, pues, no hay autoridad partidaria superior a la 
*uya; no hay disciplina que invocar; no entrega el dep6sito de su 
voluntad sino en la urna de donde surje la soberania nacional 
por 61 manifestada. 

Una vez hecho esto, entonces cesa su acci6n y dice k sus de- 
legados, como Cristo : en tus manos encomiendo mi ^espiritu. Y 
entra luego la epoca del trabajo, en la que el ciudadano atiende 
k sus intereses, k su familia, & su hogar; en la que abandona la 
vida de los clubs, en la que, como decia Gladstone, nada tiene 
que aprender la juventud, porque donde se nutre el espiritu de 
verdades y donde se suavizan las pasiones y donde las aspe- 
rezas desaparecen y donde llega uno k penetrarse de lo que el 
pais reclama y quiere, es en el puesto publico, es en el Parla- 
mento ; si, alii, donde, f rente k frente, los hombres, con sus ideas 
y sus palabras, llegan k penetrarse y mirarse como hermanos, como 
seres que han nacido para amarse y no para ultimarse. 

Esos partidos permanentes, de tendencias personales, sin mas 
distintivo que un trapo, no llenan ninguna misi6n verdadera. Una 
vez concluida la elecci6n, cada mochuelo debe ir k su olivo, pues 
para eso quedan ahi los representantes, en el parlamento, encargados 
de defender sus ideales. Parece que no tuvieran confianza en sus 
hombres, que asi los espian constantemente, mezclandose en sus 
actitudes para establecer lo que el old nian argentino doctor don 
Bernardo Irigoyen acaba de Uamar el despolismo de las masas 
inconscientes, que aspiran a imponerse en la conciencia de sus 
representantes . 

No : el pueblo no ha de vivir agitado constantemente. Ha de 
vivir consagrado k su labor para fructificar el hogar sagrado, de 
donde surge toda la fuerza de una nacion. Un hogar abandonado 
es un elemento m&s para la anarquia, la dictadura, el despotismo 
6 la tirania. De otro mo do se convertiria en un policastro per- 



# -- 1<0 

manente y la holgazaneria daria sus frutos desgraciados. Los es- 
tamos viendo diariamente. J6venes que deberian buscar en el 
trabajo los medios de llenar las atenciones de su familia, pierden 
los mejores afios de su existencia alrededor de nuestra politica 
personal. La noche la consagran k la murmuracion politica, k 
<;riticar lo que no entienden y k vivir en una atm6sfera de re- 
cuerdos sangrientos. Solo se les oye el relato de acciones de sangre 
y de valor. No se les cae de la boca los nombres de los grandes 
lanceadores de hermanos. Ostentan los retratos de los que mas 
sangre derramaron, como trofeos dignos de perpetuaci6n nacional. 
Levantan y santifican acciones que debieran olvidarse. Y asi 
alimentan su cerebro en el odio y en el dolor, en vez de satu- 
rarlo en el amor y en la santidad. Y estos son los inconvenien- 
tes de estar constantemente con el arma al brazo, formando heroes 
en vez de formar irabajadores. Y asi lo paga luego la sociedad! 
A hogar abandonado, corresponde una sociedad en decadencia, 
donde viene el musculo del ma's aud&z y todo lo arrasa, k titulo 
de que aun se necesita la forma patriarcal de gobierno : la del 
caudillaje. Si; aquella en que los centauros luchaban k brazo 
partido para demostrar que esa era su fuerza y el medio de go- 
bernar k una sociedad. Para entonces todavia, en aquella £poca de 
piedra, podria permitirse que hombres, con sus tendencias primi- 
tivas, dominaran el escenario. Pero, hoy, en que la personalidad 
del maestro de escuela, iluminada por la sombra querida de Jos6 
Pedro Varela, es la que debe aparecer en primera fila, no se 
concibe que la sociedad pueda estar gobernada por otra fuerza 
que la del raciocinio ilustrado. No debe ser el instinto bravio el 
que la conduzca sino el sentimiento educado. No debe ser la 
fuerza sino la razon. No debe ser la pasi6n desencadenada sino 
la noble tendencia encaminada al bien de todos los semejantes. 
Si asi no sucediera, i que deduccion sacarfa el psic61ogo de esos 
sacrificios hechos de tanto tiempo atras, cuando sobre las cuchillas 
ha levantado escuelas, ha puesto en lo alto el retrato del refor- 
mador, mas arriba el del fundador de la nacionalidad y sobre todos 
ellos la imdgen de la Patria y de Dios llamando k los nifios por 
medio de la verdad y del carino ? i k que educar 50.000 nifios? 



— 176 — 

I que* prove cho hemos recogido entonces ? 4 a* que" estar recordando 
k cada rato que el maestro de escuela salv6 k la Prusia y vengo 
a la Alemania, en su lucha sin igual con la generosa Francia? 
; Ah ! si la escuela no ensenara que el caudillaje es planta 
maidita, valiera ma's clausurarla. Pero, felizmente, ella enseiia 
lo que debe enseiiar. Este movimiento de opinion lo evidencia. 
Son las maestras las que asi lo proclaman desde su humilde 
techo, como la inteligente Maria Teresa Bo, de Nueva Palmira, 
lo enseiia en la elocuente alocucion que acaba de dirigir k sus 
queridas alumnas y en la que pone de trasparencia su hermosa, 
delicada y sensible naturaleza, admirablemente dotada de una 
inteligencia y labor fecundas para la Patria y para la escuela. 
Ella acaba de decirnos : « Una palabra afectuosa salva & menudo 
una vida ; la caricia de una mano amada puede evitar un cri- 
men, i Qui6n serd tan desalmado que se resista & una hermana 
que ruega? La ambicion ofusca la inteligencia, la intransigencia 
de los partidos pervierte los sentimientos, el odio brota donde 
debia germinar y crecer el amor, las manos corren k las ar- 
mas .... los ayes de los moribundos se levantan al cielo desde 
nuestras hermosas cuchillas, y las aguas de nuestros pintorescos 
arroyos bermejean de sangre oriental .... Ninas queridas, por 
amor de nuestra tierra, por amor de todo lo que hace grande y 
noble k la humanidad, combatid esa fatal aberracion, que ha sido 
y es la ruina de nuestro pais ; predicad la paz hoy, predicad la 
paz maiiana, predicad la paz siempre. Vuestra pobre maestra ha 
sido un dia tachada de partidaria ; desmentid con vuestra conducta 
la perfida calumnia. Mi corazon de maestra y de oriental se ha 
entusiasmado con vosotras al recordar las glorias de nuestros an- 
tepasados, los sufrimientos inefables, las luchas titdnicas, el heroismo 
sin par; mis ojos han llorado con vuestros ojos las desgracias de 
nuestra tierra; mi alma ha anhelado con vuestra alma la felicidad 
y la gloria a que los libros y los valientes tienen derecho ; pero 
de mis labios no ha salido' nunca la palabra que confunde el 
triunfo de las propias pasiones con el bien de la patria ; siempre 
os he hablado de concordia, nunca de odio, siempre os he hablado 
de paz fecunda, nunca de guerra esterminadora ! Interpretes fieles 



— 177 — 

de mis sentimientos, llevad siempre en vuestras manos el ramo de 
olivo, en vuestros labios la palabra carifiosa que aplaca los espi- 
ritus, la palabra prudente que disipa las iras, la palabra divina 
que siembra el amor ; llevad impresa en vuestro corazon la sublime 
terquedad de sacrificar a la grandeza de nuestra patria querida, 
no solo los afectos mas caros, las convicciones m&s arraigadas, 
las tradiciones m£s acariciadas, sino que hasta el ultimo estreme- 
cimiento de las fibras de nuestras carnes. Si vuestros hermanos 
gritan: j vivan los colorados !, contestad: j viva la patria! Si 
vuestros hermanos gritan : \ vivan los blancos !, contestad siempre : 
j viva la Republica Oriental ! Si os os ten tan di visas, ensenadles 
nuestra santa bandera, pedazo de cielo unidc con alas de cisne, 
gloria imperecedera, sol que no tramonta. Si por desventura las 
armas de las luchas fraticidas volvieran & emitir sus siniestros 
reldmpagos, arrojaos entre los combatientes, ofreced vuestros pe- 
chos d sus iras insensatas, v las calmareis. No habrd anna tan 
cruel que se atreva a buscar la vida de un hermano & travel 
del corazon de una hermana ». 

Llegamos al final de la Jornada. Del hogar, la madre ; de la 
escuela, la maestra ; del gobierno, el estadista ; del trabajo, el ca- 
pital ; del pueblo, los partidos ; y de la inteligencia, la prensa na- 
cional y extranjera ; surje la voz unisona que grita : queremos 
acuerdo entre los partidos uruguayos, que nada los divide sino 
los hombres que los dirigen. Este es el hecho real y evidente. 
Ahora, los que se han apoderado de la direecion de los partidos 
personales, ^ pueden tener mas autoridad que todo un pueblo ? 
Si son dignos, sabrdn responder al anhelo popular. Si no lo son, 
no por eso el pueblo puede ni debe declararse vencido. Acaso 
un pueblo consciente de sus derechos, en el momento en que va 
& ejercitar su action propia, la m£s trascendental, la que le per- 
tenece exclusivamente, cual es, la de elegir sus representantes al 
parlamento, 4 puede renunciar & su legitima actividad y entregarse 
maniatado al capricho de un hombre 6 de varios hombres, ll&mense 
un caudillo 6 un directorio ? i primaria, en la contienda electoral, 
la voluntad de unos 6 la voluntad de la nacion, manifestada en 
la urna electoral ? Pueden los partidos darse, para su mejor des- 

12 



— 178 — 

arrollo, todas las organizaciones ferreas que se quieran. Nadie se 
las discute. Pero, cuando el momento llega en que la voluntad 
nacional se manifiesta unisona para ir & las urnas, i que" debe 
primar: esta voluntad popular 6 aquella imposicion individual 6 
de unos cuantos hombres ? Si no les habla al alma este sacudi- 
miento popular, si creen que no deben respetarlo, entonces el pueblo 
recuperard sus natural es y legitimos fueros y romper a* el despotismo 
y la tir&nica dictadura, eomo lo viene haciendo, de uno & otro 
confin de la Reptiblica; y con sus estandartes de paz y acuerdo 
ird & las urnas y eri ellas depositary sus votos & favor de sus ver- 
daderos adalides, de los que han de conducir adelante sus ideales. 
Se arrancard de esta manera la tunica de Dejanira. 

Felizmente, no habrd necesidad de romper esas organizaciones. 
El pueblo ha recuperado su natural imperio. Su influencia se ha 
hecho sentir abundantemente. No en vano se ha dicho que es la 
voz de Dios y que siempre sera escuchada. Ahi esta" el Directorio 
del Partido Nacional y la Comision departmental colorada de 
Minas declar&ndolo bien alto, sin miedos, sin preocupaciones y con. 
sesudo criterio, que acepta el acuerdo en principio. Ni mas ni 
menos que lo que venimos predicando ha tiempo. Aceptar un prin- 
cipio no es imponer la forma de realizarlo. Esa forma, esos de- 
talles, alia I03 discutirdn los delegados. Nosotros no hemos hecho 
m&s que adelantarnos y decides & las dos partes: « Seiiores, ya 
que cuestiones de etiqueta les impide la iniciativa, nos adelantarnos 
& uno y otro, y aqui estamos nosotros, expuestos & ser sacrificados, 
como todo redentor, que los invitamo3 A que conversen por nues- 
tro intermedio : les proponemos esta base de arreglo para que ini- 
cien la discusi6n y se calienten los a*nimos, saliendo de esta 
atmosfera de hielo que mata a* la Republica : rech&cenla, si lo quie- 
ren, pero discutan por intermedio de sus representantes ». 

Y estos buenos oficios, que tan 6pimos 6xitos van dando, no 
obstante los obstaculos opuestos en la marcha, han sido criticados 
en su origen y en sus resultados. Se ha recurrido a* una inven- 
tiva 6 & un error. Y hablo asi, porque los acuerdistas tenemos 
que revestirnos de paciencia y hacernos los zonzos veinte veces 
al dia, como decia el senor Albistur. Obra de los constituciona- 



-- 179 — 

listas, se dice. Parece que e*stos fueran una casta judia, distinta 
& la nuestra. Y no hay nada de eso. Son unos ciudadanos tan 
orientates como nosotros y con tanto derecho coino nosotros. No 
tienen m&s que un defecto : que aun tienen cola, por ma's que 
la escondan. Son osos-politicos todavia. Y las tienen de distin- 
tos colores. Y asi y todo pertenecen 4 la niisma camada. Yo 
los conozco y s6 que son tan buenos ciudadanos como los demas* 
Por el contrario, la mayor parte de los que asi los critican, 
han sido servidores de Varela, Latorre y Santos ; mientras que 
los constitucionalistas atacados no han olido esa atm6sfera de pol- 
vora con humo. 

Me parece que ciudadanos como Aramburu y Acevedo bien 

pueden, siqukra por caridad, ser admitidos en sociedad, al lado 

de hombres como Castro, Berinduague, Dominguez, Carve, Ar6- 

chaga y Palomeque. Y me parece que 6stos ultimos lobos, con 

cola larga tambi4n, no son constitucionalistas. Y son §stos los 

que han iniciado la Jornada, buscando, desde un principio, la 

union de las voluntades, la armonia de todas las fracciones poli- 

ticas. No es obra de constitucionalistas sino obra de constitttcio- 

nalismo. Por eso ahi estdn al frente de estos trabajos hombres 

de todas las colectividades, secundados por el capital, esa fuerza 

conservadora que debe respetarse en las grandes crisis nacionales. 

Los partidos politicos que no la contemplan y no la atraen se 

revelan inhdbiles para el gobierno de la sociedad. Saber lo que 

piensa y lo quequiere, y considerarla, siempre que no hiera ni ata- 

que nada fundamental, es el deber de todo hombre publico. Es 

con ella que se trasponen montailas, ayudando & la reaJizacion del 

ideal apetecido. Son dos fuerzas que han de unirse para llegar al 

tin. No hacerlo asi, es rebelarse piloto que marcha sin aguja 

de marear, cosa no permitida en el mundo que descubriera 

Col6n. 

Por lo dema*s, yo puedo decir a ustedes que en el Comite* 
ejecutivo no hay tiburones, porque todos son ballenas. Alii nin- 
guno se traga un pez. No los hay. Pero, lo que si puedo ase- 
guraros es que el dia que se escriba la cronica de sus sesiones 
el pais sabra* con qu6 altruismo y elevaci6n de alma ha proce- 



— 180 — 

dido ese militar honrado y valiente, ilustrado y culto, llamado 
Nicomedes Castro ; como ha pugnado serenamente por la gran idea, 
pensando siempre en su hogar politico, el sesudo y sincero doc- 
tor Berinduague ; como ha arrancado mas de una nota levantada, 
sentida y patri6tica, k su corazon de buen oriental, el seiior don 
Pedro Carve; como con criterio caliente y energico ha ahondado 
las dificultades, para salvarlas siempre, ese espiritu clarovidente 
de Rufino T. Dominguez ; y como con su sempiterno pesimismo 
iba k la lucha, dispuesto y convencido, el talento fresco y el alma 
infantil, noble y candorosa, atin en medio k sus arranques genia- 
les, de Justino X. de Are*chaga. Y c6mo aquellos dos ciudadanos 
llamados Aramburu y Acevedo, con calma y fe, sin miedo y sin 
e speranza, presentaban sus pechos k las aguas tormentosas, que 
asi cortaban y se derramaban por I03 canales de los costados, 
donde perdian sus furias, salvando k sus companeros de causa de 
azares y de peligros. Alii todo ha sido abnegacion y desinteres. 
La nobleza del alma se ha excedido. M&s de una vez Aram- 
buru ha tenido que veneer su tenacidad euskara e* ir k desem- 
penar funciones reiiidas con su cardcter. Todo por el acuerdo I 
Y una vez, una tan sola, el viejo veterano Castro, falt6 k nuestra 
consigna, por no faltar k otra consigna superior, en lo que se 
revelo viejo lobo marino-politico, conocedor de los hombres y de 
las cosas. ; Cu&nto aprendizaje ! Todo de buena calidad. 

Y ahora que el Directorio del Partido Nacional ha dicho 
aquello, es que los adversarios a que me refer! al comienzo, los de 
aquella cofradia de manga ancha y capucha bien oprimida, que 
habian predicado como norma insalvable lo de la disciplina par- 
tidaria, se echan al hombro la capucha, aunque ensanchando m&s 
aun la manga, y con rostro descompuesto y ademan airado, con 
el indice, no levantado al cielo sino en direcci6n k una comarca 

de la tierra, de cuyo nombre no quiero acordarme, dicen : 

Pero, vosotros lo sabe*is ! <? para que* repetirlo ? Cuando k tales 
medios recurre el sustentador de una doctrina, es que el vacio se 
ha producido y todo tiembla k su alrededor. Es que la casa se 
,hunde y la honradez de don Enrique Anaya ( 37 ) y de sus amigos 

(37) Esto valio la reconciliaci6n, grata siempre, con el seiior don En* 



— 181 — 



brilla ni&s y mas con los rojizos resplandores del incendio que habia 
coDienzado en la Republica, y que vosotros, pueblo consciente, ha- 
beas apagado con un solo movimiento del alma : el del acuerdo ! 



Seflores : 

En verdad, seflores, W que yo no s6 como agradecer el 
alto honor dispensado por esta culta sociedad. Desde ha 
tiempo me ha solicitado. Y yo, recien hoy, puedo cumplir, y 
s61o por momentos. El deber me llama & otro punto. Aqui 
tiemblo, y si supiera mi yo, como decia un gran hombre, & 
donde debo conducirlo maiiana, tembiarla mucho ma's. Esta 
ciudad tiene para mi un recuerdo filial. A11&, tiempo atrds, 
vino a ella algo que me vincula, para salir vencido por la 
i uerza ; pero, & la vez, para demostrar que la energia y la 
honradez no son plantas infecundas. La derrota del presente no 
es sino la victoria del futuro. Lo que entonces se pretendia 
imponer por medio de la fuerza no tuvo eficacia en el animo 
de los buenos. Y lo que en alguna parte rue* calificado como 
la traicion del doctor Palomeque, en el libro de la historia fu6 
designado como el acto m&s noble que el hombre realiza al sal- 
var la vida de los soldados, reservandolos para las ocasiones 
mas solemnes. No s6 si vosotros me comprendereis, pero para los 
que conozcan aquellos hechos, bastan estas palabras. 

Yo s6, senores, que el progreso consiste en desaprender; pero 
se* tambien que para llegar & este resultado es necesario leer, es- 
tudiar y actuar. Pero, en nuestro pais pasa algo curioso. Los 

Tique Anaya, quien, al fin, revelandose el caballero que he conocido, 
vino & mi hogar & salndarme. Vease pagina 96. 

(38) Pronxinciada en el teatro Larranaga, del Salto, en la noche del 
21 de agosto de 1901. 



— 182 — 

hombres que han Uegado a cierta altura politica y social, algu- 
nos de I03 cuales hasta ocupan el lugar del periodista, no leea 
lo que producen los dem£s. En su soberbia intelectual no 
creen que deban descender al estudio de lo ajeno, sin duda por 
que es la obra de un pigmeo. Olvidan que en un pais demo- 
crdtico ha de escucharse k todo el mundo ; que nada hay de 
despreciable. Y solo asi, leyendo y meditando lo que los dem&s 
escriben y producen, es posible aquilatar ideas 6 modificar opi- 
niones. Solo asi llega & practicarse la verdad del dicho : el 
progreso consiste en desaprender. Pues bien, cuando un perio- 
dista, ensoberbecido por su talento 6 sus prestigios, no lee a 
los dem£s, y 61 mismo ya no librotea, sin salir del oratorio 
donde oficia eternamente, quiere decir que se trata de un ser 
destinado k vivir momificado, en una epoca en que apenas si 
bastarian diez alios para leer lo que en unos cuantos meses 
producen las imprentas. Calculad : s61o en Alemania se pu- 
blican 24,000 Jibros al afio, en Inglaterra 7.500 y en Estados 
Unidos 5.000. Y lo que se escribe en nuestro pais, seiiores, no 
lo leen los nacionales, ni atin los periodistas. Es que todo lo 
saben, cuando del extranjero no viene. Y, en cambio, \ cuanto bueno 
producen nuestras inteligencias ! Aqui conozco hoinbre ilustrado 
que tiene al dedillo cuanta Revista extrarijera se publica, igno- 
rando, en cambio, los nombres de las obras nacionales. Se 
suscribiran k todas las extranjeras, eso si, y otro tan to haran 
nuestras oficinas ptiblicas ; pero, las producciones nacionales las 
conoceran por el forro 6 las conocerdn generosamente. Y aun 
asi, creeran hacer un alto honor ! 

Pues bien, un pueblo nacional que no lee, que no compra li- 
bros, no puede desasnarse, como decia Sarmiento ; y un politico 
que no estudia lo que los ciudadanos escriben, esta condenado, 
como aquellos habitantes. de la India, k vivir al borde de sus rios, 
contemplandose eternamente el ombligo, entregado al extasis 
infecundo del nirvanismo oriental. Hay que reaccionar contra esa 
mala prdctica. Hay que recordar k todos los ciudadanos que 
para progresar, es decir, para desaprender, para desasnarse, en 
una palabra, es necesario vivir perpetuamente entregado al co- 



— 183 — 

mercio noble de las ideas. De mi s6 decir, sefiores, que me he 
ido desasnando a medida que he avanzado en ailos y en estudios; 
a medida que he adquirido el hdbito de escuchar, leer y estu- 
diar & los demas; & medida que he luchado y sufrido derrotas y 
obtenido triunfos, sin que las primeras me dejaran sedimento 
alguno de odios ni los segundos me hayan envanecido. He des- 
aprendido mucho de lo que me habian ensefiado ciertos ejemplos. 
Los he ido dejando en la marcha; y mi espiritu, avanzando, dia 
k dia, en el camino de la verdad, ha encontrado una gran luz, 
que es como una inmensa fuerza; y esa es la de que nada hay 
comparable k la propia tranquilidad de la conciencia. Y k esta 
beatitud del espiritu no se puede llegar sino por el camino de la 
verdad sincera, que es el de la Virtud generosa, de que hablaba 
Simonides. De nada vale ni sirve el triunfo material cuando no lo 
ha precedido la propaganda moral, que abre los horizontes y de- 
muestra cuan efimero e instable es todo aquello que no tiene por 
cimiento el granito de la sinceridad con que se funden las asocia- 
ciones llamadas k una vida propia y k perpetuarse en los siglos de 
los siglos. Y es aquella fuerza la unica que nos mantiene en la 
Jornada de la vida ; y es aquella hermosa luz la sola que ilumina 
el sendero y nos hace ver claros los escollos que debemos salvar 
al trasponer mon tanas y al atravesar los mon tes de la ignorancia. 
Es asi que sabemos estar solos con nuestras convicciones profun- 
das, sin necesidad de acallar los gritos de la conciencia con los 
ruidos ensordecedores de la calle publica, con una popularidad 
ficticia que dura lo que la vida de los lirios. Saber estar solos 
con las ideas es algo que unicamente lo sienten los espiritus supe- 
riores 6 los que han vivido lo bastante c6mo para comprender que 
desde el fondo del gabinete, en el silencio, en la abstracci6n, en 
el anonadamiento de la personalidad externa, es como vive y se 
impone el genio precursor de J as grandes acciones evolutivas. Al 
lado de Guillermo de Prusia habia un politico, Bismarck, y para 
completarlo, un soldado, Moltke. En £ste « no habia nada del gue- 
« rrero que arrastra, nada del capitan con intuiciones repentinas, 
« nada del general que vive en medio del campamento. Un tipo 
« nuevo, desconocido en el pasado, se inaugura con el, el del mili- 



— 184 — 

« tar reconcentrado como un pensador, absorto como un ge6inetra, 
« sin llama ardiente 6 cuidando de no dejarla surgir, aisldndose 
« de los soldados para guiarlos mejor y madurando en un estudio 
« perseverante todo lo que se ejecutard en la labor de las grandes 
« jornadas 6 en el tumulto de los campos de batallas. A la ma- 
« nera de estos fuertes jugadores de ajedrez, que, aun lejos del 
« juego y por la sola tension del espiritu, dirigen sus piezas, las 
« cambian de lugar en lugar y aseguran el triunfo final, e"l com- 
« bina k la distancia los movimientos, salva los obst&culos, penetra 
« las intenciones del adversario, y, k fuerza de calculos, precisa 
« de antemano el punto de concentracion de los cuerpos separa- 
« dos, el lugar del combate, la hora de la victoria. El rasgo domi- 
« nante es la prevision, pero una prevision atenta y universal ». 

Este tipo militar, que elevo su arte profesional k la quinta es- 
cencia de todas las ciencias, poniendo k su servicio esos descubri- 
mientos modernos que parecen no haber sido hechos mks que para 
aproximar k los hombres y asegurarles un aumento de bienestar y 
de paz, era el que el joven Marcelo uruguayo, — cuya memoria 
recuerda la de Bernabe Rivera, — Diego Lamas, habia tornado por 
modelo para el desenvolvimiento de sus facultades ecuanimes, 
dentro del estrecho recinto en que debian mo verse sus ideas y sus 
actitudes. Era un pensador silencioso, que habia llegado k darse 
cuenta estrecha, en medio k su agitada vida, de que una sociedad 
como la nuestra si aspiraba a realizar grandes obras, no tenia otro 
recurso que el del concierto de las voluntade3 de todo3 los habi- 
tantes de la Republica. 

El comprendia que habia que vivir en el gabinete, alejado de 
la muchedumbre, para tener tiempo de pensar y de estudiar a esta 
sociedad enferma. Y fue" de aquel silencio, de. aquella meditaci6n 
constante, que surgi6, para 61, la gran politica del acuerdo nacional. 
No lo considero indigno 6 innoble ; por el contrario, lo mir6 como 
encuadrado dentro de nuestras instituciones, de nuestra ley, de 
nuestra Constitucion. No encontraba, alld, en sus rec6nditas medi- 
taciones, una nacionalidad dividida que reconstruir : la encontraba 
hecha y refundida por la acci6n de los hombres, de las desgracias 
y del tiempo. Pero, k ella algo faltaba, y, como Bismarck y como 



— 185 — 

Moltke, pens6, sin duda, en un Sadowa, que engrandeeiera las 
fronteras de la patria. Y para eso necesitaba la paz, la armonfa, 
la conciliaci6n, la serenidad de £nimo de nuestros paisanos. Habia 
que imitar a aquel soldado silencioso y pensador : habia que vivir 
alejado, para pensar hondo y pensar bien. Habia que adquirir esa 
popularidad misteriosa que se forja suavemente y que une y vin- 
cula eternamente los destinos de un pueblo & un hombre. Y, porque 
asi lo comprendi6, fu6 que proclam6 la Paz ; y porque asi se lo 
dicto su conciencia y se lo impuso su alta mente, fu6 que en 
nombre de los grandes intereses levant6 la bandera del Acuerdo. 
Para la realizaci6n de un Sadowa habia que empezar por la union 
de los Orientales. Y fu6 asi que aquel que nunca ostento divisa 
sino escarapela nacional, aquella que el mismo Joaquin Suarez 
decretara dentro de los muros de Montevideo, dijo : jutes se muerde 
la lengua y se firm a el acuerdo! 

No hay otro camino, seiiores. Este pais necesita una vida 
tranquila, pacifica. Nadie discute los beneficios del sufragio, agre- 
gare, libre, como por pleonasmo lo dicen en nuestros dias. Si lo 
que predicamos no est& reiiido con el sufragio libre, ni con la ley, 
ni con la Constituci6n. Es, por el contrario, el ejercicio ma's com- 
plete y hermoso de la libertad del sufragio en el terreno de nuestra, 
politica movediza y ardiente. Para ponerla en prActica empezamo3 
por necesitar la m&s &mplia libertad de conciencia y de pensa- 
miento. Nadie la necesita ni la predica ni la ejercita mds que 
nosotros. A nadie imponemos linea de conducta. A nadie le exi- 
gimos que piense como nosotros pensamos. A nadie le intimamos 
que deje de pesar los argumentos que han hecho y se hacen en 
pro 6 en contra de la doctrina. Y k nadie le coartamos el dere- 
cho de opinar ni de hablar hasta que el Poder Legislativo 6 el 
Poder Ejecutivo de su Estado, de su pueblo, diga : « esta es mi vo- 
luntad : usted podrd hablar y opinar cuando todo est6 concluido ». 
Por el contrario, predicamos nuestras ideas a" los cuatro vientos de 
la Republica, publicamente, por medio de la prensa, de la confe- 
rencia y de los meetings: las exponemos sin ambajes: no usamos 
circunloquios : vamos rectamente al fin que perseguimos : no cele- 
bramos concili&bulos secretos : queremos que se discutan nuestras 



— 186 — 

opiniones. Y todo esto, porque & medida que hemos avanzado 
en el estudio de esta cuestion, el espiritu, saturado de una mayor 
suma de bondad y de poder, vive en una atra6sfera de altruismo 
y se siente cap&z de afrontar las mayores acciones en pro de la 
Paz y de la Confraternidad. Sus fuerzas se expanden y se repro- 
ducen. Se acrece al dolor, como dirian nuestros paisanos. Y la 
personalidad se transfigura, tomando mayor vuelo, por lo que al 
atravesar las altas esferas del pensamiento, mira, desde alia, la pe- 
queiiez de las pasiones humanas, y sin manehar sus alas, puras como 
el ampo, exclama conmovido y emocionante, como una de esas 
antiguas pitonisas : « si quereis ser grandes, acordad ; si quereis el 
respeto extranjero, acordad; y si quereis fronteras ensanchadas, que 
unifiquen la tierra, acordad y unid el pensamiento interno desde 
el banco de la escuela : unios para olvidar el arroyo de la sangre ». 
Y esa union hay que empezarla desde la raiz, desde la fuente, es 
decir, desde la urna electoral. No -unireis & un pueblo cuando 
vuestros trofeos partidarios muestren la sangre de que estan salpi- 
cados. Es un sarcasmo invocar el sufragio cuando se ilevan las 
manos ensangrentadas. De distinta manera serii vuestra obra, cuando 
en los estandartes ya no figuren las inscripciones fatidicas. Enton- 
ces no se repelerdn las fuerzas hermanas, porque ya no ser£ el 
odio el que inspirara las acciones. 

La Constitucion y la ley tienen una base, un fundamentp : el 
equilibrio de las fuerzas nacionales. No pensaron en la guerra 
aquellos Constituyentes de 1830, cuando hicieron una Constitucion 
que afianzara la paz en nombre de la union. No la forjaron para 
afianzar la Nacion sobre la sangre y los cadaVeres de sus hijos. 
En el espiritu y en la letra de la Carta Fundamental se halla 
la armonia y la concordia, tinicos medios de establecer la felici- 
dad de la Republica. Surjidos de una anarquia espantosa, en la 
que los ciudadanos habian derramado la sangre a* torrentes, en 
la que no se oia por todas partes mas que las palabras horripi- 
lantes de traidor, en la que las pasiones desencadenadas iban a* 
exhibirse iracundas en nombre de prevenciones y de odios incon- 
fesables, los Constituyentes, que habian visto de cerca ese Infierno 
del Dante, y que conocian £ fondo el caracter y el modo de 



— 187 — 

ser de nuestros paisanos, levantaron bien alta la voz y exclama- 
ron : « Companeros : no ol vide" is que desunidos sereis presa facil 
del extranjero ; unios, acordad ; coloead la imagen de la Patria 
sobre vuestras ambiciones prematuras, y asi, s61o asi, sereis dignos 
de perpetuar la obra que os legamos ». 

El acuerdo no ataca ningun fund amen to constitutional, ni 
hiere ningun principio legal. Por el contrario, se llena la hnalidad 
que se propusieron la mente y el coraz6n de los buenos ciudada- 
nos que forjaron la Constituci6n. En ninguna parte dijeron, por 
que habria sido un sarcasmo sangriento : « os prohibo buscar en 
el Acuerdo la soluci6n de vuestros problemas politicos : no teneis 
ese derecho que la ciencia constitutional enseiia, reservado al pueblo : 
debeis luchar en bandos separados, eternamente, aunque haciendolo 
sucumba la nacionalidad. No: sois una familia que debeis salir al 
arroyo & derramar vuestra sangre, & exhibir vuestras impurezas, 
vuestros dolores y vuestras laeras, para que recten entonces hayais 
adquirido el derecho al descanso, es decir, cuando esteis estenuados 
y muertos. » 

No hay ley humana que tal cosa disponga. Sena inicuo y cruel 
que hubiera una Constituci6n que impidiera al Pueblo el ejercicio 
de aquella facultad de que depende su bienestar. El Pueblo, por 
toda Constituci6n, tiene los derechos que se Hainan inalienables. 
Esos son los derechos que se ha reservado para su dicha y felici- 
dad. Esos son imprescriptibles. Son como el dere cho de revolution, 
que en ninguna parte de la Constitution lo hallareis expresamente 
establecido, pero en todo ella, en cada una de sus paginas, en la 
letra no escrita y en el espiritu latente, efi su historia y en sus 
antecedentes, vereis patente la sombra veneranda de los Ellauri, los 
Vazquez, los Alvarez, los Gadea, diciendo : Alii donde un tirano 
se levante, f6rjese de Bruto el puiial, armese el Pueblo y reivin- 
dique, por si mismo, el primordial derecho & la vida. Es el espiritu 
de propia conservation dominando en todas las paginas de la 
Constituci6n: es el derecho del Pueblo £ vivir, a defenderse, k 
ennoblecer sus armas en la hermosa lid de la Democracia. 

Y, si resulta que en la Constituci6n est£ consagrado el dere- 
cho de matar, aunque no se diga expresamente, para asi llenar 



— 188 — 

sus fines primordiales el pueblo national, i como suponer que 
para llenar esos misrnos no tenga el derecho de no matar, es 
decir, el de unir espiritus, el de acordar voluntades ? i se tendria 
el de derramaF la sangre del tirano que desune al pueblo y no 
se tendria el de no derramarla para unirlo ? Eso fu6 lo que pro- 
clamaron los norte-americanos al realizar su gran revolution, como 
lo enseiian sus tratadistas. Nadie tiene derechos adquiridos contra 
la felicidad del pueblo. Son los llamados derechos implicitos, no 
comprendidos en la declaration de las Constituciones, los que se 
reivindican en los momentos supremos, en nombre de la legitima 
defensa, del derecho a la propia conservation, como lo demuestran 
Hayes, Story, Bryce y Collwey en sus nunca bien ponderados li- 
bros de derecho constitutional. Es la supremo, lex populi, es la 
salud del pueblo, que unas veces se encuentra en el fondo del 
ataud, cuando al sepultarse, el organismo fisico de un hombre re- 
nace la felicidad general, y otras la halla en las radiaciones ale- 
gres de la atmosfera, entrelazando brazos y apretando pechos, 
sacando de la vida y del vigor organicos m£s vida y mds poder, 
en lugar de arrancarlos & las ultimas putrefacciones de un ca- 
daver. 

Negarle al pueblo el derecho del Acuerdo, en nombre de la 
Constitution, seria condenarle & buscar su felicidad por un s61o 
medio, cuando hay tantos caminos para llegar & Roma*! El acuerdo 
es el recurso m£s constitucional por excelencia que invocar puede 
un pueblo educado. Es el recurso del progreso humano. Solo los 
pueblos adelantados lo saben usar, porque es el ejercicio de la 
mas noble facultad del*alma. Es la aspiration suprema de la ci- 
vilization, que busca en el arbitraje la resolution a los graves 
problemas de las nacionalidades. No es dado a todos los pueblos 
acordar sus cuestiones. Solo los pueblos salvajes no acuerdan, ni 
dirimen sus cuestiones sino por vias separadas. El acuerdo es un 
signo inequivoco de adelanto y de civilization, porque no debe ol- 
vidarse que las pasiones desencadenadas son el juego de los pig- 
meos, de los atrasados, de los ambiciosos vulgares; mientras que 
unir es la obra de la inteligencia caldeada por el amor inefable de 
lo grande, de los seres supremos y abnegados, de los caballeros del 



— 189 — 

pensamiento que deponen sus exigencias ante el ara santa de la 
Patria y de la Razon ! S61o los pueblos educados acuerdan. Los 
dem&s sacan de la fuerza y de la sangre la soluci6n de sus cues- 
tiones. Veneer pasiones, dominarlas, es una prueba de vitalidad 
y de poder. 

Los partidos politicos parten de un error. Creen, y creen con 
sinceridad, que ellos solamente son los depositarios de la verdad 
y que los demas no aman las instituciones ni al pais. Suponen 
que ellos solamente son capaces de hacer la felicidad de la tierra, 
olvidando que no son sino una parte de la nacion y que la verdad 
no la poseen tinica y exclusivamente. Para poseerla completamente 
necesitan del concurso de todas las demds voluntades, porque, 
como ya lo dijo el proverbio vulgar, m&s ven cuatro ojos que dos 
y mucho mas uno cuando estos dos ultimos estan ciegos. Hasta 
ahora se ha empleado el sistema del desacuerdo. Sus resultados 
ahi est&n. Pues bien, no nos enceguezcamos & fuerza de creernos 
los unicos depositarios del bien y de la verdad. Cambiemos de 
rumbo, siquiera sea por un momento, y salgamos del camino tri- 
llado de los odios, de los titulos sangrientos y de la evocaci6n de 
nuestros males, y digamos : venga el acuerdo, siquiera sea como 
una formula nueva, transitoria; empleSmosla para ver sus resulta- 
dos. Y empleada, alld veremos si nos da bienes. Nos los dard, 
seguramente. Ahi estd el pais demostrandolo elocuentemente. El 
problema del Puerto y de la Honradez Administrativa, son su 
obra! Enorgullecerse de esto es noble y digno. Y continuar 
predicando con el ejemplo es la misi6n del varon sensato. No 
olvidemos lo grande, lo principal, por lo pequeno y lo accesorio. 
Si hay lunares y defectos de cardcter, hay tambie*n rayos de sol 
y nobleza de actitudes que son como las manchas del astro rev 
6 como las sombras necesarias para demostrar que existe el 
brillo de la luz que nos da k conocer las grandezas de la 
naturaleza humana. No arrojemos nuestro bien porque un mal 
pequeno y accidental se nos presente en el camino. Eso es 
transitorio. No entreguemos eternamente al Monte de Piedad de 
nuestra historia desgraciada los hermosos ideales acariciados por 
nuestros partidos politicos. No hagamos lo que los nietos de Luis 



— 190 — 



Felipe, que atin despues de cincuenta aiios conservan en la casa 
de prestamos y de empeiios de Francia una alhaja de su abuelo* 
pagando intereses, para algtin dia rescatarla. No continuemos 
pagando intereses k nuestras pasiones, formando asi un capital 
que podriamos destinar para otros fines. Arrojemos la prenda al 
museo de la historia y levantemos nuestra alma £ algo mas edi- 
ficante y duradero. 

Los partidarios del Acuerdo se presentan francos y decididos. 
No ocultan & donde van ni dicen sino lo que deben. Un dia la 
baronesa de Saxe, con curiosidad femenina, pero interesada & la 
vez, interrogaba a" Bismarck sobre el terreno probable en que se 
desarrollaria la accion guerrera contra el Principe Alberto en su 
futura campana con el Austria para reconstruir la unidad germ£- 
nica. Bismarck se vio asediado de esta manera : « La baronesa 6 
condesa de Hohenthal, desconcertada ante la franqueza de Bis- 
marck, que asustaba y conmovia mas que la mentira, cuando 6ste 
le precisaba los lugares en que se desarrollaria su pr6xima cam- 
pafia, le decia : dadme un consejo de amigo : yo tengo dos 
propiedades, un castillo cerca de Leipzig, un dominio en Bohemia ; 
en caso de guerra 4 d6nde deberia refugiarme ? Y Bismark 
respondia inmediatamente, con tono extrafiamente seno : Cerca 
de Leipzig, es tare" is tranquila ; pero guardaos de ir & Bohemia, 
porque serd alii donde todo se deeidird. 

Recordando este detalle curioso de la vida publica de aquel 
gran hombre y de aquel gran pais, debemos decir a los que nos 
interrogan: i donde celebraremos la gran Jornada? En Bohemia, 
diremos como Bismarck. No os enganeis, senores, que esta es la 
gran verdad. La batalla la vamos & librar en el campo del 
Acuerdo: aqui se decidiri todo. Y decimos la verdad, como Bis- 
marck. No enganamos al pueblo. Aqui estd el triunfo. Y los 
adversarios veran alii su Sadowa. Asi reconstituiremos la vieja 
sociedad politica de la paz, y cuando todo este" hecho iremos ante 
el altar de la Patria k pedir, como Bismarck, Moltke y Guillermo, 
un Bil de indemnidad por los males hechos, en cuanto £ la forma, 
siquiera en obsequio d los exitos obtenidos para hacer digna a la 
familia uruguaya. Y el pueblo nos lo dard, como se lo dieron & 
aquellos grandes hombres. 



— 191 - 

A Bohemia acuerdista! seiiores. Esa es nuestra seiial convenida: 
la del catnpo del acuerdo! 

Nada debe arredrarnos. La politica del acuerdo es rnilicia activa. 
No es, como alguien lo ha supuesto, una tarea sencilla que queda 
entregada exclusivamente k los centros directivos de los partidos 
militantes. Tenemos que trabajar muy mucho: constituirnos en 
una fuerza activa llamada k suavizar pasiones y a* contener el des- 
borde de las ambiciones personales, pero sin herir ni ofender. Es 
nuestra misi6n esencialmente pacifica, y alii donde el incendio 
comienza, alii debemos ocurrir para apagarlo. Es tarea seria y 
dificil. Al desesperado no se le consuela con el consejo. 

Es necesario que se vea la action del tiempo y del espacio ejer- 
ciendo su acci6n inmediata, para poder cicatrizar la herida; pero, 
es indispensable ocurrir en tiempo. Y eso es lo que sucede en 
estos momentos solemnes. La voz airada de las pasiones partida- 
rias se siente en estos instantes supremos. 

CalmSmoslas hablandoles & la raz6n y al sentimiento delicado 
de todo buen ciudadano amante de su patria. Me refiero, seiiores, 
a la debatida cuestion de la senaturia por Rio Negro. Ella acaba 
de ser resuelta por su tinico y legitimo juez: el Senado. El buen 
criterio manda acatar lo que el supremo juez resolvio. No quiere 
esto decir que no se tenga el derecho de censurar y criticar lo que 
se crea no hay a sido resuelto de acuerdo con lo que opinamos. 
No : el derecho de critica, que no es sino la inteligencia puesta al 
servicio del estudio de un problema, nadie lo discute ni desconoce. 
Todo fallo puede y debe ser estudiado y observado por la prensa 
y los partidos, ya para criticarlo, ya para enaltecerlo, segun sea 
el resultado del estudio 6 de la observation. Pero, lo que no es, 
ni puede ser permitido, es, la exacerbaci6n de las pasiones, el 
ataque violento, la frase hiriente, la difamaci6n personal, en, una 
palabra, la incitaci6n & las vias de hecho, porque tal 6 cual ciu- 
dadano ingrese 6 no al alto cuerpo deliberante llamado el Senado. 

Aceptemos la lucha en el juego regular de las instituciones. 
Enseiiemos al pueblo k dominarse por medio de la palabra tranquila 
y persuasiva y la acci6n pacifica. Acostumbre'mosnos a" buscar en 
los resortes constitucionales nuestra fuerza como nacion civilizada. 



— 192 — 

La fuerza bruta no es el recurso de las naciones sino en los casos 
supremos. Y atin asimismo, mucho se medita antes de lanzarse 
& las vias del hecho. Solo los pueblos atrasados recurren & ese 
medio, k cada momento y por cualquier pretexto. Nosotros no 
nos hallamos en ese caso supremo. Ya, antes de ahora, he ma- 
nifestado mi opini6n. Bien vale Paris una misa. Bien vale el 
pais una senaturia por Rio Negro. Esto he dicho, buscando el 
medio de solucionar el asunto en otro terreno que en el que se ha 
triunfado. Veia en esa eleccion un germen de anarquia, y creia 
que podria conjurarse torciendo la corriente y conduciendola por 
otra canal. No ha sucedido asi. Se ha creido conveniente dar a 
la politica del acuerdo este gaje de garantia en momentos en que 
se nos arrojaba el guante desde la secretaria de un centro direc- 
tive, rechazandose la hermosa facultad que se queria conceder al 
elemento dirigente para celebrar acuerdos politicos. A este insolito 
proceder responde el Senado de la Republica dando entrada en su 
seno al mas recalcitrante paladin de la doctrina del acuerdo. 

Y es asi que lo que la prudencia pudo resolver de otra ma- 
nera, se resolvi6 en beneficio de la politica que predicamos. Ya 
la vamos viendo triunfante en toda la Republica. Es que Dios 
lo quiere: es que el Pueblo lo reclama & grito herido. El ga- 
Uardo paladin que acaba de triunfar en el Senado es el nuncio 
de nuestra victoria proxima. Ya veremos como de uno a otro 
confin de la Republica se levantaran las frases de aliento para 
que prosigamos la obra comenzada. Y este triunfo es la obra del 
buen sentido comtin. Pone enevidencia el error de unos y de otros. 
En efecto, cuando no ha mucho oiamos leer en los diarios y re- 
petir en los clubs nacionalistas la gran traici6n del ciudadano que 
habia creido de su deber defender la verdad y la justicia sin preo- 
cuparse de si servia a" fulano 6 & mengano, nos deciamos: esa 
es la mala politica; perd6nales que no saben lo que hacen. Y, 
convencidos de la sana doctrina, la sostuvimos, la predicamos y 
la practicamos, atin en contra de la opinion de hombres como 
Rodriguez Larreta. Entonces la aplaudian, en cambio, los que 
ahora combaten al senador por Rio Negro. 

Los tiempos han cambiado, y con ellos las opiniones, como 



— 197 — 

prueba elocuente de que no hay mejor politica que la que se funda 
en la conciencia de nuestros actos. Los que ayer sostenian que so- 
bre la verdad y la justicia estaban las conveniencias del circulo, 
hoy ocupan posiciones en el seno del Gobierno, practican el acuerdo 
que entonces atacaban y levantan las personalidades de hombres 
como Blanco, Dominguez y Mendoza que han prescindido de sus 
sentimientos partidarios para estar a favor de lo que han creido 
lo verdadero y lo justo. Asi han quedado bien con su conciencia. 
Y los que por aquel entonces elogiaban la actitud del ciudadano 
que en la Camara de Representantes habia votado segtin su cri- 
terio y conciencia, levantan la voz y proclaman arbi et orbe la 
gran traicion de Blanco y sus amigos ! 

Sefiores : ^ ubinan gentium sumas ? ^ como es que asi se muda 
de criterio ? como es tan f alible la memoria humana que no re- 
cuerda lo que ayer no ma's sostenia con calor y ahinco, presen- 
tdndolo como ejemplo digno de imitarse ? \ Ah ! No es que se 
olvide : no es que se desconozca la bondad de una doctrina ayer 
no m£s ensalzada ; es que los intereses politicos creen de su deber 
poner en practica el dicho inadmisible del lord moribundo cuando 
decia a su hijo : « ten presente, hijo, que he votado muchas cosas 
« contra mi conciencia, pero ninguna contra mi partido. » 

La doctrina de las conveniencias, en absoluto, nos llevaria al 
terreno de la anarquia. No hay m&s que una segura. Esta es la 
que nos permite dormir tranquilos y hasta sonar, alguna vez, con la 
inmortalidad en las paginas de la historia y en el corazon de los 
hijos del pueblo. Continuemos predicandola y practicdndola, para 
decides & los hombres publicos: «No calumnieis k las figuras pro- 
minentes de nuestra tierra: respetad sus intenciones: reconocedles 
el noble derecho de opinar en conciencia, y buscad en el respeto 
de ese fallo el medio de regularizar el juego de las instituciones ». 

La calumnia contra el hombre publico lo engrandece m&s de 
lo que lo deprime. Calmad vuestras pasiones y asi sereis dignos 
de la verdad y de la justicia que entonces proclamdsteis. No os 
quejeis : son vuestras propias doctrinas las que han triunfado en el 
£nimo de Blanco, Dominguez y Mendoza : como son las contrarias, 
las de vuestros adversarios, las que Blanco, Dominguez y Mendoza 

13 



— 198 — 

han derrotado en la persona del mismo Rodriguez Larreta. ilste 
entra al Senado por obra del Acuerdo verdadero, puesto en aeci6n 
segun la conciencia de sus sostenedores. Halvado el principio, no 
anarquizemos, no sublevemos pasiones. Asi lo exije el pais y asi 
lo dicta la razon. Demos ese ejemplo a los pueblos que nos con- 
templan. 



Seiiores : ( 39 ) 

Ante todo, seiiores, un hemenaje & rendir al presidente de la 
gran reptiblica de los Estados Unldos de Norte America. Pong£- 
monos de pie 1 para en este acto saludar k la democracia triunfante 
dentro de la sangre del digno presidente de aquel pais. 

( El publico se pone de pie y acoje las palabras del orador con 
estrepitosos aplausos). 

Hace cinco meses se inici6 una propaganda democr&tica. En 
este mismo local se escucharon las opiniones de los que sostenian 
que los partidos politicos no tenian ma's que una norma de 
conducta k llenar en las democracias, aprovechara ella £ quienes 
aprovechara. 

Tuve la suerte de que & mi me tocara abrir ese ancho ca- 
mino por donde deben atravesar los partidos en las republicas 
modernas ; de recibir I03 saetazos de mis propios compaiieros de 
causa ; y de la de ver como se organizaban en la capital de la 
Reptiblica, en el centro de la civilizacion y del progreso, aquellos 
celebres clubs para anatematizar la conducta de un propio correli- 
ligionario; pero, & la vez, he tenidb, senores, la gran satisfaccion 
de ver, en la campaiia de nuestro pais, do quiera he ido, como se 
han movido y se han agitado los espiritus de mis propios correli- 
gionarios, I03 nacionalistas, yendo en corporacion todos ellos, con 

(39) Conferencia dada en Montevideo, el 8 de Setiembre de 1901. 



— 199 — 

sus Comisicnes Departamen tales d la cabeza, a saludarme, d ofre- 
•cerme fiestas en homenaje d esa rerdad y d esa justicia que ha- 
biamos defendido desde la tribuna augusta del pueblo en este 
mismo recinto. 

Pues bien : siguiendo esa norma de conducta, es que esta con- 
ferencia no serd mds que una trayectoria de aquellas mismas 
opiniones vertidas. 

No hemos de defender en ella otra cosa que la verdad y la 
justicia ; no hemos de hacer resaltar mds que los dictados que la 
conciencia aconseja al buen ciudadano en estos momentos dif idles, 
eean pocos los que escuchen, sean muchos los que nos acrediten 
en nuestra propaganda. ( Aqni se referia el orador al numero di- 
mimtto de oyentes. Apenas habria cuarenta }wrsonas. El orador halria 
eomenzado su conferencia d las dos en punto. En seguida se lleno 
■el local, no habiendo asiento vacio) . 

Bien puede decirse £ los que han creido que la idea estaba 
muerta, aquello que decfa el poeta : « los muertos que vos matas- 
teis gozan de muy buen a salud ». Las ideas que se creyeron muer- 
tas gozan de muy buena compania, y tienen una gran tension de 
herviosidad, A tal pun to que han hecho mover & todos los espiritus, 
desde el Norte al Sur, del Este al Oeste, de la Republica. La idea 
del acuerdo esta, pues, tan serena y tan tranquil a como el primer 
dia que nacio & la vida. Todos gozan, seiiores, de buena salud, 
y en prueba de ello es que venimos d reunirnos en este anfiteatro, 
no para hacer sentir la necesidad 6, mds bien. dicho, la importan- 
cia de la idea del acuerdo, porque eso ya nadie lo discute, 
pues to que ^e uno y otro bando estdn conformes en que el acuerdo 
se impone, sino para demostrar que sobre las susceptibilidades y 
sobre las preocupaciones de los partidos estdn los intereses perma- 
nentes del pais, que reclaman, d grito herido, la realizacion de esa 
politica del acuerdo para poder salvar nuestros destino3 en el 
f uturo. — ( / Muy bien ! — Grandes aplansos ). 

No es que el acuerdo este" en peligro. No, seiiores : la politica 
del acuerdo no estd en peligro ; es cuando mas fuerte se encuentra 
en la actualidad. 

Recuerdo, con este motivo, un suceso de familia. Se moria una 



— 200 — 

pariente mia, ya bastante anciana. Su esposo tambien lo era. Del 
cuarto donde yacia la moribunda salio un amigo y nos dijo i 
« Asombrense : la tia se muere ; y el tio, & su edad, con las 1&- 
grimas en los ojos, dice : [ Dios mio ! el cieio me la lleva cuando- 
reci£n ibamos comprendiendonos ! » Yo era muchacho entonces y 
no me di cuenta de toda la filosofia que encerraba esta frase t 
I Dios me la lleva cuando reeien ibamos comprendiendonos, a la 
edad de la senectud y de la vejez ! Crei que aquello fuera simple- 
mente una fantasia del espiritu, una frase hecha en ese instante 
solemne, unicamente para encubrir algun sentimiento ya muerto, <> 
adormecido, de aquel que, para mi, era y fue* un hombre honesto y 
conceptuado. No alcance & comprender toda la filosofia de esa 
frase, hasta que un dia, despuSs de haber roto una gran amistad,. 
que habia durado desde mi infancia hasta la edad, presenter 
en que habia empezado k peinar canas, pude decir: «Se puede 
ser amigo de un hombre durante cuarenta alios y sin embargo- 
no haberlo comprendido sino en un solo punto de la vida ». Asi^ 
si la politica del acuerdo estd ahora, como se supone, en el lecho- 
del moribundo, es ahora, senores, cuando reeien vamos & abra- 
zarnos estrechamente pueblo e* idea, pueblo y gobierno; reeien 
vamos a comprendernos, porque ante el peligro comun, ante el 
precipicio que se abre £ nuestros pi£s, el corazon resurje, y coma 
iluminado por una gran luz del cielo, le dice como a Ldzaro: 
« Levdntate y anda, corazon uruguayo, toma el camino del medio r 
el del aliento popular, y en 61 labra hondo para llegar & la cus~ 
pide de la montaila!» — ( Grandes aplausos ). 

Y tanto fructifica, senores, la idea del acuerdo, tan arraigada 
esta en la actualidad, que es ella la que, vivida y real, ahi se 
hace sentir magndnima en la lucha electoral a que se ha dado- 
comienzo. En los diarios de hoy mismo, ustedes habran leido que 
los partidarios de una y de otra colectividad se reunen bajo un. 
mismo techo, labran actas, y las subscriben, con el solo proposifxv 
con el unico proposito, de evitar la lucha alrededor de las urnas. 
Es decir senores, que nuestras ideas se estdn haciendo praeticas- 
en casa del adversario, sucediendo con ellas aquello que decia el 
poeta en una zarzuela espanola cuando cantaba, hablando del amor 



— 201 — 

<ie la mujer en Cuba : si con los labios ella dice que no, con los 
ojos ella dice que si. — ( Risas ). 

Asi son los partidos: Si con los labios dicen que no al 
acuerdo, con los ojos, con el coraz6n y con los hechos, reunion- 
dose, nos afirman que si. Es que desde el fondo de su alma 
nos dicen d nosotros: « Sacrifiquense ustedes por las ideas, prac- 
tiquen ustedes el valor de la impopularidad, que, al fin de la 
Jornada, ellas triunfardn d favor de nuestros votos y de nuestros 

brazo3 para llevar enhjesta la bandera — (Aplausos pvlon- 

gados ). 

Seiiores : Si como se ha dicho, la prensa del pais es el cuarto 
poder del Estado, y ella merece algun respeto y alguna conside- 
racioh por parte del pueblo, d quien ayuda d dilucidar sus grandes 
cuestiones politicas, la de nuestro pais, por si sola, reflejaria el 
estado de progreso que se ha operado en el espiritu; por lo que 
indiscutiblemente e*sta bastaria para dar el gran fallo popular, el 
gran veredicto de que el Acuerdo es la finica voluntad de la 
Republica en estos instantes. 

Bien : los diarios que por su capital, por su influencia en el 
seno de esta sociedad al estudiar serenamente las cuestiones que 
se agitan en el pais, por las personas que d su f rente se-en- 
<mentran, por sus largos ailos de existencia, por la cultura que 
siempre han revelado, como El Siglo, La Baxon. El Bien, El Tc- 
legrafo Marilimo, La Nacion, La Tribuna Popular, La Espana, 
L' Italia, son partidarios de la doctrina del Acuerdo. 

Muy bien, sehores. 

Todo esto que estoy diciendo es una simple introduccion, algo 
larga para un libro corto. Quizds lo hablado 6 improvisado es 
mucho mds extenso que lo que traigo escrito. 

Yuelvo d repetir, que hay que aprovechar las ocasiones. Ten- 
go este sistema. Pues bien: todos los dias leo los diarios, princi- 
palmente los que me atacan, porque es sintomatologico que todos 
los politicos deben decir lo malo de lo que piensan, porque lo 
bueno no pensado puede decirlo algun pobre de espiritu. 

Leyendo esos diarios me he encontrado con El Pais, redactado 



— 202 — 

por un amigo mio, que ha venido de Buenos Aires recientemente* 
y que desconoce la atmosfera que resp:ramos los orientales en este 
momento. Mi amigo ha venido con grandes ganas de embromar la 
paciencia. En estos dias ha dicho lo siguiente: 

«E1 doctor Palonieque, con sus rasgos geniales, afronta la si- 
tuacion de ir d Melo d luchar frente d frente con el gran cau- 
dillo nacionalista, el general Saravia. ^Y esa es la manera de 
ir a predicar el Acuerdo, yendo a provocar las iras del gran 
caudillo del Partido Nacional?> Pero, seilores, en primer lugar, el 
doctor Palomeque no tiene mas que los rasgos geniales que carac- 
terizan a todo desequilibrado. Y as sabido que el gran desequili- 
brado del siglo fue el que descubrio la America: Colon. Pero, si 
la genialidad de un hombre consiste nada menos que en declarar 
a la faz de todo el pais, que vd d presentar su candidatura en el 
seno precisamente del Departamento de Cerro Largo, donde estd 
el nido de dguila, ahi donde esta el gran condm\ que, con su garra 
y su pico puede matar al aguilueho, — senores, me parece que en 
cualquier pais del mundo, lo unico que de ello podria decirse seria 
lo siguiente : « Esta no es genialidad, eso es empezar por darles d los 
anti-acuerdistas, que han asegurado que el caudillo nacionalista lo- 
era, la ocasion para que en su propio campo, en el propio de- 
partamento de Cerro Largo, se predicara con el ejemplo, es decir r 
que empezara por alii la lucha democratica, para que quien la 
produjera sufriera las consecuencias en su propia casa ». 

jPero si no hacemos otra cosa que ir d poner en practica las 
ideas que ustedes querrian que practicdramos ! 

No se quejen de que haya un ciudadano tan noble, tan ge- 
neroso, que quiera demostrar que alii se respeta la libertad elec- 
toral, aun cuando impere la voluntad individual de un caudillo- 
noble y generoso como don Aparicio Saravia. — (Grandes aplausos). 

Mucho se ha escrito sobre el derecho de la mujer & tomar 
una participacion activa en los negocios publicos. Se ha creida 
que ese es un asunto moderno. Y es tan viejo, senores, como la 
doctrina del acuerdo politico. En 1576 treinta y dos viudas rei- 
naban en los Estados del Franco-Condado, y en Bolonia, segtin k> 
recuerda, en nuestros dias, un escritor francos, aun se enseiia el 



— 203 — 

paraje desde donde se hacia escuchar una mujer-profesora, d doble 
titulo celebre. Aun se muestra la cortina detrds de la cual ella 
hablaba, gustandole mds instruir que agradar. j Cudntos hombres 
son mas femeninos que esa mnjer! Cudntos, seiiores, usan la careta, 
mas para agradar-engafiando que para instruir deleitando ! (Aplausos). 
Dichoso tiempo aquel en que una mujer exhibia su belleza moral 
£ intelectual ocultando su belleza fisica ! jDesgraciado aquel en 
que el hombre oculta su impudicia moral exhibiendo su hermosura 
fisica! Y esto es lo que sucede en las cireunstancias actuates por 
que atraviesa el pais. Hay ciudadanos que ocultan su verdadero 
pensamiento empleando f rases agradables. Y esa ocultaci6n es la 
que prima en lo fundamental del problema. IT nos quieren el acuerdo 
por el acuerdo mismo, como lo desea el ComitS Ejecutivo. Otros lo 
quieren si va d un fin deseado. Los primeros solo tienen en cuenta 
los intereses permanentes, sin preocuparse de d quien puede bene- 
ficiar de rechazo. Los segundos solo ven el fin accidental, sin tener 
en cuenta el perjuicio causado directamente d la sociedad. Aquellos 
son I03 acuerdistas pur sang, en una palabra, los zonzos, los pa- 
vos de la boda, entre los que figuran, en primera linea, ciertos 
conferenciantes de la capital y de la campaiia, destinados al sa- 
crificio. Y estos otros son los acuerdistas de un cuarto de sangre ; 
en una palabra, los hombres vivos, que se tragan ma's bien que se 
comen los pavos trufados, entre los que aparecen, de cuerpo en- 
tero, determinados politicos presidenciales. Por aquellos, el acuerdo 
estaria hecho, sin mds trdmite. Ellos aceptarian lo propuesto, sin 
una sola eorreccion, rindiento culto d lo que decia Cicer6n cuando 
hablaba de los Comentarios de Ce*sar : « aun cuando C6sar no se 
propuso dejar mds que materiales para el que quisiera tratar con 
m£s extension el asunto, solo un escritor vulgar se atreveria £ 
adornarlos; un hombre de gusto no osaria tocarlos siquiera». Este 
geria el pais, que no entiende de retorica ni de metdfora, sino de 
buen sentido, con el cual instintivamente se defiende en la pugna 
que viene sosteniendo. Por los otros, nada se haria, sin que se 
corrigiera la plana, llendndola de frases literarias, en las cuales 
primara el interns, eso si, hiriendo, sin que la legitima defensa lo 
reclamara. 



— 204 — 

Hay, pues, que agitarse en esta Jornada suprema. A nosotros 
nada nos ata m nos mueve, & no ser el bien de la patria. Ama- 
mos el acuerdo porque en e"l esta encerrado el espiritu de la Con- 
cordia civica, que impedira a nuestros partidos, esencialmente bra- 
vios y guerreros, llegar al desenlace sangriento que todos preven, 
fundados en la historia de nuestras ardientes correrias. No lo quere- 
nios porque vaya tras de una determinada personalidad presidencial. 
Aquello es grande, el acuerdo por el acuerdo, por lo que se destaca 
en el marco de los sucesos. Lo otro es secundario, por ma's que est6 
encerrado dentro de lo magno, lo contenga y lo subyugue. Quien 
mejor sirva d la concordia civica ese estard m&s cerca de la alta 
magistratura de la republica ; quien menos piense en ella, y m£s 
en el pais, en la uni6n de los hermanos, ese estard m&s cerca de 
su gloria, de su buen nonibre ; ese vivird mas, como el primero, en 
la patria y en el corazon de sus conciudadanos. Y esta es la tinica 
y verdadera presidencia a que ha de aspirar todo ser preciado de 
bueno y honrado. No vale el tUulo por si solo para vivir grande 
en las paginas de la historia. El titulo lo da la propia acci6n, es 
decir, aquel que estd destinado d perpetuarse como ejemplo digno 
de imitation. El titulo que da el puesto mismo no siempre es lec- 
c;6n que deba aprenderse para repetirse. Mirad sino, Varela nunca 
llego d tener el titulo ; y nadie mds grande que 61 : es el prototipo 
del deber y del sacrificio. Vive en el alma del niiio y en el co- 
razon de un pueblo adulto, consciente y reconocido. En cambio, 
i que cuadro podria pintarse de nuestra sociabilidad para demos- 
trar que los titulados no tienen titulo ante la historia y que los 
iniitulados suben, suben mds alia, perfumando la atm6sfera de 
paz, amor y abnegation ! Esto si que es ejemplo noble. No de- 
rramar una gota de sangre, no arrancar una ldgrima sino d la 
hora de la muerte, no subir d la montana por sobre escombros 
de caddveres, no ambicionar mds que el reinado de la justicia, 
contemplar la felicidad del pueblo desde el fondo del hogar labo- 
rioso y sano, esa es la gran presidcncta del soldado del deber, 
llamado k vivir modesta pero santamente en el cielo de las institu- 
ciones patrias. Y & ella aspirard siempre el que ame la concordia 
civica, la paz de la familia uruguaya. Esa es la verdadera presi- 



— 205 — 

dencia de la Republica, santa y noble, abnegada y desinteresada ! 
( Aplansos ), 

Yo, pues, cuando me he abrazado con la bandera del acuerdo, 
me he inscripto en las filas de los que quieren el acuerdo por el 
acuerdo mismo, es decir, por el bien del j>ais, con prescindencia 
absoluta del circulo presidencial. Estoy convencido de que el gran 
obstaculo que se presento para la realization de la paz en la ultima 
contienda revolucionaria fu6 la ambiqon de todos y cada uno de 
los que aspiraban & la presidencia de la Republica. Fue* necesa- 
rio que el balazo de un poseido diera en tierra con la personalidad 
del seiior Idiarte Borda para que la paz f uera un hecho. Asi, muertas 
todas las aspiraciones presidenciales, fue" posible la paz. Los can- 
didates no podian maniobrar en contra de los intereses del pais. 
Hay un choque entre los intereses de ambos, del cual resultan 
perjudicados los del particular ambicioso. 

El pals, pues, en este momento critico tiene el perfecto de- 
recho de decir & los candidates : « No queremos, por ahora, preo- 
cuparnos de vuestros intereses, porque los que est&n en juego, y 
priman sobre todos, son los nuestros exclusivamente : haceos £ 
un lado y venid detra"s nuestro & trabajar por la Patria primero 
que asi tambien trabajar&s implicitamente por los vuestros : lo 
primero es lo primero : ya liegard el instante de buscar la dama 
para quien la haya merecido por sus virtudes y talentos. » Esto 
dice el pais. Y por eso hay una gran masa de pueblo que 
se dice simpiemente acuerdista, sin querer participar de la tarea 
que se realiza en otra parte. Hay muchos ciudadanos que, 
aun viviendo atados, solo aguardan la oportunidad para gritar 
con libertad y con energia : « Si yo estoy aqui de ma's : si yo 
no soy trapense: yo soy solamente un ciudadano consciente : soy 
acuerdista : en una palabra, soy un oriental, un hombre que 
quiere politica grande, elevada y noble : nacional desde las al- 
turas y prudente juicio desde abajo. * Y esa gran masa de 
opini6n, que ahi estd, real y latente, es la que debe hacerse 
sentir en estos instantes supremos. Ella no es gobierno, ella no 
tiene caudillo, ella no tiene candidato, como para que pueda 
considerarse atada ni coartada en su Uberrima voluntad. Pero, 



— 206 — 

es algo ma's que gobierno, tiene m&s influencia que un caudillo 
y mayores ambiciones que un candidate Es todo eso a la vez 
obrando dentro de si misma. Es gobierno, caudillo y candidate, 
por lo que tiene la fuerza efieiente para conducir una Jornada. 
Lo que si, no ha malograr un capital tan valioso, jugandolo dis- 
traidamente. Ha de estimarlo en lo muy mucho que vale y no 
arriesgarlo. Ha de usarlo prudentemente y en las grandes oca- 
siones, en aquellas en que en real id ad merece caerse, porque 
hay honor que custodial* ; 6 vencerse, porque hay intereses que 
salvaguardar, en el presente y en el porvenir. Y esta es una 
de esas grandes ocasiones. Hay que salvarse, cueste lo que 
cueste; y por eso el pueblo, instintivamente, en uso del dere- 
cho de la propia conservaci6n, se ha dicho : busquemos la canal 
del acuerdo, de la concordia civica, ilnica grande por do pue- 
den atravesar sin desconfianzas ni desdoro todos los orientales. 
Y he*nos a qui, senores, reunidos, en este momento historico* 
para deliberar sobre nuestro destino. Varaos a ser I03 artifices de 
nuestra propia dicha 6 desgracia. Queremos que nuestra voluntad 
impere en la gran contienda. Somos una parte muy considerable 
de ese pueblo que sufre y trabaja, que nada quiere para si, 
pero que, eso si, les dice k los politicastros : «usad del poder, 
pero realizad nuestras aspiraciones ». Es lo menos que puede 
exigirse. Y ese menos es lo unico que les pedimos. Nosotros 
no aspiramos al gobierno, pero, en cambio, os pedimos una cosa 
bien sencilla : que nos asegurels la paz tan s61o por cinco anos 
para que podamos vivir tranquilos, y no con el Jesus en la 
boca como sucede ahora. Os pedimos que nos deis una tranqui- 
lidad relativa durante tan corto numero de anos, que nos prive 
de graves enfermedades al corazon. Esto no es vivir. Se estd 
en una constante zozobra. No hay gobierno posible. Es necesa- 
rio salir de esta inconstitucionalidad y provisiorato en que vivi- 
mos. La paz ptiblica no puede depender de la voluntad de un 
hombre 6 de unos pocos hombres. Asi no marcha un pais. Eso 
es una anarquia constante, en la que la sociedad ne puede tener 
otro gobernante que el dictador. La Constituci6n no impera. 
jSolo el dominio arbitrario es el que rige entonces, y de ahi que 



— 207 — 

todo viva fuera de quicio, expuesto a que la autoridad, que es 
la mas noble institucion social, sufra acciones y reacciones in- 
compatibles con las instituciones. No hay gobernante entonces 
que pueda ir por la recta. Vive en continuo acecho, defendie"n- 
dose hasta de los que dicie*ndose sus amigos viven bajo su mis- 
nio techo. No hay gobierno posible alii donde para nombrar un 
teniente alcalde se hace una cuestion de estado y se alborota el 
pais. Y, cuando un gobernante se encuentra entre dos Estados 
mediatizadox, se expone, y no sin razon, a ser tratado como el 
queso de un sandwich. (Risas). 

El pais no puede salir vencido. Es el unico que tiene dere- 
cho a salir vencedor. Si los partidos 16 representan, ellos deben 
interpretar sanamente aquellas intenciones levantadas y altruistas. 
Es necesario que salgan de ese juego de las etiquetas, sobrepo- 
niendose a las susceptibilidades, pero con la preocupacion constante 
en los intereses del p&is. Si realmente representan la opinion na- 
cional, su deber es respetarla y hasta estimularla, si fuera posible* 
Ellos han debido sentir las palpitaciones de este pueblo. Y, si 
realmente las conocen y no las practican, son infieles a un* man- 
dato, lo que los desacredita. No pueden desconocerlas, porque 
ahi estan hacie*ndose sentir en toda la Republica. Seria, pues, 
un absurdo que el pueblo fuera vencido, es decir, que el man- 
dante recibiera inspiraciones del mandatario en contra de las ins- 
trucciones que se le han dado. Esto es absurdo, y mucho m&s 
todavia para los que invocan la muletilla de la disciplina. Son 
ellos los que la desconocerian en presencia de ese pueblo na- 
cional y extranjero que les dice: qneremos el Acuerdo. En nom- 
bre de la disciplina, del respeto a la alta autoridad de donde 
dimanan todo vuestro poder y vuestra fuerza, la nacion dice : 
«No anarquic&s al pueblo: respetadlo: escuchad su voluntad y 
preparaos para la realizacion de la gran obra del acuerdo, si es 
que no quere"is incurrir en el dictado de indisciplinados que tan 
jactanciosamente dais & los demds ». Es el caso de recordar 
aquello de que la criada ha salido respondona. Se quieren le- 
vantar con el santo y la limosna. Y, a titulo de que tienen la 
sum a de la autoridad partidaria, quieren imponer una voluntad 



— 208 — 

que riiie con la del mandante. Esto es inconcebible, ni nunca 
se ha visto, mucho mas cuando de esos mismos centros directi- 
ves surje la afirmacion de que la voluntad nacional esta ahi de 
manifiesto & favor de la politica del acuerdo, de la concordia 
civica. En este caso, los partidos politicos, digo, los que los re- 
presentan, no deben confundir sus propias pasiones, que pueden 
ser muy legitimas y justificadas, con las altas conveniencias nacio- 
nales. Han de sobreponerse a* las susceptibilidades y rivalidades 
del momento para buscar unidos la mejor solution al problema. 
Asi lo quiere el pais. Y ellos no pueden levantarse sobre esa 
voluntad. Han de respetarla para comulgar ante un mismo altar: 
el de la Patria. Yo no .se ni quiero saber quien tenga la razon 
en esa cuestion cle susceptibilidades. Lo que yo s6 es que el 
pais les dice : f ue la politica del acuerdo la que nos salvo : si, 
ella fue la que nos dio honradez admin istrativa y la posibilidad 
de realizar nuestra gran obra portuaria : pues bien : queremos 
continuarla, no queremos reiniciar nuestro calvario politico, sus- 
pirando por restauraciones atavicas : no queremos buscar nuestra 
dicha en el fondo de un ataud, sino en las hermosas radiaciones 
de la atmosfera, apretando pechos y estrechando manos velludas 
y callosas que nos conduzcan por el camino de la paz y del or- 
den. — ( Aplausos ). 

No, no es posible continual- de esta manera. Es necesario 
que se imp] ante la buena doctrina: que los partidos se conven- 
zan que ellos no son sino medios y no fines: que no pueden 
atenacear la conciencia de los ciudadanos con organizaciones 
ferreas en las que solo impera, £ la larga, la voluntad de un 
hombre. Esas organizaciones me hacen recordar, por lo opuesto, 
el juego de las ondas en una laguna tranquila, cuando se arroja 
una piedra al fondo de ella. Del punto tocado se desprenden on- 
das sucesivas, que van extendiendose, dando movimiento &> las 
aguas, segtin sea la mayor 6 menor fuerza que lo haya producido. 
Asi da vida al todo. En los organismos nuestros sucede todo lo 
contrario. El pueblo, que es la gran laguna, se mueve, y, poco 
a poco, su orbita de accion va disminuyendo sensiblemente. ^De 
una gran asamblea popular surge la soberania, que se delega fen 



t 

4 



— 209 — 

unas Comisiones Departamentales; 6stas la delegan en una Con- 
vencion; la Convention, no la deposita en un Directorio, sino 
que las Comisiones Departamentales la estrechan en un Congreso 
Elector, que no emana directamente del pueblo; ese la sumerje 
en un Directorio, y el Directorio, por ultimo, arroja la piedra al 
fondo de la laguna, con tal cuidado y lentitud, que, en vez de 
circunscribir ondas que dan vida al todo, va al lecho y alii ce- 
lebra sus connubios con el Hada misteriosa, llamada caudillo, 
que impone su soberana voluntad (felizmente parece tener buen 
sentido) a lodo un pueblo nacional y extranjero, sediento de paz, 
rico en ilusiones y en capital, acrecentado en el trabajo y en la 
honrad£z! (Aplausos). A lo que ha quedado reducida la sobera- 
nia de una colectividad ! Ya no se delibera en publico sino en 
el fondo de las selvas. i Y esto es un pueblo ? <? Y esto es 
el progreso y la civilization? 4 A esto han venido a parar los 
ciudadanos que ayer no mas reivindicaban derechos hollados, di- 
ciendose que representaban las aspiraclones popularcs ? Pues si 
estas son las que se quieren representar, mirese alrededor del 
pais y digase si el acuerdo es 6 no una aspiration nacional, y 
si los Directorios de esos partidos la han realizado 6 pretenden 
realizarla ? ! 

Y yo hago justicia &> los hombres que dirigen a nuestras colec- 
tividades, ya desde la prensa, ya desde el fondo de las selvas. No 
los maltrato. Reconozco que viven en la atmosfera de la lucha, en 
la que no siempre es posible dominar las pasiones. Asimismo se 
que muchcs veces el hombre publico tiene que transar aparente- 
■mente con ciertas preocupaciones, para luego conducir la ola por el 
cauce correspondiente. Y se* que en medio k la voragine de la lu- 
cha se arroja al adversario con cuanto se tiene por delante. Son 
dos duelistas resueltos & matarse, & vender caras sus vidas, que 
luego se tienden la mano en praeba de respeto y admiracion. 
No puede decirse que los hombres que dirigen sus destinos, son, 
con relacion al pueblo de donde surgen, como « un vaso en 
que se perpetua la especie, que permanece tan extrano a su 
hijo como la arcilla del mismo vaso a la planta preciosa que 
con tiene. » Surgen de las filas del pueblo y no pueden ser indife- 



— 210 - 

rente a su suerte. La arcilla de que esta" formado le recuerda 
que es alii donde ha nacido, donde ha de desarrollar sus fuerzas. 
No puede considerarse ex trail o & aquello que es su carne y su 
hueso. Su fuerza no puede fonnarse y conservarse sino por la 
disciplina de las buenas costumbres. Y entre e"stas no se encuen- 
tran la de la esclavitud para el pueblo que los busc6 ni la de la 
dictadura para quien fu6 buscado. La que se encuentra es la del 
aura de la libertad, que hace posible la responsabilidad humana. 
Por eso el ciudadano lucha por sus ideales, los expone y es lo 
que le revela como el ser superior de la creacion humana. 
Quiero y debo honrar d esos politicos. Por eso, no obstante todas 
las desinteligencias de forma, mds que de fondo, que se han 
producido en este intrincado asunto, creo y sigo creyendo con fe 
entusiasta que el acuerdo se hard, i En que" forma ? No lo s§ : 
pero si que ese serd el final. No puedo ofender k los hombres 
publicos de mi pais, suponiendolos unos seres corrompidos y co- 
rrup tores desde que ellos mismo declaran que es indiscutible que el 
pais quiere el acuerdo. Si lo declaran de buena fe, tienen forzo- 
samente que ir al acuerdo. Y si lo dijeran, que no lo creo, por 
una banalidad politica 6 social, entonces podria sucederles lo del 
protagonista en la verdad sospechosa, es decir, caer victimas de 
sus propios ardides. 

No : cuando se sabe honrar el alma, se comienza por el res- 
peto, que es por donde principia el gran amor. Y asi sucede 
con los partidos. Ellos no son sino fracciones desprendidas del 
alma de la Patria. Ellos saben honrarse, no obstante sus pa- 
siones, que es en lo que revelan sus fuerzas de conviccion. 
Luchan, gesticulan, vociferan, blasfeman, si se quiere, pero llega 
un momento psicologico en que se detienen, se reconcentran, se 
recogen, toman aliento ; y es que la voz de la Patria los llama. 
Y entonces todas las concupiscencias desaparecen, todos los 
agravios se olvidan, todas las susceptibilidades se inclinan, y la 
espada se trueca por el olivo y en las cuchillas se levanta la ban- 
dera color de cielo, simbolo inefable de que una sola existe para 
los orien tales, bajo la cual debemo3 vivir constantemente. 

Muchas veces, al pensar sobre esta situation de los hombres 



— 211 — 

publicos en sus amores con la cosa politica, he recordado aquello 
de los amores ilegitimos. El politico abandona al pueblo, que 
es su legitima consorte, y busca en el eirculo estrecho, que es la 
amante, los placeres de la vida sensual. El politico, que ha co- 
locado tan alto & la patria, cuando la sabia severamente rebelde 
d toda transaccion con el deber, se mostrard reconocido ante los 
sacrificios que de ella exije al abandonarla ? « Al aproximarse & 
la amante, y obtener de ella lo que el hombre quiere, dice un 
autor, i le da e*l lo que ella espera ? Hace 61, en la sociedad 
que le transforma, una parte A su companera ? i La asocia m£s 
intimamente & su vida? » Otro tanto sucede al politico, §1 exige 
virtud k la hetaira griega, que solo puede darle inteligencia, 
mientras pide talentos & la noble dama, su esposa, que le da 
virtud. El politico no puede darle al eirculo lo que es de la 
Patria, no puede asociajJo mas intimamente & su vida, ni con- 
fundir lo que es la parte con lo que e3 el todo. En la amante 
podrd buscarse el placer del momento; pero en la esposa se buscan 
los respetos del amor grande. Y asi debe ser el politico cuando 
llega la gran ocasifin : buscar en la Patria el gran amor, unico que 
no muere, unico que sobrevive, porque estd basado en la con cord ia 
civica. Entonces el eirculo desaparece dentro de la gran circunfe- 
rencia, que se ensancha para dar cabida & todas las aspiraciones, 
que son las que se dominan: las asjjiraciones nacio)ialcs. Y Pueblo 
y Gobierno, unidos, celebran el acontecimiento, sin que a nadie se 
le ocurra la peregrina idea de que el gobernante no puede sentir 
con su pueblo, alegrarse con su pueblo, confundirse con su pueblo, 
en las grandes y sublimes ocasiones. 

Hay que proseguir todo lo que emprendamos con energia y 
conciencia, pero tambi&i con una verdadera pasion, como decia 
Leopoldo de Gerlanch, el amigo de Bismarck, al hablar de la 
reina Augusta. Y en el caso actual no haya temor, senores, por 
mds ilogica que pueda parecer la politica. Es verdad que en poli- 
tica nada puede asegurarse, si no todo desearse. Por eso mi confe- 
rencia, en su fondo, no puede ni debe contener absolutas. Soy un 
simple batallador por una idea. Yo no profetizo si no que lucho 
por lo que creo bueno y saludable. Predico con conviccion, 



- 212 — 

pasion y hasta alegria de espiritu. Pongo en ello toda mi alma. 
AI servicio de una idea popular he consagrado mis facultades. 
Si no la hubiera visto hecha came en toda la Reptiblica, no 
la serviria. Es que yo la he visto de cerca, valiente, animada, jo- 
ven, dulce y sonriente, invitando k todos los ciudadanos a ser- 
virla y llevarla triunfante & lo alto de la montana. Por eso no 
puedo creer 'que la venzan, si es que los politicos de mi pais 
recuerdan que los pueblos despreciados en sus legitimas aspira- 
ciones saben tambien vengarse en las horas supremas. Ejemplos 
muy recientes lo demuestran. Cuando se llega a la altura hay 
que pensar que se bajaril, porque el oxijeno del poder cansa y 
abruma. Y si la soberbia nos enloquecio, el pueblo, k su hora, 
sabra hacer sentir sus energias al mandatario. No olvidarlo es un 
deber. Nosotros no tenemos el derecho de disponer & nuestro 
antojo de los intereses de todo un pue*blo ni de ir contra sus 
legitimas aspiraciones. Y mucho m&s, cuando, como aqui sucede,. 
Its brouilletirs ne vcalcnt pas la guerre. Nadie quiere la guerra.. 
Pero, todos hacen la parada. Esa es la verdad. Y lo que co- 
mienza por una farsa, por una susceptibilidad, bien puede conver- 
tirse en una tragedia. Y eso es lo que hay que evitar, pero- 
pronto, porque puede que el remedio llegara tarde. En este sen- 
tido todo esfuerzo es poco. Los ciudadanos no deben escatimar 
ninguna tarea, siempre que tengan buena voluntad y verdadera 
sinceridad. A esta obra deben concurrir todos los buenos, y hasta 
todos los malos, aun aquellos que saben mofarse de los mas no- 
bles sentimientos en las horas angustiosas por que atraviesa la 
nacion, olvidando que ya su mision satirica termin6 con la dicta- 
dura latorriana y con ella sus prestigios civicos. A nadie se re. 
pudia en esta Jornada. Eso si, en la puerta de la tienda hay que 
dejar, como en el templo antiguo, las sandalias llenas del polvo- 
recogido en el camino, para no enlodar el suelo del templo que- 
rido. Hay que entrar con la f rente alta, el corazon sano y sin 
reserva mental de ninguna clase! 

Los hermanos no se aman bien «sino bajo las alas protecto- 
€ ras de sus viejos padres. Una vez alejados los unos de los 
« otros, la tierna amistad se va con la familia ; ella se amor- 



«. 



& 



— 213 — 

« tigua cuando £sta se ha disuelto; se vuelven & ver, no fre- 
« cuentemente : se escriben, pero no se puede hacer participar en 
* un todo la fuerza del corazon: la realidad de los nuevos lazos 
disipa el recuerdo de los viejos vinculos : £ el corazon mismo 
uo pierde su sensibilidad £ medida que la edad avanza ? 
« Donde estan los hermanos que se a man k los 30 aftos como 
« se amaban & los quince ? Oh ! que" recursos de" biles de este 
« amor tan puro, tan desinteresado, tan tierno, tan perfectamente 
« satisfactory de un padre y de una madre ! » Y asi sucede 
en la Patria. Nada mis grande y desinteresado que ella misma. 
•Cuando 4 todos nos cobija permanentemente ; cuando nos retiene 
para siempre dia k dia, minuto por minuto, haci6ndonos sentir 
su influencia bienhechora; cuando confundimos nuestros anhelos 
con los suyos, suavizando y educando el sentimiento ; \ cuan dis- 
tinto es nuestro procedimiento y aun nuestro cariiio! ;c6mo se 
modifican nuestras actitudes al contacto de esa cadena invisible, 
pero sensible, en todos y eada uno de nuestros actos ! Entonces 
se comprende la filosofia de aquel dicho vulgar: ojos que no ven, 
corazon que no siente. 

Es necesario vivir en ella, con ella, dentro de ella, para 
comprenderla, amarla y sacriticarla, a veces, lo m&s noble del in- 
dividuo. Es asi que, sinttendola de cerca, vi^ndola sufrir, no 
apartandonos de sus caricias, que la amamos y la consagramos 
todas nuestras actividades y generosos desprendimientos. Es asi 
que se conserva fuerte y vigoroso el sentimiento fraternal, el 
afecto del hennano, y con SI, robusto y levantado, el amor de 
la nacionalidad. Pero, si nos alejamos, si vivimos en tiendas 
eternamente separadas por una zanja de odios y de sangre, con 
recuerdos de crimenes y de dolores; si no nos cubren sus alas 
protectoras, las de los viejos padres, las de aquellos que saben 
inspirar las expansiones inefables; si escribimos dos historias, 
una triste y negra y otra hermosa y brillante ; si establecemos dos 
escuelas, una con verdades amargas y falsedades violentas y 
otra con claridades erroneas y con tintes borrosos; si salpicamos 
todos nuestros recuerdos con tinta sangrienta, con ironias crueles, 
oon amenazas encubiertas, con sarcasmos cruentos; si asi nos 

14 



— 214 — 

alejamos de la atmosfera tie la Patria, i donde estan los viejos 
vinculos que atraigan £ los ciudadanos ? i d6nde la virtud de nues- 
tros patricios que nos inspire ? ^ donde la esencia del bien nacional 
infiltrando nuestro espiritu y nuestro cerebro ? i d6nde la masa 
nacional, el pueblo nacional, sobreviviendo en la memoria del fu- 
turo y enalteciendo & los que nos dieron la vida de las vidas: el 
caracter popular? ( Aplausoft). 
Todo muerto! 

Pues, asi sucede con los pueblos que emigran, dentro de sus 
propias fronteras, formando dos sociedades antagonicas. No se trata, 
al parecer, de un pueblo. Parece que tuviera fronteras chinas, que 
le impidiera comulgar hasta en el momento supremo de honrar a 
sus grandes personalidades. Si, senores, parece que hubie'ramos 
nacido para odiarnos eternamente, para reproducirse la escena 
aquella de los dos pdjaros que en la hermosa tierra brasilera se 
persiguen hasta concluir con su generacion. 

Pues bien, nada debe arredrarnos. Debemos continual* la lucha. 
Hablar el lenguaje de la verdad, sin herir; criticar, sin ofender; 
convencer, sin jactancias. Y asi, de prSdica en pr&lica, impo- 
nernos la noble tarea de modificar la fisonomia guerrera de nues- 
tros partidos, hasta demostrarles que los ciudadanos de una de- 
mocracia no forman Divisiones ni Regimientos ni Conipafiias m 
soldados para ir k la lucha comicial; que no se forman colecti- 
vidades con organismos fenreos, donde la libertad de pensamiento- 
y de la palabra desaparecen para entregarla & un nticleo de 
hombres que pueden disponer de nuestro honor y de los destinos 
del pais sin consulta ni discusi6n ; que no se engrandece una co- 
lectividad ni un pueblo arrancdndose de sus entrants lo mas viril 
y noble de sus personalidades pensadoras, para relegarlas al olvido,. 
al silencio, al vacio, 6 al fondo de un rancho, donde ni siquiera se 
le ofrece la raci6n del soldado al Libertador de todo un Pueblo en 
Ituzaing6 y Sarandi ! — ( Grandes aplausos ). — La vida democraV 
tica hay que enseftarla y que hacerla. Esa es nuestra misi6n. 

Debemos hacer brillar el talento, la virtud, lo que vale, lo que 
ha valido, lo que ha sabido luchar durante tantos anos de ingratas 
horas y de insomnios incruentos, siempre predicando la honradez 



— 215 — 

administrativa y la probidad en las alturas del poder. Eso es lo 
que tiene que brillar, y eso es lo que brillard, si eonseguimos rom- 
per ese hielo que circunda & las colectividades y atraerlas al terreno 
de esa atmosfera tibia, y hasta caliente, si se quiere, que disipara* 
todas las desconfianzas y todos los antagonismos. 

Dura tarea, pero noble tarea! 

Es necesario acercar d los ciudadanos. Es indispensable de- 
mostrarles la bondad del acuerdo. No repetire* aqui lo mucho que 
ya se ha die ho. La doctrina del acuerdo ya nadie la discute. Lo 
que en un principio se considero inmoral € inconstitucional ya no se 
califica asi. Hoy todos han reaccionado. Nadie pone en duda la 
bondad de la doctrina. Lo unico que la obstaculiza es la forma 
de ponerla en prdctica. Se trata simplemente de una cuesti6n de 
etiqueta politica. En este sentido hemos andado mucho camino. 
Ya la masa del pueblo est& con nosotros. Ahora solo falta des- 
vanecer las susceptibilidades de los seilores directores de los parti- 
dos. Esa es nuestra tarea de hoy. Y por eso es que no podemos 
ni debemos declararnos vencidos. Una cuestion de forma y de decoro 
no puede detenernos. La forma y el decoro se salvaran ; y el pueblo 
dird, como ha dicho desde un principio : \ Mi voz es la de Dios ; 
arriba corazones puros, y & la obra ! 

I De cuando acd la salvaci6n de un pueblo se haria depender 
de una susceptibilidad politica ? 

Oigamos la moral de un hermoso cuento. Los norte-americanos 
son hombres muy aficionados & entretener al publico, y, sobre todo, 
& entretenerlo dejandolo siempre con la ansiedad. Hace poco tiempo 
un diario norte-americano public6 un cuento que ha hecho las de- 
licias de la sociedad de aquel pais y sido la preocupacion casi 
constante, durante meses, de los literatos y literatas, de escritores 
y escritoras de aquella nacionalidad. 
El cuento es el siguiente : 

Erase que se era un rey que habia resuelto castigar los delitos. 
que se cometieran en su pais por medio de una fiesta publica, en 
que podia, 6 no podia, segun el caso, derramarse la sangre del que 
iba & ser ajusticiado. Habia mandado construir un gran anfiteatro, 
inmenso, estilo romano. A la derecha del paraje destinado para 



I 

I 

I — 216 — 



la colocaci6n de la corte, en el acto de la solemnidad ptiblica, habia 
dos puertas, correspondientes d dos habitaciones : una contenia un 
tigre hambriento; la otra contenia la mas hermosa nina de la 
comarca, y galantemente ataviada para el caso. Si el reo, que 
venia & la arena en presencia de todo aquel pueblo, aquel rey y 
aquella" corte, despues de saludar & £sta, al dirigirse & una de 
aquellas dos puertas, que eran iguales, abria la del tigre, e*ste 
salia y lo mataba. Si por el contrario, el reo abria la puerta donde 
se conservaba la hermosa dama, entonces todo el pueblo, con la 
corte k su frente, acompafiaba k aquel hombre, lo llevaba al altar, 
lo desposaba; y jasombrense ustedes ! ;que" cosa m6s feliz ! aun- 
que f uera casado . . . ! ( Grandes visas ). 

Muy bien. Aliora que ustedes conocen la parte expositiva del 
cuento, debo relatarles lo que sucedio en seguida. 

I T n. joven de las filas del pueblo se enamor6 de la hija del 
rev. Los amores eran correspondidos. La digna nina no pudo en- 
cubrir sus emociones, y el rev, al tener conocimiento del hecho, 
resolvio poner en ejecucion el pensamiento que habia concebido 
para castigar los delitos que se cometian en su reino. 

El momento de la prueba habia llegado. El joven gal&n fiie* 
tornado, y despues de todas aquellas escenas aparatosas, salio a la 
arena. Cuentan las cr6nicas, que la joven amante habia tenido buen 
cuidado, dada la situacion en que se encontraba, de averiguar 
d6nde estaba el tigre y donde la hermosa mujer que debia casarse 
con su querido. Lo habia averiguado, y, cuando el reo se presen- 
to, como los gladiadores romanos, d saludar al rey, se cambio 
una mirada harto significativa entre los dos amantes. Como es 
sabido, los ojos de los amantes, son telegrafos, son electricidad, 
(Rims), fil comprendio, en el acto, que" puerta era la que se le 
designaba, la que debia abrir. Y, pregunta el escritor (esta es la 
novedad del cuento norteamericano, porque asi son siempre los 
norteamericanos ) . . . (Risas): « Diga el publico que" puerta le se- 
ilalo » . . . ( Grandes visas ). 

Pues bien, senores, yo voy £ aplicar el cuento & esta gran 
contienda electoral, y voy & decir que puerta le seilalo la noble 
dama. 



— 217 — 

Pues bien, los partidos habrian descubierto nuestros amores 
con la Patria. Nos han llamado al redil. Se han indignado por 
que nosotros tambien amani03 un poco lo que ellos £ por que ne- 
garlo? tambien aman, pero a su manera: con carifios que matan. 
Ellos la quieren, pero en medio k la sangre y k la fuerza bru- 
ta, a la guerra, k la recriminacion sempiterna, k la susceptibilidad 
violenta, al apreton de mano, caliente todavia con la sangre fra- 
tricida vertida en la .pelea ; y nosotros la queremos sin iras, dulce> 
sonriente, pacifica, sin el sudor sangriento de la pelea, pero, eso si, 
con el que brota de la frente por obra del trabajo, con el martillo 
de Thyor sobre el yunque, rodeada de industrias, atravesada de 
telegrafos y ferrocarriies que lleven al puerto sus productos, sin 
que la mano este" tefiida de sangre en el acto de celebrar el 
gran pacto de familia. Queremos que el acuerdo se celebre 
antes que la guerra se produzca, y no que lo realicemos despues 
que la sangre haya tenido los campos de la Republica, tal&ndose 
las propiedades y comprometiendose nuevamente nuestro porvenir 
economico y financiero. Y porque asi la amamos, porque he- 
mos celebrado amores con ella, se nos Ueva al anfiteatro. Ahi 
esta el Rey — los partidos tradicionales — ahi esta" la Corte — 
las divisiones y regimientos guerreros — ahi esta un pueblo silen- 
cioso, esperando el fallo, para enaltecer 6 inaldecir — ahi esta la 
joven hija del Rey — hermosa y bella, pero triste — que es la de 
la Patria (apkmsos ). Y ahi esta el joven condenado, digno, sereno,, 
con fe m£s noble y grande que nunca, que avanza sin soberbias 
ni altiveces, como quien tiene conciencia del deber cumplido, y 
se planta frente k frente a* las puertas fatales, resuelto y resigna- 
do k abrazar k la niuerte en las desgarraduras de la fiera 6 k es- 
trechar a la vida en las palpitaciones de la' digna doncella, hija 
de la Patria querida. Alii esta, la mirada signihcativa se ha cam- 
biado entre la Patria y el noble caballero. El la ha compren- 
dido. Corre presuroso, pero en su agitaci6n febril abre la puerta 
fatal. El tigre surge a la arena. Una confusi6n espantosa se 
produce. «Es el alma de la Patria: es el amado de los dioses: 
-es la juventud alada, la que ahi se martiriza,» grita una voz una- 
jiime. Y la noble dama, movida por un secreto presentimiento, ese 



— 218 — 

que hace hablar £ los pueblos en los momentos supremos, salta & 
la arena; el pueblo la imita, y la fiera, que en sus primeros ins- 
tin tos pudo ser un pendant en el coraz6n de la mujer amante, alii 
esta, contemplando aquel movimiento inusitado. — ( Freneiwos y 
deliranies aplausos ). 

Esta* inmovil. Comprende, en sus ansiedades carnivoras, que 
algo se le impone. Es que el pueblo ha abierto la puerta del 
bien, de la dicha, la que se le queria arrebatar. Ha recordado 
que 61 es el dueilo absoluto de su dicha y bienestar : que 61 es 
el artifice de su propia obra y que nadie hay superior a 61 en un 
pais democrdtico. Delirante, e*brio de emoci6n, valiente, entusiasta, 
decidido, con todas las energias indomables en su rostro, ha co- 
rrido, ha abierto la puerta que se le vedaba, y arrojado en brazos 
del mancebo d la hermosa nifia, gritdndole : « T6mala : es la 
hija de la Patria : es digna de tus afanes y desvelos ; celebra 
tus connubios ! » Y Pueblo y Rey y Patria y partido y fiera 
contemplan aquel hermoso cuadro. Es la civilizacion, es el progreso, 
es el acuerdo, que la Patria, s61o la Patria, ha podido realizar 
y festejar con las ldgrimas en los ojos. Ahi esta* ella ! Es mujer ; 
es la heroina! Es la que se sacrifica y arranca de su seno, de sus 
entraiias, la noble vida con que nos sustenta, « engendrada en los 
vajidos de la naturaleza por los milagros del amor». Ahi esta. Las 
fieras respetan y acatan lo que el Pueblo quiere en nombre de la 
bondad y de la nobleza, llevado bajo las alas protectoras de los 
viejos padres y de las fueiies madres ! (Grander y prolongados 
aplausos ). 

Y lo que la Patria pide ahora al Comite* Ejecutivo del Acuerdo 
es algo que 6ste ha reclamado de los partidos y de sus directorios. 
Se quiertj que venzamos nuestra natural soberbia. Se cree que ya 
hemos llenado nuestra noble misi6n. Sea ! Al Comite" del Acuerdo 
le toca dar el alto ejemplo. El no busca mds que el acuerdo por 
el acuerdo mismo. Ante la suposici6n de que pueda ser un obs- 
taculo d la realizacion del gran ideal, su deber es allanar el camino. 
No por eso cada ciudadano serd inenos soldado activo. Por el con- 
trario, mds se trabajard alentando d los que vengan a la obra. La 
tarea es noble. Un pueblo se ha vencido d si mismo. i Por qu6 



— 219 — 

un Comity no se venceria & si misnio, d&ndose la muerte, para 
que la vida renazca, ya que asf se asegura? Si ha hecho bien, la 
historia lo dir&: si ha hecho mal, seguro que no habrd hecho 
derramar a nadie una gota de sangre ni una lagrima de dolor. 

j Adelante ! pues, que la aurora del nuevo dia es herniosa. 
El acuerdo se hard, porque el pueblo lo quiere ! ; La voz de Dios 
lo proclama! 

jCon que* satisfacci6n, seftores, se resigna un cargo, cuando 6 
£1 se le ha consagrado todo su carifio y todos sus afanes ! Y & 
la vez ; cuantas lagrimas se derraman en el silencio ! Es la madre 
que al separarse de su fruto amado lo deja feliz en los brazos del 
noble prometido. Satisfacci6n y lagrimas ! Lagrimas de alegria, 
lagrimas de alegrfa, seiiores, porque en este caso se trata de la 
resurrection de un pueblo a la vida del comercio y de la idea. 
A los que vengan detras de nosotros, el acierto y la gloria. Para 
nosotros, cuando veamos realizado el sueno, solo diremos como 
Espronceda en su celebre canto: 

I Ni un recuerdo para mi entretanto 1 
He dicho, seftores ! 



( El orador baja de ta tribuna saludado j>or una entusiasta salva 
de aplausos, swido vivamente felicitado por la concuneticia que 
ocurre a estrecliarle la mano y a abraxarlo. — Eran las 3 30 p. m. t 
Jialrietido comemxado el acto a las 2 p. m. en punto como estaba 
anunciado). 



CONFERENCIA 

LEI DA A LOS MIEMBROS DE LA COMISION DIRECTIVA DEL PARTIDO 

NACIONAL DE MERCEDES 

CON MOTIVO DE LA FIESTA CAMPESTRE CON QUE SE OBSEQUIO AL Dr. PALOMEQUE 
EN LA ESTANCIA DEL Sr. DON JULIAN SUNHARY, (40) PRESIDENTE DE DICHA COMISION 



(40) Este mismo cstimado amigo seria fjuien combating mi candidatura para 
diputado por el departamento de Rio Negro, del cual el es vecino. 



Seftores : 

Es dificil escribir historia, y mucho ma's cuando se hace obede- 
ciendo d una escuela determinada. Entonces la imparcialidad des- 
aparece. Y mucho mas cuando no se escudrifta bien. Para esto 
es necesario tener muy buen olfato de perro, como decia Laboula- 
ye con referenda al periodista norteamericano. Algo de esto acon- 
tece con los que estudian sucesos del pasado, sin tener otra fuente 
que la de sus pasiones personales. Y esto es lo que deslustra mu- 
cho de lo que se escribe. Se necesita mucha imparcialidad y mu- 
cho esfuerzo. De mi se decir que he llegado & desvincularme de 
odios. S61o busco la verdad. Podre* equivocarme, pero no apasio- 
narine por una escuela, sobre todo en un pais como el nuestro 
donde hombres y cosas han vivido mezclados y confundidos en 
ma's de una ocasion solemne. A tal punto, que liega un mom en to 
en que uno se pregunta: ^ste es aquel? ^ste es el traidor 6 el 
traidor es aque*l ? 

Muchos creen que es moderna la teoria de la evolucion po- 
litica en nuestro escenario, y es mas vieja de lo que se supone. 
Es que lo que ahora se llama evoluci6n, entonces se llamaba 
trakion. Los espfritU3 no habian progresado tanto. No conocfan 
todavfa la teoria de Alberdi y de Sarmiento sobre la Uamada 
traicion. Es verdad que en nuestros dias se retrogada. Hoy 
oigo con suma facilidad como d e los ldbios surge el nombre de 
traidor. Y los que d cada momento lo pronuncian, hasta ayer 
no mds, Servian & Latorre, Varela y Santos, con olvido de que 
ahora utilizan los esfuerzos y los sacrificios de los que combatie- 
ron esas situaciones desgraciadas. Los que aparecen despuSs del 
exito son los que mas gritan : al lobo ! al lobo ! Y esto, para que 
todos'disparen y eilos queden solos en el escenario recibiendo los 
homenajes debidos al triunfador. 



— 224 — 

Es indiscutible que nuestros partidos han sido evolucionistas y 
que no han tenido un caracter constitucional. Han sido las cua- 
lidades de un hombre, impuestas, las que los han hecho nacer, 
crecer y desarrollarse. En este sentido, la audacia y el valor 
personal se imponian. El terror y el miedo han sido annas que 
alternativamente se han usado. En verdad que no puede decirse 
que el uno haya sido mejor que el otro, hasta cierta epoca. 

Asi sucedio que la politica nunca tuvo otro recur so que la 
violencia. Y los que decianse alfabetos, ilustrados, en mas de 
una ocasion demos traron que toda su politica consistia en des- 
truir. Perseguian soluciones violentas para asi eliminar de una vez. 
$ttuaciones desoladoras. Y muchos de los que asi procedian en 
los primeros ailos de su juventud morian sirviendo situaciones de- 
plorables. <<Era que evolucionaban 6 que traicionaban ? Y crease 
que no se trataba de los humildes, de los anonimos, de la carne 
de canon, sino de las entidades superiores, que, a un dos por 
tres, 6 por un quitame estas pajas, salian por esas calles de 
Montevideo armando la de Dios que es grande, en nombre de 
reivindicaciones, lanzando reios d los presidentes de la Republica 
Estabamos en el comienzo de nuestra vida institucional. Entonces 
cualquiera lanzaba un reto al Primer Magistrado de la Republica I 
Lo descalificaban a su antojo. No -le guardaban respeto ni conside- 
racion. Se le tildaba de caudillo, de azote, de haber hecho su apren- 
dizaje en la pulperia, de estar habttuado al despilfarro y al desorden r 
de ser un hombre qioe )va vivUlo entregado d sus inslinlos ant- 
males. Se le atribuia a el, al caudillo, al presidente de la Re- 
publica, el que las areas estuvieran vacias, que se gimiera en la 
mas espantosa miseria, por lo que habia que derrocarlo y clamar 
por hombres de mleligencia y de orden: el reinado del caudillo era 
la ruina de la patria ! 

El criterio era erroneo. La rebellon ahi estaba. 
Ss proclamaba la caida del gobernante constitucional. No se 
conocia la predica sensata y lenta de la prensa. O el elogio des- 
mesurado 6 el ataque violento. Esta era la escuela. Se ardia por 
la frase de Scribe, sin conocerla a, fondo. El mejor politico era 
el que mas puas presentaba en su trato y mas veneno en su 



- 225 — 

plunia. No se conocia la reflexion madura. Vivian en la infancia 
del arte de gobernar. Toda la cieneia consistia en derribar ministe- 
rios a canonazos: en subir un circulo para deprimir £ otro. No se 
sabia que todo eso importaba la ruina de csa patria que tanto se 
invocaba : que no era ese el camino de levantarla y dignificarla : 
que las rebeliones, los motines, las revoluciones, solo conducirian a 
un final triste y desgraciado. Bastaba una euesti6n personal entre 
dos leaders para producir una conmocion constitucional. No tenian 
importancia ni influencia los resortes institucionales. Aun faltaba 
la escuela de la democracia pr&ctica. Nada se perdonaba ni olvi- 
daba. Los m6viles e* intenciones eran escudrifiados, y las expresio- 
nes fuertes, malsonantes 6 hirientes, venian £ los labios, precursoras 
de los torrentes de sangre £ derramarse; de los que algun dia la 
Pairia en ruinas pediria estrecha cuenta £ sus autores. 

Fue asi coino nacio nuestra sociabilidad. Por todas partes no 
se veian m£s que indices romanos, que desde el paleo seiialaban 
al gladiador el camino de la sangre. Rostros patibularios, enjutos, 
sombrios, vestidos de negro hasta la garganta, de cabello ondu- 
lante y melenudo, con raya partida £ un costado, todos semejantes, 
en lo fisico y en lo moral, en la voluntad y en la inteligencia, como 
obedeciendo k un tipo especial; hasta el extremo de que mirando 
hoy las fotografias de muchos de aquellos hombres, se confunden 
al primer golpe de vista, como el ojo no muy acostumbrado a 
andar en sociedad de damas, las confunde fdcilmente por sus 
modas, sus trajes, sus peinados, sus velos y su andar. Era la moda 
de la 6poca, por lo que todos se asemejaban : los de uno como 
los de otro bando. 

Se usaban, en lo externo, patillas, moiias, botas, empledndose 
terminologias especiaies por uno y otro bando; mientras el espiritu 
vivia en una masturbacion constante y perpStua, repitiendo la misma 
frase y desarrollando la misma escoldstica doctrina, durante ano3 
y ailos. No sorprende, pues, que escuelas de esta indole hayan 
echado raices y que aun en nuestros dias el vocabulario surja a 
la superficie y que se repita. No impunemente una sociedad se 
debate desde su iniciaci6n en un sendero determinado. Si en el 
camino ha dejado su lana, su vestimenta, arraigada a" los abrojos 



— 226 — 

y & las zarzae, en cambio ha recogido prejuicios, preocupaciones, 
modales, vocablos, y, lo que es peor, se ha salpicado su pluma 
y su espiritu eon la sangre que ha brotado de sus carnes al dejar 
al descubierto, con pedazos de su manto, la vestidura de la ma- 
teria organica. Y a si, de generation en generacion, se ha ido re- 
cojiendo el estie"rcol con que se ha amasado la nacionalidad. 
Nada de sorprendente pues, que atin se respire el olor de esos 
miasmas en nuestra atmosfera politica. Ni mucho menos que 
algun espiritu contaminado pretenda perpetuar la escuela revolu- 
cionaria, rebelde y motinera que solo un fin ha llenado : la rui- 
na de la patria. Y te*ngase entendido que lo dicho no se rehere 
a un determinado circulo. A todos les cabe las mismas respon- 
sabilidades. Alternativamente han empleado las mismas armas, 
sin darse cuenta del dano causado. Quien siembra vientos recoje 
tempestades. 

El caudillaje es un fruto natural de nuestra ignorancia y de 
nuestro atrofiamiento moral. Hemos vivido en medio & conven- 
cionalismos, falseando las instituciones, cortando gargantas, ro- 
bando vacas, comiendo de arriba, mintiendo en el orden social y 
politico, haciendo vida de chinaje y de libertino, jugando a los 
naipes y a las patas de los caballos y de los gallos el fruto del 
sudor del pueblo, amancebados con cuanta damisela asomaba las 
narices por la casa de Gobierno, llevando el concubinato a la 
alta esfera social, pasdndose unos gobernantes a los otros la fruta 
prohibida de Eva para su exhibicionismo en los Estrados ; y \ atin 
nos sorprendemos de que el caudillaje domine ! Si, todo eso lo han 
hecho, y atin lo hacen, los caudillos de campaila y de la ciudad. 
En uno, el cuadro es m£s visible: es la barbarie del chinaje, 
donde se le da guasca al charabon para que se divierta el gau- 
chaje, en medio al juego, al mate que corre y al deleite & pecho 
visto y desnudo, con la daga pronta para salirse de la vaina y 
denamar la sangre en nombre de su amor vicioso, y luego buscar 
la guarida en el monte, amparado por el seilor feudal, duefio 
de vidas y haciendas, terror del pago, que amenaza al hacendado 
pacifico ante la idea de la proxima revolution. En otro, solo se 
ve la lacra cuando ya el vicio se ha infiltrado en el organismo 



— 227 — 

y Jo postra arrojandolo al suelo en forma de cadaver: se oculta 
entre sedas y cortinados : el exterior no deja ver lo desnudo, pero 
no es menos repugnante lo que se llama la civilizaci6n del vicio 
en contraposicion & la barbarie del chinaje. Tienen manifestaciones 
externas distintas, pero ambos se exhiben ide*nticos en cuanto a 
falsia, que es el atrofiamiento moral, y en cuanto & sus resultados 
practicos, que es la ruina de la sociedad. Ambos caudillajes han 
empleado la violencia: el uno, la puma de la pluma, y el otro, la 
punta de la lanza. Y asi ambos han derramado sangre d. cuaja- 
rones. El metal era el mismo: el acero. El musculo y el nervio, 
identicos. Y la pasion de mando, una, indistinta 6 insaciable. 

Yo no los critico ni los ataco. Este era el hecho. El medio 
ambiente lo {Srodujo. Se creia que solo asi, siendo caudillo, derra- 
mando sangre, se prestaba servicios & la patria : que el patriotismo 
no tenia otra forma de manifestarse. El espiritu guerrero de la 
independencia que habiamos heredado, & ello nos conducia. No nos 
entusiasmabamos por una cuestion econ6mica 6 financiera, por 
ejemplo, por un asunto como el de la Facultad de Medicina, pero 
nos despedazdbamos, en cambio, porque no se atendfa una reco- 
mendacion para un empleo de portero. La dignidad ofendida esta- 
llaba v de ello se hacia una cuestion de Estado. Por eso sucedia 
que no era el caudillo el que se le sublevaba al Gobierno, si no 
6ste que se le sublevaba al caudillo ! Y asi hemos ido rcdando, 
de peldano en peldano, hasta llegar al summum de nuestra hermosa 
democratica prdctica, de producir pronunciamientos en la capital, sin 
auxiiio de caudillo campesino, sino con las tretas del caudillo ori- 
llero, del compadrito, rastreador de reputaciones, pendenciero, bu- 
llanguero, bailarin, vendedor de cigarrillos, pe6n de almacen 6 
carretillero, asesino al descuido, que toma por a sal to el gobiemo 
de la sociedad para que el nombre del Gobiemo Uruguay o se sa- 
que a remate y se venda al mejor postor! No es cargo el que me- 
rece el ciudadano que se eleva desde su humilde esfera ; pero es si 
un reproche el que merece todo aqu61 que para ascender emplea 
la mentira, la hipocresia, la calumnia, el crimen y la fuerza para 
sobre las instituciones derrocadas asentar el imperio del despilfarro 
y del desorden. Cuando, por el contrario, de la nada, de la pobreza, 



— 228 — 

ha surgido el ciudadano austero, prudente, respetuoso, humilde, ve- 
ridico y sabio, entonces la sociedad estd de parabienes y satisfecba. 
Es un hijo legitimo de la democracia, que no reconoce otros 
meritos que las virtudes y los talentos. Su ascension revela que 
es un pueblo llamado k perpetuarse en la historia y k servir de 
ejemplo a la humanidad. Asi surjen los Washington y los Lin- 
coln. Pero, cuando, es el hombre soberbio, que cree que su ca- 
pricho es la ley, que no tiene otro freno que su voluntad, que 
supone que nadie sino £1 tiene el cetro de la verdad, que no ad- 
mite el derecho indiscutible de opinar, que desde su olimpico 
asiento desdena a los demas hombres, entonces se trata de una 
sociedad enferma a la que hay que curar empleando para ello 
todos los recursos eficaces de la prudencia y del raciocinio. Hay 
que empezar por demostrar lo que decia el paisano: naide es 
mds que naide, en este sentido, es decir, que todos y cada uno 
tenemos los mismos derechos y que ya es tiempo de que el derecho 
hollado en uno preocupe k todos, por aquello de que cuando veas 
las barbas de tu vecino afeitar pon las tuyas k remojar. Y si 
ese derecho fuera hollado por aquel que mds deberes tiene de dar 
el alto ejemplo de respeto k la sociedad, porque e\sta lo ha lle- 
nado de consideraciones, tratandolo como a un ser mimado y mi- 
moso, en lo que quizd estd el secreto de su altivSz y soberbia, 6 
de sus errores, entonces mayor suma de derecho para critical* el 
acto, pero tambie'n mayor suma de prudencia al hacerlo. 

Cuando la sociedad ha levantado k una personalidad, por al- 
gunos de sus meritos y sacrificios, se establece entre ambas, dir£ 
asi, como una especie de contrato bilateral: de te doy para que 
des. Te doy influencia, reputaci6n, nombradfa, en cambio de que 
tu me des prudencia, servicio y honor. Ella le . dice : « soy yo 
la que te he amamantado : tus fuerzas son mias : lo que eres 
todo me lo debes : te has desarrollado en mi ambiente y cuanto 
has adquirido, k medida que te has ido desarrollando, es mi obra 
no lo olvides : sirveme, pero no te ensoberbezcas ». 

Y asi es, en efecto. Nada valemos por nosotros mismos. 
Somos un dtomo en el inmenso movimiento de la vida. No 
hacemos sino reflejar en nuestra persona los ideales de todos los 



— 229 — 

-que a nuestro alrededor se agitan. Somos lo que la e*poca nos 
mdica, dentro de nuestro criterio independiente. Asi S6crates es 
un pueblo, es una epoca. Entre el oomercio de ideas y su pue- 
blo surge su personalidad. £l tuvo el ambiente, tuvo el pedes- 
tal, tuvo el cielo cientifico. Asi asento su fama y asi ambos se 
engrandecieron : pueblo y personalidad se herinanaron. El uno 
dio su vitalidad, su ambiente, su ciclo homenco ; y el otro dio su 
espiritu, su ciencia, su cerebro, la idealidad del jus to. Grecia es 
grande por sus hijos, y su pueblo es hist6rico porque supo com- 
prenderlos y aruamantarlos. Y es ese ambiente el que hay que 
respetar. Y ese respeto no est& renido con la independencia indi- 
vidual, con el inmortal derecho de opinar. Es en nombre de la 
libertad, — que regula todas las acciones humanas, unica salvadora 
de los males causados, la que tiene la virtud de curar las heridas 
que ell a misma hace, — que el mas humilde como el mas encum- 
l>rado goza del derecho de opinar, porque s61o en ese signo se 
reconoce el pensamiento humano. Solo asi puede saberse si uno es 
digno 6 indigno de la consideration publica. S61o asi puede saberse 
si uno es el artifice de sus propias obras : si hay en la masa 
cerebral la materia gris potencial y en el sentimiento el espiritu 
de verdad, caracteristicos del hombre capaz de sobrellevar respon- 
sabilidades. Y, cuando en uso de ese derecho augusto, el s£r 
mimado y mimoso se levanta airado, y arroja, como Breno, el peso 
de su espada, en el platillo de la balanza, para inclinarla del lado 
de su criterio exclusivo, contra la opinion de la sociedad que lo 
contempla ansiosa, entonces es del caso recordar que eso es carne 
de nuestra carne, hueso de nuestro hueso, y que no es posible 
arrojar el anatema ni el estigma sin antes estudiar, raciocinar y 
pensar que va & pegarse en lo que es suyo propio, y que nadie, 
ningun var6n prudente, arroja al arroyo su honor cuando el que 
-delinque aparentemente lleva frescas las heridas adquiridas en el 
terreno de las reivindicaciones nacionales! 

Y ese es el caso del caudillo revolucionario. Es nuestro. No 
es de el. No se pertenece. Hoy por hoy, cualquiera sombra arro- 
jada sobre su personalidad va recta en perjuicio de la causa na- 
tional. Hay que cuidarlo. Y para cuidarlo hay que hablarle el 

15 



— 230 — 

lenguaje de la verdad y de la prudencia. Hay que hacerle sentir 
todo lo que vale la entidad moral de un partido, que €1, mejor 
que nadie, ha sentido en las horas supremas de los dolores na- 
cionales. Y hay que recordarselo con toda la prudencia del caso r 
salvando, como se dice en la curia, los respetos debidos, para 
que la corriente se restablezca; y espada e idea, fuerza y pensa- 
mien to, siempre unidos, marchen hacia adelante en prosecusion de 
los ideales por tanto tiempo acariciados. 

Planteemos la cuestion : ( 41 ) 

£ Qu6 caracter reviste la renuncia ultimamente presentada por 
el general Saravia ? i qu£ influencia ha tenido ? que" eorresponde 
hacer en presencia de los acontecimientos ? 

Cuando una colectividad ha dado &, su caudillo militar la mas 
honrosa denomination & que es posible aspirar, la de Preshlente 
Honwario, y ese hombre se ve rodeado de toda su familia, no 
puede asi no ma's arrancarse sus entorchados y arrojarlos al seno 
del hogar sin que un acto tal produzca forzosamente una con- 
mocion en todos los espiritus. El titulo de Presidente Honoraria 
no se posee en vano. El honor, una vez aceptado, no se repudia 
sino cuando median muy justas causas para ello. Y en el caso- 
actual no han existido. Un partido asi herido en lo mds fntimo 
tiene derecho k interrogar por que se le devuelve el titulo hono- 
rifico. Devolverlo es decir que no se quiere pertenecer a un cuerpo 
que no da honra. El lo acaba de decir: en nombre del decora 
devuelvo a" ustedes el titulo de presidente honorario. Y es en nom- 
bre de ese decoro que el partido le dice : « respete usted, primera 
« entidad militar, lo que el partido le ha dado por intermedio de 
« sus autoridades legitimas. » El caudillo ha debido pensar que 
ese decoro solo el lo ha visto herido. Alii tambien estdn figuras 
descollantes, meritorias, como Agustin de Vedia y Eustaquio 



(41) T6ngase presente que el doctor Palomeque escribid su conferencia 
antes de conocerse la constituci6n del nuevo Directorio y el retiro de la. 
renuncia del general Saravia. Asi los hechos han venido a justiiicar la 
tesis sostenida por el doctor Palomeque. ( El Telefono, diario nationa- 
list a, de Mercedes ). 



— 231 — 

Tome. Estos son Presiclentes Honorarios y no han visto herido el 
decoro de la colectividad ! 

No ha habido causa justificativa para semejante acto; y, por 
lo mismo que todos sabemos la importancia que ese ciudadano ha 
adquirido dentro de nuestra colectividad, es deber nuestro hacerle 
sentir todo nuestro raciocinio, para su bien propio y el del pais- 
Es nuestro deber ayudarlo con nuestro consejo, como 61 nos ha 
ayudado con su accion guerrera. No debemos olvidar que hay 
interns reciproco en aunar fuerza 6 idea, en todo momento, y muy 
especialmente en el presente. 

El Partido Nacional no tiene para qu6 inspirar sus resolu- 
ciones en actitudes de gobernantes del pais 6 de gobernantes de 61 
mismo. El debe inspirarse en las necesidades y exigencias de la 
nac*. on alidad. Y si 6stas coinciden, como debe serlo^ con las mani- 
festaciones del poder publico, poco debe importarle al partido que 
esa comunion de ideas exista, como que no exista, para resolver 
lo que el pueblo quiere y sus cerebros pensadores le aconsejan. 
Es una doctrina erronea aquella que considera al pueblo y al go- 
bierno como dos entidades completamente antag6nicas, al extremo 
que 6ste no puede ni debe decir lo que piensa, lo que siente y 
lo que quiere ver realizado para bien del propio pais que admi- 
nistra. Si la ciencia del gobierno democr&tico moderno no consiste 
en otra cosa que en la accion armonica de los poderes ptiblicos, 
emanacion de la soberania nacional, con ese ser anonimo, llama- 
do pueblo, que se manifiesta en las letras de molde de la prensa 
6 en las agitaciones de los meetings. El poder tiene el derecho de 
eonfundirse con esa alma nacional. Algo m£s: tiene el deber. 
Lo que no tiene es el de coartar esos movimientos del espiritu 
popular: puede y debe alentarlos, pero nunca impedirlos. Ha de 
vivir con 61, por 61 y para 61. No debe importarnos lo que 61 haga, 
coincidiendo con nuestras ideas nobles, grandes y elevadas. Si 
coincide con nuestra acci6n, mejor, aplaud&moslo, porque asi mar- 
charemos unidos, pueblo y gobierno, hacia la montafla, donde des- 
cansaremos, plantando la bandera tantas veces desplegada al viento 
en los campos de batalla. Asi cobijaremos k nuestros muertos que^ 
ridos, d quienes serd grata la ascension, calentando sus recuerdos 



— 232 — 

y sus tumbas el sol fulgurante de la nueva e*poca nacional inau- 
gurada. Si no coincide, y creemos firmemente encontrarnos en la 
buena senda, adelante, para demostrarle k nuestro representante 
como defrauda los anhelos populares y se inspire en las exigencias 
de todos los ciudadanos. Ma's aun: sena impolitico y pueril que 
la fuerza negativa del gobierno impidiera la realizaei6n de los idea- 
les acariciados por el pueblo. Si asi fuera, le bastaria al gobierno 
tomar una medida que hiriera la susceptibilidad de la colectividad 
para saber que la desviaba 6 paralizaba en su resolucion. Asi 
influiria en sus destinos. No; lo natural, lo prudente, lo 16gico, 
lo conveniente, es que el partido se inspire en las necesidades ge- 
nerales, tratando, por todos los medios, de atraer al cauce comun 
k los gobernantes. Las cuestiones de susceptibilidad no existen 
para las masas humanas que persiguen fines superiores. No inspi- 
ran sus resoluciones en el odio ni en las emulaciones ni en los 
personalismos. En este sentido nada debe retraernos. Lo que 
hagan y piensen los gobernantes, si es bueno, ha de aplaudirse; 
si es malo, debe criticarse, que es el gran freno en las democra- 
cias ; pero nunca dejar de hacer lo bueno, lo que el pais reclama, 
porque haya gobierno que k su vez diga: eso es lo que conviene. 
Los defectos de cardcter de un gobernante no deben impedirnos 
nuestra marcha. Reunirnos para deliberar es nuestro derecho y 
nuestro interns. El decoro no estd herido, porque entonces se haria 
un flaco servicio & los ciudadanos que tienen k su cargo la misi6n 
de aconsejar k su partido la que ha de resol verse. Eso no es pre- 
sion que iinponga ni intimide. La libertad escuda. Nadie impone ni 
ataca, y si asi sucediera, el remedio vendria de por si: la critica 
6 la protesta segun el caso. 

Mucha prudencia ha de tener el politico. No debe conmover 
la opini6n sino en caso extremo. Y de ahi el error del caudillo 
revolucionario. A su espiritu despierto no se le habrd escapado 
la influencia y sonoridad que tendrian su renuncia. El bien que 
lo sabia y que lo sabe. Y por eso la presents. Era un recurso 
extremo. Y asi lo comprendi6 el Directorio. Y ya que las armas 
no cedian ante la toga, £sta, envuelta en su alta dignidad, ni 
cedio ni abandono ni entrego. Hizo las del centinela que coloca 



— 233 — 

su arma atravesada en el suelo para que sobre ella pase el altivo 
superior, si es que se atreve & pisotear la nobleza de la milicia. 

Si la fuerza se quiere imponer en nombre del decoro que & 
nosotros nos toca salvaguardar, asumiendo las responsabilidades, 
ahi estan las armas depuestas para que sobre ellas pase el que 
se atreva & herir nuestra autoridad. Ese es el significado de la 
actitud prudente asumida por el Directorio. Asi ha llamado la aten_ 
cion del caudillo sobre la trascendencia de su actitud. Ahi esta el 
puesto, ha dicho, venga ahora la autoridad soberana y resuelva 
entre el Presidents Honorario y el Directorio, entre la espada y la 
ley. Y este es el conflicto que toca resolver, con sano criterio, 
al Congreso Elector. 

Y este el punto ma's delicado 6 interesante que debe preocupar 
nuestros espiritus. Tenemos el derecho de hablar & su respecto : 
que nuestras autoridades conozcan nuestros sentimientos : que los 
palpiten y que luego resuelvan en uso de su liberrima vol un tad. 
Por eso he creido del caso dar esta conferencia, la que, como ya 
he dicho, no tiene otra importancia que la que pueda darle la 
opinion de los que me escuchan. Cumplo con un deber : emitir mi 
juicio sincero : y con un derecho : el de hacer lo mismo. 
Miremos con calma el problema. 

Dos caminos se presentan : el de no aceptar la renuncia del 
general Saravia y del Directorio 6 el de proceder & nueva elecci6n. 
El primero seria el camino mds practico en el orden de las ideas, 
pero est& de por medio la voluntad maninesta de los renunciantes. 
Ellos quieren dejar en libertad al Partido para que se elija otras 
autoridades en este nuevo movimiento de ideas : y en ese sentido 
es politico lo que han hecho. No queda mas que el otro proce- 
dimiento, por lo que es del caso exponer algunas ideas. 

El progreso politico ha incorporado & la legislaci6n en vigen- 
cia el gran principio de la representacion de las minorias. Es 
una conquista de nuestra ultima contienda armada. Ella inscribi6 
en el Pacto de Septiembre la de la representacion de las mino- 
rias de los partidos politicos. Era un contrasentido que una co- 
Lectividad desconociera el derecho legitimo que tenia la otra en 
minoria & estar representada en la cosa publica. Las tendencias 



— 234 — 

de toda la Reptiblica no tenian eco en el Parlamento. Solo eran 
conocidas las de una parte del pais. Fu6 necesario el derrama- 
miento de la * sangre para que se reconociera ese indiscutible 
derecho. Y hoy la minoria est& ahi ejercitando su acci6n conco- 
mitante. 

Pues bien: ese principio honesto, que da satisfaction & todos 
Jos intereses, tiene un fundamento muy sensato: el de la propia 
conservation de la sociedad. Asi no se dejan abandonados & sus 
instintos malevolentes niicleos de opini6n, que, despechados y ai- 
rados, al ver que no estan representados en el poder, se aislan 
del movimiento general y forman ranclw aparte. Asi es que no 
tienen una v&lvula de escape para sus pasiones y sentimientos. 
S61o piensan en conspirar y adquirir por la fuerza lo que es su 
derecho indiscutible. Por eso, todas las sociedades adelantadas dan 
representaci6n en la direction politica & cuantas tendencias se re- 
velan con fuerza y caracter para ser algo en el gobierno del pais. 
Si demuestran y exhiben un capital, se les respeta y se les da 
la representation que corresponda & sus condiciones de vital idad. 
El instinto de propia conservation asi lo dicta. Es el cuerpo social 
que se precave y se defiende contra derrutnbes 6 posibles ase- 
chanzas. Esto no es nuevo en el mundo politico. Antes, sin ser 
una ley, un derecho conquistado, los gobiernos traian & si los 
elementos temibles. Hoy no es la voluntad del poder quien los 
lleva al puesto publico: es el derecho, es la ley y es la voluntad 
de los ciudadanos llamados £ elegir & sus representantes. Y ese 
derecho que se ha conquistado contra el poder adversario, por obra 
de la civilization y del progreso, se manifiesta en todas las esferas 
de la vida. Es el principio de la armonia, del acuerdo de las vo- 
luntades, del nivel buscado y hallado, el que aqui se aplica. En 
la vida social k nadie se excluye. Todos tienen derecho a ser 
oidos, & emitir su opini6n, buena 6 mala. Luego la sociedad se 
reserva el derecho de juzgarla. Es la aplicaci6n de la representa- 
tion de todas las opiniones. 

Cuando se celebra un contrato social, por el cual los socios 
aportan un capital, no renuncian al derecho de tener alii quien 
los represente legitimamente. Ellos mismos lo cuidan por si 6 por 



— 235 — 

un tercero; pero ellos influyen en la designacion. Y esto mismo 
acontece en las colectividades politicas, en sus relaciones internas. 
El principio de la representaci6n de las minorias debe ser un he- 
cho verdadero. Si lo hemos exigido, en nombre de la moral y del 
derecho, para nosotros raismos, en lucha con el adversario, con mu- 
cha mayor razon debemos ponerlo en prdctica en nuestras relacio- 
nes internas. Asi lo honraremos. Asi demostraremos la buena fe 
politica y que aspiramos & defendernos de nuestras propias pasio- 
nes. Es el ins tin to de propia conservation el que nos guiar& en 
-ese caso. En nuestra action interna debemos buscar ese remedio 
que cura tantos males. No debe primar una mayoria absoluta 
sobre una minoria respetable. Para que no hay a vencidos ni ven- 
cedores, dentro de la misma colectividad, y se conserven dentro del 
<nrcuio grande, que es el aro de la ley, todos los demas clrculos 
pequefios, hay que darles & estos el <lerecho de representation en 
la gestion de los intereses comunes, que tanto k ellos como k 
nosotros interesan en sumo grado. No darles esa representacion es 
tratarlos como k panas, descontentarlos, herir el eorazon humano, 
sin necesidad y con perjuicio evidente. Los hombres que se ven 
derrotados, se consideran enemigos de los que se llaman hermanos. 
Pertenecen k una colectividad, k la que le dan todo su esfuerzo 
y calor, y sin embargo no se les reconoce el derecho innegable y 
conveniente de tener una persona que represente sus tendencias 
en la gesti6n de los negocios partidarios. Pierden todo estimulo 
al conocer su derrota. Y entre hermanos no debe haber derrotas 
sino acuerdos constantes, uniones restablecidas, armonias predica- 
das, hininos de corazones sin odios y sin emulaciones ilegitimas. 
Suponed un partido politico que tuviera veinte mil afiliados. 
Pensad, por un momento, en que once mil afiliados sostienen una 
lista y que la hacen triunfar. Quedan ahi nueve mil afiliados 
que se retiran tristes y abatidos, porque desde ese dia, &, titulo 
de derrota, nunca se les consulta en la direcci6n de los negocios 
que les son tan caros k ellos / nueve mil ! como & los once mil 
xestantes. £ Es justo que esos nueve mil correligionarios queden asi 
sin una voz ni un voto en la gestion de los negocios partida- 
rios? Digalo la conciencia de cada uno de los buenos ciudada- 



— 236 — 

nos que me escuchan. No solo no es justo sino que no conviene 
que asi suceda. Hay interns en que las tendencias representadas 
por esas nueve mil conciencias tengan su palabra en las altas 
esferas del Partido. No debe triunfar un circulo sobre otro circulo. 
Esos son triunfos k lo Pyhrro. Triunfamos sobre nosotros mismos^ 
Con una serie sucesiva de triunfos de esa indole, la anarquia 
invadird el eoraz6n del partido, y los circulos, en vez de conservar 
su juego arm6nico, dentro del propio centro demarcado d su act 
ci6n, saldrdn de 61 para ir &, buscar en otro campo lo que en 
el suyo se les desconoce. Para evitar este mal no hay ni&s que 
un remedio : proclamar el principio de la verdad y de la jus- 
ticia, tinico que salva & las conciencias en el naufragio de Ia& 
instituciones. Digamos y sostengamos, en nombre de la uni6n: 
afuera los circulos que esten fuera del centro comtin : vengan lo& 
circulos k irradiar con su accion dentro de la circunferencia tra- 
zada por todos y para todos. Y ese principio es el que se proclam6 
por vuestra accion guerrera en el pacto de Septiembre : la repre- 
sentaci6n de las minorias. Honremoslo en nuestras cuestiones in- 
ternas, y encarezcamos la atenci6n de los ciudadanos llamados k 
elejir el directorio que debe dirigir los destinos del Partido Nacional^ 
— Que en 61 este representada la mayoria de hoy, que bien puede 
ser la minoria de mafiana. Por vue3tra libertad y la nuestra 1 
He ahi la buena divisa. 



ELTELEGRAMA DEL GENERAL DON JULIO A. ROCA 

AL 

SENOR DON AGUSTIN DE VEDIA 



EL TELEGRAMA DEL GENERAL ROCA («) 



Sov el autor de la publicaci6n del telegrama dirigido por el 
seiior general don Julio A. Roca, Presidente de la Argentina, al 
seilor don Agustin de Vedia. El seilor Vedia me lo envio, di- 
ciendome que «creia que podia circular entre I03 amigos, por lo 

( 42 > H6 aqui ese telegrama que tan impoliticamente criticaron los 
propios amigos del senor Vedia: 

Ascochinga, Enero 27 de 1901. 

Senor don Agustin de Vedia 

Buenos Aires. 

He recibido su carta y la que me adjunta impresa, dirigida ai doctor 
Palomeque. Tanto 6sta como su discurso en la manifestaci6n que \e 
hicieron en Montevideo y todo lo que alii ha dicho en publico, me ha 
parecido juicioso, ecuanime y de gran tacto y sensatez politica. 

No podran sus compatriotas escuchar palabra mas serena y pa trio tic a 
y sus amigos politicos, principatmente los j6venes, consejos mas sanos y 
prudentes. A quel pais necesita pasiones y tendencias politicas mas en 
armonia con la naturaleza humana en la vida actual de los pueblos. 

El partidismo feroz de odios y rencores medioevales, que no vive 
tranquilo si no ha exterminado ai adversario por la fuerza y la violencia, 
es lo que mantiene el maiestar perpetuo de aquella Republica, uno de 
Jos pedazos mas ricos de la America, convertido en iniierno, cuando 
debiera ser un eden para sus hijos si fueran menos bravios y mas 
tolerantes entre si. 

Sn actitud y sus consejos a mi juicio no han podido ser mas conve- 
nientes para su pais y para sus correligionarios politicos, y lo felicita 
por elio su amigo 

Julio A. Boca. 



— 240 — 

que venia a favorecer la propaganda que se esta" haciendo en el 
pais». No me indicaba que lo publicara. Me tom6 esa respon- 
sabilidad. Por consiguiente, creo del caso exponer algunas obser- 
vaciones, tanto mas cuanto que me considero en el deber de 
agradecer el honor que me viene dispensando el seiior don Agus- 
tin de Vedia. 

Este distinguido ciudadano ha recibido los pl&cemes de uni 
politico sudamericano. Se dice, en seguida, que el juicio de es te 
es rudo, severo. Es lo que sucede generalmente. No nos agrada 
que un tercero nos manifieste nuestros defectos. Por mi parte 
estudio los terminos de esa publication y no los encuentro exa- 
gerados. Por el contrar*o, veo en el la reflejado el espiritu de un? 
hombre acostumbrado & observar y mirar hondo, para desentranar 
la causa productora de un fenomeno psicol6gico. No hay pues> 
para qu6 ni por qu6 sentirse herido ni ofendido. Es que el amor 
propio 6 la soberbia quieren ocultar la verdad de las cosas. La 
que dice el seiior general Roca al seiior don Agustin de Vedia 
es lo mismo que estamos cansados de decirnos : que sobre la vio- 
lencia nada estable se funda y que solo la paz consolida las ins. 
tituciones. 

I Es cierto que hemos vivido y vivimos en una constante agi- 
tation ? i es cierto que hemos usado y abusado de la fuerza, de 
la violencia, y que atin estamos agitando las pasiones para retro- 
ceder en el camino de las conquistas realizadas? 

Si hicieramos una estadistica de nuestras tormentas politicas,. 
por el estilo de aquella que levant6 Jose Pedro Varela en su li- 
bro sobre educaci6n popular, se veria cu&nta razon se ha tenida 
para decir que esto es un infierno, donde las pasiones queman y 
enardecen. Hemos creido fundar el derecho y la justicia sobre el 
paves del arma mortifera, y hemos tenido una revolution, un mo- 
tin, una asonada 6 una rebelion, por aiio. Cuando no la tenia- 
mos, la andabamos buscando. Y asi no se funda nada permanente 
ni se adquiere el respeto del extranjero. Desde 1830 & la fecha 
son innumeras los revoluciones, las revueltas que se han sucedida 
derramando la sangre preciosa de nuestros hermanos. j Cuanto ha- 
briamds progresado si nada de eso se hubiera producido ! 



— 241 — 

Nadie discute si algunas de ellas fueron justas. Las ha habido 
muy justas, pero eso no quiere decir que no ha) r amos convertido 
en tin infienio lo que era un paraiso, 6 destinado & serlo, cuando 
menos. Quizd la estadistica no este" de m&s. He*la aqui, a la li- 
gera, porque es bueno refrescar la memoria para darnos cuenta de 
nuestra obra revolucionaria y sangrienta: 

En 1832 — Revolucion contra Rivera. 

En 1834 — ' Idem id. id. 

En 1836 — Revolucion contra Oribe. 

En 1838 — Idem id. id. 

En 1839 & 51 — . Guerra Grande. 

En 1853 — Revolucion contra Gir6. 

En 1855 — Revolucion contra Flores. 

En 1857 — Revoluci6n contra Pereira. 

En 1863 — Revolucion contra Berro. 

En 1868 — Asesinato de Flores y cuatro movimientos andr- 

quicos. 
En 1&70 — Revolucion contra Batlle. 
En 1873 — Motin militar. 
En 1874 — Revoluci6n de Mdximo P6rez. 
En 1875 — Revoluci6n contra Varela. 
En 1877 — Idem id. id. 

En 1884 — Revolucion contra Santos. 
En 1886 — Revoluci6n contra Vidal. 
En 1897 — • Revoluci6n contra Borda. 
En 1897 — Asesinato de Borda. 
En 1898 — Disoluci6n de la Asamblea. 
En 1898 — Motin militar. 
En 1898 — Revolucion contra Cuestas ( 43 >. 

Y en los tiempos presentes conspiraciones constant es, incitacio- 
nes a la revuelta y al asesinato del seilor Cuestas! 

Como es natural, cada revuelta ha traido trastornos y dictadu- 
ras, sacando todo de quicio. 

(43) No he querido incluir inuchas otras por no repetir lo que se 
conoce. 



— 242 — 

Por consiguiente, no ha habido gobiemo posible. La sociedad 

no ha podido educarse en el juego tranquilo y armonico de las ins- 

tituciones. Y eso es todo lo que nos ha desacreditado y desacre- 

dita. 

Aun hoy mismo acaso se vive en el mejor de los mundos 

posibles ? 

Si hay alguien que asi lo crea, al ver el sentimiento atavico 
que se despierta en los espiritus, retrotraySndonos k triste epocas* 
es porque eierra los ojos. Puede que al abrirlos se encuentre con 
la triste realidad, si es que no se pone en practica lo que el se- 
nor Vedia predica, que es lo que aplauden todos los buenos ciu- 
dadanos, de aqui y allende el Plata. Y i que" es lo que se pre- 
dica ? La Paz y la concordia, que solo se mantendran renun- 
ciando k la violencia y al atavismo partidario. 861o asi saldre- 
mos del infierno k que se ha referido el distinguido general don 
Julio A. Roca. 

Nuestro deber no es indignarnos sino esforzarnos por corregir 
el mal, que lo vemos, lo sentimos y lo palpamos. 

La te"sis verdadera y sensata, en parte, es la que La Nation de 
Buenos Aires ha sostenido. Es precisamente la raisma que me ha 
servido para decidirme a publicar el telegrama. Este no contenia 
ofensa ni injuria. Luego, a su autor en nada se le perjudicaba. 
Otra CQsa hubiera sido si el documento, conteniendo algo que pu- 
diera aparejar responsabilidades, se hubiera publicado sin conoci- 
miento de su duefio. Y en esto veo la contradicci6n en que incurre 
La Nation de Buenos Aires. Si ella misma reconoce que el docu- 
mento no afecta en nada la dignidad de este pais, no- concibo 
como viene bien aquello de aconsejar al general Roca se guarde 
de escribir papeles de esa clase. Aconsejar que no se haga lo que 
no es malo, es dificil de concebirlo. Si se tiene el derecho de es- 
cribir k un amigo, dandole k conocer las impresiones causadas con 
motivo de sus actos politicos, y esas impresiones no son ofensivas, 
I por que* se ha de decir : cuidado para otra ocasion : sea usted 
cauto : no escriba tales cos as ? 

Este es el error de la doctrina de La Nation. 

Ahora quiero y debo exponer consideraciones de otro orden, que 



— 243 -— 

tambien rozan algo 6 mucho de lo que ha dicho La Nacion, aun- 
que sin nombrarme. 

Como los lectores de El Siglo lo saben, yo he asumido la res- 
ponsabilidad de la publicacion del telegrama. Esta responsabilidad, 
declarada desde el primer momento, obligaba & plantear la cuesti6n 
en un terreno distinto 6 como se ha encarado. 

Si el general Roca no habia hecho mas que manifestar priva- 
damente una opinion sobre la politica uruguaya, & un intimo amigo 
suyo, y 6s te comunicadola & an tercero, que la da & conocer por 
medio de la prensa, <r a* quien ha debido atacarse ? i al general 
Roca, al seiior de Vedia, 6 al tercero, cuando ese documento no 
contiene injuria ni ofensa? 

Si el general Roca nada ha publicado ! He sido yo el que 
me he resuelto & ello, por razones que naturalmente se comprendeu 
y que van en seguida. Decir que el general Roca ha procedido 
incorrectamente es no darse cuenta de los sucesos. El nada ha 
publicado. Ninguna imprudencia ha cometido. El ha podido, en 
la conversacion familiar, decir lo mismo que ha expresado en el 
telegrama Si un tercero llevara esas palabras A la prensa, podrfan 
discutirse las ideas del general Roca, pero nadie podria decir que 
habia cometido una imprudencia, que con eso comprometia la 
seriedad de la funcion que desempeiiaba y que era necesario 
entablar una negociacion diplom&tica ! El puede tener sus ideas 
y expresarlas mtimamente. Esto no es una falta, ni de cortesia 
international siquiera. Y conocidas, por intermedio de un tercero, 
podrdn discutirse, pero nadie podrd decir que ha comprometido la 
dignidad del puesto que se desempefia. No se deja de ser hombre, 
porque se sea funcionario. 

Sentado esto, a nadie se le ocurrir& que se ha cometido un 
abuso de confianza ni una indiscreci6n al publicar opiniones po- 
liticas del general Roca, no ofensivas ni injuriosas, como lo re- 
conoce La Nacion de Buenos Aires. Yo dejo* & los diarios ar- 
gentinos, enemigos de aquel funcionario, el derecho indiscutible de 
aprovecharse de cuanta ocasion se les presente para atacarlo. 
Ellos sabr&n all& lo que hacen con su gobernarte y su pais. 

Lo que si puedo declarar, con toda tranquilidad de conciencia, 



— 244 — 

es, que si yo fuera argentine) diria & los orienfcales : « no se enojen, 
porque nuestro Presidenie de la Bepublica nada les ha dicho de 
of en si vo : lo que si piensen y mediten lo que el seiior de Vedia 
valdr&, cuando el general Boca, politico sudamericano, aplaude sus 
ideas como las unicas destinadas a la felicidad de esa naciona- 
lidad ». 

Y en efecto, no en valde un politico de esta talla se tonia la 
tarea de estudiar y aplaudir. Cuando lo hace, es porque alii ha 
encontrado m6dula. Y es tanto mds importante esa opini6n cuanto 
que viene de un hombre que ha actuado eu el Rio de la Plata y 
conoce & fondo las necesidades de estas republicas. No se trata 
pues, de una opini6n baladi. Est& aquilatada por las condiciones 
innegables del politico que piensa y medita, y a* quien, no sin ra- 
zon, la caricatura callejera lo represents como zorro, con ojo salton, 
mirando de soslayo, pronto para el movimiento y la accion. 

Ahora bien, una opinion de esa indole, que venia asx k recon- 
fortar el animo, & levantar, aun mas, si fuera posible, la persona- 
lidad del seiior don Agustin de Vedia, & quien acab&bamos de fes- 
tejar, no podia tomarse como un insulto al pais. Era, por el 
contrario, una nota ma's, pero altamente simpa'tica 6 importante, 
que se unia £ nosotros, que comulgaba con nuestras ideas, que se 
mezclaba con el pueblo uruguayo y le decia : « estoy con vosotros : 
esas son las grandes corrientes nacionales que convienen a estas 
republicas: las aplaudo y vivo con los uruguayos al ilustre ciuda- 
dano don Agustin de Vedia ». 

Ahora bien, £como es posible suponer que en medio & la 
propaganda politica en que estamos interesados todos los buenos 
ciudadanos, & fin de conservar la paz, se despreciara una fuerza, 
un elemento de tanta valia ? i acaso la opinion del general Roca 
era una mercaderia despreciable, que podria venderse solo d ocul- 
tas, por temor & que fuera descomisada ? 

La ocasion se "presentaba hermosa. Yo no podia convertirme 
«n un conspirador, para hacer correr silenciosamente una voz au" 
torizada, que tanto honor reflejaba sobre nuestro ilustre ciuda- 
dano, a quien la masa popular despidio grititndole: /Al futuro 
Presidenie de la Jiepublica! En politica ha de utilizarse todo lo 



— 245 — 

bueno que vaya al fin propuesto. Nosotros e&tamos comprometi- 
dos en una lucha & favor de la Paz y de la Concordia, y nues- 
tro deber es llevar k la obra todos los esfuerzos y elementos 
que encontremos en el camino, para impedir la guerra desas- 
troea entre hermanos. El telegrama del general Roca iba a ese fin. 
No contenia nada injurioso. Tendia A beneficiar a este pais y k 
honrar los esfuerzos que estamos haciendo. Mas aun: iba derecho 
a le van tar la figuracion de mi ilustre amigo politico, honrando 
asi al Partido Nacional, que ve en 61 la personificacion de sus 
ideales. Luego, no habia que titubear. On prend son Men oil 
on le trouve. Uno toma su bien donde lo encuentra. Y asi ha 
sucedido. Yo no iba a desperdiciar esa ocasion propicia. Y no 
la desperdicie", ni me arrepiento de ello. Mil veces la repetiria! 

4 Por qu6? 

Porque procediendo asi he llenado los propositus de paz y 
concordia que venimos persiguiendo, en bien de nuestra naciona- 
lidad, sin que en nada y para nada sufriera la personalidad del 
general Roca, & quien, por el contrario, se le honraba, por lo 
mismo que 61 honraba & nuestros hombres y & nuestras ideas. 

Por lo demds, si esto es ser indiscreto, 6 cometer un abuso 
de confianza, declaro que he desempenado mi papel consdenier 
mente, convencido de que los soidados de una causa noble de- 
ben sacrificarse por sus abanderados, dando & conocer las opinio- 
nes respecto & sus amigos politicos formada por los pensadores 
sudamericanos. Asi se levanta y se nutre el espiritu de I03 
buenos ciudadanos. 



16 



EL SENADOR BATLLE Y ORDONEZ 



LA PRESIDENCY DEL SENADO 



LA CANDID ATURA BATLLE Y ORDONEZ 



No soy senador, pero, no obstante, creo tener el derecho que 
tiene el ultimo de los ciudadanos : el de emitir mi opinion sobre lo 
que sucede con motivo de la eleccion del Presidente del Senado. 

Lo que pasa no es sino una consecuencia del desacuerdo elec- 
toral. Ahi estan los animos embravecidos, peiturbando el orden 
publico a cada rato con los trapos y los cintillos. Esa politica 
es la mala, porque ahi estan las lecciones de la historia que lo 
demuestran. Si revolvemos el pasado nunca nos entenderemos. 
Las mismas causas produciran los mismos pe*simos efectos. 

Ni con divisa blanca, ni con divisa colorada, nunca se hara 
la felicidad de la Patria. Se necesita un altruismo verdadero, de 
todas las horas y de todos los momentos, para conservar el precioso 
bien de la paz. Y esta no puede hallarse sino en el acuerdo po- 
litico, so pena de echar por tierra las conquistas alcanzadas. 

En este sentido, tenia perfecta razon el doctor Aramburu 
cuando decia que el verdadero y hermoso aguinaldo de ano 
nuevo que los partidos podian haber hecho a la Patria, no era 
ni podia ser otro que el de haber decretado el acuerdo electoral, 
desde luego, para los comicios de noviembre. Y era lo patriotico 
y lo sensato. El pais vivira en una constante desconfianza du- 
rante el presente aiio, a continuar las cosas en el estado en que 
van. El comercio mirara huraiio todo movimiento que no tienda 
a pacificar los dnimos, y, por consiguiente, los capitales viviran 
retraidos, el pais intranquilo, los negocios paralizados, el cre*dito 
deprimido y la vida dificil y amargada. El patriotismo y las con- 



— 250 — 

veniencias generales exijen que cese este malestar que & todos per" 
judica, desde que esa es la unica causa que lo origina, cuando ve- 
mos que en el gobierno reina el espiritu de economia y honradez 
que tanto anheldbamos. 

Pues bien, la di3cusi6n alrededor de la candidatura para la 
Presidencia del Senado es un sintoma que nos causa dolor. Nadie 
ha podido ni debido ver en la persona del senor Batlle y Ordonez 
sino un elemento indispensable para la situacion gubernamental 
que todos prohijamos. No se trata aqui del cintillo que pueda 
usar el seiior Batlle. Eso es nimio e" insignificante. Tampoco te- 
nemos para qu6 ocuparnos de su actitud partidaria en pro de los 
intereses de su fraecion politica. Lo que debe preocuparnos es la 
situaci6n misma, porque eso si nos interesa a* todos. Debemos con- 
tribuir k que no se debilite, & que no se le quite uno s61o de sus 
sustentaculos. Por el contrario, debemos atraer el mayor numero 
de elementos que por ahi andan dispersos, pero sin desalojar 
& los que ya ocupan posiciones debidas k sus meritos y sacri- 
licios. 

El seiior Batlle y Ordonez es un ciudadano sano, modesto, 
desinteresado, de valor civico y de energias personales. Ha sido 
un partidario decidido del acuerdo de los partidos, por cuyo 
triunfo hizo cuanto humanamente le fiie" posible. En el desempeno 
de sus funciones como Presidente del Senado en ejercicio del Po- 
der Ejecutivo y de la Presidencia de aquella rama legislativa ha 
procedido, en general, con independencia, imparcialidad y acierto. 
No ha hecho, pues, nada absolutamente que pueda desmerecerle 
del aprecio publico. Su nombramiento, 6 sea, su reeleccion, k 
nadie fastidiaria, si se estudian las cosas con el criterio tranquilo 
que se debe. En nada perjudicaria al pais, porque la dignidad 
nacional no se sentiria ofendida. La opinion publica no rechazaria 
indignada semejante reeleccion, hecha en un ciudadano de tan er- 
levantes cualidades. Rechazaria, pues, no es justo: seria herir 
sentimientos nobles sin que la necesidad lo reclamara. 

En cambio, su no reeleccion, dada la situacion en que se 
colocan las cosas, importa inutilizar un elemento de valer para 
nosotros mismos. Se arrojaria una saeta contra quien es un com- 



— 251 — 

paiiero de causa. Arrancarle de la posici6n elevada en que se 
encuentra, es no darse cuenta de lo que encierra el corazon hu- 
mano. A los politicos no se les afecta asi no m&s en lo intimo 
de sua aspiraciones y de los servicios prestados. La no reelecci6n 
importaria, pues, en las circunstancias actuales, seryir los intereses 
de los adversarios que nos observan, obligando £ un hombre de 
caracter y de capital activo, & convertirse, con el andar de los 
sucesos, en una personalidad hostil £ sus propios encumbrados 
compafieros, que, desconociendo sus sacrificios, le habrian herido 
en lo hondo. Esta es la verdad de lo que sucede en la vida pu- 
blica. Y asl hay que tomarla y estudiarla. 

Si el seiior Batlle y Ordonez nada valiera y careciera de fa- 
cultades y eleinentos activos, bien podrfa decirse : prescindamos 
de su individualidad. Pero, no es asi en realidad. Hay que 
mirar humanamente estos incidentes. No se encuentran hombres & 
la vuelta de una esquina con que sustituir & los existehtes. 
Cuesta hacer un hombre politico, y, una vez hecho, debe utilizer* 
sele en bien de todos, aunque eso refleje en su bienestar personal. 
Asi lo exije la propia ponderaci6n social y de gobierno. 

El altruismo consiste en despojarnos de esas pequefias pasiones 
que nos asedian diariamente, para poder asi hacer politica nacio- 
nal. Si el senor Batlle usa un cintillo, que lo use enhorabuena; 
pero nadie podrd decir que lo ha usado para mal de la actual sn 
tuaci6n ni de los que la acompailan. Tendril sus defectos de ca- 
rdcter, hijos de sus buenas cualidades; pero su bondad ingeirita 
nunca podr& llevarlo & desempeilar funciones innobles. £l sabe 
muy bien que este pais no puede ser patrimonio de un trapo. 
El que no lo comprenda asi es un iluso ; y el que quisiera 
desconocer la fuerza moral de la coparticipaci6n de los hombres 
honestos en el gobierno de la Republica, caeria derrumbado por 
su propio esfuerzo de espiritu desalmado y maquiav^lico. 

Desde luego, nadie niega que puedan haber candidaturas in- 
mejorables. Las hay, indiscutiblemente, tomadas aisladamente las 
personalidades. Quiz& pueda haberlas que por si solas tengan 
condiciones sobresalientes. Pero, esto no basta en politica. Los 
hombres surgen como la obra de los acontecimientos, con sus 



— 252 — 

ramificaciones en toda la Reptiblica. Es necesario que tengan su 
capital actual. Tenerlo en el momento oportuno, es lo necesario. 
Tenerlo prestado, es lo inutil. La popularidad de otroFa nada 
vale. La que se impone es la del momento agitador. Y en este 
sentido el altruismo del seflor Echegaray lo levanta y lo pre- 
senta como una personalidad que sabe pensar 'y darse cuenta 
de la situaci6n. Persiatir en elk> es un acto que lo exhibe como 
hombre politico. Y ese altruismo es el que, & mi juicio, debieran 
imitar los ciudadanos nacionalistas que saben que s61o el acuerdo 
puede darnos paz y coparticipaci6n en el Gobiemo. 

Naturalmente que mis observaciones rolan alrededor de como 
se ha planteado la cuesti6n, de votar de acuerdo por un candi- 
date adversario. Asi la han planteado los nacionalistas del Se- 
nado y del Directorio. Ahora, si una vez por todas dijeran : somos 
adversaries del gobierno y estamos por un candidate enemigo del 
gobernante honesto . . . 

Hago votes, pues, por el triunfo del seiior don Jose" Batlle y 
Ordonez, sin temor a sus cintillos, que estoy cansado de ver 
muy cerca de ml, contra mi voluntad. 



Es necesario liichar con conviccion cuando se ve que todo se 
derrumba. El instinto de propia conservacion nos llama a* la ta- 
rea. Es que salvando & los demds nos salvamos 6 nosotros 
mismos. 

La situacion politica es dificil y compleja, muy especialmente 
despues del nombramiento del doctor Blanco para Presidente del 
Senado. Su triunfo tenia naturalmente que exacerbar las pasio- 
nes. Y ese es el error de la persona que escribe en el estimado 
diario Tribuna, de Buenos Aires. Derrotada la candidature del 
doctor Blanco, las cosas no se alteraban, porque esa personalidad 
simpdtica no tiene juego actual, dentro de su colectividad. Ca- 



— 253 — 

rece dc capital. Es un primdz sin estado mayor ni soldados, 
comparado con el seftor Batlle y Ordoiiez. 

La derrota de fete tenia forzosamente que producir el des- 
concierto, porque heria el fondo mismo de la situacion politica. 
El doctor Blanco vive distanciado del Presidente de la Repfi- 
blica. Lo separa un abismo, desde aquel nefasto 4 de julio! 
Los elementos del doctor Blanco son los del general Estevan, 
autores de aquel mo tin. 

Ahora bien, ^que se diria, ahi, en Buenos Aires, si los ami- 
gos del general Roca, partidarios de la situaci6n politica, eligieran 
para Presidente del Senado & un cnemigo del gobernante, cuando 
ahi tenian un candidato amigo que no habia desmerecido en el 
concepto publico? 

Eso es lo que aqui ha sucedido, y de lo que ahi no se dan 
cuenta. El doctor Blanco era enemigo de la situaci6n, per mds 
que afirme lo contrario. Por algo est&n distanciados de los ele- 
mentos situacionistas, 61, Mendoza y Dominguez, figurando en un 
circulo llamado indepmdiente, en el Senado. Y, como las especies 
se buscan, de ahi que aquel elemento nacionalista, enemigo de 
Cuestas, radical, revolucionario, — que busca el poder por cualquier 
medio, aunque sea precipitando los sucesos, sin temor & las conse- 
cuencias, — que tiene su asiento en el Senado, buscara el apoyo 
del circulo de Blanco, Mendoza y Dominguez. El odio & Cuestas 
los unia, y 61 mismo se encargaria de desatarlos. 

Sin embargo, en ese nucleo nacionalista habia un hombre que 
se daba cuenta de la situaci6n. £l estd convencido de que los 
triunfos obtenidos por la sorpresa 6 la violencia no nos daran 
resultado alguno ; que seria un mal para el pais conseguir la 
victoria por esos medios, porque el nuevo gobierno no podria 
mantenerse sino en lucha abierta con los conspiradores y que no 
habria progreso ni administration posibles. Ese ciudadano es don 
Eduardo Acevedo Diaz, distinguido redactor de El National. Y 
fete, que es un partidario decidido de la situaci6n, le di6 su voto 
al doctor Blanco! 6l mismo se encarg6 de decirnos publicamente, 
en las antesalas del Senado, que su candidato era el seftor Batlle 
y Ord6iiez, pero que por seguir a stis amigos votaba al doctor 
Blanco! 



— 254 — 

Aqui se atribuye al doctor don Carlos A. Berro la direccion 
de este incidente, quien, con su talento indiscutible, habria con- 
ducido las cosas al terreno que 61 deseaba, poniendo frente al 
seiior Cuestas al doctor Blanco, su enemigo, y & quien aquel con- 
sidera como autor 6 complice 6 consentidor del motfn del 4 de 
julio. El doctor Berro habria pensado en el doctor Blanco, por- 
que lo considera personalidad esencialmente deeorativa, por carecer 
de capital con que agitarse en el escenario politico. En este sen- 
tido se habria demostrado que en el Senado domina el Partido 
Nacional y que la situation politica encuentra alii, de pie, escul- 
tural, la formula de: someierse 6 dimilir. 

Ahora bien, por aqui se dice, y quizd con fundamento, que en 
esta lucha Berro ha vencido a Acevedo Diaz y que por Acevedo 
se ha derrotado a Batlle, para demostrarse asi que Acevedo no 
tiene influencia en las decisiones del partido. Yo no s6 lo que 
habra en el fondo, pero puedo, si, asegurar, que Acevedo Diaz 
ha sido vencido por Berro en su conciencia y en su criterio. El 
no tenia mas candidate que Batlle y Ord6nez, porque A el es- 
taba vinculado politica y personalmente. Pero Berro, habil y Mo, 
prepar6, con politica de sacristia, como se dice, reuniones secretas. 
Y en e"stas cay6 Acevedo Diaz. Al principio se mantuvo correcto. 
Yo no voto, decia, sino por candidates nacionalistas, pero nunca 
al seiior Echegaray. Le tomaron la palabra, y las reuniones 
siguieron. Luego, cuando murio la candidatura de Etchegaray, 
la atm6sfera se habia hecho pesada y los animos ya no estaban 
serenos. El doctor Berro aprovecharia ese momento psicologico 
para presentar la candidatura Blanco. Y el seiior Acevedo Diaz, 
que no quiere perder prestigios populares, con olvido de que eso 
se impone al hombre de Estado, que es algo distinto del tri- 
buno y demagogo, se vio cercado y tuvo que pasar por las 
horcas caudinas de votar contra su candidate, 61, situacionista 
cuestwta ! 

Y con su voto decidio la contienda, ^1 sigui6 a sus amigos, 
decia en las antesalas del Senado; y otros decian : ha seguido 
a sus enemigos. Hoy esta en polernica hiriente y personal con el 
doctor Berro. No ha tardado mucho en demostrarse la verdad 



de los hechos, y que seguir d los amigos era ir al muere, cuando 
no se vive en atmosfera realmente de amistad. Y estos son los 
amigos que accionan unidos en un pun to fundamental ! Si la ver- 
dad es, que, en el orden de las ideas, sucede £ veces que mis en 
armonia se vive con los que estan en tienda extrana. Lo prueba 
el doctor Berro, unido al doctor Blanco; lo mismo que el sefior 
Acevedo Diaz y otros plegados al seiior Batlle y Ordoiiez. 

Ahora, en medio de todo, se ve al directorio del Partido Nacio- 
nal reaccionando en el camino at&vico, que, desde ha tiempo, se 
habia iniciado. Es de felicitarse y de felicitar al efcmento que asi 
piensa. Pero, esa obra es necesario continuarla. No basta acon- 
sejar el no uso de trapos, cintillos y golillas. Es indispensable 
condenar esa resurrecci6n de las cosas muertas, que tienen la vir- 
tud de despertar odios y sembrar venganzas. Justo es que empe- 
cemos por criticar &, los de casa, para tener la autoridad necesaria 
en la critica de lo ajeno. El Partido Nacional no debe rememorar, 
en una epoca de paz y de concordia, fechas luctuosas. El rue" quien 
inicio, el 2 de enero, la efemende de Paysandu. Su conducta de- 
bio ser otra en momentos en que est& armonizando con su adver- 
sario. El hiri6, y lo que es peor, les di6 en el gusto a sus con- 
trarios. Que mas queria el pato que lo echaran al agua, si asi 
se encuentra en su elemento propio, dando zambullidas y refocilan- 
dose. Aquellos polvos de Paysandu, etc., han traido estos lodos 
de Quinteros, Flores, etc. Bueno seria que se terminara esa obra 
impolitica, que k nada conduce sino a perpetuar crimenes y pa- 
siones malsanas. El Partido Nacional debiera iniciarla, declarando 
que no es del momento resucitar hechos que convierten al pais 
en un cementerio politico durante todo el ano. Ambos partidos 
debieran tener presente lo que decia el doctor Avellaneda: no se 
enarbolan banderas a los pueblos arrancando girones a un su- 
dario. Otro tanto puede decirse de esas denominaciones publicas 
dadas a ciertos clubs. Esas lecciones practicas, que reciben los 
ciudadanos, en la llanura, luego las conducen al Gobierno, y, acos- 
tumbrados a ellas, las consideran buenas y las ponen en evidencia 
desde las alturas de la sociedad. Esta sociedad lo que necesitaria 
seria el olvido de esas efemerides para ser feliz y grande. Mucho 



— 256 — 

ganaria la cultura y la civilizacion con que se aboliera tal manera 
de proceder. No es posible criticar al adversario cuando nosotro9 
hemos hecho lo mismo que en 61 censuramos. 

Por lo demds, vuelvo a repetir que solo en el Acuerdo puede 
encontrarse la paz. Tal como van las cosas marchamos de mal en 
peor y el fantasma de la guerra civil ahi esta* ante nuestros ojos. 
Es necesario evitarla d todo trance por medio de la propaganda 
incesante. Es necesario decirlo y repetirlo, para que se aquieten 
los animos. Hay que hacer resaltar asi la responsabilidad de los 
que, al dirigir los destinos de los partidos politicos, por obra de la 
armazon forjada pareciera ad usnm delphini, no piensan sino en 
el cintillo, con olvido de los intereses permanentes y generates 
de la sociedad. Diciendolo y repitiendolo, impediremos algo de lo 
mueho malo que aun puede hacerse. 

En este sentido, grande es la responsabilidad de los que, 
como el doctor don Carlos A. Berro, tienen talento y practica 
para darse ctienta de las cosas. El ser inferior tiene su misi6n, 
la de obedecer y ejecutar las resoluciones de las intelectualidades, 
pero nunca la de usurpar la direccion de una colectividad poli- 
tica. Evitemos los atavismos y honremos lo tinico que debemos 
honrar: las instituciones y los hombres que las sirven con des- 
in teres y leal tad. 

Siento la necesidad de rectificar un error, si es que yo estoy 
comprendido en la generalidad del hecho anoticiado al publico. 

Yo no he concurrido & la sesion de la apertura de las sesiones 
ordinarias, pero mi inasistencia no se debe & la causa enunciada. 
No se debe & ningun complot tendente a demos trar el poco afecto 
politico hacia el distinguido ciudadano que preside el Honorable 
Senado. Yo no he ido & ese acto, porque nunca voy, desde que 
no se le da importancia alguna, como lo prueba la inasistencia 
del Poder Ejecutivo. 

No participo de tales medidas extremas, que a nada conducen 
en la vida democratica. Terminada la lucha, las manos deben 
estrecharse. Por eso hubiera deseado ver una actitud caballeresca 
en el acto de la elecci6n de presidente del Senado. ; Que" edifi- 
cante habria sido ver al doctor don Juan Carlos Blanco votar 



— 257 — 

por el sefior don Jose Batlle y Ordonez, y vice versa, & e"ste por 
aquel. 

Producido el hecho, debemos contribuir & la atenuacion de 
sus efectos. Yo creo que ha sido un error politico la election del 
doctor Blanco. Pues bien, vencedor este ciudadano, contribuyamos 
al bien del pais y al de la situation, no aumentando el caudal 
de los males. En este sentido creo que es un bien la aotitud de). 
seitor Batlle y Ordonez. Tomo el hecho, es deeir, su actitud, sin 
entrar & averiguar los moviles que la han producido. Ni humana 
ni politicamente puede censurarse su resolution, impuesta por los 
acontecimientos. El no hace mds que ejercitar.el derecbo que todos 
ejercemos : el de defender nuestras creencias politicas. Esto no 
merece censura. Por el contrario, lo honra y lo levanta en el 
concepto de sus conciudadanos. ' Lo que mereceria censura seria 
el medio indigno de que hicieran uso. Y este no se ha empleado 
hasta la fecha. 

Los que en uso de ese mismo criterio ejercemos el derecho 
de propagar nuestras opiniones, debemos felicitarnos de que las 
cosas tomen un giro pacifico. Y por eso, hasta cierto punto, 
nos alegramos de que el seilor Batlle y Ord6iiez busque los me- 
dios de fortifiqar k su partido. Como adversario le aconsejamos 
que trabaje, con ahinco, por unirlo, por organizarlo y presentarlo 
fuerte ante su contendor. 

La ra^on de este consejo se explica. Lo que le viene suce* 
diendo al partido dominante es muy natural. Vive anarquizado. 
Una fracci6n, y solo una fraction, contando con la fuerza que 
da el poder, se alio & la falange nacionalista. £sta estd unida, 
fuerte y disciplinada. Se mira y ae contempla poderosa ante la 
fracci6n d la que se vincul6. Ve & esta misma fraction subdividida 
con puros primaces & la cabeza. Ahi estdn los <Jiversos circulos 
luchando por sus ambiciones, mds 6 menos legftimas. Debilitados, 
como se les ve, no pueden influir en la cosa publica; tanto m&s 
cuanto que el seiior Cuestas, resuelto, como estd, & ser prescindente 
en la lucha, con sus elementos ofic:ales, lo que lo honra, no les 
prestard el contingente de la autoridad & que estaba acostumbrado 
el partido dominante. 



-- 258 — 

Desde luego, para no ser vencido, necesita luchar; pero, para 
luchar, es indispensable la uni6n de todos sus elementos. Hecho 
esto, que es lo que debe perseguir con teson y ahinco el seiior 
Batlle y Ordonez, sin desanimarse por los obstaculos que encuentre 
en su camino, estaremos de felicitaciones los partidarios de la paz 
y del acuerdo electoral. El Partido Nacional no hard acuerdos, 
& estar al criterio dominante en sus directores actuales, de lo que 
yo no participo, mientras no vea una fuerza de resistencia capaz 
de vencerlo. Para que el acuerdo venga, segun se nota, es ne- 
cesario que los dos poderes se encuentren equilibrados y fuertes. 
De otra manera el poderoso absorberd al d6bil. Esto es elemen- 
tal : est£ en la naturaleza de las cosas humanas. 

Como se ve, no hay para que censurar la actitud del seiior 
Batlle y Ord6ilez. Los que somos acuerdistas debemos felicitar- 
nos, hasta cierto punto, de la actitud asumida. Dej&nosles que se 
organicen, y, cuando los veamos fuertes, & ambos, entonces les di- 
remos : « alto ahf ; la solucion no est& en la guerra : se encuentra 
en la concordia, en la paz, en la uni6n de todos los buenos 
ciudadanos ». 

Y, para ese entonces, conviene que el doctor Blanco, con sus 
amigos el doctor don Jos6 Roman Mendoza y don Rufino T. Do- 
minguez, dentro de su colectividad, apoyen y ayuden la obra del 
acuerdo electoral, que es lo que no debe rechazar in limine, y 
desde luego, el seiior Batlle y Ordoftez, porque no sabe lo que los 
acontecimientos pueden dar de si para aquel entonces. 

Pero, me he excedido. S61o queria dejar constancia de mi 
inasistencia al acto de la apertura de las sesiones legislativas, y 
me he ido un poco lejos. De todos modos, lo escrito, escrito 
esta, y no es malo consignarlo en publico, despu£s de mi ar- 
ticulo anterior. Son ideas que conviene exponer y discutir, para 
que se mediten. 



LA POLITICA DE LA PAZ 



Me pareee que esta vez no se tomard dorraido al pueblo. 
Cuando h& un .ailo d&bamos la voz de alerta para que el espfritu 
publico se moviera y se exhibiera altivo y vigilante por toda la 
Reptiblica, los amigos de causa creyeron que mejor era dormir, ca- 
llar y no exhibirse. Eso es hacerle el caldo al enemigo : es lo que 
61 desea, que se guarde silencio por el adversario, para asi 61 solo 
ocupar el escenario. Y es muy sabido todo lo que vale una pro- 
paganda que no tiene por delante un contradictor. A fin el pueblo 
no hace mas que oir la misma cantinela todos los dias, y llega a 
penetrarse de ella, sin examinar su bondad y su poderio. 

Pareee que aquella experiencia ha enseiiado ahora lo que debe 
hacerse, por lo que, apenas enunciado el pensamiento del meeting 
k favor del acuerdo politico de los partidos para la pr6xima lucha 
electoral, la poblacion se ha movido como un solo hombre y se ha 
apresurado & suscribir la noble y bien redactada invitaci6n, salida 
del cerebro equilibrado de mi distinguido amigo el seiior doctor 
don Eduardo Acevedo, redactor de El Siglo. Como es natural, no 
'hay mas que leer las innumerables firmas que suscriben esa invi- 
tacion para comprender que el exito de esa hermosa fiesta demo- 
er&tica estd asegurado. Todo lo que tiene la Reptiblica de impor- 
tante est& ahi ; y lo que aun no estd ya aparecerd el dia de 
la manifestation. Razones de un orden nimio, pero que deben 
respetarse, impiden que las firmas esten ahi, por mas que la 
cabeza y el corazon esten en el meeting. En cambio, aparecerdn 
entre el pueblo el dla de la reunion publica. Nadie faltard k esa 
cita del deber patri6tico. 

Yo he puesto mi firma al pie de esa invitaci6n. Y lo que es 

17 



— 262 — 

m£s, aparece, sin que yo lo supiera, en puesto de honor, que, 
natural men te, agradezco con mucha sinceridad. Voy & explicar 
porque la he puesto. 

Pertenezco a una colectividad que no admite autoritarismo en 
su seno. Todos tienen el derecho, ya que no el deber, de preocu- 
parse de la cosa publica, con ahinco y actividad. Tiene ese partido 
sus autoridades, emanadas de su seno, con indication, muy taxativa, 
de sus facultades propias, lo mismo que para todos sus adeptos. 
Y entre esas disposiciones, mas 6 menos buenas, que se cumplen 
con los dSbiles, como se relajan, cuando se quiere, con los fuer- 
tes, por que tal es la ley de la vida, no hay ninguna que prohiba 
al afiliado pensar por si mismo, discutir sus opiniones y hasta 
fundar diarios para hacer propaganda en pro de lo que considera 
m&s conveniente para el pais y su colectividad. Si asi no suce- 
diera, entonces el partido politico seria una tirania: nadie opinaria 
sino por medio de sus autoridades : inutiles serian los clubs, los 
diarios, los oradores, los meetings. Nombradas las autoridades del 
partido politico, desapareceria toda acci6n publica, y no habria 
mas que hacer que echarse £ dormir y dejar que otros pensaran 
por nosotros, sin que hasta ellos siquiera llegara el eco de las 
aspiraciones de los afiliados. Esto, como se ve, no seria la escuela 
politica democr&tica que conviene & un pueblo libre, am ante de 
sus instituciones. Las autoridades rcpresenlan al organismo politico, 
pero no hacen del ciudadano un ser automata, incapaz de dere- 
chos y deberes, obligado & doblegarse ante la fuerza que mueve y 
agita el Estado. La au tori dad no tiene el derecho de absorber al 
individuo, para arrebatarle su personalidad moral. Esta « unidad 
moral » existia durante el paganismo, pero no es de la epoca 
moderna. No es esa la escuela que forma ciudadanos, pues, si 
desde la Uanura empezamos por enseiiar la abdicaci6n de nues- 
tras mas hermosas facultades ante la autoridad que nos representa 
delegadamente, renunciando al derecho de hacer conocer nuestros 
pensamientos, para que se discutan y estudien, en el gobierno se 
haria otro tanto, y la tirania y el despotismo se impondrian 
facilmente trat&ndose de ciudadanos ya preparados para la servi- 
dumbre. 



— 263 — 

Felizmente no prima semejante doctrina en el seno del Partido 
Xacional. Cada uno de sus miembros es muy dueiio de eniitir sus 
opiniones y de sostenerlas. Por eso tenemos diversos organos de 
publicidad, dirigidos por ilustrados conciudadanos, que desde sus 
columnas propagan sus ideas, desarrollandolas, dia a dia, para que 
lleguen al seno de las autoridades y las tomen en consideracion en 
el momento dado. Ahi estan, pues, ellos ejercitando ese derecho 
augusto, el mismo que yo uso al predicar la doctrina del acuerdo- 
Las autoridades que nos representan escuchanin esas p alpitaciones 
de la opinion piiblica, y sabran, cuando llegue el momento, inspi- 
rarse en ellas y reconocer que ese factor no debe despreciarse. 

Sena una verdadera inhabilidad politica, perjudicial para el buen 
nombre del Partido Xacional, despreciar esas palpitacioncs. Un 
partido politico sesudo nunca resuelve olvidando que el es un 
agregado de ese todo que constituye la unidad moral de una Xa- 
cion. Por el contrario, para realizar sus fines y ensanchar su es- 
fera de accion, ha de conservar su altruismo para no equivocar el 
camino pequeiio de los detalles con el amplio y grande de la na- 
cionalidad. Su (joncepto de partido gubernamental se eleva y for- 
tifica cuando las diversas fases de la opinion lo ven actuando con 
elevaeion y desprendimiento de alma. Asi es como poco a poco 
acapara las posiciones y llega & penetrar en todos los corazones, a 
dominar y con veneer de que tiene las condiciones innegables para 
el gobierno de la sociedad. 

Es asi como naceran las simpatias populares y como acrecen- 
tara su capital para sentar sus reales en el poder politico. De 
otra inanera, se enagenaria las simpatias piiblicas, por que heriria 
intereses legitimos, respetables y de consideracion, que todo buen 
politico debe tener muy en cuenta al adoptar una resolucion. 80- 
bre las conveniencias de un agregado politico, que forma, con otros 
agregados, la gran cadena de la Nacion, estan los intereses 
permanentes y generales de 6sta, que son los que han de prefe- 
rirse. Xo hacerlo asi es ir contra la corriente de todo un pueblo, 
que maldeciria al partido que no lo escuchara, autor de su 
ruina y de su miseria. En este sentido, al Partido Nacional no 
le conviene perder esas simpatias populares. Xo debe imitar el 



— 264 — 

ejemplo de Borda ni de Hen-era y Obes cuando desoyeron la 
manifestacion de esta sociedad sedienta de paz y de concordia. 
Es en nombre de la unidad moral de una Nacion que se pide 
el acuerdo de los partidos politicos. 

De ahi que el Partido Nacional debe una vez mas repetir 
sus palabras del 19 de abril de 1898. Entonces dijo: venga el 
acuerdo, porque la opini6n publica lo pide. Otro tanto ha de de- 
cir man an a, despu6s de la manifestaci6n popular de todos los 
ciudadanos de los distintos centros de opinion partidaria, que 
recorreran las calles de la Capital. Ahi se verdn d los hombres 
de los diversos partidos, al capitalista, al obrero, al industrial, 
al nacionalista, al constitucionalista, quienes, desde el fondo de 
sus almas gritardn: queremos paz, queremos acuerdo de los par- 
tidos para la proxima lucha electoral. 

I Y el Partido Nacional desoird ese llamado de la opinion ? 
I Y el Partido Colorado guardard silencio tambien ? 

La Patria los llama y los conjura. El altruismo se impone y 
no queda sino esta f6rmula : 6 someterse ante la opinion sensata 
6 buscar en el derramamiento de la sangre fratrjcida lo que d la 
concordia se le niega. 

Y el grito de la patria serd oido, porque los partidos son el la 
misma sintiendo sus ansias de amor y de esperanza. S61o el amor 
salvara k la humanidad. Quien no ama es Luzbel. Y ningun 
partido en mi patria aspirard d serlo. Y esto es lo digno, lo 
grande y lo patri6tico. 

Por eso he puesto mi firma al pie de la invitacion. Mi voto, 
por humilde que sea, se une al de los tantos nacionalistas fir- 
mantes de la invitacion, que piden al Directorio la proclamacion 
del acuerdo politico. 



EL CAUDIL LO 



UN JOVEN QUE INSULTA 



El Direclorio del Partido National ha hablado. Los miem- 
bros caracterizados de este nucleo directivo han coinprendido que 
no debian permanecer silenciosos y sentados cuando todo se 
mueve y habla k su alrededor. Y al hablar, han respondido 
dignamente k la esperanza con que fueron electos por sus afi- 
liados, cuando, k mayor abundamiento, se rechazo, en la Conten- 
tion, la motion tendente k que 6sta incitara al nuevo Directorio 
para que persistiera en la polftica seguida por el anterior. 

La presencia del seiior don Enrique Anaya, al frente del 
Directorio, fiie" saludada como una prenda de paz y de concor- 
dia. £l no acepto el puesto sin dejar constancia bien explicita 
de que sus ideas acuerdistas serfan las unicas que defenderia en 
el seno del Directorio. El pais recibi6 con aplauso esa actitud 
levantada. Por consiguiente, nadie podia dudar del 6xito del 
pensamiento del acuerdo dentro de esa corporacion. Solo no estu- 
diando los sucesos, no conociendo k los hombres y k las cosas, 
6 contando con la indiferencia y el abandono de los ciudadanos, 
era que podia suponerse que el actual Directorio del Partido 
Nacional negaria su concurso moral, porque no cree de su deber 
ofrecer otro por el momento, k la obra del acuerdo de los parti- 
dos. Antes que negarlo, el seiior don Enrique Anaya, y muchos 
de sus compaiieros, renunciarian sus cargos, porque los hombres 
de caracter, de honor y de patriotismo nunca traicionan sus ideas 
ni las esperanzas en ellos depositadas por sus clectores. 

En este sentido, pues, no ha sido para mi ninguna sorpresa 
la actitud del Directorio. La esperaba. Bien pudo no decir 
una palabra, que todo el mundo conocia su opinion. La actitud, 



— 268 — 

sin embargo, es noble y valiente. Alguien supone que no tuvo 
absoluta necesidad de prestigiar el acto popular con su valiosa 
expresi6n, porque, como autoridad, tenia el deber de ser prudente 
y no dar & conocer su opinion, como si fuera un juez a quien 
la ley impone la obligaci6n de no prejuzgar, so pena de recu- 
sation; pero, sin estar obligado a* ello, segun se supone, vuelvo £ 
repetir, se ha sentido atraido por el movimiento popular, y se ha 
dicho: / Ojo al Gristo. que es de plataf 

El Directorio ha comprendido que la compaiiia era buena, 
que mucho se ganaba con mezclarse entre las filas populares, 
con ese pueblo por quien se trabaja y cuyas palpitaciones nadie 
tiene el derecho de de9preciar impunemente, so pena de recibir su 
sancion moral y material en dia y hora determinados. Solo los 
soberbios, los ensoberbecidos por la suerte 6 los ignorantes de lo 
que* el Pueblo reserva para quienes lo desprecian, son capaces de 
no utilizar una fuerza poderosa, auxiliar de las buenas ideas, que 
viene & ofreceree expont&neamente para servir los ideales de 
todos los que quieren Patria grande, desprovista de circulos y pe- 
queneces. El Directorio del Partido Nacional asf lo ha comprendido. 
Ese pueblo, se ha dicho, somos nosotros mismos : es nuestra sangre, 
es nuestro b&culo ; es la esperanza de mejores dias : por 61 nos 
hemos batido : por 61 hemos luchado y por 61, por su esfuerzo, 
por su generosidad y grandeza de alma, hemos triunfado en las 
cuchillas y en los parlamentos, llevando bien en alto el estan- 
darte que hoy, como depositario, tremola en manos del Presidente 
de la Republica, y en el que estan inscritas aqueilas hermosas 
cuan significativas expresiones : / Por el pueblo ! ; hoftradez admi- 
nistrativa ! 

\ Salve, pues, al Directorio del Partido Nacional ! fil ha 
sabido, en medio k las dificultades opuestas, aportar su contingente 
moral £ la obra de la concordia, obedeciendo asi a* las nobilisi- 
simas tradiciones de la colectividad. Sus miembros se confundirdn 
hoy entre los trabajadores y obreros, sin los cuales nada seria 
la humanidad. Su actitud ha sido patriotica, sesuda y politica. 
Pudo hacer mds, sin faltar & su deber. Piido decir : « no solo 
aplaudo el meeting sino que en uso de las facultades progias de 



— 269 — 

encaminar la marcha politica del partido, invito a los correligio- 
narios oficialmente a congregarse alrededor de sus autoridades y 
concurrir a esa fiesta democr&tica, que tanto bien hard & la 
Patria». Respetemos, sin embargo, su prudencia, por m&s que 
debio completar su actitud. No era suficiente decir & sus correli- 
gionarios : la idea es noble y patri6tica, por lo que pueden 
concurrir al meeting, si tales son sus opiniones. Debio, ademas, 
encaminar la marcha politica, ya que el pensamiento lo aplaude 
concurriendo oficialmente & la manifestation. Esto hubiera com- 
pletado su correcto proceder. Pero, conseguido aquello, debemos 
felicitarnos. Todo es empezar. Por ahora sabemos que el Directorio 
del Partido Nacional no desoye la voz popular. 

En este sentido, creo del caso recordar una frase del caudillo 
nacionalista, ya que los sucesos lo han impuesto como factor 
politico y alrededor de su persona se mueven hombres y cosas. 
Tan es exacto, que no falta quien repita la muy conocida frase de : 
que el Partido Nacional es Saravia y Saravia el Partido Nacio- 
nal. Yo no quito ni pongo rey. Yo no he contribuido a ensalzar 
la personalidad del caudillo como director politico. He defendido 
su patri6tica actitud, pero sin ditirambos ni alabanzas exageradas 
de cortesano. He encontrado hecha asa personalidad, hija de los 
sucesos y * de algo que indudablemente tiene innato el hombre, 
porque ho asi no mas sobrenadan los seres en una epoca de 
cultura y de civilizaci6n. Tomo las cosas, pues, como las en- 
cuentro, y trato de utilizar los factores tales como son, haciendo el 
bien con ellos, hasta donde den las fuerza3 humanas. No agasajo 
sus pasione3, sino que trato de moderarlas, si es que se exceden 
en ellas. Y buscando el equilibrio entre el hombre de pensa- 
miento y el de accion, sin despreciar esa fuerza del mdsculo, tan 
indispensable, en los casos extremos, para hacer triunfar las 
causas santas, sirvo, con mi conciencia y mi moralidad de ideas, a 
prestigiar lo que dentro de mi partido hay de bueno, criticando 
dulcemente lo.que de malo encuentro en mi camino. Si eso hiere 
intereses y aspiraciones, yo no lo s6 ni me preocupo de ello. Y 
si las medianias, a quienes mas de una vez he tratado con in- 
dulgencia, cuando se les atacaba mortalmente, salen heridas en la 



— 270 — 

propaganda, no habrd sido esa mi intenci6n. S6 que sirven, 
pero en su respectivo asiento. Cada hombre vale de acuerdo 
con las facultades reclamadas para el destino que desempena. Yo, 
por ejemplo, no sirvo para caudillo de cuchillas: no sirvo para 
manejar un lazo, tirar unas boleadoras ni parar un rodeo. Por 
eso no usurpo el puesto de los que tienen facultades y experien- 
cia para ello. Y los que nacieron para aquello y usurpan el 
asiento del hombre de letras, no hacen bien, porque perjudican 
al Partido y se hacen mal a si mismos. 

Esto no lo digo por el caudillo, entiendase bien. Por el con- 
trario, tengo que recordarlo para su buen nombre. El tiene ma's 
viveza, dire asi, empleando el termino vulgar, y mas sentimiento 
politico, que muchos de los que actuan invocando su nombre y su 
prestigio. Como una prueba de ello, que viene al caso, recuerdo 
lo que un dia les decia k unos h&biles politicos que perifraseaban 
alrededor de la proximo, revolucion. Despues de oirlos, y pronto 
ya para montar en sa noble y hermoso caballo, les dijo : « Bueno, 
« miren doctores, pero cuando el momento llegue iraten de que el 
« pueblo esie eon nosotros. » 

I Qu6 filosofia encierran estas palabras ! Ahi estd encerrada 
toda la tradicion de una colectividad como el Partido NacionaL 
Tralar de que el pueblo este con nosotros! Esta es la tradicion 
nacionalista. Y esta es la que el caudillo recomendaba & los po- 
liticos. « i Por Dios ! » parecia decides, no me compromentan, no 
me arrastren al abismo, sino cuando el Pueblo quiera ir al abistno 
eon nosotros. Si ese sacrificio lo pide el pueblo, hagase su sobe- 
rana voluntad. » 

Y es que el caudillo comprendia, en su intuicion, que si 61 
habia llegado & surgir como tal en el horizonte de la Republica, 
era porque el pueblo, sin distincion de colores politicos, lo habia 
levantado y aclamado como el brazo vengador de los atentados 
cometidos. Y es esa aura popular, que lo ha acariciado, y cuyos 
frutos benSficos conoce, la que no quiere abandonar. Y esa aura 
popular, de la que mafiana puede necesitar, si peligran las institu- 
ciones, es la que representa ese capital extranjero, ese comercio, 
del que se ha dicho que €1 aquista oro, con el oro independencia, 



— 271 — 

con la independencia libertad, y con la libertad funda pueblos 
y naciones unidas por la solidaridad del intercambio de cosas e 
ideas. 

Si, ahf est£ ese capital extra njero, sin el cual nada seria el 
pais, unido al capital nacional; ahi est£ el capital is ta unido al 
obrero, el intelecto al brazo, los hombres de paz y de progreso 
de todas las colectividades, que, por intermedio del buen sentido, 
dicen & los directorios de los partidos politicos, lo que el caudi- 
Uo les decia en otro momento: traten de que el pueblo no sea 
dcspreciado. 

El caudillo dijo una gran verdad. El Directorio del Partido 
Nacional ha sabido ponerla en practica, y el seiior Presidente 
de la Republica, que saiudard ansioso al pueblo al desfilar f rente 
& sus balcones, dira & su vez: 

[Bendito Pueblo que me rodea en nombre del acuerdo de los 
Partidos Politicos ! — S61o asi ser£ posible hacer honradSz admi- 
nistrativa y cumplir mi programa gubernamental. Hagase la vo- 
luntad soberana y digamos como el caudillo : « tratemos siempre de 
que el pueblo est§ con el Gobierno y el Gobierno con el pueblo*. 

El dia de hoy serd uno de los m&s fecundos en bienes. El 
acuerdo politico lo habr& sancionado el pueblo en nombre de un 
gran sentimiento patriotico, y los que no sigan ese movimiento 
del corazon quedar^n rezagados en el camino como desertores 
de una hermosa causa 6 prisioneros de la intransigent^ mata- 
dora de todo gran acontecimiento. 

El caudillo lo dijo: tratemos de que el pueblo este* con nos- 
otros. Solo asi triunfaremos. Y ese pueblo est& por la paz y 
la concordia. Hoy lo ver&n los intransigentes y hasta los ciegos 
de espiritu nacional. 



Como supongo autor del articulo iinprudente al joven don Car- 
los Roxlo, director de El Deber, por eso lo contesto, pues d pesar 
de su insolita actitud, que no me hiere ni altera, desearia verlo 
utilizando, para honor del pais, en otro terreno que el de la poli- 



— 272 — 

lica, para la que no ha nacido, por lo visto, los admirables talentos 
literarios de que esta dotado. Si no lo supusiera autor k 61, no lo 
contestaria. 

La propaganda en el orden de las ideas nunca debe descender 
al terreno personal. Esto es indiscutible Me parece que esto debe 
bastar para los que creen que el terror de la prensa es una fuerza. 
A nil me asusta ese modo de discutir ideas, por ma's que hace 
tiempo estoy acostumbrado k oir insultos. Uno mds 6 menos no 
rebosara el liquido. Pero, k insultos, opongo raciocinios. Y es ese 
proceder el que irrita el espiritu de los que est&n acostumbrados 
a llevarlo todo por del ante k fuerza de insultar. La escuela es 
mala, porque asf nada se conseguira. Y por lo mismo que es mala, 
no hay que imitarla. Ya se arrepentird, el autor de los insultos, y 
volvera" publicamente a cambiar de opinion. No hace mucho me 
insult6, despues me elogi6 y hoy me vuelve k insultar. Manana 
me elogiard; estoy seguro de ello. Por mi parte, lamento que un 
jo ven de inteligencia no se d£ cuenta del mal que k si mismo se 
hace. Por ese camino no adquirira" respetos ni consideration. Lo 
lamento por el y por la colectividad. Es necesario que equilibre 
sus facultades por medio del prudente juicio. 

Dicho esto, entro a levantar ciertos cargos personales, 6 mas 
bien dicho, k explicarlos, ya que se ha personalizado el asunto. 

Soy un nacionalista convencido. Nunca he podido salir de esa 
linea de conducta. He estado en mi casa, con mis opiniones, 
desde nifio, sin que k nadie se le haya ocurrido criticarme por mi 
consecuencia. Muchos son los que, habiSndose introducido en ella, 
despues de haber tenido otras opiniones, 6 incapaces de tener al- 
guna, han querido apoderarse del hogar. Entonces, con fuerza de 
voluntad, les he dicho : fuera de aqui los intrusos, los que dici&i- 
dose nacionalista3 quieren deslustrar el nobilis:mo programa del 
Partido Nacional de 1872, que enseiia k las generaciones k no 
vivir de odios ni de cintillos sino k abrazarse k la sombra de la 
bandera de la Patria. Y ellos que asi han querido desnaturali- 
zar una obra esencialmente patriotica, prudente y politica, son los 
que, invocando un nuevo nombre, pretenden cambiarlo todo para 
eonducirnos por el terreno de las revueltas y de la sangre. 



— 273 — 

No, mil veces no, no lo conseguirdn, porque la razon se 
impondra y las restauraciones de partidos at&viccs seran comba- 
tidas por todos los que comprenden que s61o la concordia podra 
salvarnos del abismo de la guerra civil & que quieren condu- 
cirnos. 

Nada mas impolitico que la actitud asumida por ese nucleo 
radical, pequeiio, bullanguero, autor del terror eu la prensa, que 
eree que el caudillo nacionalista estd & su disposici6n para hacer 
derramar la sangre de los orientales, por un quitame estas pajas, 
cuando ahi se tiene el camino grande de la conciliacion de la 
familia uruguaya que nos conducird al fin anhelado. Todas las 
intransigents, todos los radicalismos, vendr&n al suelo, porque la 
gente luchadora, que es la gente del trabajo, buscara en el amor 
la fecundidad y el bienestar. El odio, la guerra, el cintillo,* el 
recuerdo de la sangre derramada, el aniversario de los sucesos 
luctuosos, nada bueno produciran sino guerras, sangre, desolacion 
y luto. 

Por eso nada mas impolitico que el ataque a la alia persona- 
lidad del he" roe Garibaldi. Fue* impolitico, porque el cosmopoli- 
tismo de estas sociedades del Bio de la Plata ensefla a los politi- 
cos que no pueden ni deben despreciar ese capital, que asi se 
incorpora & nuestra Patria, con su musculo, su inteligencia y sus 
hijos. No saber utilizar esa fuerza es entregarla al adversario. 
Eso no es ser politico sesudo. Arrojarlbs de nuestro seno es 
uno de esos errores capitales que nunca se lainentaran lo bas- 
tante. Esa actitud importaba desandar todo el camino que ha- 
biamos hecho en el orden de aproximar esa fuerza, vincularla y 
atraerla & nuestro seno. Por eso, para demostrar que de ese 
error mayusculo no particip&bamos los que estudiamos, pensamos 
y meditamos sobre los destinos de la colectividad, sin dejarnos 
llevar de impaciencias y entusiasmos de nin£z, fu6 que protesta- 
mos publicamente contra semejante incomprensible propaganda. 
Y con nosotros estaban los hombres del Partido Nacional. Aqui 
y en campaiia nadie aprob6 semejante conducta impolitica que nos 
enajenaba una fuerza poderosa. 

Cualquiera creeria que al hacerseme ese reproche por un joven 



— 274 — 

recien entrado al partido, hubiera alguna resolucfckt del Directorio 
al respecto, que, por consiguiente, yo hubiese violado, rebelandome 
contra ella. Nada de eso. La unica resoluci6n que yo he violado 
ha sido no compartir tan impolitica actitud del joven que me 
insulta. Yo podria insultarlo a mi vez porque el no ha seguido 
la mia y la de los prohombres del Partido Nacional. Insolente y 
dictador el joven, como se ve. 

He tenido el derecho de opinar sobre las candidaturas Batlle 
y Blanco. Y conmigo han estado un sinntimero de ciudadanos 
nacionalistas, como otros han opinado, &> su vez, segun su criterio. 
Y lo curioso es que el articulista que vot6 por el doctor Blanco, 
hd diets, no est& con el ahora. Ahora esta con Batlle, que no quiere 
el acuerdo, al parecer. Y yo estoy con Blanco, porque quiere el 
acuerdo. Asi lo dije en mi articulo de entonces. Sostengo, decia, 
la candidatura de Batlle, porque creo que no trastornara la marcha 
actual y porque el acuerdo de los partidos ser& un hecho. Vencido 
Batlle, dije entonces: vaya Blanco a su partido y dentro de el 
predique el acuerdo. Ya ve, pues, como estoy cerca de Blanco, 
candidate aver no mas de los que sostuvieron lo contrario. Y todo, 
porque yo voy detras de mi idea, la del acuerdo, y no la de la 
guerra. 

Por lo demas, tampoco al emitir mi opinion sobre la candida- 
tura Batlle viole ninguna resolution del Directorio. No la habia, 
ni al directorio se le ocurrio privar la libertad de pensamiento, de 
la que hacia uso el joven que me insulta para sostener sus opi- 
niones en la prensa. Y de esa misnta libertad hacia uso yo. DeV 
pota y tirano el joven insultador ! Y todo porque yo no pienso 
como 41. ; Que" escuela ! 

En cuanto al acuerdo, pugno por 61, con el mismo derecho de 
que hace uso el joven que me insulta. No conozco resoluci6n de 
mi partido al respecto. Se atacar y cumplir lo que por su organo 
legitimo se resuelva. Mi actitud en la Convenci6n y luego en 
Rio Negro lo prueba. Creo que el adversario no supondra que 
su opinion sea la que se deba cumplir. 

Es sabido que cuando el hombre sale victorioso en una Jornada, 
sobre todo cuando e*sta no es guerrera ni sangrienta, queda con el 



275 



alma alegre. La sangre la tiene dulce, como vulgarmente se dice. 
Solo los vencidos 6 los despechados se irritan, maldicen de su 
suerte y lanzan improperios en el extertor de la derrota. Y esto 
lea ha sucedido a los sefiores radicales. Mi ultimo articulo, me he 
dieho, ha debido ser muy certero, y la manifestation muy impor- 
tante, para que arremangandose los punos de la camisa, ahuecando 
la voz y descompuesto el semblante salgan al medio de la calle a 
gritar, afonicos : « Vd. es esto y lo otro ». Es el mejor elogio que 
puede hacerse de mi propaganda y de la reunion publica. Si el 
fracaso hubiera sido un hecho, es indudable que estarian alegres a 
fuerza de tanto brindar por su victoria. Y entonces, en vez de 
insultar, brindarian con el laurel del vencedor, saludando al ven- 
cido con los honores que siempre se tributan & quien ha dado 
pruebas de valor sosteniendo sus ideas. 

Soy un sistemdtico enemigo de toda revolution y de todo ata- 
vismo partidario. Esa es mi escuela y mi doctrina. Combato a los 
revolutionaries y a los atavicos. Y los combatire" mientras tenga 
fuerzas para ello. En el seno mismo de la Convenci6n he defendido 
mis opiniones y conseguido que se declarara, en union de Acevedo 
Diaz, que mi Partido no tenia mas nombre que el de Partido Na- 
tional. Solo falta ahora quebrar esa corriente revoltosa. Y se 
quebraid, porque el buen sentido ha de imperar. La explendida 
manifestation de ayer, en la que habia nacionalistas, coloradosy 
constitucionalistas, lo demuestra. 

Como se ve, es mala consejera la ira. Pueden insultar, pero 
deben tener presente que el terror de la prensa no amedrenta 
como tampoco otras cosas mas graves. Se opondr&n razones 6 
insultos, porque ya pas6 el tiempo de la violencia. Se seguird el 
camino, porque la caravana pasa . . . 

Por lo demas, debo hacer presente que el articulista personal 
puede tener de mi vida la opinion que le suponga. Si es buena y 
no me halaga; si es mala, no me quita el suerio. Yo vivo con 
mi conciencia y mis ideas y con ellas me va bien, muy bien, 
hasta la fecha. Tengo el aprecio y la consideration del pueblo. 
Pero, si el general Saravia, de quien no es ni serd nunca repre- 
sentante un circulo intransigente, personal, autor del terror en la 



— 276 — 

prensa, me dijera lo que me dice el articulista, yo entonces sa- 
bria lo que debia contestarle en medio k mi modestia ingenita, 
por que yo se* que nada valgo. Pero, como el que insulta asi 
no es el general Saravia, ni su porta voz para insultarme, sigo 
adelante y me duermo sobre los laureles de la gran victoria que 
ayer consiguio el pueblo al decretar la Paz, el acuerdo y la Con- 
cordia. 

Y en nombre de este noble pensamiento invito al joven insul- 
tador a que reprima el vuelo de su inspiraci6n, medite lo que es- 
criba, y en vez de enemigo sea amigo de sus correligionarios y 
conciudadanos en esta epoca dificil para el pais. 

Se lo dice aquel 6, quien, en su propia casa, le decian los jove- 
nes redactores de El Deber, que iban con ese solo proposito : 
Venimos a ofrecer a Vd. las colmmias de nuestro diario, porque 
em es su tribuna ! ! ! Y desde mi tribuna me insulta el joven ! 

Gracias por los insultos, digo ahora, como entonces dije ante 
ese ofrecimiento, cuya sinceridad se ha puesto de relieve. Por lo 
demas \ que extraiio que a mi se me insulte ! i y no se ha in- 
sultado alii mismo a] senor don Agustin de Vedia ? . . . 



CONVERSACION AMlSTOSA 

CON EL 

SENOR DOCTOR DON GUILLERMO MELIAN LAFINUR 



18 



Seiior Director de El Pais 

Presente. 

Estimado amigo : 

El doctor don Juan Zorrilla de San Martin aplaudia, un dia r 
mi pensamiento de ir A Melo. Ese si que seria un gran acto 
democra*tico, me decia. Y casi puedo asegurarle que no poco 
infiuyo en mi espiritu esa opini6n de tan incumbrado ciudadano, 
que solo un defecto tiene : el de someter la politica & la religi6n, 
haciendo de la plaza pdblica un convento. Y entiendase que yo 
no repudio el sentimiento religioso. Lo aprecio y lo enaltezco. 

He recordado esta opini6n de un cat61ico ferviente al leer las 
avinagradas frases de mi estimado amigo el conventual director de 
El Pais, cuando me dice, & prop6sito de mi lucha democr&tica en 
Cerro Largo, que yo voy & mendigar lo que el nunca ha mendi- 
gado. Distingamos, amigo mio, por mds que su natural violento 
y precipitado no le permita distinguir con facilidad. Si por men- 
digar se entiende pedir aquello & que uno no tiene derecho, por 
favor, con inoportunidad y hasta con humillacion, entonces tiene 
razon mi locuaz director de El Pals. Pero, si £1 entiende que es 
el ejercicio de un derecho civico, consagrado en los paises libres, 
para enaltecer el alma del ciudadano 6 ilustrar el espiritu del 
pueblo, entonces si que no tiene razon mi impaciente amigo el 
director de El Pats. 

Decir que mendigar es sin6nimo del ejercicio de un derecho ci- 
vico es sentar plaza de ignorante. Ya nadie desconoce en la ac- 
tualidad que esa es 1$ manera de exhibir un ciudadano sus buenas 
6 malas cualidades. Su deber no es ir & buscar la candidatura en 
la c&bala y en la intriga, por medio de corrientes subterrdneas, 



— 280 — 

por el favoritismo y la recomendaci6n in teres ad a. Asi surgen la* 
mediocridades y las nulidades patentadas. Lo que hay que hacer 
es presentarse al pueblo y revelarse el candidate Esto es lo que 
se hace en todos los paises, sin que & nadie se le haya ocurrida 
que eso es mendigar. Eso no lo pueden hacer todos, amigo mio. 
Esa es la verdad; como tambien que tal procedimiento tiene la 
utilidad de matar ilusiones de gente que muere non nata. Y que 
un escritor, como usted, amigo mio, traido exprofeso a esta ciudad y 
para enseiiarnos el fruto de su experiencia, nos saiga con romances 
viejos. i No sabe usted como se hacen las elecciones en Inglaterra, 
etc. ? i No sabe usted como Churchill acaba de ingresar al Parla- 
mento ? Pues mendigando como yo voy & mendigar A Melo ! Pero r 
un Churchill puede hacerlo en Inglaterra, lo mismo que un Palo- 
meque en el Uruguay. Pero, usted, ^a que no se atreve a hacer- 
lo ? En el circo me verds, pero en la calle . . . £ cuando ? 

Su amigo que k estas horas marcha rumbo £ Melo, W donde 
lo recordara al dar sus conferencias, de el, se entiende, y desde 
donde le enviara recuerdos de Sara via. 



La cosa no va tan mal! A lo menos se ha conseguido de- 
mostrar que hay un repmier mas en el redondel de la prensa na- 
cional que no sabe guardar compostura. Ahi esta mi estimado 
amigo el director de El Pais, anunciando, urbi et orbe (esto en latin 
quiere decir : el parto de los montes ), que ya le han cortado el 
cordon umbilical. Es verdad; pero el operador no estd, contento 
de su obra, porque crey6 encontrarse con un eximio var6n, en el 
or den de las letras y de la polemica literaria, y ha resultado 
un escritor del genero comtin de dos, epiceno y ambiguo, como 
decia la gramatica de Quir6z en los buenos tiempos en que se 
enseiiaba en nuestras escuelas no solo a ser instruidos sino a ser 

(44) Tave que suspender el viaje por intervenci6n de los senores doo 
Enrique Anaya y doctor don Aureliano Rodriguez Larreta. — Vease nota 
de la pagina 14. 



— 281 — 



educados. ;Que* escuelas buenas aquellas para mi conventual 
amigo el director de El Pals! Y aun tambien para acolitos gor- 
ditos y cambudos comb el melifluo compailero y amigo el doctor 
don Carlos A. Berro, politico de paso corto y de rifitfn cubierto, 
pero con tantos talentos que lo van inutilizando para su propio 
mal. Aproveche el consejo de este amigo. Aun es tiempo. Cam- 
bie de paso y de sistema. Mire que ya se le va conociendo mu- 
cho el juego. El pueblo ya asegura que su politic* no es clara 
ni recta sino turbia y curva: que nunca emplea la verdad para 
llegar 4 sus fines y que es muy camalotcro. Al pueblo se puede 
enganar una vez, y aun dos, pero es dificil llegar a~ la tercera. 

Es ridiculo que el ex-Ministro de Herrera y Obes y el que 
f?e hizo elegir diputado en los momentos en que todos los correli- 
gionarios rechazaban connubios con Idiarte Borda, me haga decir & 
mi, como cosa inmoral, por intermedio de su escritor transplatino, 
que he sido diputado de Herrera y Obes y de Idiarte Borda ! ! 
El doctor Berro, que conservo su ministerio al lado del Presidente 
Herrera y Obes, hasta el ultimo instante, mientras el doctor 
Aguirre le amasaba el pastel, m£s indigesto de su epoca, en 
Treinta y Tres, no puede permitir tales anacronismos en su dia- 
rio. Esto es escupir al cielo para que le caiga en la cara. 
Tengase entendido que yo no hago un cargo al doctor Berro por- 
que haya sido aquello. Yo creo que 61 cumplio con su mision, 
impuesta por los sucesos, y que hizo lo que pudo hacer. Solo lo 
recuerdo en uso de un derecho de defensa legitima y porque creo 
que en casa del ahorcado no debe mencionarse la cuerda, si es 
que el doctor Berro, k estar k lo que dice su campanero, es un 
ahorcado politico, de esos que con tanta facilidad resucitan, y 
asi debe ser, en nuestro escenario social. 

Pero, hay una gran diferencia entre lo que el doctor don Car- 
los A. Berro hizo y lo que el doctor Palomeque realiz6. El doc- 
tor Palomeque no fue* ministro de Herrera y Obes para anidar la 
senaturia de Treinta y Tres por intermedio del entonces partero 
no ambulante, el talentoso doctor Aguirre, que hizo lo peor 6 lo 
mejor, segun como se tome la cosa, en obsequio al ministro. 
Triunfante Herrera y Obes, el doctor Palomeque, como siempre 



— 282 — 

hace cuando llega la hora de la victoria, pero no cuando suena 
la de la lucha 6 de la derrota, se alejo del Presidente Herrera y 
Obes inmediatamente. Adem£s, es publico y.notorio que el primer 
acto del Presidente lo asorabr6. Aquel nombramiento de Brian lo 
anonad6. Y no tuvo la situation de Herrera y Obes un ciuda- 
dano que m&s ene>gicamente la combatiera. La frase del culto se- 
vero de la mentira dicen que es suya ! 

Y un buen dia, en octubre de 1893, ya hacia cerca de tres 
anos que gobernaba Herrera y Obes, se me ocurrio ir a" Cerro 
Largo a* pedir los sufragios para diputado. Yo no desempenaba 
funcion alguna. Era un humilde abogado. No primaba en parte 
alguna. No tenia diario. No formaba en los directorios. Pero> 
tenia entonces, como tengo ahora, y como tendrS siempre, un ca- 
pital moral e* intelectual y de voluntad y de energia y de hon- 
rade"z y de actividad y de cultura que vale m&s que todo lo 
que puedan acumular en mi contra los campaneros de la prensa. 
Tenia y tengo, como dicen nuestros paisanos, un par de pisto- 
las, bien cargadas, que las s^ manejar cuando el caso llega, sin 
gastar p61vora en chimangos ; una voluntad probada que me sirve 
para hacer pata ancha & cuanto malandrin se presente, siempre 
que me convenga la Jornada; y la bastante fuerza en los mus- 
culos y nervios como para dar un golpe en tierra, alzar el 
polvo aquel de Mario, como diciendo: aqui estd un ciudadano 
honrado, y con ello atraer & mi k personas sensatas y prudentes. 
Mi viaje & Cerro Largo fu6 combatido entonces por mis llamados 
amigos. El National de entonces descendio hasta compararme con 
un asesino, con el ultimo de los criminates, al quererme conceder 
un derecho de defensa que yo ni ejercitaba ni pedia. 

Fui & Cerro Largo, y tuve la satisfaction de que iodos los 
ciudadanos me rodearan y me votaran. Fui popularmente pro- 
clamado y popularmente electo. Nunca se ha visto alii ningtin 
movimiento de opinion id&itico. Fueron ocho dias de manifes- 
taciones populares, en las que rivalizaron todos los partidos .y 
todos los habitantes. Nacionales y extranjeros, autoridad y pueblo, 
viejos y nifios de la escuela, todos me rodearon y me aclama- 
ron. i Qu6 dias hermosos ! \ Cu^nta gratitud por mi parte ! 



— 283 — 

Entre" al Parlamento acorn pail ado de mis amigos polfticos y 
hasta con el aplauso del radical seflor don Eduardo Acevedo 
Diaz! Y al prestar mi juramento, en los corredores de la 
Camara, la juventud nacionalista vivaba al Partido Nacional. 
Despue's de 29 aiios, por primera vez, se oia ese grito en aquel 
paraje J 

I Como abandone" ese puesto, yo, el vividar del Presupuesto, 
el amante de los cargos rentados? El pueblo lo sabe. El di- 
rector de El Pais aun oye repicar campanas y no sabe distin- 
guirlas. Y eso que debiera tener bien afinado el ofdo! Por 
razones de moral lo abandon^, y m&s tarde el Departamento de 
Cerro Largo, despues de la revoluci6n de 1897, sin que yo nada 
le pidiera, crey6 de su deber premiar mi actitud volviendome & 
elegir. Es sabido que yo renuncie" y que todos me pidieron re- 
tirara la renuncia. Por eso estoy en la C&mara. < 44 ) 

Debo hacer presente a" usted, estimado amigo, que soy de los 
que cre*en que el hombre publico ha nacido para buscar los 
puestos publicos. 6l es quien debe buscarlos y pelear por ellos, 
si tiene ambici6n y se considera con aptitudes para desempefiar- 
los. No debe perniitir, en bien de la causa y del pals, que las 

(") Melo, Noviembre 4 de 1898. 

Senor doctor don Alberto Palomeque. 

Distingaido correligionario : Te&go el honor de dirigir & usted la 
presente, en ratificaci6n del telegrama por el cual se le comunicaba que 
el Congreso Departamental Nacionalista proclam6 a usted su candidato 
& Dipntado por Cerro Largo, en la Legislatura pr6xima, que ha de toI- 
yer al pais el regimen constitucional. 

El Partido Nacional, compacto y unido, con una disciplina que le 
asegura la eficencia de su accidn politica en esta zona de la Republica, 
se felicita de que usted haya desistido de la renuncia presentada, porque 
esta seguro de que su intervenci6n en la cosa publica sera de proficuos 
result a dos para la Kepublica, para esie Departamento que tantos de- 
rechos tiene 4 sua particulares afecciones, y para el Partido Nacional, 
empenado generosamente en conquistar para el Pais, de manera perma- 
nente, el reinado de la libertad y el orden, y capaz de afrontar, en esa 
lucha noble y patridtica, las mas senas responsabilidades. 

El Congreso Nacionalista ha yisto en su ultima comunicaci6n tele* 



— 284 — 

nulidades los usurpen. Es su deber. Por lo tanto, para mi ya 
paso aquel argument*) de relumbron, que solo sirve para los bo- 
quiabiertas : « usted ha vivido del Pi'esupuesto *. Y i de que va a 
vivir el hombre publico en el pais? ^Acaso us ted, hombre publico 
6 privado, no vive del presupuesto de los que le pagan su tra- 
bajo? Por lo dema"s, bueno es tener presente que mi fortuna 
siempre la he ganado con mi profesion y que ha sido mi pais y 
mi partido quienes me la han consumido. Y en la actualidad, 
no es con 250 pesos oro escasos que puedo « vivir » del Presu- 
puesto. Es muy triste tener que descender & tales argumentos 
« campanudos ». Solo un campanero podria hacerlos! 

Lo de Idiarte Borda es un contrasentido, hijo de la ignoran- 
cia de quien ha vivido ausente del pais. Yo fui elegido popular- 
mente, como lo he dicho, en Cerro Largo, en 1 893. Mi mandato 
duraba hasta Febrero de 1897. En 1894 me encontraba en la 
Camara y teniamos que votar Presidente. Yo no vote* £ Borda 
sino & Gomensoro. Cuando vi perdido todo, inicie" la votacion 
por un naeio?ialista y cai con el doctor Tome\ Yo hubiera de- 
seado caer con Vedia. A la salida del recinto legislativo, el 
seiior Borda esperaba & los diputados y senadores para salu- 
darlos, aunque hubieran votado en su contra. Yo no lo sabia. 
Me sorprendi al llegar a la antesala del Senado y oir que el 
seiior Borda, dijo: doctor Palomeque, quiero darle un abraxo. Lo 
contuve con una accion de mi mano, y le dije: «si, recibalo: 
pero antes quiero dejar eonstancia de que lo recibe de su verda- 

gr&fica todo an programa politico y se complace de que las ideas re- 
veladas de coparticipaci6n de responsftbiUdades en esta epoca llena de 
incertidumbres, hay a venido a corrohorar plenamente la intima y pro- 
funda opini6n que tienen a su respecto los correligionarios de Cerro 
Largo. 

Eeitero a usted las seguridades de mi consideracion distingaida ; 

Doroteo Navan'ete, 

Presidente. 

Febrino L. Vianna, 

Secretario. 

Juan Jose Laureiro, 

Pro-Secretario. 



— 285 — 

dero adversario politico y aim enemigo ]x } rsonal ». Y asi lo re- 
cibio ! No falt6 quien, en ese momento, me dijera: «/Owe bar- 
baro ! Usted ha perdido el mi ulster io ». Y ese, quizd, se lo llevaria. 

Y fue durante la administracion Borda, que, por razones de 
moral idad, renuncie" el cargo, en 1895, ese que popularmente ha- 
bia obtenido en 1893. 

Mi puesto de diputado del pueblo yo no lo iba & abandonar 
sino cuando debiera* Y asi lo hice. 

Los hombres publicos son las clases elevadas de la Nacion, 
aquellas de quienes acaba de decir el Bar6n Von der Goltz : « en 
la vida diaria ejercen una au tori dad natural sobre las masas y se 
entregan al bien publico sin preocuparse de su ventaja personal*. 
Por eso hay que cuidar su buen nombre. No debemos enlodarlos. 
Y listed, estimado amigo, debiera tener presente que no escribe en 
una aldea sino en una sociedad ilustrada y adelantada. Su deber 
es respetar el honor de los hombres publicos. de su pais. No des- 
cender a la vulgaridad, como lo ha hecho desde un principio, til- 
d&ndome con un mote que & nadie sino & usted denigra. Tenga 
presente que yo no lo he atacado sino que me he defendido, usando 
de la alegria de espiritu para no envenenar la pol€mica. Usted es 
rudo en su ataque personal. Pudo criticar mis ideas, sin ofen- 
derme. No ha tenido necesidad de manosear a un hombre publico 
honrado de su pais. Y lo digo con altivez y en honor de mi pa- 
tria y fuera de ella. Cuando usted diga por ahi, en la Republica 
Argentina y en la Oriental, lo que ha dicho, todos lo miraran it 
usted como si hubiera perdido el juicio. Mi honor politico est& 
muy bien cotizado en el Rio de la Plata. Deber de usted es res- 
petarlo para no hacer decaer el nombre del pais. El honor de sus 
hombres publicos es el espejo en que se refleja el de la patria. 
Eso no es llenar mision noble en el periodismo. Eso no lo hace 
un hombre de espiritu levantado. Y quiero honrarlo & usted 
llainandole al camino grande del deber patriotico. 

Dejo asi explicada mi actitud y destruida la inexacta afirmaci6n 
que se ha hecho innecesariamente en el diario del doctor Berro. 



— 286 — 

Por lo demas, ir6 A Cerro Largo y vendrS diputado. ( 48 > 
No lo dude el sefior Director de El Pais. 



Estimado amigo : Cuando la conversation politica se mantiene 
dentro de los terminos cultos, es agradable e instructiva. Puede 
decirse de ella lo que del libro decia madame Stael : un libro es 
moral siempre que su lectura deja algo titil al perfeccionamiento 
del alma. 

Esto se me ha ocurrido al leer su respuesta, que, por otra 
parte, preveia, conociendo la idiosincracia del estimado amigo di- 
rector de El Pais. 

Eso es un desborde de pasion personal. Se ve al hombre que 
se bate en derrota, arrojando cuanto tiene, para alivianarse, en me- 
dio a" las maldiciones que a" si mismo se lanza y k los improperios 
que profiere contra los demas. Ha perdido todo respeto de si 
mismo, y muy en especial de la sociedad para quien escribe. 

El polemista, como se ve, no tenia el vuelo intelectual de que 
se le suponia dotado. Nada ha aprendido en el destierro, como 
aquellos nobles franceses. Fu6 baul y volvio petaca ! 

Cualquier reporter nuestro sabe manejar mejor la penola, con 
solfcura, gracia y alegria de espiritu, diciendo las cosas con estilo 
seductor, sin que se vea en la frase el mache-martillo del carpin- 
tero inexperto que atin no ha aprendido a dar en el clavo. No's ha 
robado la plata el empresario del campanario de El Pals. Su cam- 
panero no sabe manejar las campanas. O tiene que ir & Holanda, 
donde la fama las da excelentes, 6 recibir lecciones aqui de nues- 
tro apreciado ciudadano el seiior Amilivia. No solo no sabe tocar- 
las sino que ni oido afinado posee como para darse cuenta de 
cuando las tocan, donde las tocan. 

Bueno es dejar constancia de la razon de esta polemica, que 

(46) No lo fui, porque renuncie a ello en carta dirigida al seiior Sa- 
ravia. Fu6 despues de esa carta, lo que conviene tener muy presente, 
que se hicieron las proclamaciones de los doctores Berro y Romeu. 



— 287 — 

yo no he provocado, pero que estoy en el deber de no rehuir. El 
ciudadano que se presenta como candidato a* un puesto publico 
no puede ni debe garabetear. Todos tienen el derecho de estudiar 
su personalidad y el el deber de explicarla y defenderla. Para 
guardar silencio, & tftulo de que su orgullo asi se lo impone, que 
entonces no se exhiba candidato en un pais democr&tico. Su 
deber es responder a* los que de 61 se ocupen, aunque sea con 
odio. El hecho solo de presentarse candidato importa herir aspi- 
raciones de ciudadanos que con placer nos condenan en castas. 
Y esas aspiraciones irritadas se enceguecen, por lo que nada res- 
petan. Todo se lo quieren Uevar por delante. Ejemplo de ello, 
las absurdas inventivas que de El Pais han surgido contra el 
honesto e* ilustrado ciudadano doctor don Manuel Herrero y 
Espinosa. Por todas partes se ven fantasmas. 

Estas discusiones son utiles cuando se mantienen dentro del 
decoro y entre paladines que saben sacarie chispas al acero, con 
arte y elegancia. Sin embargo, cuando hay un imprudente que 
pierde los estribos, montando el picazo, el otro debe mostrarse 
sereno y tranquilo, para no perder de vista un solo movimiento 
del contrario, y poder, en el momento oportuno, tirarle, como 
dicen nuestros paisano3, al codillo, hasta hacerle pedir el derecho 
a la vida. 

Yo he sido provocado. Se me tild6 con un mote indigno. Se 
me atribuyeron conceptos que yo no habfa vertido. Se explotaron 
mis palabras, no queriendo decir la verdad de lo sucedido. Se 
adopt6 el sistema, de que se ha hecho gala varias veces en El 
Pais, ( 47 ) de no permitir la publicidad de la defensa que hace el 
atacado. De esta manera la especie corre y Uega & adquirir auto- 
ridad de verdad, se dice. ( 48) Pero, como el hombre publico debe 
vigilar su honor, yo he salido a defenderme. Y esto les ha pare- 
cido sobrenatural : el que un hombre atacado . se defienda. Y 

( 47 ) Este diario ha muerto como merecia, en medio a la mayor indi- 
ferencia publica. 

(*8) Vease nota de la pagina 16 en que se hace referenda a esta atir- 
maci6n en la carta dirigida al senor Saravia. 



— 288 — 

por eso se enojan y se desesperan. Y en el estertor de la derrota 
afirman hechos que eonviene esclarecer. Y esto es lo unico que 
he hecho y que seguire haciendo ante mistificaciones y ataques 
indebidos. Conviene dejar establecido que yo no hago m&s que 
defend erme. 

Las generaciones que nacen a la vida tienen derecho & co- 
ne cer la existencia publica de sus antecesores. Asi el ejemplo 
bueno se impone, como asimismo el malo se deprime. 

Yo no soy de los que den gran importancia al argumento 
de la guajieza. No niego que es hermoso ver k un hombre 
guapo, cuando con su valor salva un principio honrado; pero 
me sucede todo lo contrario, cuando lo veo ensuciando institu- 
ciones y deprimiendo colectividades. En este ultimo caso, el va- 
lor merece el nombre de crimen, de terror que se impone para 
enmudecer conciencias y servir k medros personales. El verdadero 
valor es el que se llama el caracter, que no es violento, apa- 
sionado, precipitado ni interesado : que va al bien por el bien 
mismo, sin preocuparse de su ventaja personal, como decia el 
Baron Von der Goltz de que ayer hablaba. Y rue" ese car&cter 
el que me llevo la noche del 20 de mayo de 1881, que me re- 
cuerda el director de El Pais, a cumplir con mi deber de ciuda- 
dano, amigo y correligionario. Me hallaba en mi casa, calle de 
Cerrito entre Camaras y Cerro, en compaftia del seiior Gil Alfaro, 
cuando senti la mazorcada de esa noche. A dos cuadras de mi 
casa asaltaban la imprenta de La Razon. En el acto me despedi 
del seiior Alfaro, y, tomando una de esas pistolas que tengo para 
los que no son chimangos, sali a la calle y me fui rectamente 
& mi ramho politico, k defenderlo. Y ese era la imprenta de La 
Democracia. A nadie encontre* alii sino al senor don Agnstin de 
Yedia. Ya ve el director de El Pals como falsea los hechos, cuando 
supone que en esa noche horrible yo estaba ausente del pais. 
Su memoria es tan pobre como su estilo macarr6nico. 

. Yo no tengo para que* preocuparme de la autobiografia que 
hace usted de su persona. Yo no le he atacado. Yo no le he 
hablado de sus meritos y deme>itos. 

No he querido entrar por ese camino tan trillado, que & nada 



— 289 — 

conduce. La poleniica me causa horror, decia el senor Vedia, y 
con raz6n. listed se esta guasqueando solo. Nadie le ha pre- 
guntado quien es, lo que ha hecho, dejado de hacer 6 piensa 
hacer, ni & donde va. Yo no me he preocupado de usted para 
nada ni tengo para que", sobre todo tratandose de un hombre 
que viene a provocar a otro, que viene a comprar una parada, 
para salir luego cacareando, como lo hace, diciendo que ya se 
retira para sus cuarteles de invierno. Pero, si esto fue lo que 
debio hacer desde un principio. Si usted ha sido un provocador 
que debiera darse con una piedra en los dientes y decir en publico : 
« aunque he tenido que cacarear, como era de esjaerarse, k lo me- 
nos he tenido el alto honor de que el doctor Palomeque me hay a 
contestado tratando de levantarme hasta la altura en que el se 
encuentra ; y esto me basta ». 

Mucho me he reido, estimado amigo, director de El Pais, al 
leer aquello de que el 20 de mayo usted recorria los clubs pro- 
nunciando discursos patrioticos. 

Yo no recuerdo si habia clubs; pero la cosa no estaba para 
eso ni para discursos. Yo recorri las calles esa noche, casi toda 
la ciudad, y solo vi el terror imperando, las casas cerradas, el si- 
lencio mas completo en medio a las guardias que se sucedfan con 
fusiles al hombro. 

Muchas gracias, sin embargo, por la noticia. Me alegro mucho 
saberla, por mas que nada tenga que ver con el asunto. La trasmi- 
tire & la gente menuda politica, y en honor & su discurso palriotico, 
por demds enmohecido con el tiempo, no obstante estar conservado, 
sin duda, en papirus, libaremos una buena copa de vino nacional. 
I Esta contento ? Ya ve usted como conservo mi alegria de 
espiritu y honro sus grandes me'ritos : / un discurso palriotico ! El 
negro Maciel tambien pronuncio uno en la C&mara y lo Uevaron 
al Manicomio! 

Su memoria, estimado amigo, estd perdida, y esto es muy malo 
en un reporter, digo, en un periodista de su talla, que sabe pro- 
nunciar discursos patrioticos, en medio al silencio de una noche 
horrible, que nadie escucho, sin duda; de esos que se recuerdan en 
familia, llorando los viejos padres y los nietos de pura satisfaccion 



-- 290 — 

y contento! [Usted me obliga, con su ataque, a recordarle donde 
estaba yo y qu6 es lo que yo hacia ese 20 de mayo de 1881, 
sin que de ello haga me>ito alguno, porque es un acto natural 
en un ciudadano. 

En esos momentos, en que la lucha se imponia, abandon^ mi 
hogar, y pedi un puesto de combate en las filas populares. 
Cuando vi que un diario de la tarde, que muy de cerca me to- 
caba, habia guardado silencio ante el magno atentado, censure* el 
hecho y dije: «denme la direction y redaction en estos momentos*. 

Y asi fue\ Y mi nombre apareci6 al frente de La Tribuna Po- 
pular en esos dia,s aciagos. Naturalmente que yo no tenia sueldo. 

Y j viera usted qu6 ruelo tom6 ese diario ! 

Y fue" entonces que concurri a la imprenta de La Denwcracia, 
junto con los dem£s periodistas de la epoca, y suscribi la pro- 
testa que en ese momento se hizo. El sefior Vedia me hizo el 
honor de designarme para que yo fuera uno de los que la redac- 
tara, lo que, naturalmente, rehuse\ Hoy no rehusarfa, porque he 
aprendido un poco m&s de lo que usted ha debido aprender en 
una sociedad culta como Buenos Aires, si alii hubiera tenido 
juego politico, etc. 

Como usted vc, su memoria anda mal. Usted debe tener algo 
reblandecido el cerebro. Los aires de Buenos Aires no le han 
sentado. 

Yo no solicits ningun puesto del tirano, ni s6 que hubiera 
tirano en mi pais cuando fui honrado espontdneamcnte por el 
Tribunal Superior de Justicia con el cargo de Juez Letrado en 
la Colonia. Yo no se que don Antonino Vidal haya sido tirano. 
En esa epoca 41 gobernaba. Pero jhombre! dejese de embromar 
y vaya k dormir la mona con su abuela ! \ Vidal, tirano ! Fui 
Juez Letrado en la Colonia. No cobrS sueldos. Los done" & las 
escuelas. Y mi nombre quedo tan bien sentado, que el director de 
El Pais puede buscar mi apoyo por alld, que, seguramente, no le 
ira mal. El puesto de Juez lo aceptS despuSs de consultarlo con 
el seilor Vedia, en carta que conservo, — consulta dada & mi soli- 
citud — y previa espera pedida al Tribunal. En estos momentos 
Latorre habia caido y todos los partidos renacian £ la vida pu- 
blica. Por eso yo habia regresado al pais. 



— 291 — 

La vaciedad de argumentation se revela en aquello de que 
fui educado en Buenos Aires: \ Que* argumento para demostrar 
que yo no puedo ser diputado ! i Qu6 se diria de los que se han- 
educado en Europa ? \ Oh ! Estos debieran ir 6 prestar servicio 
entre los indios. 

Y ^de los que se han educado en Chile, como sucede con el 
dueno del campanario donde las campanas tocan 6 muerto por 
el alma periodistica del director de El Pais ? 

Si yo fui educado en Buenos Aires fiie" porque en '1865 mi 
padre sali6 desterrado al caer el partido nacional. Y volvi al pais 
al concluir mi carrera, en 1874. Y fui desterrado en 1875. Y re- 
gres6 en 1880, cuando cayo la dictadura de Latorre y el pais 
renacio & la vida ptiblica. Y lo servi como juez en la Colonia, tres 
meses, hasta que la fuerza me oblig6 d abandonar el puesto. Y 
estuve aqui hasta 1882. Y volvi en 1886; y aqui gaste* mi for- 
tuna, y aqui estoy desde entonces cumpliendo con mi deber, siendo 
el ciudadano d quien han recurrido casi todos los caudillos y 
presos politicos de su partido para que los defendiera en momentos 
dificiles y angustiosos, como lo estoy haciendo en est03 propios 
instantes. Por lo dem&s, para mi Buenos Aires no es tierra ex- 
tranjera ni mucho menos para quien, como el director de El Pais, 
la ha servido & sueldo, lo que le ha obligado & pedir la rehabili- 
tacion de la ciudadania oriental, que yo, como legislador, se la he 
votado favorablemente. 

De todos modos quedo grato & sus ataques, que no han conse- 
guido rozar mi epidermis siquiera, porque asi me ha dado ccasion 
para recordar hechos que yo mismo tenia olvidados, y quedarme 
diciendo : « Si todo esto es lo que usted tenia que decir de mi 
para destruir mi candidatura en Cerro Largo, me ha prestado un 
servicio invalorable. El pueblo se afirmard ahora, m&s y ma's, en 
que soy un candidato que resiste & la discusion y al analisis. » 
Gracias mil, amigo director de El Pais, que ya le pagare* el bien 
que me ha hecho. Parece que nos hubieramos concertado para 
desempenar una comedia. No se olvide, por otra parte, que siem- 
pre estoy & su disposici6n para que me sirva manjares como £ste. 

Es usted un pastelero 6 un cmdon bleu de primer orden. Y lo 



— 292 — 

digo, porque recuerdo aquella escena violenta en que listed, con 
asombro de todos, sin tino ni respeto por la casa en que se ha- 
llaba, le decia, cara & cara, al doctor Berro : reminds d ser Senador 
de Herrera y Obes y luego lo admit i? m emo$ en el Partido, lo que 
naturalmente el doctor Berro no hizo, porque no debia hacerlo. Y 
hoy, listed estd con el, con el dueiio de ese campanario donde tan 
mal se repica — desde ha mucho tiempo. — Usted no ha debido 
lanzarse a esta polemica ingrata para su reputacion intelectual. 
Ha debido recordar al cardenal Antonelli cuando le decia & Victor 
Manuel, al iniciar unas negociaciones diplomaticas : « es bien esta- 
bkeido que no saldremos de la sacrisiia » Usted ha debido decirnie : 
« es entendido que no saldremos del campanario y que no repicare 
aunque me lo ordenen los superiores. » Su deber era callarse. 
No en valde el silencio es oro. Y en el ca3o, usted habra com- 
probado cuan verdadero es aquello de : rira bien qui rim le dernier. 
Usted entr6 chafando, y, ya lo ve, ha salido amostazado, colo- 
radito de cara, caliente, en una palabra. 

Ahora busque la ducha. 

Sintesis de esta polemica, en lo fundamental: que el director 
de El Pais adula & un caudillo, empleando la intriga y preten- 
diendo deprimir a una personalidad civil; mientras yo a nadie 
adulo, ni aspiro sino a levantar el sentimiento civilista de mi colcc- 
tividad politica, asi honrado por un hombre que se llamo Bernardo 
P. Berro, el padre del dueiio del campanario donde tan mal sacude 
el badajo mi estimado amigo el sefior director de El Pais. 

Y, como siempre, le dire* : ire" d, Cerro Largo, y vendre* de 
diputado. Crealo el senor director de El Pais. 



LA CONVENCION NACIONALISTA 



EN PAYSANDU 



19 



Pues ya que es moda dar cuenta A las autoridades de todo lo 
que hemos realizado en la Convenci6n Nacionalista, yo tambien 
quiero, no decir lo que alii dije, porque el secreto no es posible 
violarlo, pero & lo menos exponer mis opiniones sobre el punto en 
debate, con prescindencia de si lo que voy & decir lo dije 6 no lo 
dije en la dicha Convencion, una de las llamadas d levantar el 
buen nombre de los ciudadanos que la compusieron, por su in- 
fluencia en los destinos del pais y por la cultura de que dieron 
alto ejemplo los miembros que la constituian. 

Durante el trayecto, abordo del hermoso vapor « Paris », se em- 
pez6 k muflequear, como vulgarmente se dice. Y los munequeado- 
res no eramos los viejos, alguno de los cuales estuvo encerrado, 
con la pala quebrada, como decia el manco de Lepanto, sino los 
jovenes, de alma ardiente, pero de cerebro bien preparado para las 
luchas de la democracia. Y digo esto, porque pocas generaciones 
han tenido la dicha de la presente. A 6sta ha correspondido una 
epoca completamente desconocida para nosotros. Nosotros no co- 
nocimos nunca el comicio. Nunca supimos lo que era votar. 
Apenas una aurora amanecia cuando por el otro lado asomaba un 
nubarron que la ocultaba. La juventud actual ha recojido lo que 
seinbro la anterior, con algo mds que ella misma ha arrojado en el 
surco trazado de antemano. La escuela pr£ctica que va recibiendo 
la hace apta para el desempeiio de elevadas funciones. Hay j6- 
venes que parecen viejos en el arte de la politica. En cambio, 
hay viejos que parecen j6venes en la ciencia de la vida, sin que la 
edad les haya enseiiado aquel saber prudente que tan to enaltece 
al hombre que aspira al bien de sus semejantes. Esa juventud 



- 296 — 

fu6 la que prepar6 el terreno, buscando adeptos, atrayendo ideas, 
uaificando opiniones y venciendo las resistencias que una minoria 
brava y digna de respeto, aun en el error, le presentaba desde un 
principio. Y esa juventud queria como Presidente de la Conven- 
ci6n al seiior don Carlos Maria Morales ! Y lo digo asi, con ad- 
miracion, porque Morales result6 que era un adversario en ideas. 
Fu6 asi que tuvo que pensarse en otro ciudadano. Y ese no podia 
ser sino el muy estimado y modesto compatriota don Manuel 
Artagaveytia. 

Al producirse el primer encuentro ya se demostr6 de que lado 
cojeaba la minoria, con los doctores don Arturo Berro y don Gui- 
llermo Melian Lafinur, a la cabeza, muy unidos y juntos como 
hermanos siameses en politica, aunque separados, en, el local, del 
doctor don Duvimiozo Terra, otro leader de la radical minoria, de* 
cardcter, de talento y de mundo politico y social, lo que quiere decir 
que es hombre ductil, sin dejar de tener convicciones arraigadas. 
Esa minoria fue* vencida y triunfo la candidatura del seiior Arta- 
gaveytia para presidente provisorio. En seguida, por una de esas 
h&biles gambetas que sugiere el espiritu de observaci6n del hombre 
letrado, en lo que se revel6 la inteligencia del doctor Burmester, 
que se ha destacado en la Convenci6n, por su bondad y culture, 
lo mismo que por su talento, subio & la presidencia definitiva el 
distinguido seiior Carlos Maria Morales. Una actitud noble de 
este sesudo compatriota arrastro & la Asamblea, la que de pie, y 
unanimemente, le exigio presidiera la sesion cuando 61 renunciaba 
indeclinablemente el cargo de vice, que le autorizaba, segun unoa, 
aunque no, segun otros, a dirigir, en propiedad, las deliberaciones 
de la Convencion Nacionalista. Asi constituida, comenzo la lucha. 
Fu6 un debate serio. No todos los oradores desarrollaron ideas. 
Muchos se limitaron & dejar simple constancia de sus votos. Otros 
hablaban por intermedio de terceros & quienes insinuaban sus opi- 
niones. Hubo parsimonia. Nadie crey6 del caso convertir la 
Convencion en catedra ni en asamblea popular. No hubo discur- 
sos cansadoi'es ni frases calientes de tribune Los j6venes fueron 
parcos y los viejos meticulosos. Roxlo tuvo arranques de oratoria 
y argumentaci6n robusta. No dir6 yo, porque es secreto que todo 



— 297 — 

el mundo lo sabc en Paysandti y fuera de Paysandu, que Roxlo 
improviso brillantemente y que obtuvo nutridos aplausos cuando 
hablaba de las dguilas que se asentaban en las copas de los &r- 
boles, durante su ascensi6n h&cia las regiones de la luz, para re- 
poner sus fuerzas al llegar al teVmino de su Jornada; ni cuando 
el hermoso simil del drbol de los charrtias — el pilaro, creo, — 
que s61o vive alii donde la vegetaci6n le permite echar raices 
robustas que lo eleven sobre los demds drboles de la comarca 
ilorestal. No dire" tampoco que eonvenci6 y atrajo opinion hdcia 
si cuando el doctor don Leopoldo Gonz&lez Lerena exponia razo- 
nadamente las diversas cuestiones que surgian de la nutrida re- 
tain hecha admirablemente, con una memoria sorprendente, por 
el seiior vice-presidente del Directorio, doctor don Juan Gil. Ni 
menos ocultare" la impresi6n favorable causada por la palabra per- 
persuasiva, suave, convincente y desapasionada del doctor don 
Jacinto M. Dur£n, al expedirse sobre esos mismos puntos, apenas 
esbozados en el informe de la comisi6n en mayoria. Ni podria 
pasar sin menci6n aquella exposition tranquila y pr&ctica del 
doctor Silvan Fernandez, que se deslizaba suavemente, en medio 
a una que otra interrupci6n de llamado al orden que el seiior 
Morales desautorizaba, con fundamento, desde su silla presidencial. 
Ni menos la atinada peroraci6n, llena de reposo, de verdadero jui- 
cio, de aquellos dos j6venes, que parecian viejos, alin con sus 
nerviosidades contenidas, de Luis Ponce de Leon y Ramos Sud- 
rez, llamados k elevados puestos dentro de la colectividad nacio- 
nalista. Y todo esto dominado por la voz tribunicia, la argumen- 
tation contundente, el ademdn apropiado, el semblante sereno y 
el con junto simpatico del seiior don Pedro Echeverria, todo lo 
cual hacia decir k dlguien, si es que lo dijo, 6 & algun espiritu, 
si es que lo son6, que el Partido Nacional tenia elementos inte- 
lectuales de primer orden para el gobierno politico del pais. 

Este fiie" el aspecto que present6 la Convencion en el primer 
momento. La atm6sfera era de confraternidad. Se notaba, es ver- 
dad, alguna dureza en los dnimos, pero no surgia k la discusi6n. 
Era que ambas fracciones se contemplaban, midiendo el alcance 
de sus fuerzas. Ambas pretendian aumentar sus elementos, su po- 



— 298 — 

der, azuzando el ingenio, exponiendo raciocinios, deseando con ven- 
eer, en vez de obtener un triunfo debido exclusivamente al voto* 
Y esta tendencia, reveladora de un progreso en el arte de manejar 
la politica casera, la ponia de manifiesto la mayoria. En mas de 
un caso acat6 el obstruccionismo para que la discuskm tomara 
todo el vuelo que requeria el iinportante asunto que los reunia en 
ese moinento historico. Fue" asi que en diversas ocasiones, con 
toda libertad e" independencia, pudo aquella minoria, representada 
por los ciudadanos ya mencionados al principio, desarrollar su& 
opiniones. No dio mucho de si el intelecto, ya porque quiza el 
asunto no se prestaba, 6 porque el espiritu no daba de por si, 
6 porque el organismo habia decaido en presencia de la derrota 
asegurada. Quizd esto ultimo, fuera lo mis exacto. No siempre 
el orador tiene vuelo cuando sabe que el exito no lo acompaila* 
Entonces el valor decae y las palabras no salen con el calor que 
da la victoria 6 la duda de la misma. Cuando la duda existe, el 
espiritu se esfuerza y hace prodigios para atraer proselitos. No 
todos tienen energias oratorias, aunque las tengan para otros easos, 
qiiiza mas dificiles, cuando se ven vencidos. Y por lo mismo su- 
cede que cuando el exito acompana a espiritus de tales condicio- 
nes, entonces son implacables con el adversario. Es verdad que 
la bondad y la paciencia son el fruto de la escuela de la vida. 
Sin duda por eso no brillaron los discursos de los doctores Berro 
y Lafinur. Todos esperaban una gran oraci6n. La materia era 
dificil: se iba a luchar contra el sentimiento de la opinion publica. 
Este era el hecho. Para contrariar esa tendencia simpdtica habia 
necesidad de mucho talento y de mucha elocuencia y de mucho 
genio. Cuando se quiere ir contra los anhelos de un pueblo es 
necesario tener una gran autoridad moral, fundada en indiscutibles 
consideraciones, fruto de una meditacion profunda y de un amor 
superabundante. La autoridad moral podria existir. No la discuto^ 
porque no hay para que* herir ni- ofender. Quiero concederla, de 
buena fe; pero no asi la exposition argumentada. Los oradores no 
fueron preparados para tan magno asunto. No hubo uno solo que- 
calzara el alto coturno. Ninguno de ellos tenia ni tuvo las cuali- 
dades necesarias para tan hermoso debate. Uno solo, el doctor 



— 299 — 

don Duvimiozo Terra, pudo realizar la obra, dentro de esa relati- 
vidad de facultades oratorias de que esta dotado su bien preparado 
cerebro. Es un talento politico, fecundo en recursos, pero que no 
posee esa elocuencia que calienta el alma ni esa ligereza de ex- 
presi6n con que se armoniza un discurso 6 se suaviza un ataque. 
No tenian orador, en una palabra, los de esa minoria, que tantas 
reuniones preparatorias habian celebrado en Montevideo para 
atraer voluntades y propiciarse adeptos. El discurso del doctor 
Terra, que desgraciadamente no pude oir, me dicen que fue* no- 
table como diabetica de un hombre que se bate en retirada, pero 
que no tuvo lo que se necesita para ir 6 la victoria, es decir, el 
argumento ofensivo. Se batio defendie*ndose simple men te, como 
quien salva su persona del entrevero, para librar la Jornada en 
mejor ocasion. 

Fue" asi, que, en medio £ ese ambiente, muchos ciudadanos 
que habian ido sin ideas fijas, deseosos de escuchar k los leaders 
de ambas opiniones, formaron, en seguida, una suya, propia, na- 
cida al calor de aquel debate. Y entonces, el noble doctor Blr- 
mester, aquel que nos habia gambeteado la presidencia de la Con- 
vencion, que firmado habia el informe de la minoria, solo en parte, 
aprobando los actos del Directorio, levant6 su voz para declarar 
que ahora estaba en condiciones de dar una opini6n concienzuda; 
que lo discutido lo colocaba en el caso de votar con la mayoria. 
Otro tan to nuestro talentoso, bueno, modesto y laborioso doctor 
don Alfonso de Salterain, cuando dijo que no veia en el acuerdo 
nada absolutamente inmoral sino una manera de manifestation del 
sufragio libre; lo que era recibido en medio £ aplausos de carifto 
y de entusiasmo. Igualmente, cuando el activo, valiente y esforzado 
luchador de la Florida, el doctor don Vicente Borro, declaraba 
que habia aquilatado opiniones y formado juicio completo sobre el 
asunto, por lo que adheria & la actitud de los correligionarios 
de la mayoria. Y no menos cuando el seilor Vilanova y Garcia, 
espiritu sano, clarovidente y que se habia hecho todo oidos, 
dentro y fuera de la Convencion, a* quien se le consideraba em- 
pedernido con sus opiniones, apoyaba la actitud de todos los an- 
teriores; 6 quienes se unia el amigo don Pedro Casaravilla y 



— 300 — 

Vidal convencido de que no desnatufalizaba ninguna facultad 
propia de la Convenci6n la declaraci6n por que se abogaba en 
esos momentos solemnes. 

Y asi era en efecto. La Convenci6n, como acaba de decirlo 
el ilustrado ex-administrador de San Jose", doctor don Lauro V. 
Rodriguez, no cercenaba ninguna de sus facultades. Ella no ha 
hecho m&s que compartir una tarea que corresponde exclusiva- 
mente al Directorio. Nadie le ha dado & e"ste un voto de con- 
fianza. El Directorio tiene, no s61o el derecho, sino el deber, 
de dirigir la marcha politica del partido. Si se equivoca, alia" 
responded moralmente ante su colectividad, & la que deber& so- 
meter sus actos en el momento oportuno. Entonces se discutir&n. 
De otra manera no podrla ejercitar su acci6n el Directorio. Esta 
era igualmente la opinion del hombre de criterio y de sana inspi- 
raci6n patrifitica, que alii estuvo callado, pero dirigiendo la opini6n, 
en mis de un caso, el doctor don Manuel Herrero y Espinosa- 
Y & ella adhirieron muchos de los presentes, de quienes quiza" 
me olvide en esta cronica, como sucede conmigo mismo. Y esa 
rue" la que sostuvieron los seiiores Vedia, < 5 °) Saravia y Acevedo 
Diaz. No asi el doctor don Jacinto Susviela por medio de una 

(50) Senor don Agustin de Vedia. 

Buenos Aires. 

Querido amigo: Ante todo una ardiente felicitaci6n por la influen- 
cia decisiva que usted ha tenido en el desarrollo de los sucesos politicos. 
Ha sido usted el Metternich, aunque con otro fondo moral superior, que 
ha conducido la negociaci6n a sn t&rmino. A sn lado han habido, entre 
otros, colaboradores de primera clase como don Enrique Anaya y don 
Aureliano Rodriguez Larreta, dentro del Directorio, y don Manuel He- 
rrero y Espinosa, fuera de 61. Sus ideas altamente expresadas y mag- 
nificamente desarrolladas, iueron comprendidas, al fin, por el caudillo mi- 
litar y por el caudillo civil : por don Aparicio Saravia y don Eduardo 
Acevedo Diaz. Estos tuvieron el valor de sobreponerse 4 sus propias 
pasiones, y fa£ asi que en la Convenci6n brill6 la uni6n de los espiri- 
tas, la verdadera disciplina que salva a las sociedades de los grandes 
cataclismos. Esa es su obra, amigo mio, y por eso lo felicito. Usted ha 
tenido la virtud de atraer a todos al seno de la madre comun. DespuSs 
de usted merece un elogio especial el caudillo militar. Y lo merece, por 



— 301 — 

nota, que cay6 en el vacio, reprobada por todo el mundo, escrita 
en un cuarto de hora desgraciado, y mds desgraciado aun cuando 
crey6 del caso darla a" la publicidad. 

La Convenci6n, que alguien creyo un campo de Agramante, 
tuvo el honor de oir la notable exposici6n del doctor don Aure- 
liano Rodriguez Larreta. Era un hombre de Estado el que hablaba. 
No decfa una expresi6n que no respondiera adecuadamente a" un 
alto pensamiento. Fue* alii & convencer, y convenci6. No enarde- 
cio amnios sino que templ6 espiritus y desarm6 prevenciones. No 
poco influy6 en la decisi6n de muchos compaiieros de causa. Es 
una de sus mds legitimas glorias, que puede ostentarla sin temor 
de que se la reivindiquen. \ Que* manera de exponer y de 
expresar ! 

Asi fue* la Convenci6n de Paysandu. El buen sentido triunfo. 

que sus panegiristas no habian hecho mas que presentarlo bajo una faz 
antipatica, exhibiendolo como un autdcrata que usaba de su poder para 
ir contra los anhelos populares. Yo s6 que no merece recompensa el cum- 
plimiento del deber, pero & lo menos hay interns en dar una palmada de 
aplanso al hombre sencillo, bueno, patriota y modesto que espontanea- 
mente, y en hora suprema, se agitd con decisi6n y se incorpor6 & las 
filas de las ideas altraistas, para decir: «yo tambi6n tengo, no s61o el 
derecho, sino el deber, como cualquier ciudadano, de incorporarme al 
movimiento activo de mi partido, para decirle como pienso en esta si- 
tuaci6n dificil ; y ese deber lo Ueno con satisfacci6n ». Hay que hacer 
resaltar esa actitud, para con ella demostrar que el caudillo nada 
impuso. fel fa6 el ultimo en hablar, despues de conocer las opiniones 
de las personalidades de su colectividad. Las medit6, las hall6 sanas 
y practicas, y se hizo campe6n de ellas. Esto le honra y esto nos 
honra. En cambio, ; cuan triste papel el de aquellas personalidades ci- 
viles que creyeron de su deber dar a conocer su opini6n para deprimir 
a las autoridades partidarias ! 

El silencio y el vacio fueron la respuesta. En cambio, jcomo se aplau- 
dieron sus palabras telegraficas de usted ; la carta modelo de expresi6n 
de soldado y de paisano de don Aparicio Saravia; las ideas de Acevedo 
Diaz y las expresiones calurosas de don Abd6n Ar6zteguy ! 

A los ciudadanos citados hay que recordarlos; y quede aqui, mi que- 
rido amigo, este recuerdo, ya que tanto cuesta perpetuar las obras 
buenas en esta tierra regada por sangre de heroes y martires. Y & la 
her6ica Paysandu el honor de haber sellado el bien del pais y la uni6n 



— 302 — 

El pais lo querfa. Y porque lo quiere, es que el acuerdo se hard. 
Los patriotas del otro bando concurriran & la obra y realizaran 
lo que el general don Nicomedes Castro manifestaba no ha mucho : 
los partidos que satisfacen los anhelos populares son los que 
tienen derecho a* vivir en las paginas de la historia. Rivalizar en 
una contiencte de generosidad, de amor, de desprendimiento, es 
algo que engrandece & los hombres, & los partidos, a los pue- 
blos y a los gobernantes. No hay necesidad de Convenciones 

de la colectividad, alii donde su sargre selld, una vez mas, la indepen- 
dencia national. 

Con mis aiectos soy siempre suyo afmo. amigo S. S., 

Alberto Palomeque. 
Montevideo, Octubre 14 de 1901. 
3/c, Misiones 202, 

Al Doctor Alberto Palomeque. 

Montevideo. 

Corresponde a usted una baena parte en el resnltado feliz de los 
arreglos patri6ticos que se lian impnesto con la fuerza de todas las 
grandes ideas. Reeiba mis felicitaciones. 

Agustin de Vedia. 

A Agustin de Vedia. 

Buenos Aires. 

La bat alia librada ha tenido, como principal factor, dentro de la fa- 
milia nacionalista, al hombre pensador, de facultades ecuanimes, de sen- 
timiento profundo, llamado Agustin de Vedia. A traves del Plata, no ha 
cesado por un momento en enviarnos su palabra alentadora, su fe in- 
quebrautable, su experiencia acumulada, su espiritu batallador. El ha 
sido el maestro que en ocasiones dificiles ha salvadt) dificuitades enor- 
mes con su consejo prudente. El partido nacional, en este momento 
hist6rico, en que ha dado la prueba de saber veneer sua propias pasio- 
nes ante los intereses generales del pais, respetando asi la voz de la 
opini6n publica, deja constanc|a del servicio prestado por el eatadista 
acostumbrado a luchar y a veneer por medio de la bondad y la prudencia. 
El triunfo que hoy celebra el pais, a 61 se le debe en inmensa proporci6n, 
y jnsto es que su nombre se recuerde, dentro de la familia nacionalista, 
al lado de aquellos que, como Anaya, Rodriguez Larreta, Herrero y Espi- 
nosa y otros muchos, nunca desesperaron de la noble causa del acuerdo. 

Alberto Palomeque. 



— 303 — 

para resolver estas cuestiones. Esto es enipequeilecerlas. Para eso 
estan las autoridades de las Comisiones Directivas, con facultades 
propias, como lo demostro el doctor don Lauro V. Rodriguez, uno 
de los secretarios de la Convenci6n Nacionalista, que, junto con 
el elocuente orador, representante de la juventud que se levanta, 
el doctor don Jose V. Solari, actuaron como tales en la Asam- 
blea y de quienes el pais mucho espera en la pr6xima legislatura. 
Es seguro que alld iran anibos, para honra del pais y de su 
colectividad. < 51 ) Los partidos que no se depuran en la llanura, 
llevando a" sus mejores y m£s probados hombres al parlamento, 
no tienen mision ni historia digna de escribirse. Y, felizmente, el 
Partido National no se encuentra en este caso, como lo prueba 
la Convention que acaba de celebrar para su gloria y orgullo, 
presidida por el estimado ciudadano don Jose* M. Morales, & quien 
la Asamblea agradecio la manera digna como procedio desde la 
presidencia conqutetada por su nobleza y desin teres. 

(51) Desgraciadamente, por las miserias naturales de la vida, el doctor 
Solari no ha ido al Parlamento. No obstante, su personalidad simpatica 
cada dia se impone mas, en prueba de lo cual acaba de iogresar al alto 
pnesto de miembro del Directorio del Partido National. ( Marzo 4 de 
1902 ). 



EL DOCTOR JOSE PEDRO RAMIREZ 



Y EL ACUERDO 



Seiior doctor don Jose* P. Ramirez. 

Mi estimado amigo: 

Ha dias me comprometi para dar una conferencia en el 
Ateneo. Yo no me consider^ con valor para rechazar el honor 
que se me hacia. En su consecuencia, he tornado la pluma, 
varias veces, para dar forma al pensamiento, y lo que de el I a 
surje, cuando quiero desarrollar mi tema, aquel de « El deber y 
la ambicion » ( 52 > es que el deber consiste hoy en dar a la politica 
nacional todos nuestros esfuerzos y la ambicion en deponer ante 
el altar de la Patria todo lo que pueda ser un obstaculo & la 
concordia civica. No tengo ideas para el Ateneo. Alii no hay 
atm6sfera que caiiente y apasione. El ideal estd en otra parte. 
Y A e*8ta debemos ocurrir todos los ciudadanos. Hoy hay liber- 

( 5 2) La Conferencia no la di, pero el trabajo lo publique" en Vida 
Moderna, intitulado : « La Invasion Portuguesa en 1816 », sirviendome 
para la conferencia que di en Buenos Aires, en el Teatro Victoria, el 19 
de enero de 1902, a pedido de los compatriotas que deseaban manifestar 
su adhesi6n a la Republica Argentina en su conflicto con Chile. Conviene 
dejar constancia de que yo habia sido vivamente solicitado, de tiempo 
atras, por la Comision Directiva del Ateneo, para que iniciara la serie de 
Confer encias que pensaba dar, por lo que es an error lo qne un senor 
chileno, bajo pseud6nimo, como respondiendo al caracter artero de su 
politica internacional, aseguraba en La * Tribuna Popular cuando decia 
qne yo habia pedido la tribuna del Ateneo y que debia negarseme ! La 
nota oficial en mi poder, suscripta por los doctores don Jose Pedro Ra- 
mirez, Presidente, y Jose" Enrique Rod6, Secretario, lo desmienten ; como 
asimismo las diversas visitas que con ese objeto me hizo el doctor Ra- 
mirez. Habria sido correcto que la Secretaria del Ateneo desautorizara 
semejante afirmaci6n, malevolentemente hecha por el senci Chileno 
aludido. 



— 308 — 

tad politica, y, por lo tanto, no tiene acci6n el anfiteatro del 
Ateneo. S61o cuando la politica est£ coartada es que la litera- 
tura toma calor y la critica tiene una significaci6n que escapa & 
las leyes sobre la prensa, decia un escritor francos al referirse al 
segundo Imperio napole6nico. Durante mds de quince afios la cu- 
pula del Instituto, decia, fu6 el unico lugar publico en que se 
escucharon palabras independientes. Asi ha sucedido con nuestro 
Ateneo. FuS el refugio de la libertad del pensamiento y de la 
conciencia en los momentos supremos. Hoy estd conquistada esa 
libertad y es otro el campo en que hay que ejercitarla. A 61 
debemos concurrir todos los ciudadanos, y usted muy principal- 
mente, en este momento hist6rico. Su lugar no es exclusivamente 
la presidencia del Ateneo: su lugar est& en el movimiento politico 
que & todos nos reclama para sacar al pais de la situation dificil 
por que atraviesa. Todo es politica militante en la actualidad. Y 
e"sta no puede hacerse bajo la cupula del Ateneo. Hay que hacerla 
en la calle publica, en la prensa, en el meeting. Y a" usted, que 
rue" el factor en la Paz de Septiembre de 1897, le esta" impuesta 
una mision: la de predicar la concordia en este instante so]emne 
para el pais. No es posible practicar la doctrina que algunos ciu. 
dadanos desarrollan: la de no hacer nada, dejando que los sucesos 
se desenvuelvan para entonces hacer las del nadador paraguayo. 
Ni es posible tampoco traer & la prensa practicas viejas, que s61o 
revelarian un retroceso politico, en estos instantes en que todos se 
aunan para honrar la actitud perseverante y patriotica de los que 
hemos tornado la responsabilidad hermosa de hablar 4 los hombres 
el lenguaje de la verdad y de la prudencia. Y de ello estamos 
satisfechos. Si no nos hubie*ramos movido, a* estas hcras la Repti- 
blica estaba ardiendo. Mientras unos han estado echando combus- 
tible & la hoguera, nosotros hemos arrojado agua para consumirla 
y apagarla. Ya la historia lo recpnocer£. Bueno es dejar cons- 
tancia de este hecho, sin perjuicio de estudiar, en su oportunidad, 
la parte de culpa que corresponda & ciertos hombres en lo que 
viene sucediendo. 

Vivo convencido de que el acuerdo se hard. Si una vez se 
rompen las negociaciones, mejor para la buena doctrina. Asi del 



— 309 — 

mal surjira' el bien. Ese ea el proceso natural de toda obra humana> 
y muy en especial trat&ndose de acuerdos. Ahi est& nuestra 
historia demostrdndolo. Los primeros que la inician no son sino 
los zapadores, que llenan su misi6n despejando el camino de las 
•dificultades que presenta. Eso hemos hecho nosotros. Luego ven- 
dran otros, y si estos no bastan, se presentardn nuevos adalides, 
& fin de hacer efectiva la voz del Pueblo. El pais no quiere sino 
«1 acuerdo. Sobre esta piedra se edifieard la iglesia nacional; no 
hay otro camino. Y los directorios que contrarien aquella tendencia 
ahi tienen al pais, que se mueve y agifca como un solo hombre, en 
defensa de su tranquilidad y de sus intereses. Ese gran movi- 
miento ya lo han visto y sentido. Ciegos son los que no lo ven. 
Y esa fuerza nacional, surgida del seno de las viejas colectivida- 
des, hay que respetarla. Inhdbil politico el que la desprecie. No 
se fundan gobiernos sobre cadaveres ni sobre el repudio de la opi- 
nion publica. Asi se lo acaba de decir, en Buenos Aires, £ los 
que piensan en reivindicaciones atavicas, el ilustrado doctor don 
Pedro Palacios, en la reuni6n celebrada el 25 de agosto. Y otro 
tan to el decidido ciudadano don Carlos M. Morales ha dicho alii, 
& esos mismos ciudadanos, cuando les recordaba que en el dia de 
la Patria no deben reunirse los hijos uruguayos ma's que para ha- 
blar de sus glorias en intima concordia y armonia. Y asimismo 
lo acaban de reconocer y declarar los directorios de ambas colecti- 
vidades politicas. Ellos no niegan que el pais es acuerdista. Lo 
afirman y lo reconocen y hasta lo aplauden; pero en nombre de 
no se qu6 intereses 6 conveniencias, esos directorios no acuden £ la 
voz del pueblo, que es la voz de Dios. Y este es el error de los 
tales directorios. Ellos olvidan que no son sino meras m&quinas, 
ahi colocadas, con todos los resortes prontos para funcionar, en 
verdad; pero la cual no puede moverse sin que se le haya dado 
el vapor necesario para ello. Y 6ste no lo da ningtin directorio 
sino el pueblo, si, el pueblo que sufre y experimenta las conse- 
cuencias de los desaciertos de los hombres que ambicionan 
aquello que no se les quiere conceder por el momenta. Ese va- 
por lo tenemos nosotros, por ahora. Y en prueba de ello, ahi 
est6n los meetings populares. Incitamos & los adversarios del 

20 



-- 310 — 

ncuerdo a que realicen uno en la Capital de la Republica, en 
un mismo dia y hora, en contraposition al que realizar&n los 
acuerdistas. Les damos la ventaja de preparar el meeting con 
un mes de anticipaci6n para que puedan traer todos sus ele- 
mentos & la Capital. Y entonces veran como el pueblo nacionaL 
y extranjero repudia toda f6rmula que no sea la del acuerdo de 
los partidos. Los partidos politicos no se dan cuenta de que es- 
tan debilitando sus propias energfas partidarias. Se hacen la ilu- 
si6n de que su voz de mando es escuchada y que todos siguen a 
los directorios, lo que me recuerda el suceso del valiente coronel 
don Julio Arrue, en el nefasto 10 de enero de 1875. Este, con 
su revolver, apuntaba y decia: «;adelante, muchachos!» Y, coma 
no iniraba hacia atr&s, no sabia que 61 era el unico que iba ade- 
lante en direction al Cabildo! Hay una gran fuerza acuerdista^ 
dentro de los partidos, que no sigue la voz de mando de los tales 
directorios. Ahi est£ a* nuestro alrededor, es decir, ante el altar 
de la Patria. Se les ha separado. No sigue & los que mandan,. 
porque tienen otro ideal. No creen en la eficacia de los remedios 
radicales y exclusivistas. Creen que la Patria es algo m&s grande 
que un c6nclave y que un trapo. No quieren un convento ni una 
sacristia. Quieren un horizonte amplio y grande donde todos co- 
mulguen sin reservas mentales de ninguna clase. Y esos elementos 
no ira*n en nombre de exclusivismos, sino donde haya una politica 
amplia y sin recamaras. No quiere reivindicaciones ataVicas que 
podrian traernos el caballo del consul k la Presidencia de la 
Republica. Basta de mediocridades y de caudillos sangrientos en 
el alto puesto reservado al talento y a la virtud. Y £ esto se 
exponen los pueblos que todo lo fian & la fuerza del musculo 
en la accion eleccionaria, como aqui se pretende, digase lo que 
se quiera. Nuestras elecciones en noviembre no serfan m£s que 
un campo de guerra. Los ciudadanos pacificos se quedarian en 
sus casas. Los hombres de guerra dominarian el escenario. No- 
nay mas que mirar los preliminares y recordar lo que es el pals* 
Las agitaciones de los circulos con apellidos historicos a la ca- 
beza, que no quieren aprender ni en su propia experiencia de 
familia, reproducirdn unos mismos sucesos. La reunion del cau- 



— 311 — 

dillaje, para producir restauraciones viejas y caclacas, trae £ la 
memoria el pasado, y esto nos recuerda la sangre tan estSrilmente 
derramada, atin para mal de esos mismos caudillos mimados y 
buscados. No es esa la mision actual. Nuestro porvenir es otro. 
El progreso y la civilizacion lo reclaman. Y esto es lo que al fin 
haran los directorios, haciendo honor & sus ideales y por amor 6, 
su patria. Ellos se preocupar&n despuSs de sus intereses y conve- 
niencias para que el pueblo les de ahora el vapor & la maqui- 
na, pronta para marchar. Ellos seran los que ocupardn la pla-' 
taforma. Recibir&n todos los honores al atravesar el extenso campo 
de la Republica, pero el alma que los inspirard sera* ese pueblo 
sediento de concord ia y que les dice : « En nombre de nuestros 
» mds caros intereses deponed vuestras susceptibilidades y dad al 
» pais una prueba evidente de que sois politicos prdcticos y no 
» liricos empedernidos ; demostrad que algo hab£is aprendido durante 
» vuestro largo destierro». 

Esto es, seftor doctor Ramirez, lo que me impide cumplir la 
palabra empeiiada. 

En nombre del acuerdo, disculpeme, y ordene & quien le es- 
tima y respeta en lo mucho que vale el pacificador de Septiembre 
de 1897. 



Distinguido compatriota y amigo: Hace muy poco tiempo crei 
que no era el momento de dar conferencias en el Ateneo. Crei 
que usted no estaba para presidir actos de esa naturaleza, porque 
el pais reclamaba de usted otros esfuerzos. Cuando tal cosa es- 
puse nuestra patria atravesaba un momento sumamente dificil. 
Hoy las cosas han cambiado, y en mucho debido k su inteligencia 
y patriotismo, sin olvidar la metida de hombro de nuestro honrado 
gobernante y la de aquellos buenos colaboradores, que, como su 
hermano de usted, Gonzalo, Vedia, Aramburti y otros han hecho 
andar la nave hacia el puerto de la paz. Hoy todo est£ asegurado. 
Llamese acuerdo, 6 como se quiera, lo que se hard, lo cierto es 



1 



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que tenemos lo que queriamos: el acuerdo de la paz. Por consi- 
guiente, mi espiritu est£ ahora dispuesto para subir d la tribuna 
del Ateneo, con la que usted me ha querido honrar. Ahora mi 
pluma encuentra tema 6 ideas. En este sentido, ofrezco d usted 
una conferencia, — & pesar de mi cojera, que me impide partir para 
Melo, d cuyo viaje no renuncio, — para el sdbado, & la noche, si 
usted no tiene inconveniente. Ella versard sobre el sentimiento de 
solidaridad sudamericana entre el pueblo argentino y el oriental 
con motivo de la invasion portuguesa del aiio 16. Si usted cree 
que ella puede darse el dia designado, le ruego anuncie que la con- 
ferencia comenzard indefediblementc & la hora en punto que la se- 
cretaria del Ateneo tenga £ bien indicar. 
Sin otro motivo, soy suyo atento amigo. 



VIAJE A MELO 



« Era una obsesi6n de mi espfritu 6sta de visitar la ciudad de 
los recuerdos paternos. ;H61o realizado! No queda satisfecha el 
alma. Atin desea m&s y mds. No basta aquella manifestation 
popular de 1893. No: atin se quiere ma's, pero mucho mas. A fin 
se anhela ver la concordia civica surgiendo de entre vosotros. 
Nada nos separa. Tenemos las mismas aspiraciones, aunque sea- 
mos hombres distintos por nuestros rasgos fisionomicos. En cam- 
bio, la idea es una misma: ef amor A la tierra, que la quere- 
mos ferfcil para el bien 6 infecunda para el mal. El nombre no 
hace al caso. No endiosamos carnaduras humanas sino principios 
inmortales. Los hombres pasan: las ideas fecundizan. El honor 
que se discierne no es al hombre sino al principio que representa 
y encarna en un momento solemne de la vida de los pueblos. Es 
el principio el que brilla, como es el puesto el que hace destacar 
al funcionario. Cuando la ocasi6n solemne ha pasado y el hom- 
bre se despoja de la noble investidura, su deber es confundirse con 
los demas hombres y no poner obstaculos £ la marcha de la hu- 
manidad en su ascension & la montaiia. El que se envanece y 
persiste en ser Dios, la Providencia lo castiga y le ensefta la rea- 
lidad de la vanidad humana. Tenemos una noble misi6n que lle- 
nar en la tierra: la de predicar el bien constantemente, con humil- 
dad y sin soberbias. Retirarse k tiempo es una prueba indiscuti- 
ble de buen saber. Hay que tener talento para elegir ese mo- 
mento, so pena de caer marchitando el laurel que solo vive cuando 
lo riega el sentimiento de un pueblo agradecido. Por eso es grande 
Washington ; por eso es veneranda la memoria de San Martin ; 
por eso se destaca la personalidad de Belgrano ; por eso se per- 



— 316 — 

fuma el ambiente al recuerdo de Varela; y por eso entronizamos 
la popular figura de Artigas. Es que no han tenido la vida efimera 
del hombre sin cualidades ing£nitas para destacarse en el cuadra 
de los sucesos grandes ». 

Este debio ser el comienzo de mi peroraci6n k los habitante* 
de Cerro Largo. Sin embargo, las carillas que la contenian fueron 
olvidadas en casa, y tuve que improvisar otras. Estas son la* 
que van al final del presente capitulo. Fui £ Cerro Largo, como 
lo habia pensado y anunciado. La atm6sfera era pesada. El cau- 
dillo domina alii como un CSsar. Nada se mueve sin su omni- 
moda voluntad. Pesa sobre todas las voluntades, de uno y otro 
partido. Los rasgos de independencia de caraeter, por aquella& 
alturas, son, pues, de un valor inapreciable. No se piensa sino en 
la guerra. Es la fuerza imperando. Atin se vive bajo una atmos- 
fera revolucionaria. Nadie creeria que es tamos en paz. Esto es la 
obra del convencionalismo bajo el cual vivimos. No quieren con- 
vencerse los ciudadanos dirigentes que no hay mas que una poli- 
tica : la que surge de la Constitucion. Una vez terminada la 
Revolution y entrado al regimen constitucional, el Presidente de 
la Republica ha debido ser Presidente de verdad. No lo ha sido* 
Este es el hecho elocuente. Comenzo por levantar al caudillo ddn- 
dole participation en la direction politica. Y lo hizo, para asi 
quebrar la influencia del Directorio civil del Partido Nacional. Asi 
creaba un poder militar, que, tarde 6 temprano, como fuerza ma- 
terial, se le opondria a 61 mismo. No creyo en la fuerza eficiente 
de la ley constitucional y en el poder verdadero de la opinion pu- 
blica. Todo su criterio ha reposado en el dominio de lo militar, 
como producto natural del golpe de Estado, de la violencia inisma. 
Es verdad que & ello ha contribuido el ejemplo que le ha dado 
su propio aliado. Los Directorios del Partido Nacional no han 
hecho m&s que una politica de fuerza y de circulo. Han sido do- 
minados & su vez por el elemento de acci6n 6 caudillaje, al que 
han contemplado, sin tener otro norte que la guerra, & cuyo fin 
han constituido un Estado dentro de otro Estado, acumulando- 
elementos belicos, sometiendolo todo k la accion del caudillo. De 
esta manera crearon la omnipotencia personal. Y asi, en m£s» 



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de una ocasion, tuvieron que pasar por las horcas caudinas. Toda 
la politica consisti6 en anular & las personalidades civiles. El pais 
presenci6 el terror de In prensa. Los ciudadanos no podian opinar. 
Al que tenia el suficiente valor de dar £ su criterio el m£rito 
correspondiente, se le atacaba y ofendia, en nombre de una disci- 
plina estupida, que s61o servia para unos y no para todos. Los 
que la invocaban hoy, desde el caudillo abajo, mailana la violaban, 
para satisfaction de sus propios apetitos. Fu6 asi que el caudillo, 
indisciplinado £ su vez, le arrojaba al Directorio su renuncia, en 
nombre de su decoro. M6s tarde, el mismo Acevedo Diaz, que 
tanto la preconizara, la desconoceria cuando su circulo no triun- 
faba en la lucha electoral y en el problema del acuerdo. Y el 
mismo Directorio, en ocasi6n solemne, depuso su men tad a autoridad, 
ante la avalancha de una muchedumbre nominal que atacaba los 
fueros de un diputado de la Nation. Es verdad, que, andando el 
tiempo, y cuando ya podia recordarse aquello de: al asno muerto 
cebada al rabo, un periodista, 6 una camarilla, 6 un diario, que 
no supo levantar la voz en el momento oportuno, que era cuando 
se necesitaba tener valor civico, se encargaria de decir, cuando ya 
todo estuviera por el suelo y consumado : « esa disciplina de nada 
vale y son absurdas esas descalificaciones que por decoro ni si- 
quiera debieran intentarse d los que juzgan hombres y sucesos con 
diversidad de criterio ». < 53 ) La prensa nacionalista no vivi6 sino 

(53) Cierto es que todavia predomina en el Partido National an 
criterio exoluyente, hi jo del eiisoberbecimiento prodacido por el exito, 
que ha arrinconado & an nucleo de hombres de valla; que se predica 
entre sus afiliados la disciplina y no la anion, que vale tanto 6 mis 
que aquel regimen; que se amaga & cada paso con descalificaciones 
absurdas, que por decoro ni siquiera debieran intentarse, & los que juz- 
gan hombres y sucesos con diversidad de criterio; empero, & pesar de 
esos errores 6 intolerancias que somos los primeros en excusar, justo es 
reconocer que se ha andado mucho camino y que se iran aquellos debi- 
litando asi que vean los mas recalcitrantes que hay puesto de labor 
para todas las energias y que la disputa de las posiciones ocifiales no 
puede ser ni es el programa ni el ideal de una colectividad sana, re- 
generadora y nutrida de savia como el Partido National. 

(El Pais del 8 de diciembre de 1901.) 



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para el personalismo. Las reputaciones de los hombres civiles fue- 
ron manoseadas. Ninguna se respeto. Solo el caudillo, recien 
nacido, sin talento politico conocido, sin el conocimiento de los 
hombres y de las cosas, acostumbrado a dominar a* su antojo en 
los campamentos del Brasil y en nuestra corta campaiia revolu- 
cionaria, sin mas capital que su valor personal, fiie" el respetado, 
a titulo de que « en media hora habia hecho mas que las perso- 
nalidades civiles », que habian consagrado a" la causa del bien 
todos sus esfuerzos y mas de una fortuna durante aiios y aflos 
consecutivos de destierros, luchas y sacrificios inmensos! Asi, 
manoseadas todas las reputaciones, en pugilatos vergonzosos, por 
medio de intrigas de harem, en las que las cartas misivas iban 
diariamente al caudillo, desde la Capital de la Republica, con* 
tdndole lo que sucedia y lo que no sucedia, inventando hechos 
vulgares para desmenuzar hombres y adquirir influencia y presti- 
gio acerca del senor de la campaiia, es que se ha vivido ha tres 
aflos. Todo se sometia & esa voluntad, que, para hacerse mas 
autoritaria 6 imperiosa, se hacia sentir desde las selvas. A ella 
ocurrian los Directorios, que repudiaban, sin embargo, los proce- 
dimientos que el general Rivera habia usado en otras ocasiones 
de nuestra vida politica. 

De esta manera de proceder resultaba que los Directorios no 
eran la obra de la verdadera voluntad nacional: que la maquina 
montada en la campaiia funcionaba por obra de una sola voluntad: 
que los Congresos Electores de Directorios recibian la orden supe- 
rior y constituian Directorios a piacere. Las person alidades sa- 
lientes, que tenian conciencia de su valer, eran excluidas, y la mal- 
dita Carta Org&nica solo tenia una virtud: la de servir para que 
las nulidades y medianias dominaran en el escenario politico. El 
unico que quedaba con vida era el caudillo. Y eso, no porque se 
le amara y respetara, como los hechos lo probaron, sino porque le 
temian 6 lo utilizaban para la realizaci6n de sus fines personales. 
La escena que se desarroll6 en Paysandu, cuando la ultima Con- 
vention, con un ciudadano que no pensaba sino en servir al cau- 
dillo, en apariencia, lo demostro. < 5 *) Esto probo que no hay 

W) Este suceso tuvo lugar ptiblicamente, en el comedor del Hotel 



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mejor amistad que la que se funda en el verdadero desinter6s, 
en la que respeta la libertad de conciencia. Solo ha de deposi- 
tarse confianza en los espiritus abiertos, que no temen aconsejar 
lo bueno, pero con prudencia, aunque desagraden al poderoso. La 
amistad fundada en la independencia de criterio es la tinica que 
sobrevive ante las vicisitudes de la vida. El caudillo lo ha de 
experimentar en su propia carne. Puede que ya lo haya experi- 
mentado. Yo reconozco que su persona, ya que la han creado, 
es una fuerza que debe utilizarse, pero para el bien. Y 61 debe 
reconocer, a su vez, que su misi6n no es la de intervenir en las 
decisiones politicas. Es el brazo necesario del' cerebro politico. Y 
nada ma\s. Esa es su mision grande, a* la vez que titil para todos. 
Tiene, sin embargo, un dereeho, el reservado a" todo ciudadano: 
el de opinar, pero no el de imponer, haci6ndose el arbitro de la 
vida publica de un pais. Ei mal que el pais ha experimentado, 
en el orden politico, enti6ndase bien, desde hd un aiio y medio, se 
lo debe a" 61 y al gobernante exclusivamente. El no debio mezclarse 
directamente en la politica, para combatir, como lo hizo, el acuerdo 
de los partidos. Y ya que lo hizo, debio ponerse del lado de ios 
intereses generales de la Nacion. El acuerdo era una aspiraci6n 
general: por 61 suspiraba todo ei mundo. Era el tinico medio 
Salvador para despertar la confianza publica y traer el capital & 
la circulaci6n economica. Debio ser un factor de esa revolucion 
popular que habia encabezado como caudillo. No debi6 contrariar 
esa vol un tad del pueblo, porque su fuerza y su prestigio ahi radi- 
caban. No debio ser ingrato con ese pueblo nacional y extranjero 
que lo habia mimado tanto. No estuvo & la altura del momento 
historico que se le presentaba. Y por eso su popularidad ha de- 
caido. El pais nunca se lo perdonara*. Miro el punto bajo una faz 
pequena, raquitica, olvidando, 6 no sabiendo, porque aun mucho 
tendra que aprender, si es que los sucesos siguen desenvolviendo 
su personalidad en la 'paz, que los partidos no se le van tan y en- 
grandecen sino cuando sirven desinteresadamente las grandes exi- 

Concordia, siendo el protagoniata el doctor don Arturo Berro, que estaba 
indignado ante la actitud del caudillo, con motivo de la politica acuer- 
dista. 



— 320 — 

gencias de un pueblo. Encar6 el asunto como un acto comercial 
de pulpero: deme esto que yo dare aquello. No: esa no es la po- 
litica grande. No se trata de una permuta, de un trueque. El 
verdadero politico no pide sino el cumplimiento de la Constitucion 
y de las leyes. A esto aspira y esto es lo que debe solicitar. No 
ha de buscar fuera de la Constituci6n ni en cldusulas secretas, cuyo 
mismo secret© prueban su indignidad, el bien del pais. Lo que no 
puede decirse al pueblo, en un pacto, es indigno, desde luego. Es 
que el secreto s61o afecta intereses particulares y no los generates 
de la Naci6n. 

La politica del acuerdo triunf6 aparentemente. Todo el mal que 
e pudo hacer al pais por los que la combatieron ahi ya estaba 
hecho. Se trataba de un enfermo d quien no se asisti6 & tiempo. 
La enfermedad se habia desarrollado y minaba ya todo el orga- 
nisino. Cuando vino el remedio todo era inutil. Solo una cosa r 
lo que es mucho, se ha conseguido : que la paz no se altere 
por causa de las elecciones generales ; pero los efectos de una 
guerra ahi estdn producidos. Un afio y medio de desconfianza 
han producido su efecto. El acuerdo, en la vispera de las elec- 
ciones, como se ha hecho, ha encontrado al pais desgastado, 
pobre, enfermizo. Los capitales se han retraido y todo se ha ido 
consumiendo. 

La Paz es lo unico que se ha conseguido, pero ; que Paz ! Ahi 
estd la Paz de la fuerza. El caudillo con un pie en el estribo, 
mirando & todos lados, gritanclo : « no se ine ha cumplido lo conve- 
nido. » El pais ignora lo que sea, por mds que presuma sea algo 
que s61o atane & sus tendencias personales ; y el sefior Cuestas, & 
su vez, grit&ndole d la Asamblea : « necesito regimientos para sos- 
tener mi autoridad. » Y el alma entristecida se pregunta : Y, 
I d6nde estd la concordia civica, la fraternidad de los Orientales, 
tan preconizada en el Pacto aquel que surgi6 en la madrugada del 
20 de noviembre de 1901 ? 

; Ah ! es que cuando se siembran vientos se recojen tempesta- 
des. Es que cuando falta la sinceridad todo es un tembladeral, 
expuesta la sociedad £ caer envuelta en la mds espantosa anar- 
iquia. Es que todo ha salido de quicio. No hay una fuerza supe- 



— 321 — 

rior que se imponga. Todo ha sido gastado y malgastado. Las 
cabezas prominentes del pais ban sido desautorizadas, desde la casa 
del caudillo y desde el balc6n del gobernante. Uno y otro han ju- 
gado con el Pueblo hasta el ultimo momento. Cuando ya lo han 
visto cansado, entonces han dicho: he aqui el acuerdo! Pero; jque* 
acuerdo! Era el reparto del leon, en el que ambos se reservaban 
hacer lo que conviniera d sus intereses, alii donde lo pudieran 
hacer. Y asi, en el centro donde cada uno imperaba, las cosas 
han pasado como su voluntad personal lo ha querido. Todo se 
ha violado: en la Capital, por el gobernante; y en Cerro Largo, 
por el caudillo. Asi ha quedado desnaturalizado el acto m&s 
grande, mas noble, mas desinteresado del Pueblo Oriental! En 
Montevideo, domino el elemento oficial ; y en Cerro Largo, el ele- 
mento del caudillo. Alii ni aqui se respetaron las proclamaciones 
hechas por las autoridades directivas de las colectividades. Me 
cuesta decirlo, pero ese es el hecho. t 55 ) Y esto, porque todo estd 
librado d la fuerza material. No se busca el poder en la opini6n 
publica, unica salvaguardia de los gobiernos honestos. La politica 

i' 55 ) Pero eso a nada conduce para sostener que la ley especial per- 
mita la intromision de los nationalists en las elecciones de la minoria 
colorada sin que esa intromisi6n de un grupo 6 varios grupos regi- 
mentados, falsee las bases del Acuerdo. 

Votando de esa manera por grupos regimentados, por secciones en- 
teras, en un candidato de la minoria colorada, candidato que, para 
hacer mas ilegal la intromisi6n, no era el proclaraado por el Congreso 
Colorado, se violaba claramente el espiritu de la ley especial, porque 
esta lo que ha querido es que las minorias lleven sus eleraentos a la 
Cainara y las mayorias los suyos. 

£ Se cumple la fey si ei candidato de la minoria no es el procla- 
mado por la autoridad competente del partido, sino por elementos de 
la mayoria que van regimentados obedeciendo a trabajos hechos publi- 
camente para hacer triunfar el candidato que respouda a sus proposi- 
tos y no a los prop6sitos de la minoria colorada? 

i Acaso el candidato que triuufa en esa forma representa verdadera- 
mente la minoria? 

No, el es llevado a la Camara no por el voto de la minoria sino 
por el de la mayoria que concuvre con un contingente poderoso de votos 
para la derrota del verdadero candidato de la minoria, del que ha sido 
proclamado; y.es asi como se viola el espiritu de la ley que ha querido 



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no es sincera. Todos viven desconfiando. No se cree en la palabra 
del hombre. Es la teoria de la mentira imperando. Los buenos 
sentimientos son maltratados. Y unos y otros violan las mas ele- 
mentales reglas de moral. Y lo sorprendente, es, que lo hagan 
los que hasta ayer no mas iban £ las cuchillas a derramar la 
sangre de los hermanos, invocando principios de honor politico. Ahi 
estdn llevando al Parlamento d personalidades de tercera y cuarta 
nla, muy honestas, indiscutiblemente, pero cuyos servicios y acti- 
vidades son para utilizarse en otro campo de accifin que el parla- 
mentario, a" donde han sido llevados con perjuicio de la propia 

6 ha establecido que las minorias deben estar representadas en la Camara. 

Si se legitimara la elecci6n en esa forma para nosotros ilegal, la 
mayoria tendria tres diputados y la minoria ninguno. Ahi esta clara- 
mente violada la ley de elecciones. 

No es lo mismo que los ciudadanos voten aisladamente por un can- 
didato que no sea el de la fracci6u politica a que pertenezcan, que 
cuando se vota por grupos regimentados, por secciones enteras que dan 
sus sufragios por un candidato de la fracci6n contraria, dejando de vo- 
tar por los candidatos de su fracci6n politica, pnes esto importa una 
intromi8i6n indebida con el prop6sito de hacef triunfar una candidatura 
contraria a las intenciones de la minoria. 

Y que esto ha sucedido asi esta confesado por el propio « El Nacio- 
nalista »\ 

Veamos : 

« Al votar un grupo, dice, 6 varios grupos de nacionalistas, por un 
« candidato Colorado, j falsearon acaso elacuerdo? De ninguna manera- 

« iD6nde esta, pnes, la intromisi6n indebida de los nacionalistas ? 

« No se les provocaba con una candidatura que significaba un insulto, 
« y los nacionalistas de Cerro Largo, no se hubieran visto obligados a 
« demostrar que su inmensa superioridad numerica, les da fuerzas para 
« ser arbitros supremos en materia de elecciones libres >:. 

Ahi esta confesada la intromisi6n, por mas que se quiera cohones- 
tar con la afirmacion de que la candidatura proclamada por la minoria 
significaba un insulto para los nacionalistan, con lo que se desprende 
tambien que la minoria para hacer su pruclamacion de candidato debi6 
consultar a la mayoria si ese candidato era 6 n6 de su agrado y en 
caso negativo debia proponer otro que fuese del agrado de los se/iores 
nacionalistas; ^no es esto una verdadera aberracion? 

iQu6 tienen que ver los nacionalistas con el candidato que proclame 
la minoria colorada? <;son acaso arbitros de la voluntad del congreso 
Colorado ? 



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colectividad y de ellas mismas. Y si en alguna parte han levan- 
tado a una personalidad superior, ha sido por necesidad, para asi 
veneer a un candidate local que se imponia. A no haber suce- 
dido asi, esa personalidad habria quedado arrinconada. Los Con- 
gresos Electores, dirigidos por caudillos militares, no se han limi- 
tado d influir en las localidades donde desempeiian funciones polf- 
ticas sino que han invadido las circunscripciones vecinas para, 
imponer candidates por medio de sus capataces y peones. Y como 
es natural, lo han hecho no para levantar a las grandes persona- 
lidades. Y todo este en el mi3terio, en el conciliabulo. Es asi 

Si ese candidate fuera de bu agrado los nacionalistas no se hubie- 
ran entrometido en carapo ajenoj esto se dice sin ambages como si con 
ello se justificara la intromisi6n indebida e ilegal. 

<<Qu6 dirian los nacionalistas si en otros departamentos donde los 
colorados tienen raayoria, 6stos adoptaran una tactica igual para hacer 
triunfar una candidatura contraria a los prop6sitos de la minoria? 

Dirian que eso era ilegal, levantarian el grito al cielo y dirian que 
asi se les quitaba a la minoria la representaci6n que por ley les co- 
rrespondia. 

Hay que recordar el precepto bib'ico: no hagas a otro lo que no 
quieres que te se haga. 

« Pero El Deber Civico, tiene palabras de censura para los na- 
« cionalistas que van a votar la candidatura de un Colorado de sus 
« simpatias, en oposicion a otro Colorado que le es absolutamente an- 
« tipatico. Y sin embargo, no dice una sola palabra respecto de la 
« rectitud del Colorado protegido por los nacionalistas, que acepta esa 
« pmtecci6n como tinico medio de derrotar a su propio companero de 
« causa. 

« ^No le merece ningiina censura ese proceder? 

« es que le duele morder en carne que fue propia ». 

Casi estamos tentados a preguntar ahora, si despues de lo que 
dice y confiesa el colega en esos parrafos que hemos transcripto, toda- 
via se atrevera Jl sostener que no ha habido intromision de los nacio- 
nalistas en la election del candidato de la minoria. 

Desde que para la elecci6n de representautes no se trataba de lis- 
tas mixtas sino de listas incompletas, lo natural, lo 16gico, lo legal, 
era que cada partido votara por sus candidates, por sus listas in- 
completas, pues para ello estaba establecido de antemano que la ma- 
yoria votaria p»r dos candidatos y que la minoria por uno. El campo 
de acci6n qued6 perfectamente deslindado. La mayoria debiu votar 
p«r sus candidatos y la minoria por ios suyos. Proceder de otro modo, 



— 324 - 

que la democracia va perdiendo sus prestigios. No es el pueblo 
el que directamente elige sus mandatarios, como la Constituci6n lo 
proclama, sino unos cuantos ciudadanos reunidos, & puerta cerrada, 
donde & veces s61o penetran hombres de acci6n para imponer por 
el miedo ciertas candidaturas. Y esto no es una inventiva. Esto 
ha sucedido en alguna parte que yo me se\ Ya puede juzgarse 
de la independencia del tal Congreso Elector y de la espontaneidad 
de los ciudadanos proclamados. Aquellos grandes actos democrdti- 
cos, d los que asistia el pueblo, donde se exponian las cualidades 
de los candidatos y donde se organizaban las fracciones politicas, 
con sus listas, y con la pr6dica previa y constante de la prensa 
sobre las personalidades, han desaparecido, por obra de las tales 
Cartas Orgdnicas. Hoy, una diputaci6n no parece ser la designaci6n 
necesariamente hecha en una persona llena de aptitudes, que hace 
el servicio de prestarse a su desempeilo. Hoy se niira como 
una recotnpensa otorgada a quien mas se ha agitado en los cfrcu- 
los 6 en las camarerias 6 en las cuchillas, aunque carezca de las 
condiciones necesarias para ello. M6s aun : f-olo ?e elogian y aplau- 

lievando sus fuerzas regimentadas para proteger una candidatura sur- 
gida extral-egalraente en corabinaci6n con el partido adverso y tal vez 
indicada por 6<te para haccr la guerra al candidato de su « antipatia 
como uuico medio de derrotar* al candidato proclamado de la minoria* 
es desvirtuar las bases del pacto celebrado y violar la ley de eleccio- 
nes, porque el candidato asi triunfante no es el representante de la 
minnria, sino representante de la mayoria que lo protegi6, lo auxilio 
con su legi6n de votantes y sin lo cual no hubiera obtenido el trinufo. 

^Es legal una elecci6n en esa forma, que Heva todos esos vicios 
de nulidad? 

En nuestro concepto esa elecci6n es nula, porque le quita a la 
minoria la representaci6n que la ley le asigna. 

Sin la protecci6n 6 intromision indebida de los nacionalistas en la 
elecci6n del candidato de la minoria, el senor Fiorito hubiera sufrido 
la derrota mas completa y bien la hubiera merecido como justo cas- 
tigo a su proceder incorrecto de dividir y anarquizar su partido, sa- 
biendo que su candidatura no era simpatica a sus correligionarios y 
al congreso que no la quiso proclamar. 

Para concl lir debemos prevenir que esta sera nuestra ultima pa- 
la bra sobre este as unto. 

( El Beber Civico, de Melo, de 6 de diciembre de 1901 ). 



— 325 — 

den los nombres de aquellos candidates que han abierto su bol- 
sillo para ayudar al periodista d sostener su diario, donde & to- 
dos se ha insultado ! \ El reinado de plutocracia ! Es duro decirlo* 
pero asi est£ escrito en la propias columnas de un diario nacio- 
nalista. 

Por suerte hay un instinto Salvador en los pueblos, y de 
ahi que, contra viento y marea, sobrenaden las personalidades, 
conservando su poder moral en medio al naufragio. Es asi, 
que, por excepcion, aparecen triunfantes nombres de ciudadanos 
dignisimos, que honrar&n el Parlamento. Es verdad que muchos 
ni llevan cardcter ni moralidad politica. Pero, & ello se ha pres- 
tado la manera de elejir. En esta tarea se han destacado ciertos 
caudillejos departamentaies, dirigidos por politicos adocenados de 
la Capital. Y despue*s hablaran de influenda directrix, ! He ahi 
lo que se ve de las ideas re volucion arias de 1897. i Para eso 
murieron Ramos Suarez y otros muchos j6venes, esperanzas de la 
Pdtria? Ei pueblo ha quedado reducido k una entidad negativa. 
En vez de ser e*l el que directamewte elija k sus representantes, 
es 41 quien indirectamente lo hace. Unos cuantos ciudadanos, 
reunidos en c6nclave, k puerta cerrada, respondiendo k intereses 
de camarilla y k pasiones personaies, designan los candidates 
que el pueblo debe elegir! Y se creen con derecho k importer 
al pueblo la elecci6n de nulidades intelectuales. Y, ^es esta la 
Democracia ? i k que tanto condenar la influemia directrix de los 
gobernantes como Cuestas, que siquiera la ha hecho servir para 
levantar personalidades salientes? 

Mi viaje k Cerro Largo se imponia. Se me habia asegurado 
que el seiior don Aparicio Saravia era un caudillo omnipotente, 
que no permitiria agasajo alguno k mi persona. M£s aun : que 
habia escrito k Montevideo que no cambiaria frase alguna conmigo, 
lo que a mi no me preocupaba, porque yo no iba & visitarlo a* 61, 
sino & dar una lecci6n m£s de dem6crata praotico, atm al mismo 
caudillo. Tan intrigado estaba ! Yo fui a* Melo, porque queria 
despedirme de mis electeres y & la vez para que el caudillc cono- 
ciera & un hombre y k un ciudadano, en toda la extension de la 
paiabra, si la ocasion de tratarme se le presentaba. Y, como me 

21 



— 326 — 

precio de conocer un poco el corazon humano, como lo prueba una 
carta que dirigi & los seiiores Anaya y Rodriguez Larreta euando 
ine pidieron que suspendiera mi viaje, alld por Septiembre, W yo 
llevaba un regaJo para el caudillo. Si estaria seguro de que no 
me haria saltar los sesos con el arriador, como hasta dlguien se 
habia permitido decir, haciendole un mal al senor Saravia ! Si es- 
taria seguro de que hablariamos, Uegado el caso, pero una vez lle- 
nadas todas las fonnalidades sociales, como sucedi6 ! Si estaria 
seguro tambiSn, por otra parte, de que yo dcscubriria algunas 
intriguillas estupidas! Quizas sus autores eran los que lamentaban 
mi viaje. Yo no le Heve" banderolas, ni punal, ni caballo, al 
caudillo, que, por cierto, le he encontrado, en el corto tiempo que 
lo liable*, en su casa, muy llano, atento, despierto y sin la sober- 
bia q<ie supuse. Algo ensimismado, naturalmente, como el hoin- 
bre de quien dependen muchas resoluciones gravisimas, por lo 
que no es posible hacerle una censura y critica. Eso estd en el 
orden natural de las cosas humanas. ; Yo le llev& libros ! Y 
esto, porque yo quiero, como ha anos lo manifest^, y lo dije 
ahora en Melo, que el senor Saravia no sea un caudillo vulgar. 
Lo deseo ilustrado, grande, para bien de su pais y de su partido, 
ya que los sucesos lo han colocado en la elevada posicion en 
que se encuentra. Algunas condiciones naturales debe poseer un 
hombre que asi ha conseguido imponerse, porque es indudable que 
se ha impuesto. Pues bien, lo practico y conveniente no es re- 
galarle caballos, como Larreta, ni banderolas, como Arozteguy, 
ni pufiales, como Antenor R. Pereyra, sino libros para que se 
ilustre. En este sentido, el seiior Saravia debiera estar en 
Europa. Un viaje de cuatro anos, arranc&ndolo a este medio 
ambiente, lo levantaria mucho mds. No conviene gastarlo en el 
juego de la intriga. Por el contrario, arranquemoslo a ese centro. 
Esto es lo que k todos interesa. Y estas ideas mas de una vez 
las he comunicado £ los hombres que desempenan funciones en 
el Directorio. Hagan ustedes, con ese ciudadano, les he dicho, 

(56) Vease nota de la pagina 14 donde esta la carta cuya respuesta 
no inserto aqui, porque el senor Anaya, a quien le pedi una copia, no 
le ha encontrado aun entre sus papeles. 



— 327 — 

lo que los norteamericanos hicieron con Grant : que lo sacaban 
del centro de la intriga, para no gastarlo, envi&ndole & Europa 
Asi engrandecian y conservaban su personalidad. Algo de esto 
le manifests al seiior Saravia, 6 & sus amigos, durante mi corta 
estadia en Melo. 

Yo no llegue* & Melo con el prop6sito de entrevistarme con 
el caudillo. Fui, tinica y exclusivamente, con el objeto de des- 
pedirme de mis electores y de darles cuenta de mis actos. Esta 
fue* mi misi6n. Yo no iba & hablar de politica con tan elevado 
personaje. No tenia para que. Yo no era de su circulo ni go- 
zaba de sus simpatias personales ni partidarias exageradas. Ni 
Oribe ni el caudillaje me atraian a su persona. Y mucho menos 
el criterio revolucionario. Lo que me proponia era demos trarle 
que estaba muy enganado con su pueblo: que en Melo el ape- 
llido Palomeque tenia raices: que yo tenia vinculaciones morales 
que asi no mas no se rompian : que la no proclamation de mi 
candidatura era un error politico del caudillo, como lo veria al 
presentarme yo, solo y pobre en dinero, pero muy acompaiiado 
con mi conciencia y rico en virtudes, ante aquella culta sociedad. 
Producidos los hechos, seguro estoy que nadie habra" lamentado 
m&s que el caudillo el error cometido. El desmentido que aque- 
lla sociedad le dio vino a probar que mis amigos de Montevi- 
deo exageraban las cosas cuando se oponian & mi viaje y que 
yo tenia razon cuando en carta que ellos conservan les mani- 
festaba que hacian mal en no dejarme partir. < 57 ) No en valde 

l 57 ) Ante un publico numeroso del que formaban parte muchas fa- 
milias tuvo lugar el domingo por la noche en los salones del Club 
Union la conferencia anunciada por el doctor don Alberto Palomeque, 
que, como se sabe, se encuentra en esta ciudad desde el sabado por la 
manana. Los salones del Club Union eran pequenos para contener la 
inmensa reuni6n que asisti6 a oir la palabra elocuentisima del eminente 
Jiombre publico y orador de fama reconocida y legitimamente adquirida. 
No es de extranar que asi haya sucedido, por que el doctor Palomeque 
no es un desconocido para el Departamento de Cerro Largo, al que tiene 
vinculado su nombre por multiples causas, entre las que se destacan los 
servicios que como diputado consciente de sus deberes ha prestado al 
Departamento de sus mas caras afecciones como lo ha declarado muchi- 



— 328 — 

elecia yo al caudillo, cara & cara y frente & frente, con toda mi 
naturalidad, m&s 6 menos lo mismo que habia dicho en Monte- 
video: «yo gano las elecciones en Melo, como 2 y 3 son cinco». 
Es que yo sabia que la atm6sfera de aquella sociedad seria una 

simas veces y comprobado con hechos practicos. La palabra del tri- 
buno, ora candente como ascuas quern antes, or a suave y dulce como 
jas mansas aguas de un quieto lago, se deslizaban arrastrando en pos- 
de si todas las simpatias. 

Hombre sumamente practico, conocedor del sentimiento humano, 
sabe dominar los auditorios cuando se apercibe que la aridez de la& 
cuestiones cientificas empieza a hacer decaer el entusiasmo, interea- 
lando en medio de su discurso imagines y similes jocosos, cuentos e 
hiatoiietas alegres que tienen el privilegio de reavivar el entusiasmo, 
como si lo tocara con una varita magica. Esos giros rapidos, esa& 
transiciones oportunamente traidas con maestria sin igual, son peculia- 
rs del doctor Palomeque, «el hombre de pico de oro» como lo llama 
nno de los asistentes a la conferencia, en uno de esos arranques en 
que el orador electrizG al auditorio, arrancando aplausos justamente 
merecidos. 

DespuSs de lo dicho es inutil repetir que el doctor Palomeque ha 
sido freneticamente aplaudido al concluir cada uno de los floridos y 
elocuentes periodos de su bien elaborado discurso. 



El tema del dia, en la parte social, se entiende, ha sido la venida 
del doctor Palomeque y su conferencia en el Club Union. 

Se ha evidenciado una vez mas, que ni la distancia, ni el tiempo 
pueden disminuir y amortiguar en nada los sentimientos de considera- 
tion y simpatia que dispensa nuestro pueblo a tan conspicuo conipa- 
triota. 

Asi se lo ha demostrado no s61o con el gran numero de visitantes 
con que se ha visto asediado a todo momento, sino tambien con la 
crecidisima concurrencia que asisti6 anteanoche al Club Union a escu- 
char los inspirados acentos del elocuente tribuno. 

Como siempre, el doctor Palomeque reveld en su oratoria la misma 
facilidad y fluidez de lenguaje, la mayor vivacidad y novedad de ima~ 
genes, un conocimiento profundo de todos los efectos de la- expresidn y 
una notable preparacidn para dar aun a los mas aridos temas todos los 
tintes y bellezas literarias de mas galana estructura. 

Su conferencia, con la cual engalanamos este numero, asi lo reveia 
acabadamente, y tambien lo revelaron ciertos parrafos que no estan in- 
cluidos en ella y que fueron inspiracidn del momento. 



— 329 — 

mano maestra que lo encerraria al caudillo, obligandole a" respe- 
tar la opinion publica, de la que 61 era muy respetuoso, segun 
se me aseguraba. Con esa contaba yo: yo sabia que la moverfa 
y que el ciudadano no irfa en su contra. No habria habido ne- 

Al referirse al calificativo do voluble con que se le favoreci6 en 
*el seno de su mismo partido, dijo que la volubilidad tiene, como la co- 
queta, un secreto iman que atrae y que, por tanto, no seria extrano 
-que lo signieran algun dia, por las calles de Montevideo, los mismo s 
que pretendian hacerle gracia de esa inculpacidn. 

Al hablar de la Camara, hizo un simil que caus6 gran hilaridad y 
le arrancd grandes aplausos al auditorio. Siendo aquellas como una 
-diligencia, forzosameute los diputados tienen que ser en ella lo que los 
cabal! os en el caracteristico vehiculo de nuestra camp ana. 

f,Y el mayoral? Es lo l6gico que no pueda marchar s61o el carro- 
mato. Necesita quien lo dirija, quien gobierne las riendas, quien ma- 
neje bien los tiros. Pues bien: el Presidente de la Republica i no 
viene a ser una especie de mayoral con respecto a la diiigencia parla- 
mentaria? — Lo es, pero con una saivedad: no lleva latigo! 

Al terminar, tuvo frases altamente galantes para el bello sexo, 
atenciosas para las principales autoridades y deferentes para algunas 
personalidades, pero muy especialmente para la sociedad Melense en 
general. 

£1 principal sal6n de fiestas del Club, presentaba el aspecto de las 
mas grandes solemnidades, pues le daban realce la presencia de mu- 
chas familias distinguidas y de innumerable cantidad de caballeros que 
se veian precisados a buscar un lugar desocupado en el sal6n de jue- 
gos y algunos se vieron precisados a permanecer en la vereda, no con 
mucha comodidad, pues el publico que habia en el exterior, no era 
mucho menor que el del interior. 

Paede nuestra sociedad enorgullecerse de que tan ilustrado compa- 
triota se haya dignado emprender un largo y molestisimo viaje tan 
s61o para ofrecerle tan amena fiesta — y el doctor Palomeque, pop su 
parte, debe haber llevado la mas intima satisfacci6n de que siempre 
encuentra manos amigas que estrechen la suya con carino y que estan 
prontas para aplaudir su autorizada y elocuente voz. 

De sentirse es que su permanencia haya sido tan breve, pues ha- 
biendo llegado el sabado regres6 hoy para Montevideo. 

Como demostracitin de las dotes de esquisita sociabilidad que le 
distingue al doctor Palomeque debemos hacer menci6n de su visita en 
la tarde del domingo al senor Aparicio Saravia y en la manana del lu- 
nes a las escuelas siguientes; de varones numero 1, de ninas num. 2 y 
mixta num. 7. 



— 330 — 

cesidad de lucha. Todo se habria arreglado en farailia, respetan- 
dose hombres £ intenciones. 

A mi arribo, la atm6sfera era pesada. Alguien creyo que yo 
no haria mas que sacudirme el polvo del camino y ya estaria en 

En estos establecimientos de education, como siempre, el doctor 
Palomeque revel 6 su entusiasmo y cariiio por la noble causa de la en- 
senanza. Parece que la escuela faera su verdadero centro cuando se 
encuentra en ella y por eso tanto en el animo del personal docente 
c omo en el de los ninos, deja siempre un indeleble recuerdo de su vi- 
sita. 

Deseauios sinceramente que el doctor Palomeque tenga un feliz viaje 
y que los recuerdos que lleve de su breve estadia entre nosotros pue- 
dan en algo resarcirle los que le hayan producido las incomodidades 
de la marcha en diligencia en donde, de regreso, no se encontraria tan 
bien en la Camara. 

(HI Deber Civico, de Meloj. 



Fae breve la estadia del doctor Palomeque en nuestra poblaci6n y 
pues el martes emprendi6 el viaje de regreso para Montevideo. 

Sin embargo, su permanencia aqui nos proporciono la grata opor- 
tunidad de oir su elocuente palabra en una conferencia que, como es 
consiguiente, revistio las proporciones de un verdadero acontecimiento 
social. 

Todo el Melo social asisti6 a ella — y todo el auditorio selecto que 
ocupaba en compacto conjunto los salones del Club Uni6n — reducidos 
para contener tal exceso de concurrencia — dispensG francas demostra- 
ciones de aplauso y simpatia al benemertto tribuno en el desarrollo 
de su extensa y bien meditada elocution. 

El doctor Palomeque se impone en la tribuna no s6lo por la gala- 
nura del estilo, por su s61ida argumentaci6n y por la clarovidencia de 
las ideas que expone. Domina y subyuga tambien por que sabe habil- 
mente tocar los mas secretos resortes de la oratoria. Como el dinamo 
que lleva a los cuerpos la potencialidad elSctrica, asi 61 tambien maneja 
esos resortes, trasmitiendo con ellos a sus oyentes to das las sensaciones 
que imprime la magica expresi6n del lenguaje. 

El doctor Palomeque ha sido objeto en los tres dias que permanecio 
aqui, de toda clase de atenciones por parte de nuestra sociedad que le 
estima y respeta sinceramente. 

Deseamos que el doctor Palomeque baya retornado a su hogar con 
toda felicidad y que alii, en el seno de las caras afecciones de la fami- 



— 331 — 

direccion a lo del caudillo. Asi lo supuso el seilor don Washing- 
ton P. Bermudez en su suelto malevolente e* hiriente publicado 
en La Tribuna Popular. Malo el critico ! Cuando no tiene tenia, 
lo inventa, a costa del amigo y de su reputation. Nada de eso 

lia, no olvide que aqui tiene siempre el mismo caudal de simpatias y 
consideraciones a que es justamente acreedor. 



La conterencia del doctor Palomeque ha sido publicada por El Deber 
Civico. Por eso y por su extensi6n, no va en estas columnas. Sin em- 
bargo, nos es grato publicar algunos pensamientos que, por cord6n se- 
parado, intercal6 el distinguido orador en el curso de su brillante pero- 
raci6n. Vivaz y ocurrente el doctor Palomeque, sabe apartarse de la 
forma rigida y sever a de la oratoria politica para dar esparcimiento al 
animo del auditor io, con citas oportunas, con f rases galanas y con be- 
llas imageries literarias. Tomamos textualmente esos pensamientos en 
nuestra cartera, porque de antemano sabiamos que siempre en la tri- 
buna el doctor Palomeque no sujeta el vuelo de su fecunda imagina- 
ci6n a las carillas escritas en la soledad del gabinete. 



— Las canas que tengo, dijo, no las debo al departamento de 
Cerro Largo, sino a los enemigos del bienestar y de la buena suerte 
de esta zona de la Eepublica. 

— A mo y quiero a la juventud que me ataca. 

— Al referirse al acontecimiento del dia, a las elecciones, tuvo fra- 
ses de censura para sus correligionarios que se apartaban de las re- 
glas de la disciplina y la consecuencia, ofreciendo sus votes a un ad- 
versasio, para herir los derechos de una colectividad cualquiera 6 para 
inflingir venganzas. 

El pueblo — di/o ampliando el raismo pensamiento — nunca ejerce 
venganzas porque no pena. 

— Sa le ha lanzado al rostro el denuesto de voluble, como si se 
le lanzara una mole para aplastarle. Esto no le quita ni le roba el 
sueiio. La volubilidad es la caracteristica de la elevaci6n de ideas, 
como lo es la variedad en las creaciones de lo bello. Por eso la mu- 
jer bella siempre es coqueta y por eso, iguahnente, la coqueta tiene 
constantemente un sequito de adoradores. El doctor Palomeque cree 
que sin parecerse a la coqueta llegara a ver todavia que lo sigan 
por las calles de Montevideo aun los mismos correligionarios que le han 
br in dado el piropo de voluble. Por tener frescas las reminisceneias del 



- 332 — 

hubo. Mi actitud fu6 noble y circunspecta, sin ser humillante ni 
soberbia. Lo mismo la del caudillo. Se manipul6 durante un dia 
y medio, y arreglados los tr&mites que correspondian, un amigo 
coniun vino & buscarme. 

viaje, deleit6 al publico con este si mil originalisimo ; el parlamento no 
es mas que una diligencia ; 6sta marcha si la tiran los caballos; asi es 
que los miembros de aquel alto cuerpo vienen a ser lo mismo que la 
tropilla que tira del anejo vehiculo. Con una diferencia : el mayoral, 
que casi siempre es el Presidente de la Republica, no usa latigo. 

— En uno de sus apartes habl6 carinosamente de este departamento 
«a quien tanto le debo hasta el sufrimiento que ensefia a vivir». 

— En otros de sus apartes anunci6 que el 1.* de enero del pr6ximo 
ano publicara un nuevo libro titulado: Liquidation de cuentas morales. 

— Debemos mencionar, aunque este" publicado ya, porque merecid es- 
peciales demostraciones de aplauso, este pensamiento: 

« Que todos uos convenzamos de que no en vano Artigas dijo : con 
libertad no temo ni ofendo: que ese mismo quiso que los orientales foe- 
ran tan ilustrados como valientes: la ilustraci6n para conocer sus dere- 
chos civicos y no dejarselos arrebatar por un solo hombre, 11am ese cau- 
dillo 6 despota; y el valor para saberlo defender de esos mismos en las 
horas augustas en que se vela el cielo de la Patria y las sombras de los 
muertos ilustres se levantan de sus tumbas para ensenarnos el camino 
de las grandes reivindicaciones nacionales! Y entonces, si, surgen a la 
vida activa y llenan su noble misi6n los caudillos populares que, venci- 
dos 6 vencedores, se retiran serenos y hermosos al fondo de sus hogares 
a vivir en la oscuridad del rancbo de totora 6 de la casa solariega, como 
Washington, para quedar consagrados en el corazon de su pueblo! Asi 
concibo al caudillo y asi se eleva el concepto de Patria !» 

— Al terminar, tuvo acentos de fino reconocimiento hacia el pueblo 
por la acogida simpatica que le dispenso y particularmente se dirigi6 ai 
jefe politico seiior Yarza, al juez letrado departamental doctor Fitz-Pa- 
trick, a las damas y a los ninos, al Centro «Uni6n Obrero* que lo re- 
cibi6 en sus salones y a la sociedad en general, concluyendo por decir 
que en lo sucesivo, como hasta ahora, su inteligencia y su piuma es- 
taran ai servicio de este departamento. 

( La Defensa, de Melo ). 

Gon motivo de la conferencia dada por el doctor Alberto Palome- 
que, en el Club Union de Melo, el dia 24 del actual, se cambiaron 
entre aquel y el doctor Domingo Aramburu, los interesantes telegra- 
mas siguientes: 

Melo, Noviembre 24. — A Domingo Aramburu. — Montevideo. — El 



■ — 333 — 

^De que" hablamos? ^que" nos dijimos? £c6mo nos tratamos? 

De algo hablamos; algo nos dijimos; pero, sobre todo, nos 
tratamos como debiamos tratamos: como gente educada, que se 
aprecia, por sus hechos, a travel el tiempo y el espacio. El 
caudillo, me dijeron despue's, conocia muchas de mis ane*cdotas, y 
muy especialmente aquella referente & su primera intentona revo- 
lucionaria de Noviembre de 1897. Y parece que tiene mundo y 
memoria y gratitud, por lo que no la olvida. Esto ultimo es di- 
ficil hallarlo en muchos de sus caudillejos. En carne propia lo he 
experimentado. 

Alii supe que mi carta no se la habia entregado el seiior don 

Departamento de Cerro Largo ha respondido, una vez mas, a sus 
nobles tradiciones. Esta sociedad me ha rodeado y colmado de aten- 
ciones. En la hermosa fiesta de anoche a la que concurri6 entusiasta 
toda esta poblaci6n f cediendoine generosamente sus salones el Club 
Uni6n, su nombre de us ted fue aclamado. En ese acto se demostr6 
una vez mas lo que valen las faerzas morales de los ciudadanos que 
no tienen mas capital que sus virtudes publicas y privadas. Sirvale 
de compensaci6n a tautos dolores en el dia grande en que se hizo 
efectiva la frase aquella: El Acuerdo se hard. Y al doctor Arechaga 
que no olvide que el Comite Ejecutivo hara efectiva la sentencia pro- 
nunciada. 

Salad y dicha. 

Alberto Palomeque. 

Montevideo, Noviembre 25. — A doctor Alberto Palomeque. — Melo- 
Entre Melo y Palomeque existen vinculaciones de nobles afectos ; em. 
piezan en el padre y continuan en el hijo, con el elocuente y pa- 
triota tribuno a cuya palabra sigue el aplauso como la sombra del 
caerpo. Agradezco profandamente el recuerdo de mi humilde persona 
en la hora de la victoria, que es el principio de la injusticia y del 
olvido. Mas los que servimos grandes causas nos sentimos pagos con 
una moneda suprema, la satisfacci6n de nuestra propia conciencia. En 
cnanto al doctor Arichaga y tambien a Melo, que talvez algo lo 
necesita, me siento inclinado a repetir : « El perdono a tutti » de 
Carlos V. 

Domingo Aramburu. 
(El Deber Civico, de Melo ). 



— 334 — 

Enrique Anaya, como este me lo habfa asegurado. ( 58 > Alii 61 
supo, d lo vivo, con todos los detalles, y con representation grd- 
fica, aquello del Congreso Acuerdista. Y alii, fuera de alii, supe 
que un personaje, 6 unos personajes, habian inventado un hecho 
estupido, para intrigarme, cuando ha tiempo pas6 el serlor Saravia 
por Nico Pe*rez, haliandome yo en aquel punto, a" la saz6n; perso- 
naje 6 personajes que no volvieron d visitarme despuSs de este 
mi viaje, hecho sin que ellos lo conocieran. Alii oi, de sus labios, 
el deseo de conversar conmigo sobre ciertas cosas, & lo que con- 
tests que no llevaba misi6n politica alguna. Y alii le conoci su 
deseo espontaneo de oir mi conferencia de esa noche, la que SI 
escucharia de una pieza inmediata, por no tener costumbre de ir a* 
actos de esa naturaleza ! Supongo que cumplio, porque dicen que 
cuando dice que si, si, y cuando no, no; en lo que se revelaria 
un caballero. Y alii, por ultimo, vi los peores retratos que darse 
pueden de Artigas, Lamas, Aparicio (Timoteo) y Oribe ! En aquella 
modesta habitation no hay otros adornos. Siempre el caudillaje 
dominando ! Hace bien, ya que SI lo es. Exceptuo k mi primo 
Diego Lamas. Este no era caudillo. Pudo llegar d serlo, ilustrado 
y sociable. Me retirS, sin esperar & dar vuelo & la visita, con 
harto sentimiento suyo y mio ; y esto, porque lo veia muy ocu- 
pado de las elecciones, por medio del telSfono, y tener yo que pre- 
parar mi conferencia para esa noche, aunque sin haber accedido a 
algo que ligeramente me insinuo. Un mal entendido, 6 una vivcxa 
gauchesca, emanada de un tercero, impidio vernos ma's tarde. < 59 > Si 

<-"8) Esta carta, que es la que se encuentra en la nota de la 
pagina 15, es importante. Como se vera, el unico que sabia que yo ya 
no querla ser diputado por Cerro Largo, era el propio caudillo. Y es 
importante, porque fu6 despues de esa carta, y de mi resolution de no 
ir ya a Melo, sino una vez concluido el drama electoral, que recien la 
Comisi6n Departamental proclam6 a los doctores Berro y Romeu. Yo 
no luchS, pues, por mi candidatura. 

( 59 > Ai dia siguiente, vino una persona de su circulo, que luego lo 
confirm^ otra del mismo, y me dijo lo que era muy natural, social- 
mente impuesto: « que el General vendria a verme a las once de la 
noche, cuando ya yo estuviera solo. » A las once, mas 6 menos, se 
retiraron los amigos del sen or Saravia, confirm ando, dos de ellos, la ver- 



— 335 — 

f u6 lo primero, me alegro, aunque lamente el quid quo quo. Si fu6 
lo segundo, lo compadezco al caudillo 6 al autor de la inventiva. 
Si fu6 61, mal lo diria su atencion posterior; y si no fu6, quede 
con el castigo del desprecio quien & tal medio indigno recurrio; 
pues la actitud definitiva del caudillo, estando yo ya en mi 
hogar, le habrd demostrado que la intriga esttipida y vulgar no 
consiguio lo que se proponia ! Ese e3 el hecho. Y t6ngase en- 
tend ido que si yo recuerdo todo esto, no es tan to por mi, que 
ya he aprendido k vivir con mi conciencia y con mis ideas, 
cuanto para exhibir los recursos indignos que se ponian en juego 
por hombres s6rios, alrededor de un caudillo, para desprestigiarlo 
y anularlo ; caudillo que ellos y los sucesos han criado, y & quien 
yo nunca he pretendido atraer ni influenciar sino deseddolo se- 
rio, discrete, ilustrado y patriota para bien de sus hermanos y de 
si mismo. Los que creyeron que el doctor Palomeque no iria 
a Melo y que si iba seria recibido & arriarazos pueden hablar 
ahora. Fui, vi y venci. La sancion moral que buscaba para mis 
actos, ahi est&. i 60 ) Y con ese viaje concluia la Jornada electo- 

si6n, al despedirse de mi privadamente. EsperS la visita inutilmente, en 
conipaiiia del doctor Moratorio y Palomeque. Al otro dia, en viaje, me 
dice un companero : « Anoche el General lo estuvo esperando a Yd*, a 
las once » \ Tableau ! Gomo es natural rogu6 a este companero, que 
es intimo del caudillo, esplicara lo sucedido, porque no desearia que el 
senor Saravia me diera a mi lecciones de educaci6n. Una tarjeta de 
este, que recibi, en mi casa, ya de regreso, revelaria que el senor Saravia 
no hizo uso de una viveza para eludir el cumpliiniento de un deber so- 
cial. Y si lo hizo, 61 seria el guarango, revelando que no sirve para 
politico ni para jefe de partido, porque yo no fni & su casa, 61 y sus 
amigos bien lo saben, sino despu6s de arregiados diplomdUcamente 
ciertos detalles. Y en ella no estuve sino el tiempo que debia. Donde 
alguu tiempo estuve fu6 en las Escuelas ! 

(GO) Como es del dominio de la Sociedad, en la noche del 24 de no- 
viembre el doctor don Alberto Palomeque di6 en los salones sociales una 
conferencia publica. 

En conocimiento la Comision de que el distinguido orador se dirigia 
a esta ciudad con ese propOsito, apresurose a ofrecer el local para la 
realizacion de acto tan trascendental. 

Los motivos que impulsaron al Directorio & adoptar tal resolution, 



— 336 — 

ral que los sucesos me impusieron. El Acuerdo era un hecho y 
los que lo habfan combatido eran, al final, sus mas decididos 
propagandistas. Ellos acapararian las posiciones, mientras nosotros 
dormiriamos sobre los laureles de la Paz. La Paz estaba ase- 
gurada. La idea habia triunfado y los hombres ya no hacian al 
caso. < 61 ) Tenian una mision: ganar sus hogares y dedicarse al 

no fueron otros que la importancia politico-social y liter aria del eximio 
hombre publico; sus vinculaciones y afectos tradicionales con este De- 
par tarn en to y su caracter de Representante por Cerro Largo en la Ca- 
mara de Diputados, aiendo a la vez uno de los escritores que mas honran 
las letras uruguayas, circunstancias todas estas que el Directorio tuvo 
en cuenta para hacer el ofrecimiento alndido, creyendo interpretar a>i 
los sentimientos de la sociedad que representa y que fueron plenamente 
justificados en la noche que ocurrio tal acontecimiento en que el local 
del Oentro hallabase coinpletamente lleno de concurrentes avidos de oir 
al elocuente tribuno. 

Esta distincion es tanto mas digna de gratitud cuanto que, 
cuando al poco tiempo fue el doctor don Jose Romeu, candidato triun- 
fante, no encontr6 en Melo el local necesario para dar su conferencia. 
Tuvo que leerla en un paseo campestre ( Memoria presentada por la 
Comision Directive/, del Club Union de Melo en el 16.° periodo admi- 
nistrativo, suscripta por los senores Angel Blocona, Florencio Demicheri, 
Eladio Zavala, Luis S. Murguia, J. Villamil y Leiras, Carlos Pelaez, 
Matias A. Velazco, Damaso Vaeza y E. Navarrete). 

( 61 ) Montevideo, Septiembre 11 de 1901. 

Senores miembros de la Comision Nacional del Acuerdo: 

Seis meses de activa propaganda nan corrido desde la organizaci6n 
efectiva de los trabajos del acuerdo electoral en marzo del corriente ano, 
como consecuencia del importante meeting que recorri6 entonces las ca- 
ll es de Montevideo, dando voces de paz y de concordia que no podian 
ni debian ser desoidas por los deinas habitantes del pais. 

Durante esos seis meses, se ha operado una transformaci6n completa 
en el medio ambiente politico, que hasta ha repercutido en el proceso 
electoral, evitando luchas, aunando voluntades y promoviendo pactos 
parciales de tachas. La idea del acuerdo, que era rechazada por los 
unos, mirada con prevenciones por los otros, aceptada con frialdad por 
los mas, ha abierto ancha brecha, exteriorizandose en meetings, en dis- 
cursos y en adhesiones, que prueban de una manera irrefragable «que 
de uno a otro extremo de la Republica predomina ya sobre todas las 



— 337 — 

trabajo para reparar los claros abiertos en sus finanzas durante 
tanto tiempo de lucha. Porque merece dejarse constancia de un 
hecho: los acuerdistas no han tenido otro tesoro para la propa- 
ganda que la actividad, la buena fe, la constancia, el caracter y 
el bolsillo de cada uno de sus sostenedores. 

El pais tenia la paz tan ansiada. Algunos criticaban, y otros, 

aspiraciones del mom en to la saprema aspiraci6n de la paz fandada en 
la concordia de los orientates*, segun la declaration del Congreso reu- 
nido en el aniversario de la Independencia Nacional. 

No se discute ya la necesidad del acuerdo, como se discutia en 
marzo, a raiz del meeting prestigiado por el comercio de Montevideo. 
Todos los elementos conservadores de la campana, el estanciero, el co- 
rn erciante, el agricultor, los capitalistas y los trabaj adores han sabido 
unirse en nn solo y gigantesco esfuerzo, que pone de manifesto la pro- 
funda convicci6n que se ha arraigado ya, de que fa era de la politica 
de concordia todas las soluciones encierran peligros. Los mismos ele- 
mentos politicos, que por razones de disciplina 6 por simple amor pro- 
pio partidista, no querian enrolarse en el moviniiento, han suminis- 
trado adhesiones valiosisimas en muchos departamentos, aceptando y 
prestigiando al fin la fdrmufa salvadora del acuerdo. 

Dada la presion considerable de esas manifestaciones, obtenidas en 
buena parte por la eficaz ayuda del Comit6 de Propaganda que pre- 
side el senor don Bicardo Sienra y de los delegados oradores, debfc es. 
perar y esperaba el Comite Ejecutivo, que dentro de las autoridades 
dirigentes de los partidos no surgirian obstaculos serios al debate tran- 
quilo de las bases del acuerdo. 

Pero los obstaculos han surgido, aunque felizmente no en lo funda- 
mental, que las inismas autoridades dirigentes aceptan de lleno, sino en 
los procedimientos para Uegar a la discusi6n de las bases del pacto 
cirico. 

Si las autoridades de los partidos hubieran rechazado la idea del 
acuerdo, habria fundamento para juzgar que las negociaciones que- 
daban definitivamente terminadas. Pero ninguna de ellas, ha desoido la 
toz del pais. El Directorio Nacionalista acepto expresamente en prin- 
cipio el acuerdo y manifest6 su prop6sito de someter el problema a la 
convention de quien depende en ese punto. Y la Comisi6n Nacional 
del Partido Colorado, no s61o declar6 que aceptaba el acuerdo, sino 
que estableci6 bases y condiciones para discutirlo, siendo precisamente 
con motivo del alcance que se atribuy6 a esas bases y condiciones que 
el Directorio Nacionalista publicd su manifiesto declarando rotas las 
negociaciones. 



— 338 — 

que eran los ma's, aplaudfan; pero una voz interior nos decla & 
todos : la peor de las elecciones es preferible & la mejor de las 
revoluciones. 

Por lo demas, de parte de lo que dije en Melo da cuenta 
la Conferencia que va en seguida, muy reccmendada d los eseri- 
tores criticos como don Washington P. Bermtidez para que 

Macho puede hacerse todavia y macho se hard. No es posible ad- 
mitir, en efecto, que los directorios de los partidos hayan asamido 
aotitudes definitivas y hayan pronunciado sa ultima palabra eu el 
magno debate. El pueblo entero pide el acuerdo, y ante esa exigencia 
nacional pueden y deben sacrificarse sasceptibilidades por respetables 
que sean, en la seguridad de que el partido que mas se anticipe en 
el camino de los sacrificios, mas se prestigiara en la conciencia pu- 
blica. 

Conviene, pues, que se reanuden las negociaciones. Pero en pre- 
sencia de los hechos citados, consideramos indispensable nuestra eli- 
minaci6n y venimos a presentar renuncia indeclinable del honroso 
cargo que se nos confio. 

Saludamos a los senores de la Comisi6n con nuestra distinguida 
consideraciGn. — Domingo Aramburu, presidente. — Nicomedes Castro, 
presidente honorario. — Justin o Ximenez de ArSchaga, vicepresidente. — 
Pedro E. Carve, vicepresidente. — Kufino T. Dominguez. — Martin Be- 
rindnague. — Alberto Palomeque, secretario. — Eduardo Acevedo, secre- 
tario. 



Senor Presidente y miembros del ComitS Ejecutivo del Acuerdo Electoral. 

Montevideo, 12 de Septiembre de 1901. 

Distinguidos conciudadanos : 

En sesi6n ce'ebrada con fecba de ayer por la Comisi6n Nacional del 
Acuerdo, fae tomada en consideraci6n la nota en que ustedes presen- 
taban coleetivamente renuncia de sus cargos respectivos, como miembros 
del Comite Ejecutivo de dicha institucion. 

Atendiendo el caracter de indeclinable que traia la renuncia, !a 
Comisi6n Nacional reso!vi6 aceptarla, encomendando al infrascrito, como 
presidente ad-hoc, comunicarlo a ustedes, con la muy especial manifes- 
tacion del alto aprecio que le nan merecido la dedicaci6n, los esfaerzos 
y el acierto desp!egados por ustedes en la patri6tica obra fiada a su ci- 
vismo y sus talentos. La Comision Nacional ha creido licito hacer a 
este respecto, y sin mengua de la parte que a cada uno legitimamente 
corresponde, una singular mencion en honor del senor presidente doctor 
Aramburu. 



— 339 — 

aprenda & conocer £ los hombres patriotas, que, sin necesidad 
de soberbias saben conservar la dignidad de sus opiniones, sin 
deslustrarlas desde una jefatura politica, sin adular & ningun 
caudillo ni desdecirse de sus opiniones. Yo no fui a Melo, coino 
malevolamente lo decia el seiior Bermudez, para visitar y adular 
a ningun caudillo. No naci para eso. Cuando fui, hable como 
debia hablar. Fui culto en la forma y recto en el fondo. Y 
por eso deje* la buena impresi6n que causa el hombre honrado, 
que habla con sinceridad, sin meticulosidades y con conciencia de 
la mision impuesta por los acontecimientos. 

Yo no conocia los ataques que el diario del General, como 
alii se dice, me habia dirigido. < 62 ) Buen cuidado habian tenido t 

Merced en gran parte a los desvelos del Comite Ejccutivo que ha 
difundido por toda la Republica la idea y la pasidn de la noble causa? 
el acuerdo no puede ya dejar de ser un hecho, a cuya exigencia con- 
ciuiran por rendirse las obstinadas e" irreflexivas resistencias ; y mas que 
en estas lineas de eiogio, y mas que en los aplausos de la opini6n, los 
miembros del Comit6 Ejecutivo que se extingne con la aceptaci6n de sus 
renuncias, tendran el supremo galard6n de sas afanes en el hermoso es- 
pectaculo de la concordia de la familia oriental, de la paz y de la pros- 
peridad national que constituyeron su mayor anhelo y que, sean quie- 
nes fueren los que intervengan finalmente en el fraternal convenio, 
tendran los trabajos que ellos adelanten, impreso siempre, mas 6 menos 
profundamente, el sello de la acci6n de ustedes, los iniciadores de la 
luclia por su advenimiento. 

Por parte de la Comisi6n Nacional, la mejor prueba que ha podido 
dar del concepto en que tiene la obra ltevada a cabo por ustedes, esta 
en el hecho de haber considerado que puesto que el Comit6 tal como es- 
taba constituido no continuava ya la tarea que le estaba confiada, no solo 
no habia interns en reiutegrarlo con nuevos miembros, sino que el la, la 
Comisi6n Nacional mis ma debe dar por terminada su propia misi6n, 
abandonando a su vez el campo a los nuevos factores que se anuncian 
como idoneos para dar cumplido coronamiento & la patriotica empresa. 

Y en la misma sesion en que se ha aceptado la renuncia de los 
seiiores miembros del Comite Ejecutivo, se ha deciarado disuelta la 
Comision Nacional, siendo su ultimo acto ia prcsente nota de agrade- 
cimiento y de confraternidad, con cuyos sentimientos y el de su mas 
elevada consideracion, saluda a Ustedes. — Jose Sienra Carranza, pre- 
sidente ad-hoc. = Justo Cubilo, secretario ad-hoc. 

(62) El Nationalist a, escrito por un joven Ramon Collazo. 



— 340 — 

y siguieron teniendolo, al no enviarmelo. Los demas diarios los 
recibia y recibo, pero ese, no ! Cuando Uegue & Melo me los 
hicieron conocer, s61o en parte. Al leerlos, les dije: ya tenemos 
el tenia para la Conferencia. Ese diario hacia mal al sefior 
caadillo. Alii se le hacia aparecer como un ser vulgar. Se de- 
cia : « reconocemos los talentos y las virtudes del doctor Palomeque : 
« nada tenemos que decirle, al respecto, pero le vamos 4 hacer 
« sentir nuestro poder, negandole el voto para diputado, s61o por- 
« que se ha atrevido a" no opinar con el caudillo ». 

Como se comprende, era ridiculo el argumento, prestando un 
flaco servicio al caudillo. Con que se reconocen los talentos y 
las virtudes, unicos que la Constitucion proclama en un pais 
democr&tico, y no se vota al ciudadano digno, s61o porque el cau- 
dillo no lo quiere ! 

Esto es demostrar la ma's crasa ignorancia en materia poli- 
tica, lo mismo que desvirtuar la action de una colectividad. El 
Partido National busca a los ciudadanos de talentos y de virtu- 
des, para dignificarse, sin someterlos d los pies de an caudillo 
militar. Es este, por el contrario, quien debe someterse & las 
intelectualidades politicas de su partido y respetar & los que 
antes que el han luchado durante medio siglo por implantar el 
reinado de ]a ley y la justicia distributiva. El absurdo sostenido 
por los amigos del General se venia al suelo. A quien hacfan 
daiio esos escritores, con sus exageraciones y personalismos, era 
al propio caudillo, pues lo presentaban desempefiando un feo pa- 
pel. Lo hacian aparecer como dominado por un odio personal 
para combatir al ciudadano en quien se veian los talentos y las 
virtudes ! Y esto era tan absurdo, que el propio caudillo les 
dio una leccion practica, & tales escritores, demostrandoles que 
alii hay algo superior d la vulgaridad, que, bien conducido, iria 
recto k beneficiar a la sociedad. 

En efecto, es indiscutible que el caudillo me tenia sus gran- 
des prevenciones personales. Nada de inverosimil tenian, para 
mi, aquellas afirmaciones emanadas de altos personajes, cuando 
me aseguraban que el senor Saravia habia manifestado « que no 
me recibiria en su casa ni cambiaria una frase conmigo, y que, 



— 341 — 

por el contrario, me haria sal tar los sesos con un amador». Como 
si mi viaje fuera para visitarlo a el! Todo esto era verosimil, 
y si no era vero, era ben trovato, porque los sucesos lo hacian 
suponer. La intriga se habia trabajado alrededor del caudillo, 
explotando, sin duda, aquel sentimiento personal surgido de un 
incidente por honorarios, que antes de ahora he relatado. ( 63 ) Nada 
de inverosimil, pues, que, asi hubiera pensado el caudillo y re- 
suelto poner toda su influencia para combatir mi candidatura 
s61o por impulsos atavicos mds no porque ni 61 ni nadie fueran 
capaces de encontrar un ciudadano de mejores cualidades que yo 
para esa funci6n legislativa ni porque la opinion publica de 
Cerro Largo me rechazara. 

Pues bien, & pesar de haberse expresado de esa manera, de 
existir ahi los ataques de su dia?'io, cuando la hora llego de 
poner en ejecucion sus expresiones, es decir, cuando yo llegu6 & 
Melo, no s61o no lo hizo, ni se atrevio k hacerlo, sino que de 
su pensamiento se alej6 tal idea, enviando, por el contrario, a 
toda su gente para que me saludara y me rodeara durante las 
horas que alii estuve. Y 61, el caudillo, que en la aldea asi 
se habria expresado, donde todos sabrian lo que habia dicho, de 
palabra y por escrito, no s61o no lo realiz6 sino que practic6 
todo lo contrario. Habl6 con el doctor Palomeque, lo abrazo, es- 
tuvo atento y amable y se levant6 sobre la mediocridad. Otro 
caudillo, de esos estupidos, se habria retobao y dicho: «Ko, yo ya 
lo he dicho, y lo sostengo : yo no miro & ese c . . . que se vaya 
de mi pago ». Y al dicho habria acompaiiado el hecho, yendose 61 
de la localidad, como siempre lo hace un mal educado sacristdn 
que por alii ha dominado, y que por contraste conserva un ape- 
lliclo que de todo tiene menos de guerrero. 

Nada de extrano, pues, que la pasion personal, explotada por 
politicos logreros, hubiera dado por resultado que el caudillo mili- 
tar se rebelara inculto y descort6s con una personalidad civil de 
su partido, de quien mucho habr& aprendido, antes de ahora, en 
materia de desinteres y abnegacion, cuando menos. Pero, no lo hizo, 

(63) Vease pagina 90 del folleto : « J<A desacmrdo electoral '»* 

22 



— 342 — 

dando asi una leccion a los que le contemplaban. No siempre, en 
politica, es posible realizar lo que se piensa en un momento de 
expansion. Viene luego la reflexion, los sucesos mismos, y la 
opinion publica, para decir: « respeta lo que debes respetar, lo que 
la sociedad rqspeta y lo que tu mismo has respetado siempre desde 
el fondo de tu humilde hogar: no seas soberbio, aunque la suerte 
te haya protegido: piensa un momento que ese es un ciudadano 
que te ha precedido en la lucha de la vida, que te ha dado 
muchos ejemplos de moralidad publica : que est&s aprovechando 
de los esfuerzos de los de su generaci6n y que aun hoy, a* la 
edad que tiene, no hace sino luchar por tu propio bien, aunque 
no lo reconozca ahora tu pasion, la intriga y la atm6sfera que 
te rodea ». 

Y asi sucedi6. La opini6n publica de aquella sociedad de 
Melo se revel 6. Y entonces el caudillo se me presento grande, 
cuando, venciendo sus sentimientos individuales, y rompiendo la 
atmosfera pesada de la aldea, se dio cuenta de que se debia a 
la sociedad, £ la posici6n que ocupa y al hombre que alii estaba. 
Es que habia en 61 algo que no era vulgar, que le gritaba de 
adentro : « Miremos mds arriba y abraze yo al abnegado ciudadano 
despreciando mis propios miserables instintos ». Y esto no lo hace 
ninguna vulgaridad. Por eso me dije: el hombre que asi pro- 
cede es porque comienza a* darse cuenta de la posicion que ocupa 
y de la cultura que ella impone. No hizo todo lo que debi6> 
indudablemente, pero no es posible exigirle mas & un hombre que 
reci6n surje de las selvas al mundo de la politica en medio a 
intrigas y k ambiciones de terceros politicastros. Otro, con ma's 
mundo politico, naturalmente que habria procedido, desde un 
principio, con verdadero altruismo y cabeza. Pero, hay que to- 
mar las cosas como son, y reconocer que bastante hizo el caudi- 
llo, en su 2 )a 9°f ^ brindarme las, para el, atenciones superiores. 
Ya aprendera, porque alii parece que hay mSdula. Y la hay, 
porque asi como reacciono en lo personal conmigo, otro tanto, 
aunque le costara, tavo que hacer a* favor del Acuerdo, en la 
Convenci6n de Paysandii, cuando, por intermedio del digno y 
sano ciudadano don Pedro Echeverria, envio aquella cartaxa de 



— 343 — 

cuatro lineas, con la que mato las ilusiones de los liricos - radi- 
cals, cuyo jefe, el sefior doctor don Carlos A. Berro, brill6 por 
su ausencia, para luego recibir el diploma de diputado por Cerro 
Largo! 

Y ahora quede demostrado que el arriador del caudillo no ha 
herido los sesos de quien, atin en nombre de la libertad de pen- 
samiento, pudo ir a Melo y decir parte de lo que van & leer 
los que doblen esta hoja, pesada por lo personal pero impuesta 
para el autor de este libro. 



(64) Ser enterdmente leal le parecia la unica 
habilidad digna de un hombre honrado. Est, 
est; non t non. 

El error hereditario de todos los partidos que van al poder 
por obra de un movimiento politico es el de creer que la salud 
de la patria depende del triunfo de sus opiniones particulares. 
Por eso un partido que vence, lo primero que ha de realizar es 
vida pr&ctica en el orden de sus ideas. Y esto, porque todo es 
transitorio, r&pido, en la marcha humana. El que ayer ascendio, 
maftana se derrumba 6 vuelve k la llanura. De ahi que deba 
aprovecharse, pronto y bien, el tierapo que los sucesos nos dan. 
El poder cae de nuestras manos r&pidamente sin que nos aper- 
cibamos de la rapidez con que desaparece. Las cosas humanas 
son instables, movedizas. El mismo reformador cae de su pedes- 
tal para dar lugar & que los nuevos soldados lleven adelante 

(M) Esto es una parte de lo dicho en la Conferencia que celebre en 
Melo la noche del 24 de noviembre de 1901. A la noche siguiente algo 
mas expresivo dije a los amiges y ciudadanos que me honrabau con su 
visita en esos momentos. Lamento may macho qae an taquigrafo no las 
tomara, como en ese instante me lo decia el ilustrado y valiente traba- 
jador don Angel Blocona, en cuyo hogar briila el amor y la alegria. 
Quede aqui mi profundo reconoclmiento a la distinguida Comisi6n del 
Club Unidn que me cedid sus salones con toda espontaneidad, lo mismo 
que a la prensa local, y may especialmente a El Deber Civico y La 
Defensa. Y otro tanto a los qae hicieron amena mi permanencia en esa 
ciudad durante los cortos dias qae alii estuve. 



— 344 — 

sus ideales. Y &> esta ley debe rendirse culto, porque es bueno 
que en el escenario humano tomen asiento todos los hombres 
de sana y buena voluntad. 

Tienen derecho & 61 todos los que han nacido con el destello 
divino en la frente. Nadie ha de ser exclufdo, y esto, porque 
no hay poder humano que impida una ley includible de la na- 
turaleza fisica, aplicada d la dindmica social. En el orden ffsico 
es una ley reconocida la de la gravedad de los cuerpos. Todos 
son atraidos hacia el centro de la tierra, y asi se conserva el 
movimiento de la3 cosas. En el orden intelectual y moral existe 
tambten una ley includible de gravedad, que une invisiblemente 
d los espfritus, por algo misterioso, que los ata y vincula, conser- 
vando asi su juego armonico, que los conduce al centro comun 
de donde surge todo el poder de la humanidad. Esa ley de gra- 
vedad moral es el amor, la bondad, la paciencia, la justicia, de 
donde fluye todo lo hermoso y lo grande. Ella es la que nos 
mantiene unidos en el orden de las ideas. Ella es la que nos 
hace recordar que d trave"s del espacio somos hermanos. Ella es 
la que nos dice permanentemente: de vuestra humildad sincera 
arrancad vuestra fuerza para los combates de la vida. Ella es 
la que nos dice: buscad en el amor la inspiraci6n d vuestros 
actos, id al fondo de las cosas y pen sad siempre en que el co- 
razon del pueblo que sufre y trabaja es algo inconmensurable 
que debe atraeros para fortificaros. Ella es la que nos dice: 
no hay mas fuerza para el hombre ptiblico que una sinceridad d 
toda prueba en todos y cada uno de los instantes de su activa 
existencia. Ella es la que nos dice que toda habilidad cede ante 
el poder sincero de la palabra del hombre que s61o piensa en los 
demds; y que llega un momento en que la verdad, atravesando 
el tiempo y el espacio, destruye preocupaciones, recompone hechos, 
levanta el prestigio del deber, recompensa con el recuerdo suave, 
y no con la material donacion, al obrero infatigable der bien, y 
coloca el solio de la Virtud en un paraje inaccesible d donde 
« en retorno de molestos sudores y penas interiores s61o se llega 
a la suprema alteza de una excelsa. y sublime fortaleza*. 

Pero, la vida, con su ruda elocuencia, nos ensena mucho 



— 345 — 

m£s. Ella nos dice: cuando una sinceridad & toda prueba ha 
presidido vuestras acciones; cuando hab£is tenido por lema la 
verdad y la prudencia; cuando mds bien habeis callado para no 
herir cosas y personas que os son queridas; cuando vuestros 
labios nunca se han ensuciado con la innoble mentira; cuando 
a la calurnnia y & la crftica injusta habeis opuesto un silencio 
Ueno de dignidad; cuando sin arrogancias ni soberbias habeis lu- 
chado, sin atacar, en el ejercicio de la legitima defensa; cuando 
habeas hecho un apostolado de vuestra vida, entregdndoos sin re- 
paro y sin miedo, todo entero, k la causa de vuestros sahtos idea- 
les, arrostrando preocupaciones vulgares, iras reconcentradas, emu- 
laciones ilegitimas, defendiendo en vuestra tarea laboriosa & todos 
cuantos os eran caras al alma, gratos al coraz6n, exponiendo vues- 
tra vida, prodigando vuestros intereses, destrozando vuestra salud, 
sacrificando vuestro hogar, ;con que" uncion de esplritu se mira 
alrededor y con £niino tranquilo se contempla la altura de la 
montaiia donde se ve una Cruz, que nos convoca para amarnos, y 
una mujer, que es la madre, unica que no miente, pero que llora 
deveras, dispuesta & sobrellevar con nosotros las decepciones, las 
amarguras, las ingratitudes y las calumnias de los que desconocen 
el poder de la conciencia! Vivir con la conciencia y para la con- 
ciencia es el gran secreto de quien aspira al bien de la humanidad. 
Es el unico juez supremo. Ella nos mantiene fuertes y grandes en 
la tierra y es ella la que nos hace sobrevivir, despues de la muerte, 
en el corazon de las generaciones futuras. Y para vivir con su 
conciencia no es necesario erguirse con soberbias, ni fustigar, ni 
herir, ni levantar tempestades. Basta y sobra una tranquilidad 
serena del alma, una verdadera alegria de espiritu, una bondad 
sonriente, una mansedumbre que no sea la relajacion, una severidad 
que no sea la crueldad y un respeto de si mismo, que, sin exage- 
rarlo, nos enseiie que en m&s de una ocasion solemne debemos ce- 
der hasta de nuestros derechos para llegar al proposito deseado del 
bienestar comun. \ Qu6 enorme fuerza de voluntad se necesita 
entonces para realizar esa obra ! Despues que hemos vencido nues- 
tra soberbia, es que nos sentimos grandes ante una voz interior 
que nos dice : j cu&n liviana estsi tu conciencia al haber desalojado 
de tu seno lo que enceguecfa vuestro cerebro hermoso! 



— 346 — 

Y esto me sucede k mi en este momento solemne de mi vida : 
el mas solemne quizd, y en el que mds grande me encuentro. El 
mas solemne, porque ha sido aquel en que mas necesidad he sen- 
tido de demostrar la ecuanimidad de mis facultades y el dominio 
de mi fuerza de voluntad. Todo parecia conjurarse para que mi 
reputacion sufriera. De todos lados pasiones enconadas, espiritus 
prevenidos, ataques violentos. Los unos me eran conocidos. Los 
otros recien los conozco. Unos venian de hombres duchos en el 
arte de la politica tortuosa 6 acomodaticia. Otros, de la hermosa 
juventud, k la que siempre quiero y amo, porque yo tambien he 
rendido culto k la intransigencia, llegando en mis connubios exa- 
gerados con la patria, en esos dias de fiebre y de locura, hasta 
ensuciar, si, asi, ensuciar, lo que debia respetar como puro y no- 
ble! En esa carrera, vosotros sabeis lo mucho que se ha dicho 
de mi. Y vosotros sabeis que la lucha se llevo hasta el noble 
autor de mis dias. Alrededor de mi apellido se quiso hacer un 
vacio. A mi, por loco ! Yd mi padre <? por que" ? Sin duda por- 
que rue" un caballero honrado, que administro bien, como era de 
su deber, vuestros intereses, en epoca dificil; porque supo mante- 
ner incolume el principio de autoridad; porque k su titulo acad6- 
mico unia cualidades de hombre de accion: porque, en fin, supo 
amaros k vosotros especialmente, consagrandoos su ultimo pensa- 
miento, sus tiltimas palabras, en el delirio que precedio k su 
muerte, cuando gritaba arrojandose de la cama : «;un caballo! 
j a Cerro Largo ! » ; porque atin flota su espiritu animoso y de la- 
bor y de cariiio en esta atm6sfera serena; en fin, porque en la 
hora suprema de su vida supo acreditar con los hechos que sabia 
entregarla k la patria para alcanzar la union y la concordia civica 
de los orien tales en la memorable paz del 6 de abril de 1872 ! 

Era una guerra sorda, injusta, en la que se llegaba hasta el 
menosprecio. Tuve el valor que da la conciencia tranquila. Use 
con moderacion de la defensa legitima. Y entonces, cuando las 
cosas llegaron al extremo inconcebible, para mi, de aparecer como 
traidor k la causa de la verdad y de la justicia, me dije: « pues 
« vamos alia donde el caudillo modesto, con alma estoica, pero con 
« buen sentir, domina ». Y aqui estoy, pero no como candidato k 



— 347 — 

diputado, pino como diputado que termina su misi6n. Nada viene 
a pediros, ni nada probablemente os pedird en el future 

Lo que si nunca estard ma's ocupado de vuestras cosas. Sera 
un diputado sin asiento en el Parlamento. Asi tratara" de conser- 
var vuestro afecto, al que s61o aspira por el bien que ello pro- 
duce al alma. No os guarda rencor. Os est& agradecido por el * 
honor que le discernisteis cuando lo nombrasteis. Y mas agradecido 
aun porque no lo habeis reelegido. Esto me ha sefvido para 
demostraros que si yo s6 hacer viajes para pedir sufragios, s6 
tambien hacerlos para agradecer lo recibido. 

Es una cuestion democrdtica que conviene hacerla resaltar. 
Cuando yo pido sufragios no lo hago en el misterio. Nunca recurri 
a los caudillos omnipotentes. Los que me oyen lo saben. Yo 
siempre he recurrido, sin ambages ni hipocresias, al pueblo mismo. 
He querido, de esa manera, hacer sentir las palpitaciones popula- 
res. De la fuente de la soberania debe surgir la investidura. 
Y asi, una vez conocido el hombre, los ciudadanos influyentes 
se encuentran en el caso de seguir la voz del pueblo. No con- 
trariarla es revelar elevadas condiciones de politico, especialmente 
cuando ella no se. invoca sino para premiar virtudes privadas y 
publicas. 

Mi actitud re vela que no tengo para que sonrojarme de acto 
alguno. Mi propia colectividad lo ha demostrado despu£s de tan- 
tas evoluciones. Yo no soy mendigo que pide y que se atufa si 
no le dan. Soy de los que solicitan, pero programando, predicando 
con la fe del ap6stol, sacrificando intereses y salud. Y de los 
que, vencidos, levantan el alma, saludan al vencedor y le rinden 
los honores que merecen los que en buena lid han obtenido la 
palma de la victoria. v 

No considero que el pueblo denigra una reputacion cuando re- 
suelve, en uso de un derecho perfecto, no reeligir a un diputado. 
Eso no es un castigo. Eso es que se atraviesan en el camino 
razones de un orden politico que hacen necesario el cambio de 
lugar y de composicion. Son sucesos que se desarrollan, que 
recuerdan a los hombres que nada hay permanente en el orden 
de las influencias personales. Y esto, porque la tinica influencia 



— 348 — 

duradera es la de la idea que el hombre sustenta. Los hombres 
pasan, pero los prihcipio9 son estables. El porta estandarte raue- 
re, pero la bandera queda enhiesta, clavada en la cumbre de la 
m on tafia, brillando pura y limpia, sirviendo de guia d las genera- 
ciones del futuro. 

Yo quiero convencerme de que esta sociedad no me repudia, 
como alguien lo ha supuesto. Yo quiero que se vea que la no- 
ble herencia recibida no la he malgastado ni deshonrado. Quiero, 
por el contrario, que se sepa que. la raza ha sobrevivido, y que si 
en la lucha hacia la montana ha recogido zarzas y espinas, el 
organismo fisico, y decepciones y dolores, el organismo moral, en 
cambio ha atesorado virtudes que le hacen digno del respeto y de 
la consideracion de estos habitantes. Y aqui estoy para hablar 
con vosotros y para demostrar el error de los que suponen que 
qiterer es poder en este caso. 

Al despojarme de la noble investidura, bueno es que hablemos 
de mis actos, ya que d ello se me ha provocado. Soy de los ciu- 
dadanos que practican la doctrina de que pueden discutirse los 
actos piiblicos y privados. No rehuyo la discusion razonada. Lo 
que rehuyo es la disputa hiriente. Lo primero puede servir de 
ejemplo, pero lo segundo deprime la moral del hombre. 

Todo lo que se ha dicho es que soy voluble. Algunos han 
llegado d calificarme de traidor. Y de ahi que se haya tratado 
de arrancarme mi diploma. Yo lo hubiera discutido en una lu- 
cha democrdtica, con probabilidades de 6xito; pero numerosas cau- 
sas me lo impidieron. Creedlo : tuve que veneer mis pasiones. 
Y de ello me siento satisfecho. Quizd mi actitud, viniendo ante 
vosotros, en estas condiciones humildes, demuestre d muchos que 
yo me agito por algo mds que un asiento en el Pari amen to : que 
yo persigo ideales y no bancas, por mds que estas sean abspluta- 
mente indispensables para la realizacion de los fines que se pro- 
pone el politico. 

Lo de voluble es un argumento vacio. Es todo lo contrario. 
Yo s6 que no puedo ser juez de mi mismo: pero en ciertas oca- 
siones bueno es defenderse. Mi volubilidad puede que sea la 
prueba de mi constancia, de mi amor d la justicia, d la verdad 



— 349 — 

y k la moral. Tengo la volubilidad del juez, que no se inspira 
sino en la ley. Es asi que el juez es recto, porque no se pre- 
ocupa de saber si hiere personas. l£l esta" casado con los princi- 
pios inmutables de la justicia y del derecho y no le afectan los 
hombres. No es k estos k quienes defiende sino a la verdad, 
unica depositaria de la grandeza de una naci6n. Es necesario 
acostumbrar k los pueblos k decir la verdad, k tener horror por 
la mentira, k sacrificarle todo ante ese altar honesto. Los pue- 
blos hip6critas, mentirosos, que todo lo resuelven por el engaiio y 
la viveza, que no escuchan sino las expresiones de los que usan 
trampas para cazar reputaciones, son los pueblos condenados k 
morir con el 6rgano de la verdad atrofiado. 

La verdad es la unica que salva k los pueblos. Y proclamar 
la teoria de la verdad es ennoblecer el alma, ensefiandola k vivir 
en una atm6sfera saturada de suavidades y de armonias. Y si 
la volubilidad es la caracteristica de un hombre publico que prac- 
tica la doctrina de la verdad, es porque en su camino hiere inte- 
reses personales, que, al decir de Franklyn, se levantan airados 
apenas los roza la propaganda por lo bueno y lo honesto. Bon esos 
los que se sienten heridos y afectados. Y esos son los que hay 
que combatir, eternamente, porque de otro modo no sobreviviria 
la raza de los buenos. Pero, ; cosa curiosa ! esa volubilidad 
desaparece cuando k uno se le pide que vaya k los Jurados, a 
exponer su vida, k gastar su organismo, k sacar ileso el honor po- 
litico de la colectividad y sus caudillos, con su palabra sincera y 
caliente, su influencia moral conquistada k fuerza de privaciones y 
sacrificios, y no en una hora, en un minuto, en una batalla carni- 
cera y sangrienta, como el soldado valiente, sino en una serie de 
aiios y de luchas constantes, en las que se ha puesto k prueba su 
virtud y su grandeza de alma, librando jornadas inolvidables en 
honor de la bandera inmaculada, que ahi ha clavado en lo alto de 
los tribunales para que sirva de sombra k los que vienen detr&s, 
como nuestros padres olavaron la suya, con mis honra y brios, en 
sus homericas hazanas por la independencia de la Republica. * 

jAh! Entonces no era voluble el ciudadano que defendia y 
aun defiende k los caudillos de la causa popular ! Es que en es- 



— 350 — 

tos casos no hiere intereses ni personas de la familia d que perte- 
nece. No; es como si se dijera: he ahi un padre traidor y volu- 
ble, porque castiga al hijo y le ensefia con el ejemplo que hay el 
deber de honrar & la madre hasta el sacrificio, en nombre de la 
conservacion del hogar y principio de autoridad que se representa. 
Ese padre es voluble porque sigue amando a su hogar, a su esposa 
y d, sus fieles hijos! No: es que en tal caso ese padre se reviste 
de energia, levanta la moral de su casa y les dice & los que van 
por el caniino del error: respetad lo que no debeis profanar. Y 
esto es lo que en mi volubilidad he dicho: respetad el Programa 
de 1872, que coloca sobre los hombres, los caudillos y las intransi- 
gencias, la Constitucion de la Reptiblica y el culto de la verdad. 
Eso es lo que por mi intermedio, y conmigo, ha dicho todo el 
pais en este momento dificil : Queremos paz y trabajo ! Y eso es 
lo que el pais ha programado con estadistas como Domingo Aram- 
buru, Agustin de Vedia, Jose* Pedro Ramirez, Juan Carlos Blan- 
co, Justino Ximenez de Arechaga, Gonzalo Ramirez, Rufino T. 
Dominguez, Martin Berinduague, Eduardo Acevedo, Pedro Carve, 
y tantos otros de todas las colectividades politicas en que esta di- 
vidido el pais. Esto es lo que han dicho los Directorios y las 
Convenciones de ambos partidos politicos. Y, porque todos han 
dicho lo mismo, y porque yo lo he sostenido, he aqui que yo seria 
el unico voluble, la unica veleta; yo, que es publico y notorio, 
vengo sosteniendo, con constancia ejemplar, la misma idea, 

Y aquellos que han sostenido el acuerdo y que mafiana lo han 
rechazado y que pasado lo han aceptado, £qu6 serian? ^Acaso se- 
ria yo un ciudadano de tanta influencia, que habria producido tal 
movimiento de opinion, colocandose detras de mi tantas veletas 
menores, que, en numero inmenso, siguieran de Norte a Sur, de 
Este k Oeste, & la veleta mayor, ahi colocada, para indicar, sin 
duda, de que lado soplaba el viento, yo, que nunca he esperado voz 
de mando para abrir la brecha, ir adelante, alii donde me llamaba 
el grito del deber ? ! 

*Lo que es absoltitamente necesario, en estos momentos dificiles, 
es que todos se den cuenta de que la union se impone; que sobre 
Jas imposiciones personales esta la independencia de caraeter: que 



— 351 — 

esta es la que realmente se necesita para foimar ciudadanos; que 
ha llegado la hora suprema de reconocer que el hombre debe ha- 
cer uso absoluto de su pensamiento y de su raciocinio para sacu- 
dir esclavitudes y servilismos y no ser paria en su propia sociedad. 
Que todos nos convenzamos de que no en vano Artigas dijo: con 
libertad no temo ni ofendo y que ese mismo quiso que los orienta- 
tes fueran tan ilustrados como valientes: la ilustracitfn para cono- 
cer sus derechos civicos y no dejarselos arrebatar por un solo hom- 
bre, 116mese caudillo 6 despota; y el valor, para saber defender 
esos mismos en las horas augustas en que se vela el cielo de la 
patria y las sombras de los muertos ilustres se levantan de sus 
tumbas para ensenarnos el camino de las grandes reivindicaciones 
nacionales! Y entonces, si, surgen & la vida activa y llenan su 
noble mision los caudillos populares, que, vencidos 6 vencedores* 
se retiran serenos y hermosos al fondo de sus hogares k vivir 
en la oscuridad del rancho de t6tora 6 de la casa solariega, como 
Washington, para quedar consagrados en el corazon de su pueblo. 
Asi concibo al caudillo, y asi se eleva el concepto de patria! 

Lo mejor, se ha dicho, esta delante de nosotros, no detr&s de 
nosotros. Los pueblos que se inspiran en el amor el m£s pro- 
fundo, en la fe la m&s santa, son aquellos cuya vida y acci6n se 
perpetuan. « Miradlos hincharse de orgullo y ved como se abaten 
rapidamente, aquellos cuya esperanza no reposa m£s que sobre 
riquezas efimeras, mientras que aquellos que viven para la verdad 
y la justicia, avanzan, con confianza y serenidad, sostenidos por 
invisibles pot^ncias. Mendigos, proscriptos, solamente por haber 
sido capaces de concebir un pensamiento divino 6 una esperanza 
inmortal, han sobrevivido a la caida de los imperios, £ la ruina 
de las civilizaciones y A la desaparicion completa de los pueblos 
de que habian surjido ». 

No : es necesario aprender los verdaderos secretos de la felicidad 
y de la nobleza, porque asi como lo ha dicho Ruskin, hasta quo 
no poseamos esta ciencia, no tendremos gran cosa que ensenar & 
los mismos Pieles Rojas. La politica, diria parodiando & un cele- 
bre escritor moderno, es una vida que debemos vivir, mds que una 
doctrina que debemos ensenar y creer, porque aquellos que sola- 



— 352 — 

mente buscan la vida en la vida, en quienes la fe es accion, la 
esperanza alegria y pureza, el amor fecundidad, pueden realmente 
comprender y cuidar la verdad diyina que el Cristo ha venido a 
revelar al mundo. 

Y esta es la vida 6, que yo aspiro. Esta es la que yo anhelo. 
Esta es la que deseo para mi patria. Surgido de las filas populares, 
sostenido, desde mi juventud, por este departamento, & quien tanto 
le debo, hasta el sufrimiento, que ensefia d vivir, he querido, al 
descender, venir aqui, & caer en sus brazos. Yo no soy un hu^r- 
fano politico. Soy un hijo legitimo de mi epoca. AM estan mis 
padres: mi patria y mi partido. Ambos han calentado mi espiritu. 
A ellos todo les debo. Nada valgo por mf mismo. Vuelvo & su 
seno. Caigo en brazos del pueblo, del elemento nativo de Cerro 
Largo. Y al caer, tened presente que no he cambiado: que soy el 
mismo hombre de siempre, que piso la tierra solamente para recu- 
perar las fuerzas que he perdido en defensa de vuestros derechos, 
y que nunca, lo declaro bien alto, me faltaron fuerzas para lu- 
char en los comicios, pero si valor para anarquizar a mis hermanos 
en este Departamento y herir las consideraciones y respeto que 
aun se merece quien ha sabido ayudar & un pueblo en hora triste 
y desgraciada ! 



APfiNDICE 



A 



CARTA 

DEL 

CORONEL DOCTOR DON JOSE GABRIEL PALOMEQUE 

RELATANDO LA CAM PAN A 
QUE TERMINO EN INDIA MUERTA, EN 1845. 



A 



Pelotas, 18 de Abril de 1845. 

Querido amigo: ( 65 ) 

El 1.° de febrero, muy de maiiana, sali para el Chuy, como 
te lo habia anunciado en mis anteriores, distante de aqui como 
oo leguas espanolas. No hablare" de las penalidades de un viaje 
hecho la initad £ pie y la otra mi tad mal montado, como de 
cuarenta libras de peso entre ropa y provisiones, en el rigor 
del verano, por un pais llano, falto de agua y plagado de 
arenales: ni te hare su description, pues los grandes desastres 
de la patria, y el infortunio de millares de orientales, cuyo 

(65) Esta pagiua de la historia civil, politica y militar fu6 escrita 
por un ciudadano que no desminti6, «n sns ultimos momentos de exis- 
tencia, el amor a la patria que revelaba en la epoca en que eseribia 
aquella. 

Hay en ell a trozos de elocuencia. nacidos'de una conciencia honrada, 
y que todo lo sacrificaba ante el altar de su patria, en la que se revela 
la indepdndencia de su caracter y el amor que profesaba a la verdad 
antes que al amicus Platus. 

En la forma de carta, en esa forma confidential, en la que se reve- 
lan tantos sentimientos ocultos, se dirigia a un amigo de la infancia el 
autor de la pagiua a que nos referimos, comunicandole todos los inci- 
dentes desastrosos de la campana, que termin6 en India Muerta, en 
la que habla detenidamente de «la administration y ejercito de Hi- 
« vera y del vergonzoso y tragico fin con que del modo mas inespe- 
« rado, mas raro y mas inaudito han terminado 28 meses de fatigas, 
« de entusiasmo y de heroismo ». 

Este documento, como otros muchos, son ricos anil los que sirven 
para formar la cadena de nuestra de«graciada historia, y, hoy, que go- 

23 



— 358 — 

doloroso espectaculo tengo aim a la vista, y cuyo recuerdo no 
se borrard. jamds de mi memoria, han sacudido violentamente mi 
sensibilidad y no me permiten ocuparme de ello. Asi, pues, te 
dare* una extensa relation del motivo y objeto de mi viaje, de 
mis observaciones sobre la administration y ejeYcito de Rivera y 
del vergonzoso y tragico fin con que del modo mds inesperado, 
mds raro y mds inaudito han terminado 28 meses de fatigas, 
de entusiasmo y de heroismo. 

Desde que sali de esa, mi objeto fue* incorporarme d nuestro 
ejercito en campafia, y participar, como oriental, de sus glorias y 
peligros: pero, el no ser ginete y la falta de proportion segura, 
me retuvieron aquf hasta el primero de febrero, en que viendo 
que la estacion se adelantaba, y que pronto se empezarian las 
operaciones, resolvl marchar a pie, y sin gula, resuelto d hacerme 
ginete y soldado entre las privaciones y los combates. 

Mi primera intention fue* la de marchar d donde estaba el 
General, y por esto te escribi que iba d nuestra frontera por 
San Gabriel, 6 Balles; pero despuSs la reflexion y el honor me 

zainos de algana tranquilidad de espiritu y la suerte nos ha reservado 
el placer de permanecer en el pais, aprovechamos esta oportunidad para 
darle a conocer, para que los amantes de la ciencia saquen de ella el 
provecho que es de esperarse 

La Republica Argentina, gobernada por don Juan Manuel de Rosas, 
habia tornado una intervention decisiva en los asuntos orient ales, por 
convenir asi a su politica americana, como en aquel momento se decia. 

El general don Manuel Oribe vino a sitiar Montevideo,, y el ge- 
neral Rivera, que habia salido a la campana, reuniO todos los ele- 
mentos de que da cuenta el documento que va a Jeerse, cuyos acci- 
dentes y demas particularidades no son conocidos por muchos, y despu6s 
de 28 meses da la batalla de India Muerta en la que es vencido por 
el general don Justo J. de Urquiza, de cuyos resultados desastrosos 
aun qnedan recuerdos en la memoria de las madres que acompanaban 
en aquella peregrinaci6n a los soldados ciudadanos. 

He aqui ese documento, del cual decimos, como don Andres Lamas 
de la obra del P. Lozano : « El que lo lea en este folletin, lee al doc- 
« tor don Jose G. Palomeque » autor de la dicha carta. 

(La Tribuna Popular de 1881). 



— 359 — 

hicieron variar esta eleccion y he aqui los verdaderos y princi- 
pales motivos que tuve para hacerlo. Los que me vieran ir al 
lado de Rivera, podrfan creer que no era el patriotismo lo que 
me llevaba al ejSrcito, sino la esperanza de algun empleo, de 
alguna colocacion ventajosa sin trabajos ni peligro3, y tal vez el 
mismo Rivera podria creerlo asi ; idea humillante 6 infame que no 
podria soportar. Ademds, rodeado este General de viles adulado- 
res, de proveedores 6 estafadores ptiblicos, de ladrones y picaros 
condecorados con el titulo de empleados y amigos, mi car&cter y 
mis principios tendrian mucho que sufrir en su compania 6 en su 
presencia; y en fin, su inacci6n, que lejos de aumentar mi entu- 
eiasmo, solo serviria para debilitarlo 6 cansarme. 

Por esto fue* que di la preferencia & la division Maldonado, 
mandada por Freire, division entusiasta y brava, cuya actitud y 
continuos trabajos dieron pdbulo d la mia, y donde estaria lejos 
de la corrompida corte del General ! Por otra parte, esos cam- 
pos neutrales que iba d atravesar, para llegar al Chuy, estaban 
llenos dc Orientales pertenecientes d la divisi6n S . . . cuando 
emigre^ y queria averiguar las causas porque abandonaban su pa- 
tria en el conflicto, y ver si podia moverlos d volver d ella, 
pensamiento que robustecio mi ultima resolucion. 

Emprendi, pues, mi marcha, penetrado de los mds nobles y 
puros sentimientos y del patriotismo mas desinteresado, y bien 
pronto tropece" con la emigraci6n oriental. De casa en casa, en 
los caminos, en los campos, en todas partes la encontraba, y 
basta decirte que su ntimero era mayor al de los naturales. 

En el reducido espacio que ocupan esos campos, se podria 
formar una brillante columna de 500 & 600 orientales, puramente 
blancos, sin mezcla de indios ni mulatos, j6venes todos de 18 i, 36 
alios, robustos, vigorosos, llenos de salud y agilidad, y cuya pre- 
sencia arrogante y briosa daria envidia a* la misma Esparta. Tie- 
nen un raciocinio admirable y su cardcter es afable y altivo. Para 
darte una idea de su noble orgullo y del convencimiento que tie- 
nen de su superioridad, te chare* dos respuestas suyas que harian 
honor k Esparta en los bellos dias de sus glorias. 

Halldndome en una reunion de seis 6 siete, en que se ha- 



— 360 — 

blaba de la intention del Brasil de conquistar nuestro pais, apro- 
vechandose de las circunstancias, se dio vuelta uno y dijo sonrien- 
dose con desprecio: «Para el Brasil basta el Departamento de 
Maldonado». Mas, para sondear su orgullo national le dije; 
«Mire, paisano, que su departamento no tiene mas que treinta 
mil habitantes, y el Imperio del Brasil seis millones». «Si, me 
contesto, con una especie de altivez, inexplicable, «pero los seis- 
millones son brasileros, y los treinta mil son orientates de Mal- 
donado». 

DirigiSndome a los demds, les hice observar que solo mil dos- 
cientos porteiios, que hay dentro de nuestro pais, lo tienen casi 
avasallado. « No son los portefios los que han avasallado k la 
Republica, sino los mismos Orientales, que tienen la mitad de su 
parte ; — si no f ueran por esos blancos que han traido y pelean 
por ellos, ya habrian salido k patadas ». 

Mi satisfaction al oirlo fu6 tanto mayor y mds justa, cuanto- 
que estas respuestas no eran dadas por hombres ilustrados sino- 
por pobres gauchos, hombres de chiripd y calzoncillos, que nunca 
habian hecho otro papel que el de simples soldados de la Division 

S y en los cuales hablaba el entusiasta amor de la patria. 

Admirado y condolido de ver que con tanto patriotismo y orgu- 
llo prefiriesen la emigration a la guerra, les pregunte* el motivo, 
y de todos, y en todas partes, oi a cuantos interrogue*, con corta 
diferencia, la siguiente respuesta : 

« Nosotros somos vecinos e hijos de familias de Maldonado* 
« Cuando Oribe vino al pais, nos presentamos voluntariamente al 
« servicio, vestidos y equipados k nuestra costa y con nuestros 
« caballos. Mai armados y sin disciplina entramos en campana, 
« pasando necesidades de todo genero. Nos incorporamos al ej^r- 
« cito y en niimero de 4 6 5 mil hombres despuSs de haber 
« batido k los blancos en todas partes, fuimos k sitiarlos entre 
« Bolis, Santa Lucia y Montevideo y alii pasamos el cruel y 
« riguroso invierno del ano 43, muertos de hambre y de frio. 
« Como la ropa que sacamos de nuestras casas se nos acabo, y 
« el Gobierno no dio otras, quedamos enteramente desnudos, y 
« para abrigirnos tuvimos que hacer ponchos de cueros de novi- 



— 361 — 

« llos que se carneaban para el eje*rcito. El dia que habfa car- 
« neada los soldados se peleaban por los cueros, y calientes y 
« chorreando sangre todavia les hacian un agujero en el medio 
« y se los ponian con el cuero para adentro. No es esto todo: 
« unas veces porque no habia ganado ; otras por que estaba el 
« enemigo al frente, y otras por indolencia de los jefes, no se 
« carneaba en dcs 6 tres dias, y teniamo3 que sufrir el hambre 
« sin movernos de nuestros puestos. A los que obligados por la 
« necesidad salian k carnear y a* los que eran hallados con carne, 
« se les ponia en la estaca y se les apaleaba para contener a 
« los otros. Estos trabajos y miserias los padecio todo el ejei- 
« cito, como nosotros, y empezo k disgustarse. Mientras nosotros 
« perseguiamos y sitiabamos k los blancos, embarcaban ganado 
« para la Capital, y el primero de que se echo mano fu6 del 
« nuestro. Vacas, bueyes y novillos, todos cuantos animales 
« teniamos, se nos quitaron y embarcaron por cuenta del Go- 
« bierno, sin darnos un triste papel que nos sirviese de docu- 
« mento para reclamar su importe despue"s de la guerra. En 
« vano representamos que estando sirviendo en el ejercito con 
« nuestras personas y k nuestras expensas, nuestia propiedad de- 
« beria respetarse 6 al menos darnos un documento que nos 
« asegurase. Mas no se nos hizo caso. Por ese tiempo entro 
Urquiza con su ejercito, y en vez de batirlo, como todos lo 
« desedbamos, pues teniamos fuerzas suficientes para ello, se 
retiro nuestro General, y las disemin6, lo que introdujo el des- 
« orden y la desercion en el los. Apesar de los trabajos, la des- 
nude"z y el hambre que sufriamos, por la perdida de nuestros 
ganados, y que nuestro coronel S. . . . era odiado por cruel , 
incapaz y cobarde, seguiamos constantes en el servicio, por 
« amor k la patria. En estas circunstancias recibimos arma- 
mentos y vestuario y se nos incorporaron los coroneles Flores 
y Centurion con su gente, de modo que nuestra Division pasaba 
c de 1.200 hombres entusiasmados y decididos. 

« Vino entonces Servando Gomez, con 1.500 hombres al De- 
« partamento, y S . . . en vez de batirlo y rechazarlo, la despa- 
« rramo y evito su encuentro. El resultado de estas maniobras 



« 



« 



« 
« 
« 



« 
« 



« 



« 



— 362 — 

« fu6 que cargando el enemigo con todas sus fuerzas d cada una 
« de nuestros pequenos grupos, nos batio en detalle y fuimos de- 
« rrotados, en Arequita, en la Sierra, en el Corte de la Pefia y en 
« todas partes. Entonces empezo S . . . su retirada, y d duras 
« penas y d fuerza de valor y constancia pudo volver d reunirnos 
« Flores. Este coronel, el coronel Centuri6n y todos los oficiales 
« y soldados se oponian d la retirada y pediamos d gritos una ac- 
« cion decisiva, segurcs de veneer, pues e*ramos todavia mds de 
« mil hombres bien armados, bien montados, vaqueanos del terreno, 
«y no queriamos emigrar. Ademds todos los matreros del De- 
partamento eran de nuestro partido, y contabamos con su au- 
xilio, pero nada pudo mover d S . . . d darle batalla. Conti- 
nuamos nuestra retirada, y los matreros que habia en la Sierra 
« de Jose" Ignacio le enviaron una diputacioni ofrectendole 200 
« hombres, perfectamente armados, si queria pelear d Servando, 
« que ellos le saldrian por la retaguardia y lo harian pedazos, y 
« tampoco quiso. Cuando llegamos d la Angostura era tal el 
tropel de familias comprornetidas que se nos habian reunido, 
« que inspiraba compasion. Alii se hizo el ultimo esfuerzo para 
« obligarlo a batirse: mds de 800 vecinos de todas edades y con- 
« diciones se le presentaron comprometie*ndose a pelear antes de 
« dejar el pais. Con este refuerzo y la desesperaci6n que nos 
animaba, la victoria era segura, y sin embargo no quiso; y en 
las siete leguas que hay desde Santa Teresa al Chuy, perdiinos 
casi todas las cabaliadas, los ganados y muchisimas familias e 

* infinitos oficiales y soldados, que se sacrificaron inutilmente. 

« Si en nuestro pais pasabamos necesidades, mucho mds pa- 

* samos en la emigraci6n; se nos pasaban los dias enteros sin co- 
« mer, y la desnudez y el hambre nos obligaron d vender a los 
« brasileros nuestros caballos para poder subsistir, de modo que, 
« cuando vino el General a sacarnos, fue" preciso volver d com- 
« prarlos d mds precio, porque estdbamos d pie. Estos desastres 
« y la incapacidad de S . . . produjeron el disgusto y la desercion 
« y mds de 300 hombres quedaron aqui. 

« Vueltos a la Keptiblica, este jefe nos llevo d su antojo por 
« toda ella, sin objeto ni utilidad, — al contrario, fuimos batidos 



« 



— 363 — 

« otra vez en Ranta Lucia, y corridos por todas partes. Entre 
« tanto, los blancos habian ultrajado nuestras familias indefensas 
« y robado lo poco que nos habia quedado, y nosotros, despue's 
« de otro aiio de fatigas y de desgracias, tuvimos que pasar el 
« invierno del 44 casi desnudos, y envueltos la mayor parte en 
« cueros de carnero mientras el General y los jefes del De- 
« partamento vendian, a" cualquier precio, en la frontera, los ga- 
« nados de nuestras haciendas, sin que se atendiese con su im- 
« porte & socorrernos. Por otra parte, el servicio se hacia cada 
« dia mds insoportable, por el rigor injusto de los jefes, por el 
« hambre que nos hicieron padecer sin necesidad y por los cas- 
« tigos crueles que nos imponlan por las faltas mas ligeras, y 
« muchas veces sin motivo, solo por prevenciones y personalidades. 
« Si en alguna action saliamos heridos, aunque la gan&semos^ 
« qued&bamos abandonados en el campo como animates inutiles 
« y a merced de los blancos que nos degollaban; en fin no nos 
« trataban como k los hombres sino como k personas que debian 
« hacerse matar por un zoquete de carne para que el General y 
« los Coroneles pudieran mandar y robar. Por estos motivos, y 
« cansados de tantas infamias, es que casi se ha disuelto el ejer- 
« cito, pasandose unos £ los blancos, ye*ndose otros & los montes 
« y emigrando la mayor parte, unos para la frontera del Brasil y 
« otros para 6s ta ». 

Esta es, mi querido amigo, la relaci6n unanime que de sus 
infortunios me hicieron estos desgraciados, relation que mil veces 
habia oido en Pelotas y que tenia por exajerada. Suponte el 
efecto que en mi causaria y como podria acriminarlos por aban- 
donar una patria donde se les trataba como animales por gefes 
imbeciles y ladrones, y donde su tinico premio era la muerte igno- 
miniosa que recibian de sus continuas derrotas. Afligido en extremo, 
llegue al Chuy, donde me esperaban nuevos y amargos desenganos 
con la confianza de cuanto me habian dicho, y de iniquidades que 
yo mismo habia de ver y palpar. Dije>onme que Freire con su 
division estaba mas alia de Rocha y que tenia que presentarse al 
coronel V . . . , jefe de frontera, Fui, pues, £ su campamento de la 
Higuerita, distante media legua del Chuy, y le encontre almor- 
zando, rodeado de su estado mayor. 



— 364 — 

La fuerza que mandaba era de 30 hombres, inclusos 5 6 6 ofi- 
ciales. El mayor C . . . , porteilo, y otros dos oficiales, estaban bien 
vestidos ; tenian buenos chapeados y alraorzaban polios, bifes, frutas, 
vino de Champagne, etc., etc., y el resto de los oficiales y soldados 
malisimamente vestido9, y comiendo un miserable churrasco! 

Dijele que era un oriental que venia de Montevideo con el ob- 
jeto de servir en el ejercito y en la divisi6n Freire, y que esperaba 
me proporcionase los medios de ingresar a* ella. Mirome son- 
riendo y me pregunto si era giuetc. Le contests que no, pero que 
pronto lo seria con el ejercicio y la aplicaci6n. Entonces 61 y sus 
oficiales se empeilaron en persuadirme que no servia para las ar- 
mas porque no era de k cabal lo, y que s61o podria ser titil para 
infante de la divisi6n 6 escribiente de Freire. Respondiles que 
para infante, no habia salido de la capital, donde podria ser te- 
niente 6 capitan en cualquiera de los batallones de linea, que con 
aversion d esa arma iba A ofrecer mis servicios en la caballeria se- 
guro que dentro de un mes lo seria bastante para manejar el sable 
6 la lanza: que menos aun seria escribiente de nadie, pues no 
habia ido k escribir sino a pelear, convencido que en estas cir- 
cunstancias lo que necesitaba la patria, eran hombres de armas 
y no de pluma. Entonces el coronel me dijo que podia reti- 
rarme, y que 61 me avisaria cuando hubiera oportunidad de 
mandarine & la division. 

Fuime £, pasar & la Receptoria 6 Aduana de Frontera. 



El Receptor era don Felipe B . . . , espafiol, de nacion, pero 
establecido de mucho tiempo en el pais. Encontre en ella algu- 
nos soldados y un oficial sin armas y andrajoso perteneciente & 
diversos cuerpos del ejercito, que maldiciendo del general y de su 
suerte se habian retirado a comer un pedazo de carne con des- 
canso. No habia entre ellos subordinacion ni obediencia. Se tra- 
^aban con familiaridad, y estando todos cubiertos de heridas, como 
de miserias, unidos por sus comunes desgracias, convenian en atri- 
buirlas d la incapacidad y robos del gobierno y de los jefes. 

Paraba tambien en ella, y en el mismo rancho en que me 



— 365 — 

hosped£, el coronel C...., jugador de profesi6n, y que se ocupaba 
en desplumar a* cuantos zonzos caian en sus manos. Tan to este 
caballero como el Receptor, el Oficial y los soldados, extrailaban 
a una mi resolution ; — conviniendo en que manifestaba patrio- 
tismo y nobleza, creyendo, como Viiias, que era intitil para el 
campo. 

Para darte una idea de lo que me paso y lo que son nuestros 
jefes y hombres de categoria en campaiia, te voy & referir el 
siguiente suceso, que caracterizo la capacidad y talento de todos 
ellos. 

Un dia muy caluroso, de febrero, d, eso de las doce, hora en 
que todos dormian la siesta, se me ocurri6 hacer un paseo & pie 
a los cerros de San Miguel, distante una media legua. En efecto, 
fui con toda calma y volvi & eso de las cuatro. 

Poco despuSs llego V . . . . y viendome en la sala con otras 
personas, se echa & reir y le dice £ B. . . . : i conoce usted k este 
hombre ? i sabe usted k quien tiene aqui ? 

« Al senor lo conozco, dijo el Receptor, por un hombre que 
« p&ra en casa mientras no tenga oportunidad de ir a* la Division, 
« i que es lo que hay ? 

« | Que ! i no sabe usted lo que ha hecho ? continu6 V. . . . El 
« senor es un loco, pues i no se ha ido, en el rigor de la siesta, 
« & pie, hasta San Miguel ? Y despues volviendose & mi y rien- 
« dose ma's todavia : i Y es usted el que quiere servir en el 
« Ej£rcito ? Ni lo piense, amigo ». 

Todos aplaudieron este torrente de necedade s, pero yo, sin 
alterarme, lo humille 1 de un modo que 61 no esperaba. 

« Coronel, le dije, sere" loco, si usted quiere, pero puedo asegu- 
« rarle que en todos los paises del mundo desearian que todos 
sus soldados fueran tan locos como yo : un hombre que sale de 
los peligros y fatigas de la Capital, y pudiendo vivir con 
sosiego y adelanto en un pais extranjero, vuelve al suyo en 
busca de otros mayores, ya a pie, ya mal montado, sin guia, 
sufriendo el rigor de la estaci6n y toda clase de privaciones, no 
« es loco, es un patriota entusiasta, que es la primera cualidad de 
« todo buen soldado. Un hombre que camina tres leguas & pie, en 



« 
« 
« 
« 
« 



— 366 — 

« menos de cuatro horas, al rayo del sol, no es un loco, es un 
« hombre lleno de salud y vigor, aptisimo para serlo, y sino, apelo 
« & U9ted mismo. i Qui6n ser& mejor soldado y sufrird toda clase 
« de trabajos ? ^ el gaucho que no sabe andar sino sobre pies 
ajenos y que por miedo al sol pasa la mitad del dfa. echado de 
barriga, debajo de una ramada 6 dentro de un rancho, 6 el que 
como yo lo desprecia ?» 

Esta interpelacion, que caia a plomo sobre 61, lo dejo confun- 
dido, y apenas pudo decirme, para disimular su incapacidad : « Si... 
es verdad . . . pero ...» 

En fin, no te molestare con los detalles de los inutiles esfuer- 
zos que hice para procurarme caballo 6 ir & la division: habfan 
f recuentes proporciones para hacerlo, pero V . . . no me los daria, 
y sin su orden 6 aviso no me atrevfa k ir, temiendo sus resenti- 
mientos y sus informes a* F . . . y que 6ste me hiciese infante 6 su 
escribiente por fuerza. 

Durante mi residencia en el Chuy me grangSe el afecto de 
los soldados y paisanos: les agradaba oirme y sentian que no 
sirviese para la caballeria, porque no era ginete, como si no pu- 
diese serlo en adelante. A estos pobres se les puede dispensar 
por su ignorancia, pero al coronel V . . . , al coronel C . . . , al 
Receptor B . . . , \ que* estupidSz ! Estos me encontraban demasiado 
civilizado para poder ser util. 

Un hombre que tenia una inteligencia medianamente cultivada, 
patriotismo, salud y vigor, y viene a" ofrecer estos dones y esa 
vida a" la patria, es un loco! 

Si f uera un gaucho agarrado a la fuerza . . . ! 

Tal e3 el motivo de la situacion en que se halla la Repii- 
blica y el de nuestras continuas derrotas. La ignorancia crasa 
del general, de los coroneles y empleados sin tener el mas leve 
conocimiento del arte militar, sin ideas de administracion ni po- 
litica, sin saber muchos de ellos ni atin leer, se ponen al f rente 
de divisiones y departamentos, cuyo resultado es siempre el 
desorden y la anarquia. Cansado de tantos desaires y conven- 
cido de que nada podria hacer, porque no era de k caballo, 
me hubiera vuelto a* los diez dias si el deseo de ver 6 infor- 



— 367 — 

marine del estado del eje>cito y admin istracion de Rivera no me 
hubiera detenido. 



El coronel F . . . , comandante general del departamento de 
Maldonado, y coronel V . . . , comandante de esta frontera, eran 
los encargados de dar permiso para hacer las tropas de ganados 
en nuestro pais, median te el derecho de un peso por cada animal, 
que se exigfa al pasar el Chuy; de embarcar los ganados que se 
remitian & Montevideo y de vender, por cuenta del Estado, los 
que se sacaban de nuestros hacendados. B..., como Receptor, es- 
taba encargado de cobrar los derechos de los primeros y el importe 
de los ultimos. F..., desde el centro del departamento, k treinta 
leguas del Chuy, enviaba los ganados que debian embarcarse, y 
V . . . y B . . . corrian con lo demas. Dejare" al primero ocupado 
en hacer dichas remesas, en gobernar el departamento y en man- 
dar una divisi6n al mismo tiempo, y me contraere con especiali- 
dad & los dos ultimos, cuya conducta he observado diariamente 
por ma's de mes y medio. 

B . . . , su vida publica poco decorosa, y se daba un trato 
-miserable; tuvele al principio por hombre de bien, pero despu6s 
supe, por los vecinos y por los mismos dependientes de la Recep-^ 
toria, que era un jugador derrochado y que tuvo noche de perder 
cuarenta onzas : su sueldo no puede pasar de 150 patacones al 
mes, y este no se paga hace tres 6 cuatro anos, como k ningun 
otro empleado; sin embargo, 61 jugaba en grande y sostiene un 
hijo en el Colegio de los Estados Unidos. 

El coronel C . . . , europeo, no tiene mas profesion ni ofieio que 
su coronelato, cuyos sueldos tampoco se pagan. No obstante, 
mantiene bien k su familia en los campos neutrales ; anda per- 
fe3tamente vestido y montado ; se da buen trato y juega todas 
las noches, como tanibie"n el mayor C. . ., porteiio, que era su 
segundo, y dos 6 tres oficiales mds de su sequito. 

V . . . pasaba la mayor parte del tiempo comadreando y tomando 
mate por los ranchos. Una vez de manana y otra de tarde, venia 
por lo de B . . . & pasar el rato y ponerse de acuerdo con 61 



— 3G^ - 

sob re los derechos de las tropas y ventas de ganados. DcspuSs 
de oracion, el, su mayor y varios oficiales, se iban k una casa de 
juego, distante una cuadra de la Receptoria, donde se les reunia 
Nicasio C. . . oriental, el coronel C . . . L . . . y otros tres 6 cua- 
tro porteilos mds y algunos brasileros y jugaban las onxas arran- 
cadas al sudor de nuestros Jmcendados ; hasta las diez 6 las once 
de la noche, hora en que se retiraban V . . . y sus oficiales a 
territorio brasilero a dormir en seguro, dejando la linea completa- 
mente abandonada. Sus soldados se iban k los ranchos de J as 
chinas, y C . . . y los individuos pertenecientes k la Receptoria se 
venian k ella donde roncaban muy descansadamente hasta el dia. 
Tal era el orden que reinaba en esta frontera. 



Muy pronto supe por los practicantes y troperos que la fre- 
cuentaban, como por los vecinos orientales y brasileros estableci- 
dos sobre las dos orillas del Chuy, que esta Receptoria era un 
manantial de dinero. Segtin ellos, pasaban de medio millon los 
animales vacunos, los introducidos por aqui, en Rio Grande, 
la mayor parte por cuenta del Estado. 

Esta frontera no tiene mds que tres leguas y solo comunica ' 
con el departamento de Maldonado y nuestra costa hasta Monte- 
video. Juzga, pues, el que se habrd introducido por la extensa 
linea de m£s de 100 leguas que hay desde la boca del Ya- 
guaron al Uruguay, que es el gran mercado de todos nuestros 
departamentos del Este, Centro, Norte y Oeste, es decir, de las 
cuatro quintas partes de la Republica. Segun los informes que 
habia tornado en Pelotas, antes de mi partida, y los que tome* 
aqui de cuantos negociantes encontr6 que habian especulado en 
ella, y tenian conocimiento en el asunto, como de muchos indi- 
viduos del ejercito con quienes he hablado, pasan de 1:700.000 
novillos y vacas los que por ella salieron, lo que hace 2:200.000, 
la mayor parte por cuenta del Estado. 

Yoy a hacerte una cuenta de lo que importan estas salidas, 
y de los demds recursos que produjo nuestra campana, y de que 
modo se administraron, para que nadie diga que me atengo k in- 



— 369 — 

formes exagerados respecto a las cantidades de ganado y precio a 
que se vendieron. Reducire" los dos millones doscientos mil a solo 
( 1.500.000 ) un millon quinientos mil de animales : pondre" solo 
mitad vendido por cuenta del Estado, y esto al infimo precio de 
Ires pesos, aunque mucho se vendio £ cuatro y a cinco. 

750.000 novillos y vacas, sacados a nuestros hacenda- 

dos y vendidos por el Estado £ $ 3.00 uno . . $ 2.250,000 

Idem 750,000 otros sacado3 por los brasileros, pa- 

gando un peso dereeho por cabeza » 750,000 

Importe tres millones de jwsos $ 3.000,000 

Importe, de caballadas, yeguadas y muladas sacadas 
a nuestros hacendados y vendidas por el Estado 
a los brasileros $ 4.000,000 

Importe de cueros, sebo, grasa, crin y lana sacados 

de los animales de nuestros hacendados .... » 2.000,000 

Importe de los derechos de introducci6n de los efec- 

tos extranjeros introducidos por ambas fronteras . » 200,000 

$ 3.800,000 

Importan, pues, los productos de la campaila, durante los 28 me- 
ses de la invasion, ires millones y ochoeienios mil pesos. 

Y, (ique' se han hecho? i de que* modo se administraron ? 

Rivera, su secretario general el porteno J . . . L . . . B . . . , los 
receptores y comandantes de departamentos y fronteras, J... R... 
y otra porci6n de ladrones, lo saben; pues ni se pago a los hacen- 
dados y negociantes d quienes se quitaron sus ganados y efectos, 
ni se socorrio a las familias del convoy, ni se pago ni vistio la 
tropa, ni aun armas para pelear se les dio. 

Ahora sabras los gastos que ha hecho nuestro desdichado 
ejercito y lo que cuesta & la Nacion. 

En noviembre de 1844, despuSs de mi llegada a esta, se vis- 
tieron (2.000) dos mil hombres escasos, dandoles a cada uno la 
ropa siguiente: 

8 varas bayeta ordinaria para poncho y chiripa, a $ 2 % 16.00 
Una camisa ordinaria, de lienzo grueso, un calzon- 

cillo de idem, d 10 reales » 2.40 

Importe del vestido de cada soldado ... $ 18.40 



— 370 — 

Importa el vestuario de dos mil hombres a $ 18.50 

cents, uno $ 37.000.00 

I QuiSres saber lo que valia comprado aqui, al menudeo ? 

8 varas bayeta ordinaria, & 5 reales $ 5.00 

1 camisa de lienzo y un calzoncillo, £ 4 reales . . » 1.00 

Importe del vestuario de coda soldado » . $ 6.U0 

Importa el vestuario de 2.000 hombres & $ 6 uno. $ 12.000 
Robado £ la Nation » 25.000 

$ 37.000 

Y lo peor es que k los quince dias de recibido estaba el 
Ejercito completamente desnudo, otra vez, porque siendo ruinosi- 
simo y de mala calidad, se hizo pedazos al momento. 

Una ration de yerba y tabaco que se les dio se carg6 tambi£n 
a un precio escandaloso, y deben figurar en las cuentas futuras 
de la Repviblica, rn&s escandalosamente aun. 



Informado el Gobierno del partido que se podia sacar de las 
receptorias de ambas fronteras ( por otro picaro que primero las 
habia explotado en beneficio propio ) nombro una Comision, en Rio 
Grande, para que arreglase su administraci6n y responsabilidad, 
tomase cuenta & los receptores, percibiese sus productos, y con 
ellos atendiesen & las necesidades del EjSrcito en campana y al 
de la Capital, nombrando & R . . . presidente de ella, en virtud 
de ser el que tenia m&s conocimientos prdcticos en la materia. 
Este proyecto si no era bastante & producir todas las ventajas 
que eran de esperarse, era suficiente al menos para mejorar esta 
parte de la hacienda y aumentar sus recursos. No obstante, Rivera 
opin6 que este sistema de orden era un insulto hecho a su auto- 
ridad y que el gobierno no debia gobernar, y que el simple 
general era verdadero dueno de deshacer cuanto le diera la gana; 
en cuya virtud disolvio, de su propia orden, la Comision del Rio 
Grande y ordeno & todos los receptores y jefes de Departamentos 
y fronteras que siguiesen administrando como hasta entonces, y 
que no obedecieran mds ordenes que las suyas. 



J 



— 371 — 

Por este tiempo Ueg6 al Chuy* J... L... B..., secretario 
general de Rivera : paro en la Receptoria y se aloj6 en el mismo 
rancho en que est&bamos C. . . y yo, lo que me proporcion6 oir 
de su propia boca como se hallaba el estado de la hacienda en 
campaiia, la comision que traia y presenciar las infames y ver- 
gonzosas escenas de adulacion, perfidia y acusaciones reciprocas 
de estos personajes, tan to mas, cuanto que, tratandose todos 
ellos sin consideraeion, y no reservandose de hablar delante de 
mi, pude saber de ellos mismos cuanto voy k referir. 

Pero, antes te hare* conocer k este ultimo, para que veas 
que clase de hombres forman el circulo de Rivera. 

J... L... B... es porteiio, como de 40 aflos de edad y de 
buen personal. No tiene instrucci6n ni talento; su conversaci6n 
es la de un tonto, sin conocimientos, y ni atin superficiales de cien- 
c ias 6 politica. Sus ideas son mezquinas, y lo que es mas raro 
atin, carece de la verbosidad que es tan comtin entre sus paisa- 
nos. W En cambio es insufribjemente orgulloso, de modales afec. 
tados y ridiculamente vano. Su traje en campana es ostentoso, 
semejandose al que usan los personajes de operas. Como es su- 
mamente odiado marcha siempre con un numeroso acompaila- 
miento. Al Chuy ^g(y con once personas de comitiva, sin con tar 
otros dos que se habian desertado en el camino. Traia un escri- 
biente, dos muchachos que hacian oficio de paje, un negro, que, k 
pesar de la ley que los hace libres, ha esclavizado y siete soldados. 
Como los trataba con altaneria y dureza, lo abandonaron cuatro 
de ellos, mientras estaba en la Receptoria, siendo de notar que los 
mas fueron sus propios paisanos : su escribiente, que es tucu- 
mano, el muchacho mayor, un soldado argentino y otro oriental, 
y si hubiera estado inks tiempo es probable que se hubiera quedado 
solo. Su caracter personal lo hace odioso k sus propios compa- 
triotas, & los orientales y k los extranjeros de todas las naciones, 
no habiendo un solo individuo que lo quiera bien. Como hombre 

( 66 ) No hay que olvidar que esta carta se escribia en una epoca en 
que los argentinos eran odiados por los que Servian con Rivera, por el 
hecho de la invasion de Oribe. 



— 372 — 

publico pasa por un ladron y vil prostituido, y como individuo 
privado es siempre perseguido de una turba de acreedores y de 
hombres arruinados u ofendidos por 61. En Pelotas se habia man- 
dado hacer ropas de costos, frac, levitas, etc., y cuando lo hubo 
recibido desaparecio dejando desesperados & sastres y costureras. 
En Ball6s fueron & prenderlo por deudas, y se escap6 k caballo, 
y ahora cuando vino al Chuy hubieron de matarlo por ofensas 
personales. 

No obstante todo esto, sus adulaciones y bajezas le valieron 
ser secretario de Rivera. 

\ Que credito para este general y para nuestro pais ! 

B . . ., que lo odia y desprecia, pero que le teme por su poder, 
lo recibio con mueslras de mayor amistad. Este hombre, que tenia 
tres negros y una negra a su disposicion, no se avergonz6 de de- 
gradarse hasta hacerlela cama con sus propias manos ! «;Micaela! 
gritaba & la negra, esto estd muy duro ; trae otro par de frazadas 
y una colcha para la cama de don L . . . ! » y 61 mismo se la 
acomodo y mullia para que no se lastimasen las costillas del 
Secretario en las varas del catre. Por la maiiana temprano venia 
a darle conversacion en el la, y mientras B . . ., acostado con toda 
gravedad, tomaba mate, 61, sentado a la extremidad de los pies, le 
contaba cuentos y anecdotas para divertirle ; mas apenas habia 
salido del cuarto, el Secretario y C . . . se burlaban de sus adula- 
ciones y servilismo. 

Es verdad que 61 por su parte les pagaba con la misma moneda, 
pues les sacaba el pellejo con V . . . y los de su parcialidad. 

La conversacion del secretario y C al paso que me hacian 

reir, me los daba & conocer mas profundamente. Hablaban de 
honradez, probidad y virtudes publicas, de dignidad en el gobierno 
y moralidad en la administracion, como un Aristides. Segtin ellos, 
el Gobierno no habia hecho mas que desaciertos, especialmente Pa- 
checo y Lamas, que eran dos locos. Los generales Paz, L6pez y 
Madariaga, con toda la turba de jefes y coroneles argentinos, eran 
unos hombres detestables, nulos en toda la extension de la pala- 
bra, ambiciosos, egoistas 6 intrigantes, sin patriotismo ni talento. 
Solo Rivera era capaz, el sabio, el patriota y el grande hombre 



— 373 — 

que iba libertar £ ambas republicas y a darles la felicidad. Qui- 
siera oirlos ahora para saber lo que dicen de 61. 

El dia de mi llegada hablo el secretario, delante de mi, de los 
apuros en que se habia visto para pagar 11,500 patacones por 
efectos que habia tornado k los brasileros para el eje*rcito. Al 
siguiente llego Viftas, k la hora de costumbre, y en mi presencia 
le dice M...., hablando de Bustamante y de los 11,500 patacones: 
« Pero, i ha visto usted que hombre ? j Que descaro ! Decirnos 
« a nosotros mismos, que sabemos que es falso, y en nuestras pro- 
« pias caras, que ha pagado 11,500 patacones, cuando nada debia 
« ni nada se ha pagado! iQ,ue" desvergiienza! 

A lo que V... contest6: Si es asi, pues no tiene vergiienza y 
roba como un ladron ! 
Que" desvergiienza ! 

Habiendo entrado mas gente, fui & mi rancho y encontre* al 
mayor C... que habia venido & visitar al Secretario. Estaba sen- 
tado sobre mi catre : yo me sente" sobre el de C . . . y despuSs de 
habernos saludado el mayor y yo, siguieron su conversaci6ri. 
Hablaban de la conducta de V . . . B . . . ; y B . . ., con toda la 
gravedad de un varon virtuoso, con tono indignado : « En todas 
partes, amigo, en todas partes me lo han dicho sin que yo lo 
preguntara. Es una vergiienza ! Es un escdndalo ! 

« ^Que" quiere usted que piense de un empleado publico de su 
categoria que juega y hace alarde de su inmoralidad ? Por otra 
« parte, se* que se han hecho tropas, y que se ha vendido 
« ganado, y sin embargo no encuentro fondos de la Keceptoria : 
« ni un peso, y, justamente cuando m&s se necesitaban, cuando 
« tenia que hacer pagos urgentes ! Vaya, esto es escandalo- 
« sisimo ! » 

« Si, es cierto; no hay duda; tiene usted razon, seiior; esto 
es lo que sucede» contesto C..., & quien mi presencia quitaba la 
libertad que necesitaba para expresarse. Sin embargo, basta su res- 
puesta para ver que apoyaba cuanto habia dicho el secretario. 

Ahora bien, querido Bernardo: ^que* te parece de estos hom- 
bres? B. .. y V... acusan a B... de haber robado, en una sola 
partida, 11,500 patacones, que cargan al Estado como pagados por 

24 



— 374 — 

efectos que no se toinaron, y 6ste los acusa & ellos de haber he- 
cho tropas y vendido ganados cayos fondos no aparecen. 



No es esto todo. Siguiendo la conversaci6n y queriendo refor- 
zar el secretario la necesidad de no robar, y de procurar dinero, 
dijo: que en adelante no se podia tomar nada al fiado; — pero 
que para comprar una vara de bayeta se necesitaba llevar el 
dinero, pues se habia acabado el cr&lito ; que el general no 
encontraba quien le fiase una camisa; que se habia contraido 
una enorme deuda, en el equipo del eje*rcito y manutencion del 
convoy; que era eso lo que habia ocasionado esa enorme deuda, 
cuando el ejercito ha estado siempre desnudo y ni atin armas 
para pelear ha tenido, pues el unico vestuario que ha recibido es 
el miserable de Noviembre, y atin 6ste se debe por separado, 
segun su misma confesion, y cuando los del convoy, que no 
hacian gastos ningunos, cansados del hambre y miserias que le s 
hacian sufrir, se disolvieron casi en su totalidad, ye*ndose la mayor 
parte de las familias que lo componian, hace ma's de un ano, a 
Bailed, Santa Ana, Alegrete y Misiones ? 

Pero, al recordar las acusaciones reciprocas que de sus robos 
se hacian estos bribones, se disip6 mi admiraci6n. 

Ahora que ya los conozco te dire cuales eran las comisiones 
que traia el Secretario. — La primera llevarse cuanto dinero hu- 
biera en la Receptoria > y la segunda ageneiar m&s, bajo un plan 
tan inicuo como vergonzoso, para lo cual venia completamente 
autorizado. 

Escucha y p&smate! Como el Bar6n de Caxias habia privado 
a esa Provincia la introduccion de ganado del Estado Oriental, 
fuese de quien f uese, Rivera se vio privado de la fuente de sus 
recursos, y para tener dinero imagino comprar a* los hacendados 
de aqui los ganados por el precio que pidieren ( estas eran las 
instrucciones), por supuesto, al fiado, y por cuenta de la Repil- 
blica, y despues venderlos en estos saladeros, al contado, y por lo 
que dieran, a cuyo efecto lo comision6. 
. Al oir tan infame y vil proyecto. no pude menos de indig- 



— 375 — 

narme, y senti no tener el poder suficiente para exterminar esta 
caterva de ladrones ! \ Que malvados ! 

Con que no bastaban los tres milloms ochocientos mil pesos 
que produjo la campaiia, & saciar su sed de oro ; no bastaba esa 
^norme deuda que se ha contraido, sin que sepamos c6mo y en 
que; no bastaba deber el miserable vestuario de Noviembre, sino 
que era necesario hacer pagar & la Naci6n los ganados que el 
general eomprase & los extranjeros para volverlos & vender a su 
cuenta !!!... 

Felizmente, creo, no se pudo llevar a efecto por los aconte- 
cimientos que se siguieron. Al menos no tengo noticia de ello, 
pero esta fortuna no se la debemos a el sino & sus reveses, pues 
si la batalla no se hubiera dado, 6 si hubiese sido vencedor, 
en vez de vencido, el proyecto se hubiera efectuado en toda su 
extension, y entonces, jdesdichada Republica! ella misma que se 
hubiera vendido con todos sus ciudadanos, no habria bastado & 
pagar el espantoso cumulo de deudas que se hubieran contraido 
por este medio. 

POLiTICA 

Si tal ha sido su sistema de hacienda, el de su Politica, tanto 
interior como exterior, ha sido mil veces mas funesto y vergonzoso. 

Politica interior, Rodeose primero de una turba de portefios, 
que no teniendo ningun interes por nuestro pais, lo cercaron con 
toda adulacion y bajezas de todo genero, para poder, a su som- 
bra, sacarle el jugo y entre ellos repartir todos los empleos y comi- 
siones lucrativas, & cuya cabeza figura su secretario, B... J... R..., 
B... y otra porci6n de orien tales y espaiioles, que, como 6stos, en- 
traron en competencia con los portefios en los negocios escanda- 
losos y en la malversation de la receptorias y ad minis traciones 
subalternas, agarrandose sus despojos. 

El mal ejemplo lo corrompio todo y el contagio cundio por 
todas partes. 

Los comandantes de deparfcamento y frontera se creyeron 
autorizados para hacer lo mismo que su general, y a su imita- 



— 376 — 

cion vendieron los ganados de nuestros hacendados, 6 impusieron 
contribuciones a los pueblos, con el pretexto de vestir sus tropas, 
las que, sin embargo, estaban siempre desnudas. 

Ya te he dicho lo que presence en el Chuy 6 Departamento 
de Maldonado, y ahora voy k decirte lo que he sabido y se, 
antes de ir & Pelotas, con respecto al Departamento de Paysandti 
y su jefe el coronel B . . . Cuando 6ste tom6 por sorpresa el 
Salto, ademds del robo que permitio & sus soldados, echo sobre 
el pueblo una contribution de cuarenta mil imtacones en metalico 
y en efectos. Para tapar la boca & todos, pag6, vistio a* sus 
soldados, que eran 600, dandoles & cada uno dos patacones, un 
calzoncillo, una camisa de algod6n, un chiripd y un poncho de 
bayeta de lo ma's ordinario, cuyo costo, como te nice ver antes, 
es de seis pesos ; de modo f ue entre paga y vestido le loco a 
cada uno siete patacones, que por 600 hombres, son : patacones — 
4200 — Por consiguiente, se embolso 35,800 patacones, a* costa de 
un pueblo Oriental, saqueado en nombre de la Patria ! ! ! 

Atin ma's, este mismo coronel vendio £ los brasileros una por- 
ci6n de tropas de ganado. — La ultima fu6 en Octubre del ano 
pasado, de 300 novillos, & 4 pesos uno, £ un tal Mattos de la 
Sierra, y cuyo importe de 2,200 pesos vi yo mismo reducir a\ 
onzas de oro en casa de don Juan M . . . , de Pelotas, & su her- 
mano Carlos, para Uevar k su familia en Montevideo, con otros 
6,000 patacones de la misma procedencia que condujo en Noviembre 
ultimo, cuando te escribi con 61. Juzga ahora lo que harian los 
demis jefes, en sus respectivos departamentos. 

Por otra parte, Rivera, por el efecto del poder absoluto, que 
estaba acostumbrado & ejercer, ya por la edad, 6 por la exas- 
peraci6n que podian producirle sus desgracias, se volvio despota 
y altanero. Solo los jefes que tenian & sus ordenes fuertes 
divisiones y suficiente prestigio en ellas para hacerse respetar, 
eran considerados por 61 ; los demds, desde el oficiai subalterno 
hasta el coronel, todos estaban expuestos d, sus frecuentes insul- 
tos, y atin hasta su3 golpes. Esta conducta tan impolitica 
como ingrata con unos hombres que siempre se habian sacrifi- 
cado por el, produjo los efectos que era de esperar. Insensible- 



— 377 — 

mente lo fueron abandonando los jefes y ofichles ofendidos, re- 
tirandose & los departamentos 6 emigrando al Brasil, y tras ellos, 
los soldados, arrastrados tanto por su ejemplo, como por su des- 
nudez y maltrato que recibfan. 

Nuestra poblacion, en campaiia, estd dividida en dos clases, & 
saber : blancos 6 indios. Los primeros son, casi en su totalidad, 
propietarios, bien como hacendados 6 bien como intrusos, pues 
todos tienen sino campos, al menos ganados suyos. En esta 
clase, los m&s pobres de ellos est&n acostumbrados & ciertas como- 
didades y goces sociales, cada uno en proportion k su fortuna y 
& sus conocimientos. Discurren con bastante acierto, y siendo fa- 
vorecidos por la naturaleza con una raz6n despejada, conocen per- 
fect amente sus derechos, y solo por el convencimiento y buen 
modo se les puede conducir. Ellos forman la gran mayoria de 
la Nacion, y son el foco de ambos partidos, y de cuanto hay de 
noble y puro, en valor, en patriotismo y en virtudes. 

Los segundos, conocidos con el nombre de Tapes, son indigenas, 
con pocas excepciones, del Norte del Rio Negro, nacidos y edu- 
cados casi en la vida salvaje, entre privaciones y el rigor de los 
elementos. Son naturalmente sobrios y fugaces, y soportan mejor 
que nosotros las necesidades y fatigas de la vida vagabunda a 
que son apasionados. No teniendo propiedades ni estabilidad en 
ninguna parte, no sienten los estragos de la guerra, y les es indi- 
ferente su duracion, como puedan cubrir sus primeras necesidades, 
y tener mujeres y caballos. Son valerosos y aptos para la guerra, 
y aunque mucho menos numerosos que los blancos, dan propor- 
cionalmente m&s soldados que ellos, por que todo indio lo es. 
Son muy amantes de su patria, pero no sabiendo comprenderla, 
la confunden, 6, mds bien, la personalizan en sus jefes, a los que 
tienen una adhesion sin limites. Asi pues, estos hombres que por 
su vulgaridad y valor pudieran ser la ejida de la Republica, pue- 
den facilmente convertirse en sus mas terribles enemigos, & las 
ordenes de un jefe que sepa lisongearlos bien y sacar partido de 
su car&cter y costumbres: y este jefe es Rivera, que, criado con 
ellos y connaturalizado con sus modos de vivir, ha sabido ganarlos 
de tal modo que lo han seguido por muchos aiios como d un pro- 



— 378 — 

feta, tomando siempre las armas d su voz, y sacrificandose por el 
en todas ocasiones. 

En esta guerra la mitad de la clase blanca abraz6 el partido 
de Oribe, y la otra mitad, y toda la India, el de la Nacion, 
a* las ordenes de Rivera ; de modo que el triunfo no era dudoso, 
si este hombre hubiera sabido conducirse con ambos y aprovecliar 
los mismos recursos que le proporciono la campafia. Pero, des- 
graciadamente, no teniendo ninguna educacion, falto de conoci- 
miento y de idea sobre el verdadero honor, no conociendo otra 
gloria que la de mandar sin obstdculos, sin responsabilidad, ni 
otros goces que las mujeres, la pereza y el juego; en vez de 
exaltar el entusiasmo de la clase blanca, y esti mular su pa trio - 
tismo con distinciones nobles y reconocidas al valor, & los hechos 
gloriosos ; en vez de atender & sus necesidades, y tratarlos con 
la consideracion debida A ciudadanos honrados, y de organizarlos 
militarmente, se empen6 en degradarlos y abatirlos d la condicion 
de indios, tratdndolos como d ellos. Porque los indios, — sin 
instrucci6n ni disciplina, forman bandas ambul antes d que Hainan 
divisiones, con jefes que no son realmente mds que caciques, — 
quiso que los ciudadanos se transformaran en hordas indisciplinadas 
como aquellos. Porque los indios, — ignorantes en la tactica 
y armamento militar, se contentan con un mal sable viejo, muchas 
veces inutil, 6 con una lanza peor, fabricada en campafia, 6 hecha 
de un cuchillo atado d la punta de una vara, — quiso que los ciu- 
dadanos fueran con semejantes armas a la pelea. Porque los indios 
semisalvajes, sufren casi desnudos, el frio, la lluvia y el sol, 
quiso que los ciudadanos anduvieran tambien desnudos, mientras 
£1, sus amigos y jefes derrochaban, entre las mujeres y el juego, 
el producto de los ganados arrebatados d nuestros estancieros. 

Porque los indios, sin ideas, no sienten mds que las desgracias 
materiales, quiso que los ciudadanos sufrieran como ellos su 
arbitrariedad, su despotismo, sus vejaciones y desprecios. 

Este sistema bdrbaro, hijo de la ignorancia, hizo que todos los 
hombres blancos, que son verdaderos soldados por conviccion, 
honor y patriotismo, abandonasen el Ej^rcito, de donde provino 
su pequeilez y debilidad. 



t- 379 — 

Cuando Oribe invadio el pais, su incapacidad le hizo adoptar 
medidas tan extravagantes como fatales & sus propios intereses. 
Mand6 retirar a la Capital todas las familias orien tales que habia 
en la campana, lo que tanto por el hecho, como por el modo que 
se efectu6, aumento la exasperacion de este partido, sin producir 
ninguna ventaja real de suyo : al contrario, mucho mal. Fu6 asi 
que arrastro en pos de si todas las que pudo, tanto de sus 
partidarios como de los que se mantenian indiferentes a uno y 
otro, haciendo correr la voz, para conseguirlo, que Oribe venia 
exterminando todo lo que encontraba a su paso, lo que desgracia- 
damente pudo apoyar en algunos hechos aislados, pero verdaderos. 
Su objeto al tomarlas fu6 el de presentar & los invasores el 
aparato de una guerra nacional fundada en el odio de la po- 
blaci6n, ofreciendo a su vista campos desiertos y pueblos arrui- 
nados: inutilizar sus relaciones en el pais, y comprometer en la 
lucha a los tiltimos, pero sin conseguirlo. Y no lo consiguio poique 
seguro Oribe de su partido, mir6 la despoblaci6n como hija del 
terror y de la f uerza empleada por sus enemigos ; sus relaciones se 
aumentaron con los nuevamente descontentos de Rivera; y este, en 
cuanto a" sus amigos, no pudo conmoverlos. Sin embargo, logr6 reu- 
nir de once k doce mil personas, entre viejos, mujeres y niiios, en 
carretas y k caballo, segun el padron que se hizo en la costa del 
Rio Negro, y de las que casi la mitad eran de la clase blanca. 

Este convoy, en el que se encontraban muchas familias decen- 
tes y acomodadas de la Republica, anduvo peregrinando de una 
parte d otra, y sufriendo toda clase de trabajos y miserias, sin 
necesidad, por cuyo motivo empez6 la deserci6n en 61. Poco 
despues cay6 en poder de los enemigos, que lo llevaron k Paysaso, 
donde volvio & poder de Rivera, habiendo sido derrotado Piriz y 
Moreno, que lo custodiaban, por la divisi6n Ba*ez. Se fijo entonces 
su residencia en Naquira*, & tres leguas de nuestra frontera del 
Norte, pero sin que las pobres familias mudasen de suerte, basta 
que, cansadas la mayor parte de sufrir, tomaron el partido de fu- 
gar para el Brasil, asildndose en varios puntos del Imperio. 

Reducidas a mds de tres mil almas, la mayor parte indigenas, 
y viendo que dentro de poco se quedarian sin convoy y sin solda- 



— 380 — 

dos, pues estos se iban tras de las chinas, se retire de la frontera 
haciendolo preregrinar de nuevo, & la par del ejSrcito, con el 
objeto de tener un pretexto ma's para su dilapidacion y soldados 
que lo siguieran, abandondndolo d su lasciva brutalidad. 

En efecto, convertido en punto de reuni6n de todos los vaga- 
bundos y desertores del ej£rcito, formo una sola masa con 61, y 
este foco de miseria, prostitucion y barbarie, fu6 el ultimo apoyo 
de su poder mill tar. 

POLlTICA exterior 

Este hombre, que no era apto para atender d los negocios de 
su pais, cometi6 la imprudencia de mezclarse en los ajenos y 
querer representar un papel que no le convenia. En sus relaciones 
con realistas y republicanos del Brasil, lo acusan de hechos, que, 
a ser ciertos, bastarlan para desacreditarlo en ambos partidos y 
hacerlo odioso d los !ojos de todo hombre honrado. Sin embargo, 
y conviniendo en que habia cometido errores de consecuencia, no 
me atrevo a fallar sobre su conducta, en esta parte, tanto por que 
el espiritu de partido y las rivalidades nacionales pueden aumentar 
6 desfigurar sus faltas, como porque he resuelto no decirte nada 
que no sepa con evidencia. 

G U E R R A 

Como ignora completamente hasta los rudimentos del arte mili- 
tar, no habia organizaci6n, ni tdctica ni disciplina de ninguna clase 
en sus tropas, no siendo otra cosa que una aglomeraci6n de hom- 
bres de todas clases, condiciones y colores ; unos vestidos ; . otros 
medios desnudos ; unos con armas ; otros sin ellas ; y todos el los 
ignorando las obligaciones y deberes del soldado. Rodeado exclu- 
sivamente de los indios, a los que miraba como su unico amigo y 
verdadero ej^rcito, por la ciega adhesi6n que le tenian, no hacia 
caso de la gente blanca, cuyo patriotismo m&s ilustrado exi^a 
otro orden y otros medios para conducirlos, y que por lo mismo 
se le hacian intolerables ; asi es que 6stos confinados en sus Depar- 



— 381 — 

tamentos, rara vez salian de ellos, y aunque casf siempre mal 
montados, su constancia, su valor y su heroismo, han dado k la 
Repiiblica los dias de gloria que tenemos en esta sangrienta 
lucha. 

Por lo que hace & los indios, los habia fraccionado en grupos, 
al mando de jefes sin capacidad, pero valientes y de su ultima 
confianza, tales como, M..., L..., B..., B..., etc., a* lo que daba 
el titulo de divisiones, y que en realidad no eran otra cosa que 
hordas capitaneadas por caciques. Su t&ctica tan ponderada con- 
sistia en hacer marchas y contramarchas intitiles, acampar en lu- 
gares seguros, cortar el encuentro de los enemigos y hasta huir de 
su presencia, excepto cuando por su capricho iba a* batirlos. Asi 
es que estos hombres, aunque naturalmente soberbios y valientes, 
llegaron k degradarse hasta el ultimo extremo. Envilecidos por la 
miseria, afeminados por la prostitution del convoy y acobardados 
por la infame costumbre de correr, sin ideas nobles que iluminaran 
su alma, ni motivos que despertaran su entusiasmo — no tenfan 
empeno en batirse ni vergiienza en huir, siendo sus resultados las 
vergonzosas de Arroyo Grande, Malbajar 6 India Muerta. 

Pero, si este cuadro de amarga y dolorosa realidad puede hu- 
millarnos, otros tenemos tan verdaderos y de hechos grandes y 
gloriosos, que nos honran, y prueban de lo que habria sido capaz 
el valor y el patriotismo nacional, si lo hubiera dirigido otro 
hombre que no fuese Rivera. 

Mientras este imb6cil y sus hordas huian, 6 estaban en la 
inaccion, el honrado y valeroso Flores, con un puflado de orien- 
tales, peleando siempre uno contra dos, contra tres y hasta cua- 
tro y cinco, batfa k los enemigos en la horqueta del Rosario, 
mandados por Nunez; en la Colonia y San Juan, mandados por 
Montoro y Crispin Velazquez; y k Servando, con 2,000 hombres? 

* 

en la noche de la Cuchilla, cuando 61 solo tenfa 400! 

El departamento de Maldonado, despu6s de destruida . su her- 
mosa division por la nulidad y cobardia de S..., ocupado por 
mds de 2,000 hombres, y sojuzgado en toda su extensi6n, vuelve 
a levantarse, y siguiendo k caudillos nuevos y desconocidos, los 
bate y los derrota en porci6n de encuentros, los arroja de su suelo, 



— 382 — 

organiza otra division de 500 valientes, al mando de Freire; abre 
comunicaciones con la Capital; le en via ganados; y crea un nuevo 
manantial de recursos & la Receptoria del Chuy. 

Varios jefes subalternos obtienen triunfos, mas 6 menos 
importantes, en diferente9 puntos de la Republica, mientras las 
partidas sueltas y los valerosos matreros que Jtormigueahan en 
todos los departamentos, acosaban sin cesar, y destruian las fuer- 
zas enemigas, dando asi un testimonio elocuente de su capacidad 
y heroismo, cuando no estaba inutilizado por la autoridad del 
General. 



ESTADO DE LA CAMPANA ANTES DE INDIA MUERTA 



Sin embargo, nuestra causa representaba un horizonte bastante 
halagiieno, considerado en relacion con la admin is tracion de Rivera. 

Poseiamos los ganados y poderosos departamentos de Maldo- 
nado y Paysandu, que por su extensi6n, poblaci6n y riqueza 
equivalen & los dos quintos de la Republica, Tenia mos a nuestra 
disposicion sus numerosos recursos, las dilatadas fronteras del 
Brasil y la costa del Mar del Hud. Podiamos presentar un efectivo 
de 3,800 hombres, sin contar con las montoneras y matreros, que 
dominaban el resto de la campana, no teniendo los enemigos mas 
lugar que el que ocupaban sus fuerzas y pueblos fortificados. 

Tal era su estado cuando se le ocurri6 & Rivera emprender 
operaciones m&s decisivas. 

Al frente de 3,000 hombres y seguido del convoy, marcho, por 
segunda vez, sobre el Cerro Largo. Este pueblo habia sido cuida- 
dosamente fortificado por el enemigo. El centro estaba circuido por 
una muralla de piedra de tres varas de alto y resguardado por 
un pozo de cuatro de ancho y proporcionada profundidad. Como 
de seis k setecientos hombres de guarnicion, eritre vecinos armados 
y tropa, y cuatro piezas de artilieria. No obstante, no hubiera 
sido dificil de tomar por otro general, pero Rivera carecia de la 
capacidad necesaria para ello. Intima la rendici6n £ su coman- 
dante Dionisio Coronel, que contesto, como antes, con insultos y 
desprecios. Quiso entonces vengarse y aterrar al vecindario, y en 



— 383 — 

esa noche, 6 la siguiente, mando quemar cuanto rancho y casas 
existian fuera de la muralla. En efecto: le dio fuego a mas de 
doscientas: las de material se desplomaron y los ranchos se redu- 
jeron & cenizas. 

Contempla tti el terror de aquel pueblo, cercado de llamas por 
todas partes; el dolor y la desesperacion de las familas encerradas 
en 61, viendo quemar sus casas, y juzga el efecto que debio pro- 
ducir en ell as, y en el mismo Ejercito de Rivera. Desesperados 
los vecinos, resolvieron no entregarse; y participando de sus senti- 
mientos, muchos oficiales y soldados de nuestro Ejercito, indigna- 
dos ante la imbecil barbarie de su General, que asi quemaba uno 
de los mejores pueblos de la Reptiblica, lo abandonaron, desertando 
de sus filas. 

Rivera incapaz de tomarlo por asalto, lo sitio con la esperanza 
de reducirlo por el hambre y la sed. Al mismo tiempo lo batio 
con un canoncito de k cuatro y con guerrillas de caballeria soste- 
nidas por 60 infantes, unicos que tenia. Empezaba & sentirse la 
falta de hambre en el Pueblo cuando lleg6 Urquiza, con su soco- 
rro, y Rivera huyo, como siempre, & la vista del enemigo, con 
perdida de 80 hombres, cargado de las maldiciones del vecindario 
y del desprecio de sus propios soldados. 

Esta ignominiosa huida acabo de desacreditarlo, y desmoralizo 
el Ejercito; del que m£s de cuatrocientos hombres desertaron. 

INDIA MUERTA 

Entohces, y como si el genio del mal le guiase, tuvo la fatal 
ocurrencia de venir d comprometer lo tinico bueno que quedaba — 
el departamento de Maldonado y su divisi6n. Al entrar en el, 
envio el convoy k Santa Teresa, escoltado por unos 300 hom- 
bres de caballeria, desnudos, y sin armas; 45 hombres que le ha- 
bian quedado, incluso los oficiales, el cailoncito de & cuatro, y 
otros dos desmontados. Todo esto bajo las 6rdenes del coronel 
B . . . A . . . , con el titulo de jefe del convoy y comandante ge- 
neral de la frontera de Santa Teresa. 

Este coronel de mas de 50 alios de edad, tan nulo como los 



- 384 — 

dema*s, y habitual men te borracho, vino cometiendo mil tropelias. 
Mato al desgraciado capitdn Luna ; persigui6 al viejo patriota 
comandante MSndez ; ocasiono la disolucion de la partida de 
aque*] y la emigraci6n de muchos vecinos, presentando el raro 
espectdculo de soldados y familias coloradas que huian de los 
colorados ! ! . . . 

Me entraba yo en el Chuy buscando los medios de ir £ la Di- 
vision Freire, despu£s de la partida de V . . . , cuando lleg6 A . . . 
con el convoy. Su llegada entorpecio mi inarcha. A ella tal vez 
debo la vida. Empeiiose en que yo debia de ser su escribiente; 
excuse*me cuanto pude; y ya no me quedaba m&s alternativa que 
la de ir a* su lado 6 emigrar, cuando la derrota de India Muerta 
nos hizo correr k todos. 
Vuelvo & Rivera. 

DespuSs de haberse deshecho del convoy, marcho al centro del 
departamento, y llamo & Freire, que estaba sitiando 6, Maldonado, 
pr6ximo & tomarlo por inteligencia secreta, ordena*ndole termi- 
nantemente presentarse, sin perdida de tiempo, en el ejercito, con 
su divisi6n. Constaba e*sta de 500 valientes, bien montados, 79 
infantes y una culebrina de a seis, con mds los piquetes de la 
division Flores que habian venido de Montevideo. 

Entretanto 61, con 1,500 hombres, con caballos de tiro, hizo 
una marcha forzada, para sorprender el pueblo de Minas; pero 
le sali6 al encuentro Urquiza y volvi6 & huir. Reunido k sus 
ejercito, que apenas alcanzaba ya £ tres mil hombres, con la 
division Freire, retrocedio a India Muerta, lugar de aciago re- 
cuerdo y que eligio para dar la batalla. 

Los preparativos fueron muy singulares. En los Corrales habia 
deshecho la divisi6n Bacz, dej indole 500 hombres, repartiendo 
los 400 restantes en las demds; y ahora deshizo la de Maldo- 
nado fraction a* ndola en tres 6 cuatro partes que agrego a" lo 
otros cuerpos. Quito y puso nuevos jefes, y al nulo y cobarde 
S. . ., que no tenia m&s que 120 hombres, le form6 una division 
de 600, £ expensas de los otros. En fin, desorganizo completa- 
mente el ejercito, y lo imposibilito de veneer; pues en tropas 
sin tactica, ni disciplina como 6stas, en que toda su organization 



— 285 — 

consiste en la seguridad de sus compaiieroa y jefes conocidos, el 
desapartarlos y darles nuevos caudillos es desorganizarlos. 

Por otra parte, los 700 hombres, unicos con quienes se podia 
contar, que eran los orientales blancos de Maldonado, Flores y 
algunos otros, que, k fuerza de patriotismo, habian sufrido hasta 
entonces, y que reunidos en un solo cuerpo tal vez hubiesen 
fijado la victoria, no podian hacer nada desarmados como estaban 
entre las hordas afeminadas de indios, acostumbrados a huir segun 
su detestable sistema. 

Con su ejercito en tal estado, hecho un caos de anarquia y 
confusion ; los soldados desnudos y casi desarmados ( habiendo 
oficiales que entraron en pelea sin mas arma que una pistola ) ; 
y sin confianza los unos en los otros ; presento la batalla al 
enemigo antes que llegara la fuerza del convoy, que habia man- 
dado buscar y estaba ya en camino. 

Urquiza, que tenia 4,000 hombres perfectamente vestidos y 
armados, y sobre todo rigurosamente disciplinados, la admiti6. 

La acci6n se empeiio por nuestra izquierda que mandaba 
S . . . , y en el momento de encontrarse los escuadrones, ya sea 
por ineptitud, por cobardia 6 por creerlo necesario, mand6 una 
evolution que los soldados no entendian, porque no se les habia 
enseiiado ; de modo que unos dieron media vuelta k la izquierda, 
otros k la derecha, y otros quedaron de frente ; en fin, se envol- 
vieron y todo qued6 en desorden. Atacados, entonces huyeron sin 
hacer un tiro ni dar una lanzada. 

La reserva, que era la division B..., en vez de acudir al con- 
flicto, huy6 tambi&i, y dejo comprometido el resto del ejercito. 

El centro di6 una carga briosa, pero no pudo sostenerse; y 
en la derecha, donde se hallaban casi todas las fracciones de 
la divisi6n de Maldonado, aunque sola, abandonada de todos y 
casi cercada, no huyo; pele6 con heroismo, atropello de frente, 
arrollo la caballeria, pisoteo k la infanteria y pas6 k retaguardia 
del enemigo, internandose en las sierras del . departamento. 

Los 79 infantes que se retiraban k paso de trote fueron ren- 
didos sin haber disparado un solo tiro, y la culebrina, que solo 
habia hecho 6, antes del choque de. los ejercitos, quedo abando- 
nada en el campo. 



— 386 — 

Tal fue esta c6lebre y aciaga Jornada, que Urquiza ha decc* 
rado con el pomposo titulo de batalla disputada por dos horas, 
cuando no dur6 tres minutos, pues casi todo el ej6rcito huyo sin 
pelear en el momento de la carga. La derecha, que fu6 la uniea 
que se batio, no hizo m&s que atropellar con resolution, y abrirse 
paso a* punta de lanza, llevdndose por delante cuanto encontro. 

Urquiza, para darse importancia, dice que Rivera le presento 
4,500 bultos, y que 61 solo tenia 3.000. 

Es faiso! Rivera no tenia m&s que 3,000 y 61 4,000, casi la 
mi tad orientales. 

Dice que nos mato mil hombres y nos tomo 700 prisioneros. — 
Es falso ! 

Nuestras perdidas, entre muertos, heridos y prisioneros no 
alcanz6 a 400 hombres. 

Sin embargo, la Jornada ha sido decisiva y jam&s se ha visto 
otra derrota semejante entre nosotros. Con ella hemos perdido, de 
un solo golpe, el fruto de veintiocho meses de combates, de sacri- 
ficios v de heroismos. 

El enemigo se apodero de todo y quedo dueno absoluto del 
pais. 

Nuestro ej6rcito, 6, mejor dicho, nuestras hordas de indios, 
emigro al Brasil, por ambas fronteras, y con e"stos el imb^cil 
Rivera, autor de nuestros desastres, odiado y maldecido no solo 
de los jefes y oficiales, sino hasta de los soldados, de esos mis- 
mos indios que tanto se sacrificaron por 61 y de cuya adhesion 
y tolerancia abus6 por tanto tiempo. 
> 

LA EMIGRACI6N 

El 27 de marzo, a las 7 de la mafiana, fue el encuentro de 
los dos ejercitos. A la madrugada del 28 tuvimos noticia de 61, 
y & eso de las diez, del mismo dia, supimos con evidencia la de- 
rrota. Cerca de medio dia llego el convoy, acampo a veinte 
cuadras del paso, y todo el mundo se preparo para pasar la 
frontera en ese dia 6 en el siguiente. 

El 29, por la mafiana, pasaron el Chuy todas las familias 



— 387 — • 

que hacia tiempo estaban avecindades en el, con sus caballos, 
sus ganados y cuanto poseian. 

A las 11 la pasaron el Keceptor y los empleados de la Re- 
ceptoria, llevando en carretas todo lo perteneciente k la misma; y 
poco despuSs se puso en marcha el convoy. * 

Una fuerza brasilera de 200 hombres de caballeria cubri6 
esta parte de la linea y sus jefes con sus pique tes ocupaban el 
paso real. 

Ciento cincuenta carretas, puestas en linea, una tras de otra, 
formaban la primera parte deL convoy ; venian picadas por viejos, 
niilos y hasta por mujeres, k pie" y k caballo ; al lado de cada 
una marchaban los animales vacunos f cabal lares que les pertene- 
cfan, pero todo, flaquisimo, porque Rivera, al separarse de el, 
le saco cuantos caballos buenos, y hasta regulares,' tenian. 

Las carretas eran verdaderas areas de No6 ; llenas, por den- 
tro, de ropa y trastes; las familias agrupadas contra el techo, sin 
poder moverse, mientras por fuera y por debajo .se veian colgados 
azadores, ollas, sartenes, lefia, etc., etc. 

Apenas hubo pasado cuando ma's de dos mil viejos, mujeres 
y nifios, casi en cueros, descarnados y hambrientos que componian 
la segunda parte, llegaron al rio. 

Era preciso no tener alma, 6 tenerla de bronce, para no sen- 
tirla despedazada, al ver este cuadro de dolor y desolaci6n. Aquf-, 
una mujer montada en un caballo flaco y escu£lido, llevaba un 
nino delante y do3 en ancas, y otro atado k la cola con los 
utensil ios de su hogar. Alii, una muchachita de 9 k 10 ailosi 
descalza y en camisa, marchando k pie, conduciendo de la brida 
el caballo en que iba la madre 6 la abuela enferma, y otro 
con sus hermanitos ; alia, un viejo arreando un animal en que 
iban agrupados cuatro criaturas; ac&, otro que apenas podia mo- 
verse, acompaflaba k un hijo mozo que lo llevaba del brazo, con 
un chiquito k la espalda, y el atado de ropa en la cabeza ; y 
ma's alia otra, con un pequenuelo de pechos, seguidas de tres 
6 cuatro mds asidos por sus rotos vestidos. Toda esta multitud 
mezclada, y confundidos los de k pie con los de k caballo, se 
precipito al paso, envuelta en el tropel de los animales, que lo 



— 388 — 

pasaban al mismo tiempo. El rio estaba crecido, los viejos y la» 
mujeres \o pasaron con el agua por la cintura, y las criaturas, 
con las cabecitas de fuera, en los brazos de sus madres. 

La mafiana habia estado hermosa, pero el cielo, como si no 
estuviera cansado de tanto infortunio, quiso aumentarlo ; y una 
tormenta deshecha, de truenos, de agua, de viento y frio acom- 
pano el pasaje del convoy. Aquellos desdichados, al salir del 
rio, ensopados y ateridos, tenian que marchar por barriales in- 
mensos, salpicados y cubiertos de lodo, caySndose en unas par- 
tes y hundiSndose en otras. Eran un verdadero objeto de com- 
pasi6n. 

Con los ojos arrasados eri lagrimas y el coraz6n lleno de in- 
dignaci6n y amargura presencie este espectaculo horroroso para 
todo oriental que ame su patria. Conmovido con su vista, un 
sentimiento vivisimo de humanidad y patriotismo hacia hervir la 
sangre en mis venas, y creo que hasta tenia calentura y delirio. 

Maldije, mil y mil veces, la hora execrable en que nacieron 
Rivera y Oribe, y maldije nuestra ceguedad y torpeza, y ese 
infernal espiritu de venganza y partido, origen de nuestros males. 
Si, s61o el que como yo ha visto, como yo, con sus propios ojos, 
el cuadro lastimoso de la emigracion, puede sentir debidamente 
los infortunios de la Patria, conocer su ingratitud, la mezquindad 
y miseria de las pasiones que los ocasionaron. 

Poco despues verific6 su paso la fuerza emigrada. 

Eran 8 k 900 hombres en columna de & 4 de frente, y a su 
cabeza el coronel Baez, casi todos indios, muchachos en cueros* 
sin m&s vestido que un pedazo de poncho viejo agujereado; el 
que tenia lanza no tenia sable, y el que tenia sable no tenia 
lanza; armas de fuego rarisimas y municiones ningunas. Alii vi 
un oficial, joven, bianco, rubio y de bello personal, sin mas ropa 
que una camisa sin mangas y una jerga del caballo de chiripa, 
de modo que no podia moverse sin mostrar las carnes. Este 
desgraciado, avergonzado de su situacion, se escondia para ocultar 
su desnudez. 

Juzga, por esto, cual seria el estado del ejSrcito ! 

El general Medina, que se hallaba en Rocha, cuando la de- 



— 389 — 

rrota, se dirigio inmediatamente a Santa Teresa, donde pudo re- 
unir los dispersos y formar esta columna; la hizo pasar el Chuy 
y 61 se quedo del otro lado, hasta la madrugada siguiente, ya 
para proteger su retirada, ya para reunir los otros dispersos que 
fueran llegando. En fin, cuando se incorpor6 £ ella podria su- 
bir a mil hombres, incluso diez coroneles. El general Rivera, se- 
guido de algunos grupos, emigr6 por la frontera del Yaguar6n, y 
el resto del eje*rcito qued6 diseininado en el interior de la Repu- 
blica, de modo que al amanecer del 30 ya no quedaba vestigio 
de aquel dominio casi exclusivo, de aquella posicifin ventajosa 
que teniamos tres dias antes. 

Sin embargo, en medio de tantas desventuras, y cuando pare- 
cia que esta horrorosa catdstrofe nos habia sumido en un abismo 
de humiliation y vergiienza, una porci6n de hechos gloriosos, de 
patriotismo y grandeza, han ennoblecido estos momentos aciagos, 
y reeomiendan nuestro car&cter y desgracia al respeto y aprecio 
de cuantos amen el dulce nombre de la patria. Varias familias 
del convoy se negaron & pasar la frontera: les hicieron presente 
el riesgo que corrfan y que iban d, ser asesinadas por los blan- 
cos. « Lo sabemos, respondieron, pero preferimcs la muerte a la 
emigraciori ». 

Una china se arroj6 al suelo, con sus hijos, gritando : « Quiero 
que me maten los blancos, quiero morir en mi tierra». 

Un oficial, no pudiendo sufrir la idea de emigrar, salio de las 
filas diciendo : « Yo nacf oriental y quiero morir peleando por 
« mi patria, antes de abandonarla. Soldados ! el que sea pa- 
« triota sigame ». Y al momento mas de treinta ginetes lo si- 
guieron. Poco despues muchos oficiales y soldados, conmovidos 
con su ejemplo, hicieron lo mismo; y es probable que la mayor 
parte lo hubieran seguido, a estar mds bien montados; pero des- 
graciadamente sus caballos estaban cansados, pues eran los mis- 
mos de la batalla y no tenian como mudarlos. 

Estas escenas se repitieron al dia siguiente, cuando los brasi- 
lleros quisieron desarmarlos. Unos ocultaron sus armas, otros las 
rompieron; y muchos se volvieron con ellas, por no entregarlas. 
Uno se paro gritando : « i Qu6 ! i no somos todavia bastantes des- 

25 



— 390 — 

« graciados ? i no basta tener que dejar nuestra tierra, sino que 
« quieren todavia sacamos las annas? Nadie me quitara* las mias: 
« me las di6 la patria para defenderla y morirG con ellas en la 
« mano. » Y se volvio con otros & la Republica, sin embargo de 
estar ya la frontera en poder del enemigo. — Tal vez habra 
muerto al pasarla, pero su resolueion los honra £ ellos y al suelo 
en que nacieron. 

En fin, los brasileros, para desarmarlos, les ofrecieron devol- 
verselas cuando quisieran volver al Estado Oriental. 

Toda la tarde del 29 estuvo lloviendo, y el convoy y la column a 
marcharon, sin descanso, hasta el lugar que les habian destinado 
para acampar. 

Delante de la columna iban siete ti ocho perros, saltando y 
jugueteando unos con otros. La actitud de aquellos inocentes 
animales tambien me conmovio. No obstante, ; cuanta diferencia 
entre ellos y el hombre ! 

Como yo f uese cerca, el coronel B . . . me hizo llamar por 
uno de sus ayudantes. 

Pregunt6me quie"n era y si conocia el pais. Sobre mi respuesta 
me pidio noticias de las localidades mds & proposito para hacer 
paradas, y los recursos que ofrecia el suelo. 

Diles cuantas pude, y con este motivo tuve ma's de media hora 
de conversaci6n con el. 

Este coronel se parece bastante d su hermano Carlos, en su 
semblante y su personal. Tiene un aire de petulancia y de or- 
gullo remarcables, y su conversaci6n revel a al ins tan te su falta 
de instrueeion y de talento. Yo tenia formado otro concepto de 
61, en virtud de su fama, pero desde el momento que le habl6, ya 
no extraiiS que con tales jefes se perdiese nuestra causa. Esta 
noche la pas6 en casa de don Antonio Farias, hacendado brasilero, 
bastante rico, a 2 1/2 leguas de nuestra frontera. Encontre" alii k 
nuestro consul y tres seiiores franceses, — dos negociantes y uno 
meclico. A eso de las ocho lleg6 F... S... con varios oficiales y 
comandantes, y cenamos juntos. Te aseguro que en mi vida he 
tenido mds verguenza que entonces. 

Los tales jefes, ignorantisimos y sin ideas, discurrian tan mal, 
que no lo hubieran hecho peor nuestros indios. 



— 391 — 

Los franceses, aprovechdndose, sin duda, de esa ventaja, trata- 
ron de darse importancia, encareciendo los servicios de sus compa- 
triotas en Montevideo, diciendo que nuestra salvacion debiamos es- 
perarla de la generosidad y companion del pueblo francos. Tome* 
entonees la palabra, liable" con moderaci6n, pero con razones y 
energia, y muy pronto reduje a silencio k aquellos charlatanes. Ni 
F... ni sus oficiales me conocian, pero les agrad6 mi eonducta, 
y me manifestaron aprecio, al que siento no poder corresponded 
Despues de la cena se retiraron al campo, sin querer aceptar la3 
camas que se les ofrecia. 

El dia siguiente, 30 de marzo, & las siete de la mailana, em- 
prendi mi marcha. Estaba Ma y garuosa, y una densa niebla 
ocultaba por todas partes el horizonte. Sin embargo, algunas 
rafagas del S. E. solian aclarar moment&neamente la atmosfera, y 
en uno de esos instantes, pude ver, por ultima vez, los cerros de 
Han Miguel, hermosas alturas de nuestra patria. Heridas por los 
rayos del Sol se presentaban destacados sobre el fondo oscuro de 
la bruma. Parecian elevarse sobre las vecinas llanuras, para 
contemplar nuestra emigraci6n y desgracias. Poco despuSs volvie- 
ron k desaparecer, y ya no los vi mas. Esta vista desperto en 
mi tristes y sensibles recuerdos ! 

I Cu&n distinta era la situaci6n de mi espiritu y mi posicion 
personal dos meses antes, cuando lleno de entusiasmo y alegria 
cruzaba estos mismos campos en demanda de mi patria, de peli- 
gros y combates ! Enternecido, no pude reprimir mis lagrimas : 
volvi la cabeza, y cuando me hube desahogado, segui mi ruta. 

Habia andado poco mis de una legua cuando encontre* el 
convoy. Los brasileros habian retirado sus ganados y la vista no 
descubrla otra cosa que una vasta llanura desnuda de arboles y 
casas, cubierta de agua, sin m&s vivientes que los que habian 
llegado la noche anterior. Sobre aquel campo lleno de lodazales 
y regado de l&grimas, sin lefia ni combustible con que hacer fuego, 
mojados y ateridos de frio, esperaban la orden de marchar. Hacia 
dos dias que no comian, y sus semblantes demacrados y marchitos 
manifestaban, con muda pero pat6tica elocuencia, las necesidades 
que sufrian. Cuanto alcanzaba la vista en una extensi6n de dos 



— 392 — 

leguas estaba cubierto de grupos de familias y de animates pa- 
ciendo a" la ventura. Por todas paries se veia a un tiempo la ac- 
tividad y el descanso, mientras unos, ya sentados, ya en pie, se 
apinaban para darse calor, 6 se envolvian en las jergas de sus 
caballos, otros, impacientes, se ponian en camino esperando hallar 
viveres y leiia. 

El aspecto de aquella llanura dilatada y sombria, en que ape- 
nas el silencio de la naturaleza era interrumpido por el triste su- 
surro, podria decirse, de nuestra lenta marcha; aquella escena de 
movimiento, pero sin vida; aquella muchedumbre de miserables 
fugitivos; aquella niebla glacial y aquellas garuas heladas, — todo 
este con junto realzado por la perspectiva monotona y uniforme de 
las cordilleras de arena blanca del albardon que se extendia £ nues- 
tra derecha — me recordo la f unesta retirada de los f ranceses . en 
la Kusia. Con efecto: India Muerta era nuestro Moscou, v la 
emigration nuestra retirada. Pero, ; que desgracia ! Los franceses, 
batidos por los elementos, dejaban un pais horrible, para volver 
a* Francia; mientras nosotros, hijos y duenos del mds hermoso y 
rico de Sud-America, batido3 sin pelear, perdidos por la imbeci- 
liclad de nuestros jefes, huiamos del nuestro para llevar una 
vida de humillaciones y de infortunio en el extranjero. 

Llegue al Yerbalito, donde estaban las carretas haciendo 
cabeza del convoy. Era cerca del medio dia, y despejandose el 
cielo, quedo todo iluminado por el sol de Otoiio. 

Poco despue*s llego el general Medina con algunos jefes y la 
columna que habia quedado atrds. 

Las familias que habian traido algunos viveres empezaron a 
comerlos & campo raso, y los que no los tenian se acercaban a 
el las, esperando participar de tan escaso alimento, cuando un 
chasque del jefe brasilero al general Medina, lo puso todo en 
movimiento. 

Se decia que los enemigos habian pasado la frontera ; que re- 
clamaban el convoy y las armas de la fuerza emigrada, amena- 
zando entrar ellos mismos & buscarlas si no se las entregaban, y 
que, por lo tanto, era preciso que inmediatamente se pusiesen en 
marcha para el interior. 



- 393 — 

Efectivamente: habian entrado mds de una legua, dejando a su 
retaguardia las fuerzas brasileras, sin hacer caso de ellas. Se ha- 
bian llevado varias familias y carretas, despue*s de cometer algunos 
asesinatos, haber insultado personalmente al jefe de la linea y 

» 

hasta amenazdndolo. 

Aterrados los brasileros, con estos desafueros, y mds asustados 
y despavoridos que nosotros mismos, no se atrevieron d hacerse 
respetar en su terreno, y al verlo, se habria dicho, que eran 
ellos los derrotados ! 

Fue*, pues, preciso abandonar la comida. En un momento se 
ensillaron los caballos, se uncieron los bueyes y se puso todo 
el mundo en camino. Como los caballos y boyadas estaban fla- 
cos, y muchos infelices venian a pie, las jornadas eran cortas. 
Por eso el convoy hizo alto & las tres leguas. 

Yo me adelante* un poco para hacer noche en casa de Inca 
Cardoso, estanciero acomodado. Encontre" algunas partidas brasi- 
leras y varios vecinos: los unos de paso y vigilancia, y los otros 
para saber noticias, pero todos sobresaltados y temerosos, no menos 
del convoy que creian les iban & concluir las vacas, que de los 
blancos que los venian a insultar y d robar. 

Empezaron d llegar entonces algunos de los emigrados, que, 
desfallecidos de hambre y de cansancio, imploraban un pedazo de 
carne 6 un poco de maiz. A los primeros se les dio algunas espi- 
gas, sin decirnada; pero, cuando se vi6 que los p idle ntes llegaban 
a media docena, no se pudo ocultar su desabrimiento, y aunque 
contenido por mi presencia, manifesto" temor de que le concluyesen, 
en aquella noche, el maiz de su cosecha. Los orientales, los hijos 
de este suelo tan feliz y privilegiado por la naturaleza, donde 
hasta los perros desprecian la carne, recibiendo algunas espigas 
de maiz de la compasion insultante y grosera de los brasileros ! 

Este espectdculo punzante y doloroso me hizo saltar las ld- 
grimas. Sentado en un rincon de la sala, abatido y humillado, 
no me atrevia d levantar la cabeza; y cada indio 6 chino que lie- 
gaba era una nueva puilalada que me atravesaba el coraz6n. 

Serian las 9, cuando llegaron J... R..., y el coronel E..., 
que habia ido preso antes al Chuy, y otro extranjero que no co- 
nozco, perteneciente al ejercito. 



— 294 — 

Estos tres f antasmones ridiculos, tan ignorantes como B . . . y 
S . . . , me hicieron salir otra vez los colores d la cara, con sus 
tonterias y necedades. 4Q116 juicio se habr&n formado I09 brasile- 
ros de nosotros, al ver que todos nuestros jefes, empleados y 
magnates, son tan despreciables, por mds que ellos esten afortuna- 
damente en el mismo caso ? 

Al dia siguiente me separS del convoy, no pudiendo soportar 
el triste cuadro de sus miserias, y desde entonces hice mi viaje, 
solo, pero sin que le faltasen escenas interesantes, que omito, por 
no hacer demasiado pesada esta carta. La concluire* con el siguente 
Estado de las fuerzas permanentes que pudo tener la Reptiblica, 
en campaiia, contando s61o con las que ha tenido Rivera y que 
su politica y nula administration han perdido. 

( 6 ~) de la divisi6n Silva, numero bajo 500 

naron hasta el Uruguay 1.000 

orio de la Reptiblica 1.000 

blancos 300 

Fuerza del Brasil inutilizada en Montevideo 200 

Muertos en la campaiia, antes de India Muerta . . . . 1.000 

Ejercito que pele6 en India Muerta 3.000 

Fuerza del convoy que no entro en pelea 350 

Idem de Camacho, en el Cerro Largo, y partidas sueltas . 150 

Total .... 7,500 

Tuvimos pues 7,500 hombres que la torpeza de nuestro general 
redujo a solo 3,500 ; menos de la mitad ! ! ! 

(6?> El manuscrito esta inutilizado en una de las esquinas del papel, 
y los pantos suspensivos asi lo indican. El lector inteligente puede fa- 
cilmente suplir esa falta. 



395 — 



DEMOSTRACION 

DK I.O QUE IIUBIERA COSTA DO EL VESTIDO Y ARMAMEKTO DE ESTE EJERCITO, NO DB 
CAI.ZONCILLOS Y CHIRIPA, COMO SB USA EN BSTOS PAiSES, SINO UNIFORMADOS Y 
AHMADOS CON GUSTO, SOLIDEZ Y ELEGANC1A, A LA EUROPEA, Y ADEMAS SOCORRIDOS 
CON SUELDO MENSUAL. 

Prevengote que no puedes hacer objeciones ningunas al costo 
del vestuario que asigno & los jefes y soldados, porque, de prop6- 
sito, lo he puesto d precios mas caros atin que & lo que se venden 
aqui dichas ropas y efectos en las tiendas, al menudeo, y & la que 
me costo de igual cantidad para el campo. 

UNIFORMES PARA SOLDADO 



8 camisas de zaraza 6 madras, 6, 8 reales .... 

6 pantalones verano, de lienzo azargado, d 8 reales 

6 calzoncillos de lienzo, a" 4 reales 

3 pantalones de paiio bueno, para invierno, a 6 pesos 

3 chaquetas idem, militares, & 6 pesos 

3 morriones de paiio 6 cuero, & 2 pesos .... 

1 poncho de paiio, en 

1 docena pailuelos de algod6n, & 2 1/2 reales . . 

1 balija de cuero, peine, cepillo, etc. . . . . . . 

1 montura completa de freno, estribos y espuelas . 

Suma . 

1 lanza 

armas { 1 sable pelea 

1 tercerola 



5 


8.00 


» 


6.00 


» 


3.00 


» 


18.00 


» 


18.00 


» 


6.00 


» 


12.00 


» 


3.00 


» 


2.00 


» 


12.00 


$ 


88.00 


» 


2.00 


» 


4.00 


» 


6.00 



Total . . $ 100.00 

Costo total de cada soldado armado y unif de campafia : 

eien pesos. No entra en esta cuen ser de vaca 6 potro, que 

sobre ser m&s com...... W que ninguna otra y muy her- 

(68; VSase nota anterior. 



396 — 



mosas y militares tienen la ventaja de no eostar nada, sacan- 

dose de los animates y caballos que mueran. 



MENSUALIDADES 



7.000 soldados, a 4 pesos por mes $ 28.000 

500 jefes y oficiales, & 40 pesos, uno con otro . . » 20.000 

Suma . . $ 48.000 



Costo durante los 28 meses de campana . . $ 1.344.000 

ARMAMENTO 

7.000 soldados vestidos, armados, k 100 

pesos c/uno % 700.000 

500 jefes y oficiales, idem, a 200 pesos 

uno con otro » 100.000 

Polvora, balas, tambores, clarines y demas 

utiles militares » 100.000 % 900.000 

Importe total ... $ 2.244.000 

Costo total de los 7,500 hombres, vestidos, armados y pagados 
a la europea, en los veintiocho meses que dur6 la campana, dos 
mittones doscientos cuarenta y cuatro mil pesos. 

Tampoco entran en esta cuenta los caballos y ganados para 
las necesidades del ejercito, por ser articulo que produce el pais, 
y que se pagarian al fin de la guerra. Los gastos del convoy, 
menos, por que no debio existir, y su creaci6n es una de las ideas 
mas torpes, infame y perjudiciales que ha producido Rivera. 

Ahora bien, la campaiia produjo, 6 debio producir, segun he 
probado anteriormente, tres millones ochocientos mil pesos; de con 
siguiente, queda un sobrante de un millon quinienios cuarenta if 
seis mil pesos, para atender, con desahogo, a la capital. Y, sin 
embargo, nada se ha hecho ! 

Todo desapareci6, sin que sepamos como, y atin hemos cort- 
traido una enorme deuda ! ! ! 

Cuan diferente habria sido la suerte del pais si a estos recur- 
sos se le hubiera dado ese destino. 



— 397 — 

A los 7,500 hombres que tuvo se habrian agregado cerca de 
dos mil y mas, que andaban errantes por la Sierra, sin contar con 
los blancos que se nos hubieran pasado, atraidos por una admi- 
nistration pura y patriotica. Y el eje"rcito de la capital, entonces 
habrfa con todo el poder y entusiasmo de la Naci6n. La guerra 
habria terminado, con gloria, veinte meses h&, y estariamos hoy 
tranquilos y respetados, marchando rapidamente k nuestro engran- 
decimiento y prosperidad. 

Yo conservo cuidadosamente todas tus cartas y las de 

< 69 ) conserva tti las mias, y con especialidad 

esta; no la ni la pierdas, pues es un epilogo exacto 

£ imparcial 

(70, 

Jos£ G. Palomeque. 



(09) Vease la nota anterior. 
<T0> Vease la nota anterior. 



V 




/U'<^Z 




Autograft del coronet Pale 
la referenda. 



*.. 



/ 

B 



MANIFIESTO 

DEL 

PRESIDENTE DE LA CAMARA DE REPRESENTANTES 
DOCTOR DON JOSE GABRIEL PALOMEQUE 

A SUS COMPATRIOTAS. 



B 



El Presidente de la H. Camara de Repiesentantes & sus compa- 
tr iotas. ( 71 ) 

T7n suceso nuevo, sin ejemplo en la historia de nuestros extra- 
vios y errores politicos, sorprendio & todos el 18 de marzo de 
1856 y produjo en esta capital una inquietud y zozobra de la 
que nadie se vio exenta. 

Algunos Representantes de la Nacion, al constituirse en Ca- 
maras para desempenar las altas funciones que soberanamente de- 

( 71 ) Mi seiior padre no guardo absoluto silencio. En fil Comer do 
del Plata publico el articulo que va en seguida, y en el sumario ins- 
truido, que seria util buscar, mandado archivar por el P. E. de la 
epoca, se encuentra la declaraciGn que tambien reproduzco a conti- 
nuacidn. He aqui esos documentos : 

AL PUBLICO 

En los desagradables acontecimientos que han tenido lugar en es- 
tos ultimos dias, se ha hecho jugar mi nombre con la mencionada iH- 
tenci6n de calumniarme y mutilar una reputaci6n, que, si no sirve a 
Jos exagerados designios de aquellos que aspiran a escalar posiciones, 
no se puede, sin ofender y lastimar a la justicia, dejar de apreciarse 
como franca, leal y noble. 

Mientras no es oportuno explicar la verdad y el rol que me ha 
cabido en aquellos sucesos, pido al publico sensato, que no se ali- 
menta de la politica, y a mis compatriotas en general, suspendan su 
juicio sobre las distintas versiones que circulan en orden a mi indi- 
viduo. 

La 6poca de la verdad no esta distante, y cuando ella Uegue 
veremos quienes son los traidores, quienes los infames. Asi se me ca- 
lumnia. 

Sirviendo esto como bastaute al fin que me propongo, ruego a us- 



— 402 — 

legaron en ellos los pueblos de la Republica, fueron insultados, 
atacados y aim heridos. 

Este hecho notable, que no paede clasificarse de otro modo 
que de un atentado, tuvo lugar & la mitad del dia, a* la entrada 
de la misma casa de la Representation National, ante un concurso 
numeroso de habitantes ; y, lo que es m&s atin, en medio de la 
fuerza publica encargada del orden, de las garantias individuales y 
del respeto que debe observar & los Poderes Publicos. 

^Qui£nes lo ejecutaron? ^Que motivos pudieron provocarlo 6 
prepararlo ? Cuesti6n es esta que cada uno se sabra responder 
y resolverla en su propia conciencia. 

Un velo ha caido sobre esas circunstancias, que ni me corres- 
ponde tratar de levantar, ni conviene en manera alguna desco- 
rrer. — \ Ojala pudiese borrarse completamente hasta sus rastro3 ! 
porque solo asf la historia no encontraria materiales que hiciesen 

tedes senores redactores se dignen admitir las consideration es de respeto 
y aprecio con que es de ustedes su muy atento servidor. 

Q. S. M. B. 
Jose G. Palomeque. 
Montevideo, 23 de Marzo de 1856. 



Senor Juez de lo Civil de la 6. a Secci6n actuando en lo Criminal. 

Antes de entrar a evacuar el informe que se me pide en la nota que 
precede, debo solicitar de V. S. escuse, si acaso llegase & notar en el 
curso de mi narraci6n algunos detalles que si bien no pneden hacer al 
caso, comprendo, sin embargo, su merecida importancia, para robuste- 
cer la justicia y la verdad, que, en cumplimiento de mi deber, quiero 
consignar en este informe. 

Empezare por asegurar a V. S. que me halle en el centro de los 
sucesos a que se refiere la expresada nota, y, de consiguiente, puedo 
y debo declarar que presencie" mucho de lo ocurrido, pero no todo lo 
que ocurri6. Me explicare\ 

Es notorio que la Camara de Eepresentantes estaba convocada para 
el dia 18 del mes de marzo citado. Asi, pues, como & la una del 
mismo dia, encamineme para su respectivo local. La casualidad 
quiso que en el transito se asociase & mi el senor Eepresentante don 
Juan Jose F. Aguiar, siguiendo am bos hasta llegar a la esquina de la 



— 403 — 

pesar sobre la desgraciada epoca porque atravesamos nuevos car- 
gos, nuevas censuras, nuevas acriminaciones, menos fuentes de 
arrepentimiento y de dolor. 

Pero, ese silencio convenient^, necesario tambie'n, no puede 
ser llevado por ml hasta el extremo de tolerar que se me im- 
pute la complicidad en el hecho de no haberlo evitado. Tal ab- 
negation no es soportable, no es digna tampoco, porque primero 
es lo primero, caiga quien caiga. 

Hasta aquel punto ha sido conducida la pasion y conde- 
nada mi vida ptiblica. S61o ella pudo admitir la posibilidad de 
que el Presidente de la Camara de Representantes consintiese 
en suicidarse; porque a la verdad eso importaba consentir que 
los Representantes fuesen objeto de befa y del escarnio publico, 
y nada ni nadie podia garantirme de que no serfa yo envuelto en 
el desastre que amenaz6 a todos. Quiero prescindir de innumera- 

Plaza de la Constituei6n, por la calle del Binc6n. Alii detuvimos 
nuestra ruta, sorprendidos de la inmensa reuni6n que observamos al 
frente de la casa de la Representaci6n Nacional; sorpresa dobleraente 
aumentada por los vivas y mueras que se dejaban sentir desde el cen- 
tro de aquella reuni6n. 

En presencia de tan inasitado acontecimiento y en el interes a que 
eramos incitados por lo extraordinario del caso, nos apresuramos a lie- 
gar hasta alii. Viendonos muy luego envueltos en aquella multitud, se 
me hizo entender, por persona que no conoci, que aquella reuni6n y 
toda aquella grita era contra los Representantes del Pueblo No obs 
tante este oportuno aviso y el teraor que necesariamente debia mfun- 
dirme, reflexion^ que para el hombre publico no hay peligro que lo 
detenga, porque esta de por medio el deber. 

En tal 8itnaci6n, nada economics para penetrar en el centro de la 
renni6n, que se encontraba en el vestibulo de la policia, y de donde 
partian voces aterradoras. En efecto, solicitandome paso, llegu6 hasta 
alii; donde pedi silencio y ser escuchado. No hubo uno solo que se 
opusiese a mis miras y el silencio me autoriz6 para expresarme, poco 
mas 6 menos, en los siguientes terminos: Senores: Oigo gritos contra 
los Bepresentantes del Pueblo, ; aqui tenets uno de ellos ! #Que quereis? 

La contestaci6n fn6 en prorrumpidos vivas a la Representation 
Nacional y al Presidente de la Camara, tomandome instantaneamente en 
andas hasta conducirme & las puertas de la Secretaria de la Camara 
de Bepresentantes. Ahi volvi & pedir a la reuni6n que expresara que 



— 404 — 

bles eonsideraciones que se manifiestan por si mismas al menos 
ol>servador, para apelar solo al buen sentido comun, y repeler, como 
he repelido siempre, con energia, la posibilidad de un cargo que 
deja de serme injurioso por que es absurdo. 

Pero, en mi posici6n, me debo al alto destino con que he sido 
honrado; me debo & mis colegas, a mis comitentes; y & todos he 
prometido hablar, para que sea manifiesto el respeto con que acato 
su juicio y la estimation publica. 

Pedi a* lodos que suspendiesen su juicio sobre el rol que se 
me habia querido hacer jugar en los sucesos del 18 de marzo de 
1856, hasta que fuese permitido hablar, escribir, sin acrecentar los 
males que todos deploramos; y como ese compromiso esta en pie 
y es una deuda de gran valia, voy A cumplirla con el esmero con 
que siempre procuro llenar mis deberes. Para ello me es forzoso, 
indispensable, remontarme a acontecimientos anteriores y referirme 
a otros posteriores. 

querian y que g§nero de pretensi6n les animaba. Por aclamacion se 
oyeron las palabras que siguen : — Que esos representantes indignos de 
la Nation, no tomen asiento en el Cuerpo Legislativo — aludiendo a 
los seiiores Mun6z, Torres y Beltran. A tan temeraria proposici6n crei 
que contrariarla seria un elemento mas en favor del desorden y del 
escandalo y ofreci entonces que la indicaci6n manifestada se cumpliria, 
no permitiendo a tales Representantes ocupar, por el momento, el digno 
puesto de legisladores. Pero, esto no era bastante : los hombres que de- 
liberaban en aquellos momentos, entendieron que su exigencia debia ir 
mas lejos; y en efecto la expresaron con voces amenazantes, asi: El 
pueblo quiere aim mas, quiere que se le entreguen los reos. Y cuando 
asi se expresaban, avanzaban enojosamente a la Secretaria, en la terrible 
actitud de invadirla. 

Fue entonces que, revistiendome de la energia que reclamaba la si- 
tuaci6n y pronunciando algnnas palabras, logre contener el atentado, 
que no habria conseguido sin el apoyo y decidida cooperaci6n prestada 
por los seiiores Castillo, Botana y Diaz (don Pedro), que presentes se 
hallaban, y a quienes, a mi juicio, se debi6 el result ado de mis es* 
fuerzos. 

Sera la admiraci6n de V. S. y la del pueblo tambien cuando se lea 
en este informe que. estos tres seiiores, a quienes con mas calor se les 
acusa y persigue, son precisamente los hombres que salvaron al pais 
de una horrible catastrofe, de una sangrieuta escena: que a esos tres 



— 405 — 

Tratare" de no desviarme una linea de la verdad; y desde 
ahora pido se me escuse si alguna susceptibilidad es atacada. No 
escribo contra persona alguna; quiero solo presentar los hechos; 
tal vez ellos me fuerzen k designar individuos. Lo evitare", cuanto 
me sea posible. 

Es indispensable echar una mirada sobre los acontecimientos 
del aiio 55. Amenazado y atacado entonces, no senti abatimiento; 
ahora en una position menos favorable, no me siento tampoco 
debilitado para desafiar k los que con elementos puedan venir al 
terreno de la defensa 6 de las acusaciones. jOjala sea esta la sen- 
tencia que sirva para arrancarle mis enemigos el amargo arrepen- 
timiento con que cubren el rostro y asi me hagan justicia ! Quiero 
quedar privado de todo, pero nada me quitara la gozosa recom- 
pensa interior de una conciencia pura que ha pagado sin merecerlo, 
con el sufrimiento de mi lealtad a las cosas y a" los hombres 
mismos. 

ciudadanos deben, tal vez, la vida, ciertos y determinados diputados, y 
aun hay quien los presente como los unicos criminales en los sucesos 
que voy narrando. 

Por mi parte, debo declarar a V. S. que no hablaria con la voz de 
la verdad, — si no asegurase lo contrario de lo que tal vez se ha diclio 
por individuos, que, aun cuando se encontraban en el mismo local, se 
ocultaba en el ultimo rincon del edificio; y de consiguiente, nada han 
visto ; al menos, a mi lado no se present6 uno solo. Yo, que me en- 
contraba siempre en medio de los sucesos, que siempre los presencie, 
que siempre corri ei peligro para obtener la calma y la moderaci6n en 
cuanto era posible, en los momentos en que mi ser y mis facultades 
intelectuales se encontraban embargadas ; repito con la conciencia del 
que obra bien, que a no ser por los esfuerzos y el interes nianifes- 
tados en favor del orden por los senores Castillo, Botana y Diaz, nada 
habria sido bastaute a evitar los horrorosos resultados que la actitud 
de los hombres denunciaban ante todo el pueblo. 

Los momentos eran crueles, me encontraba en medio de una reunion 
agitada, rodeado de hombres armados, confuso y paralizado en mis de- 
terminaciones, sin atinar como salir del gran incidente imprevisto para 
mi. iQue habia de decidir? <:Por d6nde comenzar? <iQue hacer? No 
habia otra cosa que resoluci6n y apelar a los mismos hombres que alii 
me rodeaban. 

Los senores Botana, Castillo y Diaz me habian dado ya una muestra 

26 



— 406 — 

Algunas medidas, quizes mal concebidas 6 mal aconsejadas al 
Presidents de la Reptiblica, Brigadier General don Venancio Flo- 
res, desde el mes de julio de 1854 en adelante, lo hicieron el 
bianco de una oposicion declarada y abierta, precipit&ndose los su- 
cesos, de dia en dia, hasta el 25 de agosto del mismo aiio, en 
que se manifest6 querer definir la situation. 

Todos saben los sucesos de ese memorable dia de amargo 
recuerdo. Ellos agravaron las circunstancias que se desarrollaron 
el 28 de agosto por medio de una revolution hecha por 33 es- 
tudiantes £ quienes se les apellido el pueblo. 

No me toca k mi entrar en I03 detalles de esa revoluci6n, 
ni apreciar las causas que la motivaron. Solo quiero recordar 
aqui el precedente que dejaron los hombres que tomaron parte 
en ella, pero con especialidad en su direction y fines con rela- 
ci6n k las inmunidades y garantias que la Carta Constitucional 

de aprecio por el orden, apoyando mis indicaciones, 6 interponiendo sua 
relaciones y su prestigio entre algunos de los concurrentes para calmar 
los animos, que dieron un resuitado, a la verdad, admirable. 

Con tal precedente rogue a los expresados senores tomasen sobre si 
el peligroso encargo de tranquilizar la inquietud y la ira de los reuni- 
dos: que abordasen la situaci6n para imponer el orden y el respeto a 
los representantes, en los momentos en que iban a ejercer los derechos 
de la soberania del pueblo; y a la verdad que los esfuerzos de esos se- 
nores dieron el resuitado que yo anhelaba: respeto a los Eepresen- 
tantes, orden y subordination. 

La sesi6n publica de la Camara de Representantes tuvo lugar, sin 
que nadie pueda decir que los Representantes hubiesen sido interrum- 
pidos durante sus serias discusiones: nadie puede tener el arrojo de ne- 
gar ese hecbo incontestable ni poner en duda tampoco, que ese hecho 
es la consecuencia necesaria de los infatigables esfuerzos de los senores 
Castillo, Botana y Diaz. 

De consiguiente, pensando racionalmente la conducta ostensible de 
esos senores expiica y lleva a la evidencia mejor que nada, que es a 
ellos, unica y exclusivamente, a quienes el pais debe tributar gracias, 
por baberso conjurado todo cuanto le estaba deparado, a juzgar por 
las apariencias. 

No es mi animo, ni me corresponde tampoco bacer en este informe 
la defensa de los senores Castillo, Botana y Diaz; mi misidn es de con- 
ciencia, es de extricto deber, y por consiguiente permitame V. S. expre-' 
sar, que en cuanto al fuero interno, Dios nos mira y el nos juzga. 



— 407 — 

acuerda a los Representantes del Pueblo. Desde entonces data 
la degradaci6n del Cuerpo Legislativo; fu6 entonces, y por las 
arbitrariedades de los que encaminaron esa revolucion, que se 
autoriz6 y ensen6 al pueblo & befar, insultar y atropellar es- 
candalosamente a" los Representantes. No hay que buscar otro 
origen a los sucesos posteriores que todos sentimos y lamentamos. 

Tres dfas despue's de la revoluci6n, el seiior Representante 
don Fernando Torres se presento en mi casa con el fin de confe- 
renciar sob re la conveniencia de que las C&maras se reuniesen, 
para que el doctor don Jose* M. a Mun6z, jefe de la revoluci6n 
explicase las causas que lo habian decidido k ponerse al frente de 
ella e* informase sobre la situacion, sujet&ndose, segtin el sentir del 
seiior Torres, al resultado, es decir, al fallo de las Cdmaras. 

F&cil es descubrir en esta pretension el deseo de buscar un 
medio de arrastrar d, las Oamaras £ una posicion en que no pu- 

La sesi6n ptiblica, conio llevo dicho, termin6 en el mejor orden, 
lo que me hacia presagiar que todo se habia disipado, no obstante 
los recelos consiguientes. Entre tanto los Representantes dispuestos a 
retirarse abandonaban el recinto, y fu6, entonces, que, a mi juicio, se 
injurio la dignidad de la Camara, regando el rostro a unos, las es- 
paldas a otros, con polvos de colores. — Yo hacia cabeza, al bajar las 
escaleras, acompanado del diputado don Francisco Veira, y al llegar a 
la puerta del vestibulo de la pclicia que conduce a la plaza sent! a 
mi retaguardia una detonacion como de golpe sobre un sombrero, 
seguido de gritos alarmantes que llamaron seriamente mi atenci6n. 
Eetrocedo, y me asombro en presencia de un espectaculo cruel: el 
Representante don Juan Atanasio Labandera, acometido por unos y 
defendido a la vez por otros. La situaci6n se agravaba de nuevo; 
entro en ella, y en esa lucba de ataque y de defensa llegamos hasta 
las puertas de las oficinas del Jefe Politico, donde pudimos desprender 
al senor Labandera de la multitud y ofrecerle gaiantia, colocandolo 
en la habitacidn - despacho del Jefe Politico, donde se encontraba don 
Fernando Torres. 

Este nuevo acontecimiento motiva un nuevo desenfreno, creciendo 
el encono y las amenazas, a medida que se empleaban los esfnerzos 
de la persuasion para tranquilizar y aquietar a los agresores. La per- 
suasion no era bastante; necesario se hizo tambien usar de la resis 
tencia, para impedir se invadiera la habitaci6n del Jefe Politico 
donde estaban los Representantes agredidos. — En esa nueva batalla, 



— 408 — 

diese excusarse de sancionar el movimiento revolucionario, conde- 
nar las autoridades constitucionales y erigir la revolucion en el 
lugar de la ley fundamental. 

^Que mas debia esperarse de una Camara en que tenia 
asiento el jefe de la revolucion, en que 61 misino iba A hablar 
invocando el nombre y la representation del pueblo que lo habia 
elegido, y que apoyaba su palabra en los cafioms y en las ba- 
yonetas que lo circundaban ? ^ Qu§ libertad podia esperarse de 
una Camara para deliberar en medio de un campamento militar, 
cuyo cuartel general estaba constituido en la sala mis ma de la 
Representation ? i Como hacer oir la voz de la razon y del pa- 

se vio a los senores Castillo, Botana, Diaz, Roballos, Fernandez, Vi- 
llasboas y otros : les vi yo tambien sin omitir nada para que la ten- 
tativa frustrase. Fuimos felices en esa lucha de brazo a brazo, de 
palabra a palabra, y la tormenta se diaip6, consiguiendo el completo 
desbarato de aquella reuni6n. 

En este estado, propuse al senor Jefe Politico me acompanase para 
sacar al senor Diputado Bustamante, que habiamos dejado hermetica- 
mente encerrado en la Secretaria de la Camara, y cuya l'ave tenia yo 
en mi poder. — En efecto, nos encaminamos. abrimos las puertas y 
despues de mostrarse la luz en las habitaciones, dimos con este senor, 
que nada presencio, porque vivi6 en las tinieblas darante estos ulti- 
mos acontecimientos, y sin que antes de ellos se hubiese atrevido a 
mostrarse donde le hubiera sido posible presenciar los hechos y reco- 
nocer las personas. 

Entrft los individuos que se encontraron en los desagradables acon- 
tecimientos que motivan este informe, yo recuerdo al Jefe Politico 
don Clemente Cezar, sargento mayor Villasboas, sargento mayor Jose 
Martinez, los senores Pizar, Roballo, Fernandez, don Manuel Mendez Cal- 
deira, un Poso, un Botana, y muchos otros que en estos momentos no 
me es facil precisar. 

Algunos otros episodios tuvieron lugar, de los que no habiendo sido 
testigo ocular, quiero prescindir de ello; otra cualquier cosa seria 
aventurar la verdad. 

Entretanto, y siendo lo expuesto todo cuanto he presenciado en 
los acontecimientos que tuvieron lugar el 18 de marzo del ano pr6ximo 
pasado, creo haber cumplido con mi deber y satisfacer los deseos 
de Y. S. a quien Dios guarde muchos anos. 
Montevideo, Diciembre 4 de 1857. 

Jose G. Palomeque. 



— 409 — 

triotismo en medio de la tumultuosa grita de la revolution misma, 
que aclamaba sus ideas y & sus sostenedores condendndose a 
muerte hasta el pensamiento de no tomar parte en el desenfreno 
de las pasiones? 

La resistencia de la justicia y de la sana raz6n contra la 
fuerza material llevada hasta el sacrificio, no es ni puede ser 
comiin. El que estd armado de un fusil es casi siempre obe- 
deeido : triunfando, se hace un heVoe ; micntras que el vencido 
es jxinicida. 

El senor Representante Torres, pues, me explic6 el objeto os- 
tensible de la reunion de las Cdmaras; pero muy lejos estuvo 
de descubrirme el verdadero fin, el gran secreto. fiste, que se 
descubria desde luego, por entre el ropaje con que pretendia 
disfrazarse, no pudo ocultdrseme, y, conocie*ndolo en toda su ex- 
tension y objetos, declare que no concurrirfa a la reunion, re- 
servandome declarar al senor Torres lo que yo creia una celada; 
y sin dar inds razon que la de que las Cdmaras reunidas por 
eonducto extrano a la ley fundamental hacian una reunion incons- 
titucwnal y negaiiva; que por lo mismo no la sancionaria con 
ml asistencia, desllgdndome de la partieipacion de los trabajos de 
mis colegas en esa ocasidn, cualquiera que ellos fuesen. 

Apesar de mi decidida resistencia, el senor Representante 
Torres creyo que aim podia hacer quebrar mis convicciones. Se 
retiro pidiendome reflexionase maduramente, y que en la noche 
de ese mismo dia volveria sobre el asunto, — si yo le permitia 
continuarlo. 

Las ocho de la noche daban, cuando el senor Representante 
Torres volvio & presentarse en mi casa insistiendo en sus pro- 
positos de la reunion de Camaras y de mi asistencia a ellas. 
Confieso que este senor trabajo con habilidad, llegando a ase- 
diarme en mi abstention, y obliga*ndome d fundar mi resistencia, 
que hice en la reprobation de la revoluci6n. Para ello fue 
forzoso manifestarle que una ve% sentado en las bancas de la Le- 
gishtura lejos de consentir en la aprobacion que se procuraba al 
movimiento revolucionario, lo condenaria con toda la energia de 
mi alma, con todas las fuerzas de mis creencias: que no simpa- 



— 410 — 

tizaba con la revoluci6n ni con los medios empleados hasta 
aquel moment® para obtener su triunfo: que en tal caso, y re- 
suelto & sufrir todo gSnero de contingencia, me expresaria cali- 
ficando la revolucion como un atentado desastroso y criminal 
contra la3 leyes, la patria y la moral ptiblica: que, en su virtud, 
no me veia garantido en mi calidad de Kepresentante, pero ni 
aun en la de simple ciudadano. Y, por ultimo, que despues de 
haber sido silbado y apostrofado publicamente, en la calle, por 
una de las guardias del doctor Munoz, mi resoluci6n estaba to- 
mada, y al efecto, hice lectura de la siguiente carta: 

Senor don Jos6 M. Cantilo. 

Montevideo, Septiembre 1.' de 1855. 
Muy senor mio: 
Acabo de ser silbado y horriblemente insultado por los j6venes 
que hoy forman la guardia del Fuerte. Este agravio, insolente y 
gratuito, aparte de otras causas, me han decidido a* dejar el pais, 
lamentando los errores de todos, y las desgracias que necesaria- 
mente sobrevendran. 

Como no puedo retirarme sin dejar arreglados mis pequeiios 

negocios, 

(72; 

Disimule y aprecie la situaci6n de quien es de usted atento ser- 
vidor y amigo. 

( Firmado ) — Jos6 G. Palomeque. 

Instruido de mi resoluci6n, el senor Kepresentante lamento, 
como era natural, tal extravio y desafuero, y, llevando su mano 
donde la ponen los hombres de honor, como el senor Torres, 
me dijo: « Amigo: Yo le prometo garantias, le prometo que 
« tanto usted como los demas colegas seran respetados en sus 
« opiniones y hasta en las palabras. Para esto estoy suficiente- 
<< mente facultado por el coronel Muiioz; confie usted en las 
« promesas de este caballero y en las que yo le hago & mi vez. » 

Aun que poco extenso el relato de la conferencia, tiene, sin 
embargo, el merito de la verdad, que es preciso reconocer. Al' 

(72) Aqui suprimo algo intimo, que no consiclero necesario hacer publico *por 
el momento. 



— 411 — 

hacerlo, he conservado los distintos giros que se le quiso dar y 
las tintas que el seniimiento del sefiorj Representante queria 
sefialar en los diferentes episodios de la conversaci6n. En e"ste 
brillaba una erudicion seductiva, un suave estilo, una delicada 
politica, y, k veces, la expresion de un santo enojo. Adema*s, 
las intimas relaciones y los pormenores tan sencillos y cuerda- 
mente expresados, explicaban xnuchas circunstancias mal exami- 
nadas por el seilor Representante en el fiel cumplimiento de su 
mision, descubriendo k veces el fondo de los hechos. 

El lector, al hacerse cargo del contenido de este veridico 
relato, estraerd la verdad del uno y otro, haciendo justas aprecia- 
ciones, que, de cierto, no favorecen k la causa de la revolucion, 
si bien quiero conceder al senor Representante la mejor buena 
fe en sus procedimientos. 

Sin embargo de las solemnes promesas del seilor Represen- 
tante Torres, tan bien combinadas, tan al caso, tan necesarias 
en aquellos momentos, negu6 siempre mi asistencia k la sesion 
de la Camara, tinica exigencia del comisionado. 

No habiendo, pues, el senor Representante podido arribar a 
su objeto, se retiro; pero, sera sorprendente k todos los habi- 
tantes de la Repfiblica, saber que mientras se invocaba el nom- 
bre del doctor Muiioz, ofreciendo garantias y respeto de opiniones, 
se combinaba, tal vez, el modo brutal de privarme el derecho 
de libertad sentencidndome a una expatriacion 6 hacerme gemir, 
ligado y engrillado en un calabozo, sin tener en cuenta la alta 
ofensa, sin meditar la base falsa de su poder y sin temer la 
rigurosa censura de sus actos por Dios y por los hombres sen- 
satos, k cuyo cuidado abandonaria siempre el mirar por mi jus- 
ticia. 

Si aquello no es cierto, la coincidencia al menos lo hace pre- 
sumir. No habian pasado 24 horas, despues de la conferencia 
con el senor Representante Torres, cuando mi casa es invadida 
vandalieamente por un grupo de mds de 40 gendarmes y ofi- 
ciales rebeldes d la Patria, k las leyes y & la naturaleza misma. 
Esta fuerza desorganizada, k paso de ataque y k bayoneta ca- 
lada, se introduce en mi domicilio, con olvido completo de los 



— 412 — 

mas sagrados deberes, 6 investigando hasta lo mas secreto des- 
cubren mi ausencia, saciando su ira y venganza en la prision de 
los ciudadanos don Pascual Costa y don Sinfronio Sodre, que, 
accidentalmente, se encontraban en mi casa. Estos seilores fue- 
ron conducidos a la carcel. 

Libre del atentado, del tormento y suplicio que me estaba 
deparado, fu6 neeesario que evitase un segundo escdndalo, bus- 
cando asilo en el pabellon extranjero, mientras removia los in- 
convenientes que obstaban a mi ausencia de la capital, de mi 
familia y de mis negocios. El dnimo de mi separaci6n del tea- 
tro de las arbitrariedades, ya estaba formado, pero mi resolution 
de ir a engrosar las fuerzas del seiior Presidente de la Repti- 
blica se resolvio en esos momentos y con ocasion del hecho que 
dejo referido. En tal situation, viviendo en la mortificante ca- 
lidad de ref ugiado, recibi la siguiente citation : 

« Secretaria de la Camara de Representantes. 

« Setiembre 3 de 1855. 
« La reunion de los senores Senadores y Representantes que 
« ha tenido lagar en el dia de hoy en el salon de sus sesiones, 
ha resuelto se invite al sefior don Jose* G. Palomeque para la 
« reunion que debe tener lugar mailana cuatro del corriente al 
« las doce del dia, esperando de su patriotismo la mas puntuas 
« asistencia. — ( Firmado ) — Otero, Secretario ». 

^Qui6n habria creido prudente asistir a* esa reunion despue* 
de todo lo ocurrido? ^ Convenia guardar silencio ante el escan- 
daloso insulto inferido k un Representante de la Nacion? Apelo 
a la conciencia de mis enemigos, k los que vieron en ese hecho 
un acto de justicia y de prevencion. 

La Providencia, pues, vigilante centinela de la justicia, me pre- 
paro una via legal para denunciar a la H. Camara el injustificable 
avance de los mandatarios provisorios, esperando muy confiada- 
mente que ella, en desagravio del alto poder que inviste consti- 
tucionalmente, providenciaria lo conveniente k fin de que hechos 
de tal naturaleza, que afectan siempre k la corporation, mds que 
al individuo, no quedasen impunes. 



« 



— 413 — 

Contests pues, a la citacion de la Secretaria, en los tenrainos 
que van & leerse : 

Montevideo, JSeptiembre 3 de 1855. 

A la invitacion que us ted me hace, a nombre de algunos 
seilcres Senadores y Representantes, no puedo, ni debo, ni quiero 
eoncurrir, porque al paso de su inconstitucionalidad no veo quien 
ni como se garante la inviolabilidad de un Representante de la 
Nacion, despu6s que la fuerza armada ha asaltado mi casa, regis- 
trandola y conducido & prision k los ciudadanos inermes que en 
ella se hallaban. — Esta vejacion es un hecho publico, que pugna 
con la justicia y el buen sentido, inspirando un recelo fundado 
por considerar mis derechos e inmunidades atacados donde quiera 
que pueda alcanzar el poder de la autoridad emanada de la revo- 
lucion. 

Hagalo usted asi saber & los seiiores que han invitado a la 
reunion. 

Jos£ G. Palomeque. 

La precedente comunicacion fue leida al dia siguiente ante 
los H. Senadores y Representantes, reunidos, y con su vista se 
nombro una Comision compuesta de los seiiores don Fernando 
Torres y Don Francisco Veira para la averiguacion del atentado 
denunciado, atentado publico que nadie ignoraba y que, por consi- 
guiente, no cabia otra cosa que resolver en el sobre tablas. (~ 3 ) 

(~ 3 ) Secretaria de la H. Camara de Representantes. 

Montevideo, Septiembre 4 de 1855. 

El que suscribe ha puesto en conocimiento de los seiiores Repre- 
sentantes que estaban presentes, su nota de contestaci6n al aviso de 
invitaci6n que por orden de los mismos senores se remiti6 a usted el dia 
de ayer, y en vista de su contenido, ha sido nombrada una Comision 
compuesta de los senores Representantes don Fernando Torres y don 
Francisco Veira, para averiguar el hecho que usted denuncia. 

Es cuanto tiene que decir en contestaci6n a la nota que usted re- 
mite ai que tiene el honor de saludar a usted con su mayor conside- 
racion. 

Jose B. OlerOy 
Secretaries 



— 414 — 

Pero, no convenia esto; era necesario dejar injuriada d la Camara 
y engendrada, en este precedente, la libertad para que naciese el 
18 de marzo de 1856 — ^ Que* hay que contestar & esto ? i Hay 
acaso alguna distancia entre los hechos del mes de septiembre de 
1855 y los del 18 de marzo de 1856 ? El principio es uno mismo; 
podra*n ser diferentes sus fac tores, pero el agravio identico, y su 
origen arranca de los liberates procedimientos de aquellos princi- 
pistas, que, gritando : \ Viva la Constituei6n ! derrocan Gobiernos 
cuando estos no se prestan a* sus miras. — No hay pues, porque 
alarmarse. 

I No es esto justificar el escandalo que condenamos hoy, como 
reprobamos entonces ? Quiero solo hacer notar que esa es la con- 
secuencia necesaria de haber eambiado algunos Representantes el 
rol imparcial de Legislador por el de partidarios pasionistas, y de 
haber sacrificado a las exigencias del partido, la dignidad y el 
decoro propio del Legislador. 

Notare de paso que, por una coincidencia, harto frecuente en 
circunstancias ana*Iogas k las que recuerdo, los promotores 6 facto- 
res del primer desacato cometido contra la representation del pue- 
blo, con algunas pocas excepciones, vinieron k ser las victimas en 
el segundo desbordamiento de la pasion. 

Tan cierto es, que, permitido el primer paso al desorden, e"ste 
no se contiene en el pun to en que se quiere, y que suele envolver 
en sus estragos a los mismos que lo promovieron. 

Sigamos la serie de los sucesos. 

El periodo del Gobierno del senor don Manuel Basilio Busta- 
mante presento todavia una nueva y sangrienta revolucion y mas 
desastrosa que la de Agosto. ^ A que recordarla ?! ( 74 ) 

X~ 4 ) Como es un documento poco conocido, que no se hallar& en las 
publicaciones de la epoca, ni en obras posteriores, (en la obra de An- 
tonio Diaz t am poco se encuentra), aprovecho esta ocasi6n para transcri- 
bir aqui el siguiente boletin, relacionado con la nueva revolucidn del 
doctor Mun6z, a que se refiere esta parte de la Memoria de mi senor 
padre. El documento es un boletin impreso en esos dias angustiosos. 

Dice asi: 



— 415 — 

Pero, no puede olvidarse que una de sus causas fueron los 
decretos de suspension y destierro de los Representantes Muiioz, 
Torres y Beltrdn. Los dos ultimos vinieron a ser la causa 6 el 
motivo de los sucesos del 18 de marzo, que es el objeto especial 
que me ocupa. 

A nadie es desconocida la nueva escision que se produjo en la 
Camara con motivo de la eleccion de Presidente de la Republica, 
ni la parte que me cupo en la del seiior don Gabriel Antonio Pe- 
reira k este alto destino. 

Cuando los partidos se hallan vivamente agitados, es lo mas 
frecuente, lo mas comtin, ver convertirse en motivos de odio y de 
rencores personales lo que no es realidad m&s que la consecuencia 
logica de los diversos modos de ver las cuestiones que se discu- 
ten, con noble fin por ambas partes. 

El entusiasmo con que, cediendo k mis mas intimas conviccio- 
nes, sostuve la candidatura del seiior don Gabriel Antonio Pereira, 
produjo contra mi la animosidad de sus opositores y la de los 
Representantes que protegian y ayudaban otra candidatura. Pero 
los exaspero m£s atin, el haber descubierto ante el pueblo (v6ase 
El National N.° ) el doble juego con que algunos alhagaban al 
general Flores haciendole promesas y protestas espont&neas de no 

I Conciudadanos ! 

j Habitantes de Montevideo ! 

En medio de la alarma en que habia perraanecido esta poblaci6n 
desde que don Manuel Oribe apareci6 en la Villa de la Unidn, 
rode&ndose de fuerza armada, se efectuaba en el Edificio Cabildo 4 
horas avanzadas de la noche una reunion de hombres armados cu>o 
objeto no se habia hecho publico. 

Los ciudadanos alarmados no pudieron ver en la reuni6n del Ca- 
bildo el objeto de conservar el orden publico, desde que en ella 
aparecian los mismos oficiales y parciales de don Manuel Oribe que 
habian figurado en los cantones y armamentos de la Uni6n, que. eran 
la causa do que el orden publico estuviese amenazado. 

El senor Presidente de la Republica habia sido informado de la 
falsedad de los rumores que toniaba por pretexto don Manuel Oribe 
para pretender justificar su actitud b61ica, y sin embargo el Presi- 
dente de la Republica condescendid en autorizarla ordenando la orga- 
nizaci6n de la guardia nacional de la Villa de la Uni6n, que se com- 



— 416 — 

proceder sin su acuerdo, al mismo tiempo que levantaban en alto 
el grito contra la candidatura que este general apoyaba. 

Noto este hecho como un precedente que contribuye & explicar 
la inculpaci6n inmerecida que esos mismos Representantes, 6 sus 
adictos, han querido hacer pesar sobre mi por los acontecimientos 
de marzo. 

Tan evidente es que las pasiones politicas, lejos de extinguirse 
6 calmarse, con los desengailos sufridos, hacen contribuir estos 
mismos a su mayor exaltaci6n hasta emplear toda clase de medios 
6 artificios para ocultar su derrota 6 prepararse & un nuevo corn- 
bate que mantenga al menos la esperanza del triunfo. 

Esto es lo que ha sucedido despuSs de la elecci6n del Presi- 
dente Pereira. 

La mayoria que triunfo se ha mantenido y se mantiene siem- 
pre en su liel y leal proposito de afirmar por los medios constitu- 
cionales y por la cooperacion franca y decidida al gobierno elegido 
por los delegados del pueblo, la conservacion de la paz y la me- 
jora progresiva de nuestra harta infortunada patria. 

Justo es, y honroso confesarlo, que para este objeto no habia 
disentimiento entre los Representantes, como no lo habia en el 
pueblo. 

ponia del mismo personal que Oribe habia reclutado. Algunos Sena- 
dores y Eepresentantes se habian acercado al sen or Presidente para 
proponerle diversos medios de proveer a la deficiencia de tropas para 
el servicio publico, y el seiior Presidente los desech6 todos para aceptar 
el de la reunion nocturna y clandestina en el Edificio Gabildo. 

Cuando los ciudadanos cuyos nombres se hacian aparecer en los 
rumores de revolution, se esforzaban en hacer llegar al senor Presi- 
dente, por medio de personas respetabies, las protestas y prnebas de 
que su influencia seria acatada en sosten de la autoridad (aqui esta des- 
truido el boletin ) los que amenazaban al orden publico con los armamen- 
tos en la Villa de la Uni6n. Los precedentes sangrientos de don Manuel 
Oribe y la fundacla indncci6n de que el inexplicable proceder del senor 
Presidente fuese sugerido 6 impuesto por tan siniestra influencia, nos 
coiocaron en el caso de proveer por nosotros mismos a nuestra seguridad 
y a la conservaci6n de las garantias de todos los habitantes. 

No nos enganabamos, conciudadanos y habitantes de Montevideo ! 

Oribe, el mOnstruo Oribe, se ha presentado a la cabeza de fuerzas en 



— 417 — 

En efecto, trat&ndose de cooperar & la paz, a* la reunion de 
todos los orientales y a la marcha regular y bien entendida del 
gobierno, todos los Representantes ofrecieron su franca y leal coo- 
peration. Esto era el sentimiento general del pais, y los que no 
participaron de el, faltaron al deber de buen ciudadano. 

Sin embargo, no tardo mucho tiempo en que tan bellas 
disposiciones fuesen declinando y que el ofrecimiento espont&neo 
de los Representantes se convirtiese en lucha abierta con el P. E. 
k proportion que se llegaba a* tratar de los medios de hacer efec- 
tiva la cooperaci6n ofrecida. Esa oposici6n se manifesto en las 
niismas Cdmaras, no menos que en la prensa periodica que habia 
ofrecido tambie"n segundar el programa del Presidente electo. 

I A quienes tocaba, pues, sostener al Gobierno? Era sin duda 
a aquellos Representantes que habian trabajado por la candida- 
tura Pereira, y entre la negativa de una memoria que se extra- 
viaba y el pueblo que se alarmaba contra ella, la elecci6n no po- 
dia ser dudosa. 

El pueblo sostenia las medidas gubernativas que una minoria 

las calles de Montevideo. El criminal a quien se hacia la gracia de 
dejar vivir en su casa, se atreve a iBsultar a Montevideo que tan he- 
roicos sacrificios hizo por resistir la feroz domination de Oribe ;Ay 
infeliz de Montevideo, del pais todo, si Oribe consiguiese establecer 
su influencia 6 domination! 

No ! Eso no podemos consentirlo sin borrar los gloriosos prece- 
dentes de la lucha de diez alios, sin destruir todo sentimiento mo- 
ral y de justicia, sin destruir toda garantia y exponer esta sociedad 
a la horrenda domination de Oribe. Rosas y Oribe ! Sus nombres lo 
dicen todo. — sangre, horrores, confiscation, degiiello, barbarie en fin. 
Orientales repeled la ominosa presencia de Oribe en las calles de 
nuestra Capital. Antiguos legionarios, ved ahi a nuestro encarnizado 
enemigo. j Defensores todos de Montevideo ! \ af uera el mOnstruo Oribe ! 
i Viva la uni6n de todos los Defensores de Montevideo ! Todos tenemos 
el compromiso de honor de repeler la abominable domination de Oribe. 

La cuestion envuelve la ventura 6 calamidades sin fin para el pais. 

A las artnas Defensores de Montevideo, y en horas habreis hecho 
dosaparecer al m6nstruo Oribe. 

Montevideo, Noviembre 27 de 1855. 

Jose M. Munoz. 



— 418 — 

combatfa como escandalosas ; la mayoria, escuchando la voz de 
su conciencia y la de los juramentos, se coloca en su puesto ayu- 
dando al Gobierno y al pueblo, su delegado. Yo, uno de los pri- 
meros agentes en la elecci6n del senor Pereira, debia ser el pri- 
mero al f rente de sus amigos, para combatir los trabajos de sus 
opositores. 

Eh esto creo haber obrado con leal tad ; para ello no he ocul- 
tado mi nombre; mis designios, mis trabajos, ni rehusado ningtin 
ge*nero de compromiso, lo que mani fiesta, pues, que no he preten- 
dido alucinar a* nadie. Tal ha sido mi marcha invariable de 
obrar. 

Una ocasion solemne se presentaba en el grave asunto de 
la separation de los tres Representantes suspendidos en sus 
funciones en virtud del decreto del P. E. de diciembre para 
manifestar la imparciabilidad de la Ca*mara y presentar al pueblo 
un ejemplo de respeto k la ley fundamental, juzgando desapasio- 
nadamente entre los Representantes del pueblo y el P. E. 

Eso importaba la consideration del decreto del Presidente de 
la Reptiblica k que he hecho referencia, que pendia ante la 
C&mara de Representantes, no s61o porque habia sido sometido 
k ell a por el P. E. sino porque el Representante Torres habia 
pedido que la Camara lo juzgase (v£ase El National N.°) 

En la sesi6n del 15 de marzo se present6 este seiior en la 
Secretaria de la C&mara. Alii se me instruyo que llevaba la 
pretension de to mar asiento en los bancos de la R. N. Juzgue* 
avanzada esta pretension intentada con olvido de la especialidad 
del caso, puesto que pendia ante' la C&mara el enjuiciamiento 
solicitado por 61 mismo y una acusacion entablada por el P. E. 
Estas notables y graves consideraciones hacian incompatibles los 
deseos del senor Representante Torres, y por lo mismo llamo 
la atencion de la mayoria de la Camara. No obstante todo 
esto, la mayoria quiso ser deferente, y, obrando con prudencia 
y reserva, acordo en la Secretaria se previniese a aquel senor 
las legitimas y superabundantes razones que se oponian k que ella 
accediese a sus pretensiones desnudas de toda prudencia y me- 
ditacion. Que la razon y el buen sentido aconsejaban su ausen- 



— 419 — 

cia de la sesi6n, hasta que, resolviendo la Camara, se le trasmi- 
tiera la convocatoria de pr&ctica. Resuelto asi, Hame* al doctor 
Magariiios y le pedi hiciese presente al seiior Torres la opinitin y 
resolution de la mayoria de la Camara, agregando que su obs- 
tinacion daria lugar k una discusi6n agitadisima y en la que de 
cierto yo tomaria una parte muy principal. El doctor Magariiios 
temiendo tal vez quebrantar sus prop6sitos 6 compromisos, se es- 
cuso, dando por motivo que tal notificaci6n le correspondia al 
Presidente de la C&mara. No era pues, este un acto oficial, no 
habia una resoluci6n que comunicar, era solo una indicaci6n amis- 
tosa, pero la acepte, Uamando al sefior Torres k presencia del 
misino doctor Magariiios, y de los seiiores Aguiar, Labandera y 
algun otro Representante, expresdndome, en esa ocasi6n, en estos 

te*rminos : 

« Sefior Torres: me consta que usted viene decidido k tomar 
« asiento en la Representaci6n ; yo le ruego k usted se retire y 
« espere la convocatoria de practica ». 

El sefior Torres hizo algunas observaciones, que no es del 
<;aso consignar aqui, k exception de estas palabras : « Mi preten- 
« sion, dijo, esta reducida k pedir k la Camara se conozca del 
« juicio que he solicitado ». 

La sesi6n tuvo lugar sin la asistencia del seiior Representante 
Torres, que se retiro esperando la convocatoria. En seguida, y 
en los momentos de entrar k sala, me indic6 el doctor Magariiios, 
que en mi caracter de Presidente de la Camara debia prevenir k 
£sta, que siendo notorio el arribo de los senores Representantes 
Torres y Beltran, me autorizase para pedir al P. E. convocase k 
estos k las sesiones. Me neguS abiertamente k una indicacion que 
crei poco meditada. Entonces el doctor Magariiios me asegur6 
que el iba k hacer una moci6n en ese sentido. Como el doctor 
Magariiios habia combatido tanto las exageradas doctrinas de los 
autores de la revolucion de Agosto y Noviembre, con el que ha- 
bia estado tan de acuerdo en ideas, quise, en esa ocasion, guar- 
-dara consecuencia, atendiendo k la gravedad del caso y k sus fu- 
turas consecuencias, rogdndole no hiciera tal moci6n y dejase el 
pensamiento k los senores Bustamante, Mayobre, etc., etc. El 



— 420 — 

doctor Magarinos insistio en su proposito, con energia, y en 
efecto lo llevo a* cabo. La C&mara lo sancion6, y en el mismo 
dia se pidio la convocatoria de los senores Torres y Beltran. 

La sancion que la Ca*mara dio k la moeion del doctor Ma- 
gariilos importaba la reprobacion explicita de un acto del P. E., 
antes de haber examinado los motivos que impulsaron k este a\ 
ejercitarlo: importaba desconsideracion de un alto poder hacia 
otro de igual categoria respectivamente ; era ademas faltar a la 
circunspeceion con que la Camara debe proceder siempre y en 
todas sus deliberaciones : era prejuzgar 6 pronunciar sobre un 
juicio promovido por el mismo Pepresentante Torres, sin conoci- 
miento de causa; en una palabra, era falsear completamente 
todo el sistema constitucional que nos rige. 

El doctor Magarinos, autor principal de esta sancion de la 
Camara, se apercibio, aunque tarde, de la imprevision con que 
habia procedido, llevado sin duda de buen deseo. 

Sintio entonces que la determinacion tomada por la Camara 
produjo alarma en el pueblo; vi6 notablemente en aquella el ori- 
gen de nuevas agitaciones y un obstaculo a la marcha regular del 
Gobierno en la via de reorganization que habia iniciado. 

Todos veian que la guerra civil renacia, tray£ndola de nuevo 
a la Representacion Nacional, de donde, como en el ano proximo 
pasado (Agosto), podria nuevamente surgir para devorar el pais. 

La alarma crecia, y el doctor Magarinos quiso volver sobre sus 
pasos y conjurar la tormenta que amenazaba. 

Estaba anunciada la celebre sesion de la Camara del 18 de 
marzo. En esa misma manana, se presento el doctor Magarinos 
al senor Presidente de la Kepublica, para proponerle medios de 
bacer irrealizable lo que el dia 15 el mismo habia propuesto en 
la Camara, consiguiendo fuese sancionado. 

8. E. el Excmo. sefior Presidente, se estrellaba m^s que nadie 
contra la fraccion a que parecia adherido el doctor Magarinos, ya 
porque al combatir su candidatura le habian denigrado de una 
manera indecorosa e indigna^ ya porque la politica de ese circulo 
contrariaba y minaba por su base el programa admin is trativo que 
tanto se prometia en 61: en una palabra, porque veia en aquella 



ie 



— 421 — 

fraccion el antagonist!*) personificado que conducia irremediable- 
mente k la discordia y a la anarquia. Con tales disposiciones no 
di6 S. E. soluci6n k las proposiciones del doctor Magarinos, y por 
que de antemano yo ya le habia hecho saber que en ese dia y 
en la sesion anunciada de la Camara de Representantes present a- 
ria un proyecto de resolution que tendia k evitar los conflictos 
que se traslucian en los animos de todos los ciudadanos, y tal vez 

j a en los consejos de la misma autoridad. 

No debo ser severo con el doctor Magarinos en lo que dejo 
expuesto relativamente k lo que busco y conferenci6 en aquel dia 
con S. E. el seiior Presidente de la Republica. — Lo referido me 
ha sido trasmitido por ptiblicas apreciaciones que he oido, con otros 
muchos detalles que omito, porque no son eh este momento del 

j caso. La demostracion de la verdad corresponde al doctor Maga- 

rinos. 

Hago esta explication porque he dicho antes que me concre- 
tare" a la verdad, base tinica y exclusiva de mi justifieacidn. 

Mis enemigos, y los de la candidatura Pereira, me atribu- 
yeron el mas perfecto conocimiento, de secretas combinaciones, 
respecto de la mala situation que ya se presentia. Pero, debo 
declarar, ante Dios y la patria, que ignoraba cuanto se conjuraba, 
y que en el desarrollo de una tentativa escandalosa no tuve 
mas parte que salvar k las victimas designadas, cuya inmolacion 
era pedida a grandes gritos en la plaza publica. 

Desafio a mis adversarios, k los que no sirven bien ni a" la 
patria ni a sus propias miras, k que prueben lo contrario. 

Persona que se reputaba entonces, como hoy, muy bien infor- 
mada, aceptando 6 proponiSndose ella misma para corresponsal de 
un diario extranjero, escribia, por todos los vapores, una serie de 
incoherencias y de infamias contra mi, fiada en que su nombre 
y su persona, conocidos en aquel pais con motivo de habersele 
comisionado por los autores de una revoluci6n, le daria los medios 
de reparar su caida. — Seria un insulto al siglo denunciar aqui 
a ese apostrofista anonimo, calumniador infame. — Su reinado 
parece existir, y es k el mds que k nadie a" quien arrojo el 
guante para que funde mi injusta agresion contra un pueblo, 



— 422 — 

lleno de inmensos sacrificios, de privilegios gloriosos, & los que 61 
jamas contribuyo. 

La sesion de la G&mara estaba anunciada para las once del 
dia, pero ocupaciones imprevistas y urgentes me impidieron estar 
alii a la hora seiialada, como acostumbraba. Era la una menos 
cuarto, cuando, encamin&ndome para la casa de la Representacion 
Nacional, me reuni al sefior Representante Aguiar, que iba en la 
misma direction. Llegamos k la plaza y quedamos sorprendidos de 
la reunion extraordinaria que se notaba k las puertas de la policia: 
nuestra sorpresa se aumentaba ante la detonaci6n de victores, etc., 
etc. No paso mucho tiempo sin encontrarnos mezclados en la mul- 
titud. Uno de los ciudadanos alii reunidos, que no puedo precisar 
en este momento, se dirigio k mi, y con tono de prevenci6n me dijo : 
« Retirese sefior Palomeque : esta grita, esta agitation, toda es 
contra los Representantes : retirese usted, que peligra ». Mi con- 
testation fue, sin que parezca exagerada: — «Puesto que se cons- 
pira contra los Representantes del pueblo, aqui estoy yo, que lo 
soy, venga lo que nos este deparado ». Al decir esto me intro- 
duje hasta el centro de donde salian los gritos tumultuosos y 
amenazantes. Colocado alii, Hame" la atencion de los reunidos con 
estas palabras, m&s 6 menos : « ^ Que" es esto seiiores ? i qu6 se 
pretende ? i qu6 se quiere ? Aqui estd uno de los Representantes 
contra quiene3 oigo gritar ». La contestacion del pueblo f u6 : / Viva 
el Presidenie de la Cdmara de Representantes !, y tom£ndome ins- 
tant dneamente, me condujeron, en medio de aclamaciones y vivas, 
a los que correspondi con este: jjViva el Pueblo Oriental!! 

Conducido asi hasta las puertas de la Secretaria de la Ca- 
mara, pedi al pueblo me manifestase el objeto de su reuni6n y 
sus deseos, pues hasta entonces nada sabia. Consegui ser escu- 
chado, y recibi en contestacion las siguientes palabras, aclamadas 
undnimemente: « Que esos Representantes, enemigos de la palria 
« y del sosiego publico, no tomen asiento en la Representacion 
« Nacional». Los designaron. 

^Como obrar en tal situacion ? Me encontraba en medio de 
una reuni6n agitada hasta la exaltacion; y me encontraba solo, 
fuera del recinto de las sesiones, sin el apoyo moral al menos 



— 423 — 

del lugar; sin el prestigio de la posicion. No podia ni apelar 
al consejo. Estaba entregado exclusivamente & mis propias inspi- 
raciones del momento, sin el tiempo s^uiera para que fuesen 
meditadas, reflexionadas. 

Los Representantes contra quienes cuya causa se agitaban> 
estaban sobrecogidos del terror. Ni su propia dignidad, ni el 
interns de la patria, ni el deber de todo hombre para consigo 
mismo, en circunstancias dificiles, y en medio de los peligros 
pudo arrancarlos del rincon donde se habian asilado, esperando 
la suerte que se quisiese depararles. 

Hay momentos en que es un deber el abandono de la vida, 
aun con la conciencia de exponerla en una lucha desigual. 

Los Representantes se habrian hecho dignos de sus puestos, 
reuniSndose en su sala, y esperando, con la conciencia del que 
llena fielmente un deber. 

Pero, yo, solo, debi arrostrar, por todos, las consecuencias del 
tumulto, y las arrastre sin trepidar. 

Oidas las pretensiones que se manifestaron por el pueblo, 
contest^: « Que los Representantes a que se aludfa no tomarian, 
por el momento, su asiento entre los diputados; que el Presi- 
dente de la Camara se los prometia y que el Presidente sabria 
cumplir su promesa ». 

Pero, esto no fu6 ya bastante; se queria mas: y con voces de 
venganza y de ira se aclamaba : « El pueblo quiere aun mas, 
quiere se le entreguen los reos». Y cuando esto decian, el pueblo, 
en masa, avanzaba hacia la Secretaria, en la terrible actitud de 
invadirla. 

En tal conflicto, y siendo ya inevitable el ataque contra cierto 
numero de Representantes, que se encontraban en la Secretarfa, 
me dispuse £ salvarlos 6 perecer con el los. Llam6 pues, la aten- 
cion de los ciudadanos, y dije k gritos : « No, los Representantes 
« del pueblo no serdn acometidos, mientras yo est6 en pie : la 
« primer victima ser6 yo, y despu6s que se haya pasado por sobre 
« mi caddver, consumad vuestra obra. Tengo derecho para impe- 
« dir vuestro atentado y resolucion bastante para morir en 61. Si 
« esto no satisface al pueblo, que avance, que se* estrelle, que me 



— 424 — 

« mutile: todo lo prefiero antes que ver & mis colegas debajo de 
« los tacos de una bota 6 arrastrados por esas escaleras >. 

Digan mis censores si habrian tenido resoluci6n para obrar 

(~ 5 ) como yo obre por salvarlos. Digan si habrian aceptado 

y corrido por el Presidente de la Camara los riesgos que dejo se- 
fialados. No : en igualdad de circunstaneias me habrian abando- 
nado k mis propios esfuerzos. i Donde estd, pues, la infamia que 
me atribuyen y que se desprende k cada momenta de esos corazo- 

nes sin religi6n ( 76 > 

Nadie puede dudar de la verdad de este relato historico: mis _ 

palabras, mis hechos, fueron publicos: un numeroso pueblo me vi6 1 

y me oyo. Apelo k todos. 

Despues de un lance tan agitado, el pueblo, reposando en la 
moderacion, comprendio que debia ser menos exigente; y en efecto 
lo fu6. Aquellos k quienes m&s se culpa fueron los que mas 
respetaron y obedecieron mis palabras. Los ciudadanos Castillo, 
Botana y Diaz hicieron todo para apoyar mis palabras: k estos 
tres seriores, mds que k nadie, se debe el que el pueblo se su- 
bordinase. No trato de hacer sus defensas, me refiero s61o k los 
hechos que es el mejor testigo.de la verdad y de la justicia. 

Tranquilizado el pueblo, volvi a hablarle, previniendole que 
los Representantes iban k ejercer sus funciones soberanas; que 
en aquellos momentos entrariamos k C&mara y que les rogaba, 
en nombre de la patria y por honor de ella, se respetase k los 
Representantes del pueblo en el augusto recinto de sus sesiones. 
« Respetados ser&n », contest6 el pueblo. 

Debo advertir que mientras tenia lugar esta escena, toda de 
peligros y de abnegacion por parte del Presidente de la Camara; 

el no vio k su lado, O 7 ) Entre tan to, otros episodios 

andlogos detenian al senor Representante Aguiar en el vestibulo 
de la Policia. 

En esta situacion, y cuando el huracan estaba conjurado, 

(~ 5 ) Aqui supriino algunos nombres, por no considerarlo necesario, por 
el momento. 
(" 6 ) Igual observaci6n a la anterior 
("') Idem, idem. 



— 425 — 

pase* a la Secretaria. Alii, y en todos los semblantes de la 
minoria, vi escrito el espanto y el terror. No me parecieron 
k>s hombres & quienes estaba confiada la salvaci6n de la patria 
en sus peligros. Sin embargo, invite" & los sefiores Representan- 
tes a que pasasemos a* Gdmaras. No falt6 quien se opusiese 
mostrdndome el peligro. Mi contestaci6n fu6 : « Los cobardes que 
se retiren a su casa », y esto parece que influyo en el dnimo 

del seiior Representante por el Departamento de para no 

contestar y seguir a* la corporaci6n, que in media tamente se enca- 
mino & Sala. Halldndonos ya en la ante Camara, un Represen- 
tante dijo : « el sefior Torres esta" herido ». Esta denuncia me alarmo : 
pedi explicaciones, y en ese momento supe, por primera vez, que 
el Representante Torres se encontraba en el despacho del Jefe 
Politico sin que se le permitiera salir. Esto bast6 para excitarme 
nuevamente, y, & medida que se aumentaba mi alarma, daba 
ordenes de suspender la sesi6n, interin obtenia los detalles de lo 
que hubiese ocurrido con el sefior Representante Torres. Cuando 

salia, el seiior , con rostro p&lido, tr&nula la voz, languido 

y sin vida, fue* el primero en quebrantar el silencio, encontrando 
apenas palabras para decir : « No amigo, no, seiior Presidente, no 
saiga usted, no; jpor Dios! porque esas gentes lo que vean sa- 
lir & usted volverdn a su grita y entonces nosotros correremos 

nuevos peligros ! ! » Los senores y algunos otros seiiores, 

tambien me detuvieron; y me vi forzado & ceder. En su conse- 
cuencia, entramos a la sesi6n, ignorando, por mi parte, la verdad 
de lo ocurrido respecto del seiior Torres. ;Ojala" no hubiese acce- 
dido a sfiplicas nacidas solamente de lo que podemos apellidar 
miedo 6 cobardia ! 

Se abri6 la sesi6n con la concurrencia de todos los diputados 

presentes, & excepci6n del sefior , que se habia vuelto 

& ocultar en los rincones de la Secretaria, donde hermSticamente 
encerrado permaneci6 hasta que yo y el Jefe Politico le fuimos 
a sacar ! 

La sesion tuvo lugar sin que el pueblo hubiese hecho la 
ma's minima manifestacion, y en el curso de ella fu6 leida la 
mocion it que he aludido antes y cuyo tenor es como sigue: 



— 426 — 

« Ariiculo tinico. — lnterin no se expida la Comisi6n Especial 
< eneargada de dictaminar en la acusacion entablada por el P. E. 
« contra los Representantes Munoz, Torres y Beltrdn, suspendense* 
« los efectos de la Resolution de la Camara, fecha 15, en lo 
« relativo a su convocatoria ». 

Algunas modificaciones propuestas en la discusion, por el Re- 
presentante Labandera, mal comprendidas, quizas, por el pueblo, 
fueron, tal vez, el origen de las nuevas escenas ocurridas al sa- 
lir los Representantes. Entonces fueron injuriados los delegados 
del pueblo, dando de bastonazos & algunos, manchando con polvos 
de colores & otros y coraetiendo con ellos otros excesos. 

(T8) 

Tales son los sucesos como los presencio el pueblo. Si hay 
arrepentimiento de parte de los ofendidos 6 de los ofensores, la 
posteridad les hard la justicia que les quepa. Yo, por mi parte, no 
tengo de que arrepentirme. Creo haber obrado bien : ningun renior- 
dimiento me aflige : mi conciencia esta completamente tranquila. 

Conocidos los heehos, resta solo investigar sus causas. 

Se ha dicho que era una cosa arreglada y resuelta entre I03 
Representantes Torres, Beltr&n, Neves, Vdzquez, Bustamante y 
otros, que los dos primeros, k despecho de todo, se sentarian en 
los bancos de la Representaci6n Nacional, en la sesion del 18. 

No puedo ni debo asegurar esa aserci6n, pero los heehos la 
presentan como muy probable. Es sabido pues, que el Represen- 
tante Torres se retir6 el 15 de la Secretaria de la C&mara, conve- 
nido y convencido en que no debia insistir en su presentation, 
hasta que no fuese convocado, como lo dispone el Reglamento y 
como se observa en la prdctica. Sin embargo, cambiando de reso- 
luci6n, desoye los mandatos de la Camara y las juiciosas preven- 
ciones que se le hicieron en la plaza, y, girando en una idea 
dominante, que apagaba la voz de la prudencia, se present6, en 
medio del pueblo, y aun penetro las escaleras de la casa de la 
Representation. Fue indudablemente un arrojo temerario, que no 
debo censurar, porque no me serd fdcil explicar como habria yo 
obrado eolocade en la disyuntiva en que se hall6 el senor Re- 

( 78 ) Suprimo algo que no considero necesario en este momento. 



— 427 — 

presentante. Pero, esto no justifica lo anti-polftico y la imprudencia 
de haber provocado el conflicto que result6 del hecho inconsulto. 
La disposicion del pueblo estaba bien indicada; la reunion en la 
plaza ptiblica lo denunciaba todo. ^ Que se propuso entonces el 
seiior Torres ? £ Quiso ser la victima de un pueblo estraviado ? 
I 6 tenia elementos para resistirlo ? 

Se deduce de esto que el seiior Torres se propuso incitar el des- 
bordamiento del escandalo, y ese proceder debe llamarse una teme- 
ridad, porque para resistir al pueblo es evidente que le faltaban 
los medios. El apoyo de la fuerza publica, no lo tenia, porque 
no se vio un solo soldado colocarse k su lado en los momentos 
del desastre ; el concurso de sus correligionarios politicos, no se 
mostro tampoco, ni aiin aparenteniente, pues sus amigos, los que 
se hallaban ya, en la Representacion, se ocultaron, y otros huyeron 
de la misma plaza. 

De modo, pues, que si el seiior Torres hubiese tenido la pru- 
dencia de retirarse, guardando consecuencia con lo acordado, el 
conflicto se hubiera evitado, al menos el pretexto hubiera desapa- 
recido. Cargo es este que no puede pesar sobre el Presidente de 
la Camara, por ma's que se quiera y por nids que se empenen los 
que titulandose hombres del orden y de la Ley, desfiguran los he- 
chos, para colocarse en el terreno de la dignidad, queriendo lanzar 
el oprobio y la ignominia sobre el Presidente de la Camara. 

Los hombres sensatos, los hombres justos, y atin los imparcia- 
les, diran si hay algo en esto de que pueda culparse al Presidente 
de la Caniara de diputados ; si se trasluce ni remotamente la me- 
nor ingerencia como autw\ complice 6 encubridor que pudiera tocarle 
en la cohducta, ya del pueblo, ya del Representante Torres. 

Si nada hay, si nada puede imputarsele, i d6nde estd, pues, la 
infamia del Representante Presidente ? i por que" se le d£ esa cali- 
ficacion ? Nadie es capaz de sostenerla ; & todos desaf io y provoco 
& la prueba, sin el men or recelo. 

Uno de los fuertes cargos que mis enemigos han pretendido 
hacerme, y con lo que han creido escudar su envenenada con- 
ducta, es el suponerme al corriente de lo que necesariainente debia 
suceder por la fuerza logica de las cosas y de sus errores, y que 



— 428 — 

en efecto sucedio el dia 18 de marzo. Pero, yo no pude presumir 
las intenciones del seftor Torres y sus adictos: eran su secreto. 
No pude, por consiguiente, saber tampoco el grado de excitation y 
de disgusto que producirian en los que contrariaban los planes 
que secretos estaban en la intention de algunos. 

Lo que hay de notable y de muy significativo en este negocio, 
es, que desde algunos dias atr&s esos mismos Representantes se 
presentaban en el augusto capitolio de la Ley haciendo ostentation 
de ir armados para su defensa, Llevaban, en cada bolsillo, una 
pistola ; lo que prueba hasta la evidencia que ellos, m&s que nadie, 
estaban en el secreto de lo que ocurriria el 18 ti otro dia. Si hay, 
pues, delito por no haberse denunciado y prevenido & los colegas, 
ellos han incurrido en e*l respecto de mi con el misterioso silencio 
guardado, y porque en tesis general la Ley declara reos au tores al 
que debiendo y pudiendo impedir un mal voluntariamente no lo 
evita. 

Otro de sus estudiados y dolosos cargos es que yo debi pedir 
el auxilio de la fuerza ptiblica. jExtraiia cosa! Si esta era la 
medida que debio toinarse ^por que* no la reclamaron los Repre- 
sentantes ? i no tienen el derecho de pedir lo que conviene ? i por 
que no se levanto una voz en ese sentido ? 

De cierto que la fuerza publica, aumentada con los Repre- 
sentantes armados, hubiera evitado el conflicto y penado & los 
reos de leso delito. ( Se presumen aquellos que todo lo pueden 
en los estrados y que nada vieron en presencia de los sucesos ). 
Ademds, se asegura, con mucho aplomo, y se dice con mucho 
^nfasis : ^ Que providencias ha tornado ese infame Presidente de la 
Camara, para lavar la ofensa que el codigo legislativo rectbio por 
una ga villa de asesinos, segun la calificacion de S. E. el seiior 
Presidente de la Reptiblica en su nota oficial del 19 de marzo ? 
Tambien es este cargo extraiio, ridiculo y malicioso. 

No hay un solo Representante que pueda ignorar lo sucedido 
despue*s de mi visita ( de pSsame ) al seilor Labandera, sea de 
paso dicho, visita que ni por cortesia, ni por la especialidad 
del caso, ha sido retribuida. No me quejo de esto; no lo lamento 
tampoco ; estoy muy satisfecho. 



— 429 — 

He dicho que despues de esta visita, ningun Representante 
ignora la eonvocatoria que hice & los honorables diputados con 
el unico y especial objeto de definir, de un modo categorico, 
energico y decidido, la posici6n que deberia asumir el Cuerpo 
Legislativo despues del agravio, del insulto que se le habia in- 
ferido. 

Esta reuni6n se anunci6 privadamente, pero no tan seereta que 
dejase de denunciarse por los diarios de la epoca; su primordial 
objeto era que, de acuerdo todos los Representantes, llevdsemos 
al recinto de la legislatura, un pensamiento, que, con el sello de 
la sancion y con el rigor de la ley se persiguiera en todas di- 
recciones, en todas las posiciones privadas, & los autores de un 
atentado que introducia la discordia, la infamia y el desprestigio 
de uno de los tres altos poderes de la Republica. Pero, desgra- 
ciadamente, el pais tiene que lamentar el extravio con que obr6 
la minoria, despreciando la eonvocatoria, y, por consiguiente, re- 
husando asistir & ella. 

El termino adaptable en tal situacion no podia ser la obra 
de una parte de los Representantes; necesario, conveniente, rigu- 
roso, era que nadie quedase exento del peligro 6 de las glorias 
que la Cdmara debia conquistarse volviendo por la dignidad del 
glorioso pueblo oriental cruelmente atacada en ella. 

Las notas del P. E., fechas 19 y 20 de marzo, no podian 
pasar inapercibidas, no podian archivarse, no podian confundirse 
con las cosas no sucedidas; cualquier otro camino que no fuese 
recurrir & los medios legales que tiene en si la Cdmara de Re- 
presentantes para pedir el castigo de los criminales, era echar 
por tierra lo unico que quedaba en esta patria sin humillarse. 
Todas las miserias que pueden afligir k la Nacion y & la socie- 
dad ofendida hallaron en la abstenci6n un remedio eficaz; asi, 
pues, con votos exclusivos de silencio y de abstracci6n, quieren 
calumniar al que jam&s desert6 del puesto de sus deberes. 

^Que" se hicieron en esa reuni6n los que dirigian esa politica 

abstracta y sin ruta ? i Qu6 fu^ en ese dia de ? i Por 

que" no comparecieron, alii donde debian encontrar el salva vida de 
las injurias de que tanto bulla hacen: Yo me lo explico: despues 



— 430 — 

de examinadas las pruebas no he encontrado otra causa que la 
vanidad, el orgullo, la osadia, y el genio discolo 

En tal caso, pues, en preseneia de esas resisteneias estudiadas, 
de esa eonducta equivoca, de ese proceder incalificable, de ese sis- 
tema de falsia <; se pretende todavia calumniarme ? 

Si, calumniarseme, apellidandome mazorquero, infame, canalla, 
escriiurado, vendido, discipulo de Bosas ! i Y quienes ? preciso es 
declararlo : aquellos que jamas mordieron un cartucho para defender 
la independencia de su patria, que tampoco abrieron su caja para 
dar una limosna al rautilado, a la viuda, al huerfano que se habia 
sacrificado por ella. Aquellos que trocaron la gloriosa cucarda Orien- 
tal por el chaleco rojo y los colgajos de Rosas: aquellos que dando 
la espalda a la heroica defensa de Montevideo se postraron al des- 
pota Rosas : aquellos que prefirieron el hedor de los cadaveres 
degollados por Rosas a la perfumante aroma de la polvora : aque- 
llos que dejaron la patria para visitar a Manuelita y rogarle de 
rodillas el pan de que ningtin patriota carecio en Montevideo. 

Repito : \ vendido, eseriturado ! se me ha llamado muchas veces ; 
ciertamente con demasiado derecho se me hubiera podido difamar 
si los puestos y el oro hubieran sido, para mi, lo que es la patria 
para otros; si, como rehuse, hubiese cometido la debilidad de aceptar 
1400 onzas de oro que a mi disposition se pusieron el mismo 1.° de 
marzo, antes de la election del Presidente de la Republica. / In- 
fame ! ; vendido ! gritaban los mismos que me conocen y tienen la 
conciencia de que me domina un alma noble, pura, llena toda de 
honor. / Vendido /, lean la carta siguiente : 

Seiior don 



Mi querido amigo y colega: 

Hubiera anoche mismo dadote una contestation decidida y 
categorica, a la proposicion que me hiciste, pero deseando de que 
asunto de tanta gravedad quedase constatado, para evitar las glo- 
sas a que podria quedar sujeta, me reserve para hacerlo hoy, como 
lo hago por medio de esta carta. 

Siento mi querido , que no me conozcas bien. Lamento 

tu proceder, y me cuesta decirte lo que en otros terminos haria 
hi no te apreciase tan to y tan to. 



— 431 — 

Aim cuando, para mi conciencia, no estuviese dispuesto a pres- 
tar el voto como Representante del pueblo, en favor del eiuda- 
dano don Gabriel Antonio Pereira, para que presida los destinos 
de nuestra querida patria, el hecho de conquista, ofreciendoseme, 
por tu organo, la Jefatura Politica, que reputo como un sacrilegio 
politico, como la ofensa mas atroz, como la injuria ma's grande 
que ha podido hacerseme, seria suficiente y justificado motivo para 
no dar mi voto por el seiior general don C6sar Diaz, d quien res- 
peto, distingo y aprecio. 

Deseo pues, que, hecho cargo de mi invariable resolucion, no 
me hables mas de este negocio, contando siempre con la sinceridad 
del colega y del buen amigo que lo es tuyo affmo. 

Jos£ G. Palomeque. 
Tu casa 14 de Febrero de 1856. 

Estos hechos lo explican todo. Entretanto, los que asi calum- 
nian, los que infamaron en los estrados y en los corrillos, no han 
tenido nunca ni el patriotismo ni la inteneion de llenar -sus debe- 
res de llepresentantes. Desertores de la sesion del 1.° de marzo» 
desertores de la del 26, — desertores del 15 de julio, — no han en- 
contrado ocasion de volver sobre sus pasos, sino en los momentos 
de nombrarse la Comision Permanente. 

A esos hombres, he dicho ya, se debe la degradation del Cuerpo 
Legislativo, a esos, es, & quienes debe la C&mara la nota del P. E. 
fecha 15 de julio, documento cl&sico que hard epoca muy mar- 
cada en nuestra historia. 

(78) 

Para dejar m&s bien establecida la verdad de mis hechos y de 
mi conducta como Presidente de la Camara en relacion con el 

</S) £i autor de este manifesto entra aqui en algunas apreciacio- 
oes personates sobre determinados ciudadanos, que creo prudente su- 
primir, porque no es llegado ei caso de utilizar una arma contra 
quienes no atacan. Si este manifiesto se publica es porque ei joven 
Onetto y Viana me ha obligado a ello. De ahi que me limite & lo 
esencialmente necesario para la defensa legitima. 



— 432 — 

digno puesto a que fui elevado, sin conqitistas ni ofrecimientos, 
debo declarar, sin temor de ser desmentido, que he hecho por el 
honor de la Caniara de Representantes y por el decoro de sus 
miembros, cuanto humanamente ha estado k mi alcance. Para de- 
mostrarlo me es indispensable entrar en algunos detalles que no 
puedo ni debo omitir. 

Conviene, pues, que se sepa que el Presidente de la Camara 
no ha sido exclusivista, que ha buscado siempre el concurso de 
todo3 sus colegas, en el interns de apoyar al Gobierno d&ndole 
fuerza moral y robusteciendo el principio de autoridad que el ex- 
travio de unos y el poco patriotismo de otros habia hecho desapa- 
recer. Todo el mundo sabe que antes y despuSs del 1.° de marzo 
no economic^ sacrificio de ningun gSnero en aquel sentido; y todo 
el mundo ha visto tambien que mis esfuerzos, que mis trabajos, 
dieron un resultado estenl y negativo. 

Desde el 15 de febrero al 1.° de marzo no debi6 extranarse, 
la cuestion presidencial daba meiito a encontrarse divididas las 
opiniones, pero electo el Presidente, la causa, el pretexto legal, 
habia desaparecido elocuentemente. Sin embargo, no fuS asf, y, 
aun cuando la causa ces6, los efectos continuaron; y aquellos Re- 
presentantes & quienes busqu£, oficial y privadamente, escuchando 
primero el sentimiento de partido y de venganza desoian la voz de 
la patria y del interns publico, mirando con el mas alto desprecio 
todos mis afanes y desvelos, al extremo de negar su concurrencia 
& las sesiones ordinarias de la C&mara. No hay un solo hecho 
en que el Presidente de la Camara haya dejado de dar a cada 
Representante la parte mas que necesaria. Nunca hizo exclusi6n 
de persona alguna, y si de algo tiene que arrepentirse el Presi- 
dente es el de haber dado demasiada importancia & ciertos hom- 

bres como el seftor , cuyos conocimientos encareci6 muchas 

veces en sesiones pfiblicas. Me duele, lo repito, haber buscado & 
este seizor muchas y repetidas ocasiones, pero sobre todo me arre- 
piento hasta de la honra que le hice yendo, en persona, a su 
casa, a* proponerle aceptase una importante comision que solo de- 

jando de ser patriota pudo dejar de ser desempenada 

Pero, el seiior , como todos los que seguian su maquia- 



— 433 - 

vesica politica, asi se condujeron para despues maldecir al Presi- 
dents de la C&mara. 

Un acontecimiento politico que causaba vivas inquietudes ocu- 

rria entre nosotros por el mes de cuando la lnayoria 

del Cuerpo Legislative me autoriz6 para nombrar al seiior 

en la coniisi6n que dejo indicada. 

La mision que se me encarg6 era capaz de despertar todo 
geiiero de abnegaci6n por su importancia y por su objeto. Obli- 
gado d su cumpliniiento, me constitui en el domicilio de aquel 
seiior Representante 6 hice lo posible por templar el rigor de sus 
ideas y el desaire que recibia con la ma's ruda y dspera nega- 
tiva. El amor a la patria y el respeto que debia profesar al 
Cuerpo Legislativo, me impusieron la doble obligacion de conci- 
liar el cuidado y la mds prolija circunspecci6n con las agrias 

palabras del seiior , no perdonando medio para conseguir 

el fin de que era encargado. 

El seiior , y toda la minoria, que no se desviaba del 

primero, recordard el hecho, la conducta que observe" entonces y 
las muestras de in teres manifestadas con ese motivo, antes v 
despues, para que todos no3 encontrdsemos en un solo centro. 

La tdctica de la minoria era notoria; su regla general, su 
principio tinico, en materia oficial, la oposicion a todo trance. 
En las diversas cuestiones agitadas en la Cdmara, siempre se les 
vio combatir erguidamente lo que el P. E. solicitaba 6 lo que la 
mayoria proponia. Esa minoria, trdnsfuga del sosiego y bien 
publico, no quiso jamds transigir con el Gobierno de marzo du- 
rante el periodo de los trabajos legislatives: su guerra era cruel 
6 inhumana: no habia medio de que pudieran valerse que no 
pusiesen en juego al solo fin de desprestigiar la autoridad que 
el los detestaban & muerte. 

En todas partes se les vio haciendo la guerra y calum. 
niando al Excmo. seiior Presidente de la Republica, ya en los 
consejos privados, ya por la prensa anonima, ya en correspon- 
dencia para el extranjero, ya en otros actos mds 6 menos signi- 
ficativos. 

Juzguese entre su proceder y el del Presidente de la Ca- 



— 434 — 

mara y su mayoria. Siempre leal, siempre al lado de la autori- 
dacl, nunca perjurando; y por m&s que se intrigue y se haya 
intrigado, por m&s que se empeiien en separarme de esa con- 
ducta, toda de fidelidad y de honor, no lo conseguirdn esos 
hombres, a quienes, en su mayor parte, nada debe la patria. 
Mi divisa, lo declaro bien alto, serd siempre la de la autoridad 
constitucional : a su lado me veran con constancia prestarle mi 
debil concurso. 

Para mi, los chismes, los cuentos, las rencillas y otra multi- 
tud de remedios repudiados por todos los hombres cultos, no se- 
ran bastantes para hacer quebrar y falsear mis m&s intimas 
convicciones. Reflexionese sobre todo esto y en la responsabili- 
dad inmensa que debe recaer en los culpables. Meditese en que 
durante los once alios que llevo de empleado publico, solo en 
Montevideo, se ha hecho bien conocido mi caracter de servidor 
en los distintos cargos y comisiones que he desempenado, y esto, 
que es la obra de un buen proceder, me dan derecho k creer 
que conservo intacta la reputacion de un buen empleado, de un 
ciudadano, de un buen padre, de un buen hijo, de un buen 
buen esposo y de buen amigo. 

Mi honor es la herencia de mayor valer que puedo trasmitir 
a mi numerosa familia, y este caudal, que es mio, nadie tiene 
el derecho de arrebatarmelo 6 de defraudarlo. 

Todo el pueblo de Montevideo conoce bien a fondo los su- 
cesos lamentables de que acabo de hacer una historia exacta; 
no ha sido obra de mi voluntad sino efecto de mi position. 

Si se observa en este documento alguna expresion, algiin cargo 
duro, debido es k la falta de decoro con que se han permitido 
tratarme mis ma's encarnizados enemigos, a la hiel que han de- 
rramado en sus escritos, llamados : « Correspond encia de Monte- 
video », y & los dicterios con que en los estrados y conversacio- 
nes privadas han pretendido denigrarme. j Dios nos mira y el 
nos juzga ! 

He cumplido el deber que tenia para con mis conciudadanos. 
He hablado mas para defender el cargo de Presidente de la 
Representacion Nacional que para vindicarme personalmente. En 



— 435 — 

mi posicion privada habria guardado silencio. Se demasiado que 
las cuestiones politicas amargan siempre a los que por el senti- 
miento puro de patriotismo se consagran £ llenar los deberes 
que el impone. No es este el primer sacrificio que he ofrecidc 
a la Patria. 

Pero, el Presidente de la Camara no puede permitir que su 
silencio d6 motivo para juzgar que ha traicionado sus altas obli- 
gaciones como tal ; que ha atentado contra la Representacion 
Nacional y que de Representante del pueblo se ha convertido en 
un insigne criminal. 

Ese es el tinico, y bien justificado motivo, que me ha obligado 
a romper mi silencio. 

Satisfecho este deber, no volvere & llevar ante el publico 
hechos e incidentes que deben sepultarse en el olvido mas 
^ompleto. 

Digan lo que quieran mis detractores, pero yo declarare* bien 
alto, como declaro, que desde hoy renuncio & los fueros de Repre- 
sentante que el Codigo fundamental de la Representacion me 
acuerda y que estoy pronto d presentarme ante cualquier Tribu- 
nal donde se me quiera hacer comparecer. Que mi vida esta 
a disposicion de todos, pero mi pluma arrojada a lo md3 pro- 
fundo de una hoguera para no contestar A nadie sobre esta 
manifestacion. 

Montevideo, Julio 21 de 1856. 

JOSti G. PALOMEQUE. 



INDICE 



pagina 

Dedicatohia. — A la muy digna y culta Comision Directiva. del « Club 

Unionw de Melo.. 3 

Mis dekrotas 5 

Explication 7 

Con don Eduardo Acevedo Diaz 29 

Ei discurso sensacional c<uisa del escandalo de los jacobinos. ( El efecto 

retroactivo en politica ) 35 

Conferencias defendiendome de los ataques de los jacobinos 53 

Opiniones de « El Bien » y de « La Tribuna Popular)) 149 

Conferencias sobre la politica del Acuerdo en Mercedes, San Jose, Salto y 

Montevideo 15? 

Conferencia leida a los miembros de la Comisidn Directiva del Partido 
Nacional de Mercedes, con motivo de la fiesta campestre con que se obse- 
quio al doctor Palomeque en la estancia del senor don Julian Sunhary, 

presidente de dicba Comision 221 

El telegrama del general don Julio A. Roca al senor don Agustin de Vedia 237 

El senor Batlle y Ordonez y la Presidencia del Senado 247 

La politica de la paz 259 

El caudillo y un joven que insulta.... 265 

Conversation amistosa con el senor doctor don Guillermo Melian Lafinur 277 

La Convencion nacionalista en Paysandii 293 

El doctor Jose Pedro Ramirez y el Acuerdo 305 

Viaje a Melo 313 

APENDICE 
A 

Carta del coronel doctor don Jose Gabriel Palomeque relatandu la campafia 
que termino en India Muerta, en 1845 353 

B 

Manifesto del Presidente de la Camara- de Representfintes, doctor don Jose 
Gabriel Palomeque, a sus compatriotas 399 



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